Obama y Castro abrazan la historia

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Por Jon Lee Anderson

Los sorpresivos anuncios del miércoles hechos por los presidentes Barack Obama y Raúl Castro, quienes acordaron restaurar las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, están hechos del material dramático de la historia. Casi inmediatamente después vino la revelación de que dieciocho meses de conversaciones secretas, auspiciadas por el Papa Francisco, precedieron a las declaraciones. Ya había indicios de que algo estaba en proceso. En diciembre pasado, durante el funeral de Nelson Mandela en Sudáfrica, Obama y Castro estrecharon las manos en las gradas V.I.P., expuestos por completo a las cámaras. Durante el otoño, en la respuesta internacional de la epidemia de Ébola en África Occidental , Cuba y Estados Unidos se volvieron compañeros de-facto en el campo, y los generosos esfuerzos de Cuba al enviar cientos de médicos se ganaron el elogio de los funcionarios estadounidenses, incluyendo a John Kerry y Samantha Power. En el seminario de tres días “Cuba en Transición”, que se llevó a cabo en la Universidad de Columbia en octubre, Peter Schechter de Atlantic Council describió una encuesta comisionada por su organización en la que encontró que, por primera vez en medio siglo, la mayoría de los cubanos-americanos —durante mucho tiempo la principal fuerza interna de oposición política a terminar con el embargo— habían cambiado de opinión. Ya el “factor Florida” no mantenía como rehén a quien quisiera presentarse como contendiente para el cargo de Presidente. En una reunión en Washington D.C., unos días antes, un alto funcionario de la Casa Blanca mencionó a Cuba, y luego me guiñó un ojo.

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En su discurso del miércoles, Obama dijo que la política estadounidense de aislar a Cuba había “fracasado”. De hecho, durante años ha sido obvio que el embargo total contra Cuba, sobre la mayoría de las importaciones y exportaciones —decretado en 1962, en la cúspide de la Guerra Fría, cuando John F. Kennedy era presidente y Fidel Castro estaba en la mitad de sus treinta años— necesitaba ser desechado. En la breve historia de los Estados Unidos, pocas malas decisiones han durado tanto tiempo como ésta. La Guerra Fría —la primera, la previa a Vladimir Putin— terminó hace más de un cuarto de siglo y Fidel castro es ahora un frágil retirado de ochenta y ocho años. Él dimitió en 2008, después de cuarenta y nueve años, a favor de su hermano menor Raúl, quien es un hombre activo de 83. Estados Unidos ha restaurado relaciones con otros estados comunistas, incluyendo a China y a su antiguo enemigo en armas Vietnam. Y las mantuvo con el Kremlin, pero parecía incapaz de comportarse de forma madura con su pequeño vecino cubano. Siendo impopular durante mucho tiempo con los latinoamericanos, la postura de Estados Unidos hacia Cuba agravó inmensamente la imagen difundida de Estados Unidos el bully. Como política, era contraproducente de un modo deslumbrante y le proveía al régimen de Castro una excusa hecha a la medida para sus propios fracasos —y hubo muchos— mientras le negaban a Washington cualquier influencia sustantiva sobre la isla en sí misma. En la ONU, el oprobio que se acumuló sobre la prohibición cubana de los Estados Unidos no fue sino unánime; en la última votación, un ritual anual, ciento ochenta y ocho países votaron para condenar el embargo. El único país que votó junto a Estados Unidos fue Israel.

El embargo, o el bloqueo, como siempre lo han llamado los hermanos Castro, ha pasado por varias permutaciones a lo largo de los años. Después de un completo aislamiento regional durante los años sesenta, tras el evento de Bahía de Cochinos y la Crisis de los Misiles, el embargo se suavizó durante la presidencia de Jimmy Carter (quien ayer aplaudió la “valiente decisión” de Obama), cuando fueron reabiertas “secciones de interés” diplomáticas en La Habana y en Washington, y se autorizó un mínimo de viajes para los parientes que llevaran un largo tiempo separados. En gran medida, cada administración que ha seguido llega a su propio acuerdo, a menudo siguiendo alguna de las crisis que estallaban entre las dos naciones. (Muchos de estos tratos secretos están detallados en Back Channel to Cuba, un reciente y fascinante libro de William M. LeoGrande y Peter Kornbluh).

En 1980, la toma violenta de la embajada peruana en La Habana por cubanos que buscaban asilo condujo al llamado Éxodo de Mariel, cuando a unos cien mil cubanos se les permitió emigrar a Estados Unidos en botes enviados desde Florida para buscarlos. Fidel aprovechó la ocasión, no sólo para deshacerse de los “descontentos” de la isla, sino también para vaciar las prisiones cubanas de muchos criminales, a quienes sus agentes de seguridad llevaron a los botes. (En Scarface, Tony Montana representa a un “marielito”). Mariel trajo toda clase de consecuencias negativas a las autoridades estadounidenses al mismo tiempo que aliviaba el estrés en la isla. En 1994 siguió la llamada Crisis de los balseros, en la que cincuenta mil cubanos salieron al mar en balsas tratando de llegar a Florida. El incidente resultó en una duplicación de las cuotas de inmigración anuales de Estados Unidos para Cuba. Esto fue una válvula de presión importante para Cuba en un momento en el que su economía, siguiendo el colapso soviético, se había derrumbado y las dificultades económicas eran generalizadas.

Durante la presidencia de Bill Clinton, el ya fallecido novelista colombiano Gabriel García Márquez, amigo cercano de Fidel Castro, dirigió cierta diplomacia secreta. Esa iniciativa terminó abruptamente en 1996 después de que dos aviones civiles, pilotados por miembros del grupo de exiliados anti-Castro Hermanos al Rescate, quienes habían penetrado el espacio aéreo cubano anteriormente, fueron derribados cerca de la isla, matando a cuatro personas. En respuesta, Clinton (quien también prestó su voz, la semana pasada, al creciente coro de llamados por la normalización de las relaciones) firmó la Ley Helms-Burton, recrudeciendo el embargo; poco después, cinco agentes encubiertos cubanos fueron capturados en Estados Unidos, arrestados y condenados por espionaje (dos fueron liberados en 2011 después de cumplir sus sentencias; los otros tres fueron liberados este miércoles, al mismo tiempo que Alan Gross, el contratista de U.S.A.I.D. que pasó cinco años preso en La Habana después de que fuera acusado por los cubanos de contrabaandear equipos de Internet para ser usados por los disidentes, y un agente de inteligencia estadounidense encarcelado hace mucho tiempo cuyo nombre todavía no se ha hecho público).

Durante los años de Obama, la flexibilización del embargo fue ganando aceleración. Ahora los vuelos van de Estados Unidos a los aeropuertos cubanos sin mucha fanfarria y, con las exenciones que comenzaron durante la presidencia de George W. Bush, alimentos y medicinas producidos en Estados Unidos están disponibles en la isla. Mientras tanto, durante los últimos tres años, Raúl Castro ha desechado firmemente algunas restricciones que han sido agravantes mayores, permitiendo a los cubanos más libertad para viajar y tener sus propios negocios, y dándole la oportunidad de salir y volver a la isla a algunos de disidentes que han sido acosados en la isla durante largo tiempo.

Cuando visité La Habana el año pasado, parecía como si un deshielo cultural y mediático estuviera en camino. Ciertas libertades, claramente, no estaban próximas; era evidente que la “transición” de Raúl, lo que sea que eso fuera, sería más bien una versión cubana de lo que hemos visto en China, Vietnam y otro puñado de los estados comunistas restantes: una apertura en la economía, no necesariamente en la política.

La inclusión permanente de Cuba, año tras año, en la lista del Departamento de Estado de países que apoyan el Terrorismo ha sido razonablemente vista como poco sincera. Al margen de las ocasionales jugadas sospechosas de Estados Unidos —esos “trucos sucios” de la C.I.A., que incluyeron esfuerzos para asesinar a Fidel Castro, y ver hacia otro lado mientras mercenarios cubano-americanos como Luis Posada Carriles organizaban ataques terroristas contra cubanos en todo el hemisferio—, Cuba dejó de apoyar activamente a los grupos guerrilleros en los años ochenta y recientemente se ha ofrecido como intermediario entre el gobierno de Colombia y las FARC, el ejército guerrillero marxista del país. El miércoles, en un movimiento que claramente no fue casual, las FARC anunciaron un cese al fuego “unilateral e indefinido”, aumentando las esperanzas de que la temperatura entre Estados Unidos-Cuba también ayude a terminar con el conflicto interno de Colombia, que ha perdurado, de una manera u otra, desde 1948.

Una de las grandes paradojas de esta parálisis de medio siglo entre Estados Unidos y Cuba es la casi completa ausencia de odio entre ambos pueblos. Los cubanos juegan ávidamente béisbol y ven shows de televisión de Estados Unidos, parte de una simbiosis que data del siglo XIX. La mayor parte de los cubanos tiene parientes en Estados Unidos y los cubanos se sienten en casa aquí de una forma que otros latinoamericanos no lo hacen. El anti-americanismo es declarado de una manera mucho más vociferante en México y en Argentina que en Cuba. Incluso en la cúspide de la Guerra Fría, nunca hubo algún tipo de profunda animosidad contra los estadounidenses en Cuba como la que hay hoy en día en Medio Oriente, o incluso en ciertos círculos europeos. Y las frecuentes diatribas de Fidel contra los Estados Unidos nunca fueron personales, sino políticas.

A pesar de las reservas de Marco Rubio, la gente alrededor del mundo recibirá cálidamente este acercamiento. En un momento en el que el público está tambaleándose a través de un diluvio de inquietantes noticias de atrocidades islamistas y temores de una nueva Guerra Fría producto del incontrolable comportamiento de Putin, las acciones de Obama y de Castro —y las del enérgico Papa Francisco— son extraordinariamente oportunas. Después de un tiempo duro en el escenario internacional, Barack Obama ha demostrado que puede actuar como un estadista de peso histórico. Y también, en este momento, lo ha demostrado Raúl Castro.

Para los cubanos, este momento será tan catártico emocionalmente como históricamente transformador. La relación con su rico y poderoso vecino del norte ha permanecido congelada en los sesenta y durante cincuenta años. En un nivel surreal, sus destinos han estado congelados también. Para los estadounidenses esto también es importante. La paz con Cuba nos lleva de regreso, momentáneamente, a la época dorada en la que Estados Unidos era una nación amada en todo el mundo, cuando un joven y apuesto J.F.K. era presidente el en ejercicio —antes de Vietnam, antes de Allende, antes de Irak y todas las otras miserias— y nos permite sentirnos orgullosos de nosotros mismos por hacer, finalmente, lo correcto.

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Artículo publicado originalmente en inglés en The New Yorker.
Traducido para Prodavinci por Rodrigo Marcano Arciniegas.


Bolivia presenta los 200 libros de su Biblioteca del Bicentenario

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LA PAZ.- El vicepresidente Álvaro García Linera presentó hoy los 200 libros seleccionados para formar parte de la Biblioteca del Bicentenario y anunció que el objetivo gubernamental es la publicación de esos textos a un precio accesible.

"En total son 200 títulos, más de 200 tomos, que intentan Presidente (Evo Morales) brindar al público, a los jóvenes fundamentalmente, obras indispensables para conocer Bolivia", manifestó en un acto realizado en Palacio de Gobierno.

La presentación de la Biblioteca del Bicentenario contó con la participación del Mandatario y los miembros del comité editorial que debatió y analizó cada una de las obras postuladas.

Según García Linera, las 200 obras seleccionadas "son fundamentales" para el pueblo boliviano, por lo que indicó que en coordinación con el comité editorial se realizará una publicación de lujo de las obras y una publicación "de circulación popular".

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"Queremos usar todos los medios, el Internet, usar bibliotecas. Lo importante es que promovamos la lectura para conocer desde el interior de Bolivia lo que somos, lo que hemos sido, lo que tenemos hoy y lo que queremos ser", fundamentó.

El Comité editorial estuvo conformado por destacados escritores e historiadores bolivianos, entre ellos José Roberto Arze, Hans Van den Berg, Mariano Baptista Gumucio, Pedro Querejazu, Carlos Mesa, Roberto Choque, Xavier Albó, y otros eméritos cientistas sociales.

El Vicepresidente precisó que el objetivo de la Biblioteca del Bicentenario es brindar al país y al mundo "un resumen general e imprescindible" para conocer la historia boliviana.

Recordó que cuando era docente universitario evidenció que los estudiantes no podían acceder a libros para su formación, por lo que optaban por las fotocopias de los textos.

En esa dirección, afirmó que la publicación de libros sobre Bolivia surgió a partir de esa "inquietud académica intelectual" para otorgar a los estudiantes una nutrida biblioteca.

"El núcleo de esta biblioteca era darle a los jóvenes, libros importantes sobre Bolivia y así surgió esta experiencia", sostuvo.

Los 200 libros son escritos referentes a Bolivia, algunos datan desde antes de 1825, expresan la historia, geografía, literatura, artes y ciencias sociales del país, también han sido rescatados colección de diccionarios y vocabularios de las principales lenguas originarias, entre otros.

El proyecto de la Biblioteca del Bicentenario es una iniciativa del Vicepresidente, que tiene como objetivo celebrar los 200 años de la fundación de Bolivia con una Biblioteca en la que se incluyan obras escritas que expresen la historia, la ciencia y el arte del país.

Publicado en Los Tiempos, de Bolivia, el 18 de diciembre de 2014.


Luis Eduardo García: El placer traidor

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Conocí a Luis Eduardo García hace muchísimos años, cuando con un grupo entrañable de amigos estudiábamos una maestría de periodismo con la ilusión de hacer mejor lo que hacíamos y menos mal lo que dejábamos de hacer por temor a lo primero. No nos costó mucho trabajo ni tiempo entender, en aquella época remota, que el único que hacía todo bien era él, a quien, desde un principio y de manera unánime, le supimos reconocer el talento sin límites que tenía para todo lo que estuviera relacionado con la palabra. Con la palabra bien escrita, bien escogida y, de manera especial, bien puesta una detrás de otra. Esto, que puede parecer una verdad de Perogrullo, no lo es tanto. Azorín solía decir que "la sencillez, la dificilísima sencillez, es una cuestión de método". Y nadie más metódico que Luis Eduardo, que ha labrado una prosa tan personal, tan maravillosamente sencilla y personal, que no puedo evitar sentir punzadas de envidia mientras lo leo. La suerte ha querido que, a pesar del tiempo que no lo veo (la última vez fue cuando tuvo la gentileza de invitarme hace un par de años a un taller de periodismo digital en la universidad donde enseña en Trujillo, ocasión que sirvió para comprobar que el cariño que sentimos por él los que lo conocemos es el mismo que le prodigan sus alumnos), la suerte ha querido, les decía, que caiga en mis manos uno de los libros recopilatorios de sus crónicas que publicó hace dos años, “El placer traidor. Crónicas elegidas” (Trujillo: CEA, 131 págs., 2012), un libro que, por cierto, todo aspirante a cronista o columnista debería tener por libro de cabecera. Y ha sido una suerte porque hace unos días presentó la segunda edición de “Tan frágil manjar. Historias, libros y personajes” (Trujillo: Triskel Editores). Así que tengo con que entretenerme y prepararme mientras consigo esta nueva edición que incluye artículos y crónicas publicados los últimos cinco años. Casi el mismo tiempo que nos vemos, pero sí nos leemos. Por lo menos yo a él sí. Indefectiblemente.

Café y libros con... Lewis Mejía

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Conozco a Lewis Mejía desde nuestras épocas de trabajo en El Comercio, y desde entonces siempre me ha parecido lo que realmente es: una excelente persona y un periodista de polendas (la combinación perfecta que uno puede tener por amigo). Si a eso le sumamos el hecho de que Lewis tiene más años de bombero voluntario que de ejercicio periodístico, caeremos en la cuenta que es alguien que tiene mucho que contarnos. Parte de esa envidiable experiencia vital y profesional la ha reunido en "Crónicas" (Lima: Munay Editores, 99 págs., 2014), el libro que compila sus crónicas y artículos publicados entre los años 1990 y 1998. Este, que puede ser un dato tan solo útil para la nota de prensa, dice mucho de lo que vamos a encontrar en sus páginas. Porque si de algo habla este libro es de un mundo desaparecido, de un país que ya no existe y que cambio a fuerza de golpes, malas artes y mucho, pero mucho empeño de su gente contra estos, y de cuyos aciagos problemas aún arrastramos dolorosos, cuando no vergonzosos, rezagos. Leer estas "Crónicas" me ha devuelto el recuerdo de la apremiante necesidad de un rin para llamar a casa, a los apagones que nos dejaban obligados a luz de una vela demasiadas noches para recordar, lecturas prohíbidas a tiro de piedra de la Casona de San Marcos que ya casi habíamos olvidado o a amigos que solo habitan ahora en nuestra memoria. Publicar estos trabajos periodísticos escritos con la rapidez que te impone la hora de cierre ha sido un gran acierto de Lewis Mejía. Porque si bien es cierto que todavía falta la gran novela que retrate este tiempo todavía caliente en la memoria de todos nosotros, sus textos son un recordatorio acucioso de esos días que no debemos olvidar.



Miguel Maticorena Estrada habla sobre el concepto de cuerpo de nación en el Perú

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Después de varias semanas he podido recuperar parte del material de trabajo que perdí en un lamentable estropicio que sufrió mi PC. Una mínima parte de ese material recuperado son estos breves segundos de grabación que hice en enero de 2010 a mi profesor Miguel Maticorena Estrada, fallecido a principios de este año, y que debían ser parte de una especie de documental u homenaje que quería hacerle. Fueron casi tres horas de grabación las que realice aquella mañana y de las cuales apenas he podido recuperar poco más de una hora. El mayor recuerdo que tengo de esa jornada es el entusiasmo del profesor con el proyecto y la buena disposición que tuvo para someterse a una extenuante sesión de grabación. Sirva esta pequeña muestra como promesa y compromiso que de todos modos tengo todavía pendiente con él.



El historiador mexicano Silvio Zavala (1909-2014)

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Rodrigo Martínez Baracs
Dirección de Estudios Históricos, INAH

El viernes 5 de diciembre de este año de 2014 falleció en la ciudad de México el gran historiador mexicano don Silvio Zavala, nacido hace más de 105 años en Mérida, Yucatán, el 7 de febrero de 1909. Junto con Edmundo O’Gorman y Miguel León-Portilla, Silvio Zavala fue uno de los historiadores mexicanos más importantes del siglo XX. Imposible resumir aquí su inmensa labor como historiador, editor, maestro y director de instituciones. Prefiero aprovechar un estudio anterior para centrarme en su aporte central a la comprensión de nuestra historia.

En sus estudios históricos, Silvio Zavala apuntó algunas ideas vitales para entender mejor el fenómeno todo del descubrimiento, la conquista y la colonización de México y de América por los españoles. Su primer libro, presentado como tesis de doctorado en Derecho en 1933 en la Universidad Central de Madrid, lo dedicó a Los intereses particulares en la Conquista de la Nueva España (Estudio histórico-jurídico). La idea ya había sido esbozada por Francisco A. de Icaza, en la introducción a su edición del Diccionario de conquistadores y pobladores de la Nueva España (inicialmente elaborado por Francisco del Paso y Troncoso), de 1925; pero Silvio Zavala la afirmó y desarrolló de manera sistemática con sus firmes conocimientos jurídicos: fueron los intereses particulares de los españoles, las voluntades individuales, sus capacidades empresariales ("semejante a sociedades modernas"), las que los llevaron a participar en el descubrimiento, la conquista y la colonización de América.

De esta manera Silvio Zavala estableció un cambio de paradigma (podría decirse que kuhniano) con respecto a la noción prevaleciente de que en la colonización de América, España avanzó por sucesivas decisiones, reales cedulas, de la Corona omnipotente. Este primer estudio de Silvio Zavala mostró que la historia de la conquista fue llevada a cabo no sólo por la voluntad de los reyes, encarnaciones mágicas y divinas de la Nación, sino por la libre actuación de personas, en un marco jurídico y económico de interacción.

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Se invierte igualmente la perspectiva de la historia del derecho español. Las reales cédulas y los mandamientos virreinales ya no son vistos como emanaciones de la voluntad del rey o del virrey que lo deciden todo, sino como respuestas de las autoridades a los procesos que se van dando en la interacción de las acciones movidas por los intereses particulares. Las leyes españolas no determinan los hechos, interactúan con ellos. En los procesos de colonización, la voluntad del Rey deja de ser la protagonista de la historia, es sustituida por la historia de las múltiples acciones de los conquistadores y pobladores españoles de América, acciones que se mezclan dando lugar a una historia imprevisible que debe estudiarse en la especificidad de cada momento y lugar. Esta es la tarea de los historiadores, dotados de estas fuentes abundantísimas que son los documentos judiciales, de los que hay que aprender a sacar las verdades, los pedazos de verdad, de múltiples afirmaciones falsas o parciales e intencionadas.

La interacción entre los intereses particulares de los hombres se normaba en España y se siguió normando en la Nueva España por una legislación sumamente elaborada y pensada a lo largo de generaciones. El derecho español tenía su antecedente y base en el derecho romano, derecho civil, derecho de la interacción entre los intereses particulares de hombres libres. Esta perspectiva le dio una vitalidad dinámica particular a la historia del derecho durante el periodo hispánico de México, ya no un ordenado registro de leyes que se cumplen o no se cumplen, sino una interesante interacción entre los intereses particulares, mediada por los funcionarios judiciales de la Corona de acuerdo a una legislación y a un régimen económico específico.

Por eso estudió Silvio Zavala con gran detenimiento Las instituciones jurídicas en la conquista de América, en 1935, y su continuación es La encomienda indiana, del mismo año, y tiempo después La esclavitud indígena en la Nueva España, en 1968, que estudian las dos formas españolas de explotar a los indios más importantes en los primeros tiempos de la colonización. Un complemento son los estudios de Agustín Millares Carlo y José Ignacio Mantecón (1945 y 1946) y de José Miranda (1947) en el Archivo de Notarías de la ciudad de México, que documentaron la formación de "compañías" y tratos mercantiles en México desde 1525 o antes, en los que los encomenderos y esclavistas actuaban como empresarios capitalistas (con formas precapitalistas de explotación de los indios). La encomienda y la esclavitud cedieron su lugar en la segunda mitad del siglo XVI a otras formas de explotación de los indios, que estudió ampliamente Silvio Zavala en las series monumentales Fuentes para la historia del trabajo en Nueva España, de 1939-1946, y El servicio personal de los indios de la Nueva España, de 1984-1995, cada una de 8 volúmenes, y en otros estudios y compilaciones que abrieron el campo de la historia económica de México. Cada tomo, con sus orden riguroso y sus amplios índices analíticos se transforma en una verdadera computadora de papel, en una obra abierta, en la que el lector e investigador puede hacer sus propias navegaciones, hallazgos y conexiones.

En el énfasis histórico (y filosófico) en el actuar de hombres particulares y su interacción (mediada por el marco jurídico) se abre otra dimensión, la de la conciencia de los individuos, y sí, aquí en particular en las cortes y entornos del monarca, pues Silvio Zavala estudió en primer lugar los cuestionamientos, hechos por los intelectuales consejeros del rey, de la conquista de América y de la manera como se había llevado. En particular la cuestión del derecho español a conquistar y esclavizar a los indios y a obligarlos a trabajar para los españoles y a pagarles un tributo.

Silvio Zavala estudió con detenimiento la fase antillana (1492-1519), a la que calificó también de “experiencia antillana”, en la que la codicia de los españoles junto con las epidemias provocaron una gran mortandad de los habitantes de las islas, que prácticamente se extinguieron. De modo que de manera particular la experiencia antillana de la despoblación de las Indias resultó muy importante para la voluntad tanto del rey como de grandes conquistadores como Hernán Cortés y de muchos pobladores, de establecer en México una explotación relativamente moderada de los indios que evitara su destrucción, de establecer una verdadera convivencia entre indios y españoles, base de nuestro mestizaje.

Más adelante en el siglo XVI la discusión sobre el derecho español a esclavizar a los indios u obligarlos por otros medios a trabajar encontró una sólida base en la doctrina cristiana de la libertad individual, necesaria para escoger entre el bien y el mal. Esta idea la expuso Silvio Zavala en otro de sus grandes libros, La filosofía política en la conquista de América, de 1947, que inició una gran cantidad de estudios suyos de historia intelectual, que apuntó igualmente al énfasis en la acción particular de los individuos, dotados de intereses, sí, pero también de conciencia ética. Y en el caso de los indios, en la medida en que los españoles los vieron como seres humanos, también los concibieron como seres constituidos por su libertad individual, que por lo tanto los españoles no podían esclavizar ni forzar a trabajar, lo cual condujo a la abolición en 1549 del servicio personal como parte del tributo que daban los indios sometidos a la encomienda o al corregimiento, y a la abolición en 1551 de la esclavitud indígena. Como seres humanos conquistados pero libres, los indios fueron integrados como súbditos individuales del rey de España, e integrados a su sistema de justicia.

Bajo esta perspectiva del “liberalismo” español, cristiano, se confirmó en términos teológicos y filosóficos la importancia de los intereses y la conciencia individual tanto de indios como de españoles. Silvio Zavala dedicó una gran cantidad de eruditos estudios a los autores españoles que condenaron o criticaron la manera en que se realizaba la conquista y la colonización de la Nueva España, como fray Bartolomé de las Casas, fray Alonso de la Veracruz y Vasco de Quiroga, sobre el cual Silvio Zavala destacó en 1937 la influencia de la Utopía de Tomás Moro, de 1516, lo cual provocó una notable polémica con los historiadores Edmundo O'Gorman y Justino Fernández, en la que, me parece, salió vencedor Silvio Zavala.

Como se ve, un aporte histórico central en la obra de Silvio Zavala sobre México e Hispanoamérica es destacar la importancia de los intereses particulares, en el contexto económico definido por la conquista española, regulados por las instituciones del derecho hispánico y por la conciencia ética individual. No puede sino infundir respeto y agradecimiento considerar el gran legado de conocimientos e inteligencia que nos dejó Silvio Zavala.

Ciudad de México, lunes 8 de diciembre de 2014

Fuente: Lista H-México.

"Solícitos empleados retiraban la corona que había enviado Cuba en postrero homenaje al valiente ministro de Relaciones Exteriores..."

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Hoy los gobiernos de Cuba y Estados Unidos han anunciado el inicio de conversaciones para el restablecimeinto de relaciones diplomáticas entre ambos países. Un giro de timón histórico cuyas consecuencias y dimensiones aún están por verse, pero del cual yo podemos vislumbrar su importancia. Especialmente para la pequeña isla, víctima, desde hace casi seis décadas, de un inhumano bloqueo económico por parte del gigante del norte. En este día, no han faltado quienes, ante este anuncio, que de un modo u otro es una victoria del pueblo cubano, han recordado la hidalga y valiente posición de Raúl Porras Barrenchea en defensa de una Cuba revolucionaria y su derecho a elegir su propio destino en la reunión de cancilleres de Costa Rica el 23 de agosto de 1960, y por la cual recibió no solo el maltrato por parte del Gobierno de Prado, sino también el vejamen de una prensa afín a este y de los aliados del mismo. A las pocas semanas de este acto que dignificó la tradición americanista del Perú y Torre Tagle, Porras fallecía y sus restos sufrirían todavía, durante su velorio, la última afrenta de una clase política que no supo estar a la altura de este magnífico hombre. Este episodio lo refiere brevemente Ismael Pinto en su testimonio que compone el Libro Homenaje que publicó el Instituto Porras con ocasión de su centenario y que todos hoy debemos tener presente. Ahí leemos:

"[...] La muerte anunciada se cumplió, tal como lo temía el doctor Hercelles. Esto, después de su ida a la Asamblea de Cancilleres en Costa Rica, en la cual desoyendo la voz oficial del gobierno de Prado se negó a votar por la expulsión de la revolucionaria Cuba del sistema interamericano. Fue su último gesto de viejo liberal, a la antigua manera. Esa de la tolerancia, el respeto y la justicia. Seguía siendo un hombre altivo, libre, transparente, con su lección de tolerancia que no cesaba y comprometido sólo con su propia conciencia. Tenía, cuando se marchó, las alas y las manos limpias. Atravesó la política peruana sin mancharse, cosa de la que pocas biografías en el Perú pueden preciarse.

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Cuando se fue haciendo más fría la noche, y la gente que en un primer momento estuvo en el velorio se fue ausentando de Torre Tagle, en el salón que se le velaba, quedamos acompañándolo Ileana Vegas, la hija mayor de su amigo entrañable, Ricardo Vegas García, Baldomero Cáceres, Guillermo Nieto, Félix Nakamura, Hugo Neira, Rolando Andrade, Winston Orrillo y quien les habla. Fue una noche larga, de conversación sostenida, de recuerdos y evocaciones, en voz baja, acercándonos cada cierto tiempo al ataúd, como si en cada mirada hubiéramos querido retener una última imagen del maestro. Esa del reposo sin fin. Esa última y definitiva del morir habemos, que el recordó en su bella oración fúnebre cuando recibió los restos mortales de Gabriela Mistral, la maestra del pardo sayal, rumbo a Chile. Ahora, a él le había tocado ese descanso sin tiempo, con mucho polvo y silencio entre las manos. Esa noche, también, cada vez que solícitos empleados retiraban la gran corona que había enviado Cuba, en postrero homenaje al valiente Ministro de Relaciones Exteriores que dejó sentir su voz y profundo e histórico sentido americanista en Costa Rica, en un descuido la volvíamos a colocar en lugar visible, así hasta que se aburrieron, pero al otro día no estaba entre las ofrendas florales que rodeaban al féretro. Luego, en la mañana, temprano, aparecieron quienes debían fotografiarse para salir en los diarios, haciendo la guardia de honor al llorado Canciller. Lo de su entierro amanecido, como lo llamó Pablo Macera, es ya otra historia. La de la mezquina y sucia política criolla que aquí, esta noche, no tiene lugar. Como sí tiene lugar la voz del corazón, esa que, como lo dijo LAS, al referirse al doctor Porras, acalla la voz, quedando solamente palabras para pedirles a ustedes disculpas por el tiempo que les acabo de quitar".


José Luis Romero: una cierta idea de la Argentina

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Un volumen colectivo, que editará próximamente la Universidad Nacional de San Martín, reúne ensayos sobre el gran historiador argentino. En el artículo que reproducimos, Tulio Halperin Donghi analiza la incidencia de Bartolomé Mitre en su pensamiento

Por Tulio Halperin Donghi | Para LA NACION

Es sabido que José Luis Romero se iba a resistir largamente a encerrar su proyecto historiográfico en lo que en 1929, apenas salido de la adolescencia, describió como "el marco reducido de la historia local" en el texto deliberadamente desafiante en que daba noticia de su ingreso en el campo de estudios al que había decidido consagrar su vida. Necesitarían pasar catorce años para que en 1943, cuando había publicado ya su primera obra mayor, La crisis de la República romana , consagrada a un tema de historia de la antigüedad clásica, de la que era entonces "un estudioso ferviente", ofreciera su primera contribución significativa a la historiografía de tema argentino con "Mitre: un historiador frente al destino nacional", una conferencia que, editada en folleto en ese mismo año, cubre hoy cuarenta y dos páginas de tupido texto en la recopilación de ensayos citada más arriba [La experiencia argentina y otros ensayos].

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La fecha es aquí significativa. En 1943 era el entero destino del mundo el que pendía del desenlace de una guerra destinada a dar respuesta final a los dilemas planteados por la inesperada crisis de civilización que, apenas comenzado el siglo XX, había interrumpido el avance triunfal de la liberal y capitalista, en cuyo marco había trascurrido hasta entonces el entero curso de la breve historia de la Argentina como nación. Es en la víspera de ese desenlace cuando Romero acude a la obra histórica de Mitre como a "un alegato irrebatible para la afirmación de nuestra existencia colectiva y de un proyecto madurado para la construcción de un país en cuya obra fue arquitecto primero, obrero luego, acaso ahora profeta que clama en el desierto", en el que busca y encuentra apoyo para perseverar en la opción que ha sido desde el comienzo la suya, frente a los dilemas que están ya cercanos a resolverse. Pero ocurre que al releer la Historia de Belgrano y de la independencia argentina , a la que ha acudido en busca del espaldarazo que sólo podrá conferirle quien encarnaba la figura de un padre de la patria, descubre que tiene frente a sí un monumento historiográfico de inesperada envergadura, en el cual Mitre -como Guizot, cuya influencia Romero sospecha predominante entre "las de los grandes historiadores que constituían sus lecturas predilectas"-, inspirado por los supuestos que lo guiaron también en su acción política, ha logrado repetir, en "el marco reducido de la historia local", la hazaña de aquel en el de la entera historia europea a partir de las invasiones bárbaras. Porque quien en esa hora decisiva lee a Mitre en busca de la guía e inspiración que sólo ese padre de la patria podría proporcionarle es también un historiador, que advierte muy bien que si ha encontrado en los textos de Mitre ese perfecto "ajuste entre el pasado y el presente para discriminar la línea del desarrollo futuro" que ha buscado en ellos es porque ese padre fundador de la Argentina moderna fue también un eximio practicante del oficio, que es también el suyo y que había logrado integrar de modo magistral en su relato las muy diversas facetas y dimensiones de un proceso a cuya complejidad hizo entera justicia mientras la hacía también a lo que en todas ellas contribuía a mantener a ese proceso en su unitaria línea de avance.

La admiración de colega por una obra en la que veía explicitada, antes aún que legitimada, la idea de la Argentina que no había necesitado articular para apoyarse en ella al definir su proyecto de vida, al revelarle que en él había encontrado a quien había ya realizado esa tarea, y por lo tanto le hacía aún menos necesario explorar un campo en que estaba seguro de saber ya lo necesario para entenderlo históricamente, vino a confirmar su compromiso con un proyecto historiográfico que seguía rechazando limitar al marco local, y lo impulsaba en ese mismo momento a internarse en la historia del Medioevo, de la que iba a hacer su principal campo de trabajo en las siguientes décadas. La convicción de que, en ese otro campo más reducido, Mitre había hecho ya lo esencial no lo había abandonado cuando aceptó la invitación para preparar la colección Tierra Firme, que acababa de lanzar el Fondo de Cultura Económica, el volumen consagrado a Las ideas políticas en Argentina , que vio la luz en 1946, en la estela del triunfo que la revolución peronista acababa de revalidar en la arena electoral, en febrero de ese año.

Y no lo había abandonado tampoco en 1975, cuando le tocó celebrar la aparición de la quinta edición de ese mismo libro ante un reducido público integrado por sus amigos más cercanos, en un país que vivía la sangrienta agonía de la primera restauración peronista, cercana ya a su trágico desenlace, en que hubiera sido inoportuno encarar otra celebración menos discreta. Eso explica el tono confidencial con que se refirió a su deuda con la visión histórica de Mitre, donde partiendo de la premisa de que "la historia argentina la inventó Mitre, digamos la verdad" agregaba a ello que éste había cumplido esa tarea de modo tan eficaz que no sólo "durante mucho tiempo la Argentina no ha tenido más que esa visión" de su propio pasado, sino que aún en el presente "el período al que llegó Mitre sigue signado por la mirada de Mitre", para concluir invitando a buscar la contribución original del libro, cuya reedición se celebraba en su tercera parte, dedicada a la etapa que no sólo no había sido alcanzada por la mirada histórica de Mitre, sino que no había sido aún incorporada al territorio de la historia, al que había hallado en estado "absolutamente informe". Necesitado de introducirla plenamente en ese territorio, se puso a la tarea de "sistematizar el período que comienza en 1880, y ponerle una designación [´La Argentina aluvial'] que aludía al fenómeno que le parecía decisivo y fundamental de ahí en adelante, tal la metamorfosis que en la sociedad argentina opera la inmigración". Es en esa empresa sistematizadora que no sabe si atreverse a decir que "ha constituido un marco de referencia para mucha gente", cuando sabe perfectamente que está en la base misma de la visión retrospectiva de la experiencia argentina en que se apoyan las ciencias sociales, entonces en pleno desarrollo en el país. Esto es lo que recuerda con más orgullo de esa su breve incursión en el campo de la historia patria, luego de su retorno al campo de la historia medieval, en el que sigue concentrando sus indagaciones tres décadas más tarde.

No había pasado más de un año desde que reiterara así su identificación sin reservas con la visión histórica de Mitre cuando, en una carta a Javier Fernández, le confesaba "he estado pensando dónde y cómo dar una conferencia sobre Sarmiento historiador , estableciendo su calidad de cabeza de una línea historiográfica distinta de la de Mitre, pero paralela; estableciendo su filiación hacia atrás, quizá pensando -esto es un secreto- en su posteridad, a la que me honro en pertenecer". Pero si sólo en 1976 había tomado conciencia de esa filiación alternativa, ya en el libro publicado treinta años antes, su visión se había apartado en más de un punto central de la de Mitre, y si sólo ahora lo descubría era porque sólo cuando el desenlace, que estaba en el horizonte el año anterior, había ya inaugurado una etapa en que el horror alcanzó extremos no sólo desconocidos, sino inimaginables hasta sus mismas vísperas, terminó de disiparse el imperio que sobre él había ejercido esa informulada idea de la Argentina, que desde el momento mismo de su ingreso en el mundo había ofrecido el aval para el programa de vida que ya entonces se había trazado.

Parece aquí llegado el momento de preguntarse por las razones que hicieron que esa idea de la Argentina siguiera gravitando tan largamente sobre Romero, pese a todo lo que en su experiencia de vivir en ella hubiera podido invitarlo a poner en duda su validez. Creo que aquí se hace necesario plantear esa pregunta en dos niveles distintos, considerando en primer lugar la idea de la Argentina inscripta en el compartido sentido común de quienes debían convivir en ella (que tenía mil maneras de grabarse en quienes, desde el momento mismo de ingresar en el mundo, comenzaban el aprendizaje de las pautas de convivencia que ese sentido común había inspirado) para luego examinar lo que de ella estaba presente en la que Romero había hecho suya cuando creyó encontrarla explícitamente formulada en la obra histórica de Mitre.

Decir que el motivo central en ella era una fe sin fisuras en el destino nacional es usar términos demasiado solemnes para designar lo que se acercaba, más bien, a una serena confianza en que en la Argentina, ni aun las peores adversidades, lograban detener por mucho tiempo a la fuerza incontenible que empujaba su economía y su sociedad hacia arriba y hacia adelante. Fue ése el descubrimiento de Sarmiento, quien -tal como comentó luego ácidamente Juan María Gutiérrez- en Facundo ofreció el retrato de un país del que sólo conocía uno de sus patios interiores, cuando se estableció en Buenos Aires, y lo que allí vio le bastó para persuadirse de que "con la guerra, la paz, la dislocación o la unión este país marcha, marchará". Pero mientras Sarmiento había temido que ese descubrimiento desconcertante lo estuviera llevando a conclusiones que a él mismo lo espantaban, Mitre había construido sobre él su entera narrativa histórica, y le había agregado más de un corolario, cuyo eco es fácilmente reconocible en la idea de la Argentina que estaba destinado a hacer suya, quien allí hubiera nacido en 1909. Convencido Mitre de que la economía capitalista en avance, desde su foco inicial en el Atlántico Norte estaba preparada para apoyarse cada vez más en las tierras templadas de ultramar para satisfacer las necesidades de alimentos de ese foco originario, y de que ello ofrecía a la Argentina la oportunidad de crear en sus tierras litorales (que encierran una de las más extensas praderas naturales del planeta) el núcleo de un país que aún carecía de él en lo que hasta la víspera no había sido mucho más que un desierto. El ritmo vertiginoso con que fue preciso llevar adelante esa construcción de las estructuras no sólo económicas, sino también sociales, políticas, administrativas y culturales, que harían por fin de la Argentina un país a la altura de los tiempos, aseguraba de antemano que los resultados serían -demasiado a menudo- defectuosos, pero experiencias pasadas permitían esperar con firme confianza que esos defectos, por otra parte inevitables, fueran corregidos cuando a pesar de ellos la Argentina continuara avanzado en su marcha hacia objetivos cada vez más ambiciosos (de nuevo Sarmiento había encontrado una fórmula más contundente para decir lo mismo, cuando dictaminó que en ese momento argentino las cosas había que hacerlas, mal si eso era necesario, pero aun así hacerlas).

Luego de que esa seguridad de que, aunque había mucho en la Argentina que no era lo que hubiera debido ser, no había motivo para dudar de que el país seguía avanzando en el buen camino se viera cruelmente desmentida por el súbito cambio de fortuna que trajo consigo la crisis económica mundial abierta en 1929, Eduardo Mallea le reprocharía el haber incitado a los herederos ingratos de un esfuerzo de construcción de un nuevo país, que no había aún alcanzado su meta a concluir, que había llegado la hora de gozar de lo que otros habían ya construido con su esfuerzo, en la seguridad de que ese impulso, que a lo largo de más de medio siglo se había reflejado en avances cada vez más amplios, se encargaría por sí solo de asegurar el éxito final de ese gigantesco proyecto de ingeniería social. Mallea celebraba en cambio a los ciudadanos de un "país invisible", que se apartaban de esa improvisada elite de gozadores y, que al encarar con una seriedad casi sacerdotal las tareas a las que en los más diversos campos su vocación los había atraído, proseguían en el silencio y la oscuridad la de construcción nacional de la que esa elite había desertado. Entre ellos hubiera ubicado sin duda a Romero, si sus exploraciones de la Argentina profunda le hubieran dado la ocasión de encontrarlo, y eso hace pertinente reflexionar aquí, por un momento, sobre un rasgo en la actitud de esos ciudadanos de la Argentina invisible, que Mallea no había encontrado en absoluto problemático. Era ésta su decisión de elegir la marginación más bien que el desafío a quienes, desde la cumbre de las jerarquías políticas, sociales, económicas y culturales de la Argentina, fingían seguir guiándola en el esfuerzo por realizar un proyecto de nación, que traicionaban minuciosamente todos los días, convencidos como estaban de que la habilidad con que éstos habían sabido arrastrar a un país entero a aceptar como válida una grosera impostura que condenaba de antemano al fracaso cualquier intento de trabar un combate político (o quizá sólo ideológico) contra quienes habían logrado imponer, en ambas arenas de conflicto, unas reglas del juego que hacían del todo imposible derrotarlos. Pero si la renuncia a una lucha frontal se acompañaba de la opción por una alternativa, que exigía esfuerzos y sacrificios no menos extremos que el combate al que se había renunciado, era porque al desaliento ante ese presente argentino lo acompañaba la implícita confianza en que las taras que descubrían en él no iban a impedir el acceso a un futuro en el que, tanto ellos como la Argentina, cosecharían los frutos de esos esfuerzos silenciosos y solitarios.

Esa convicción de que las imperfecciones propias de una construcción nacional que había avanzado a ritmo vertiginoso no impedirían a la Argentina coronarla exitosamente, que ofrecía la premisa informulada pero indispensable para dotar de sentido a los proyectos de vida que ambicionaban realizar esos ciudadanos del país invisible, la ofrecía también para la idea de la Argentina que Romero había hecho suya, y que en 1943 iba a descubrir explícitamente articulada en la narrativa histórica de Mitre. Pero, puesto que Romero se apoyaba en ella para llevar adelante un proyecto historiográfico que abarcaba la entera historia occidental (y en que la historia nacional y aun la hispanoamericana no tenían lugar alguno) no necesitaba incluir mucho más que esa premisa en esa implícita idea de la Argentina, en la que sin advertirlo siquiera, se apoyaba al decidir jugar su destino en una apuesta que sabía extremadamente riesgosa.

José Luis Romero. Vida histórica, ciudad y cultura
José Emilio Burucúa, Fernando Devoto y Adrián Gorelik (Editores)
Unsam

Publicado en el diario La Nación, de Argentina, el 15 de marzo de 2013.


Tulio Halperin Donghi (notas de prensa)

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Este es un breve recopilatorio de las notas de prensa aparecidos en diarios de Argentina e internacionales con ocasión de la muerte del historiador Tulio Halperin Donghi, ocurrida el 14 de noviembre último.

- El fanático de la Historia
- Tulio Halperín Donghi en nuestra historia
- Halperin Donghi recorre la historia de la UBA
- La Argentina perdida
- Cambio de escenario
- Esperanzas y frustraciones
- Contar el pasado reciente
- Una personalidad brillante y profunda
- Tulio Halperin Donghi
- Viraje
- Tulio Halperín Donghi (1926-2014)
>>> Seguir Leyendo... >>> - Murió el historiador Tulio Halperin Donghi
- Nos hará falta
- La última polémica de Tulio Halperin Donghi
- Ya quedó en la historia
- Tulio Halperín, profesor de pregrado
- Formas de leer a un historiador punzante
- Halperin Donghi como intelectual argentino
- Tulio Halperin, uno de los grandes historiadores de América Latina
- Un historiador que se conocía condicionado
- Un historiador del Río de la Plata
- Tulio Halperín Donghi
- Belgrano, su última gran polémica
- Historia y tramas de Argentina
- Halperin, adiós al historiador
- El país que halperin Donghi enseñó a leer
- El adiós de un antiperonista
- Tulio Halperin Donghi en nuestra historia
- La memoria de los próceres
- Tulio Halperin Donghi, Révolution et guerre. Formation d’une élite dirigeante dans l’Argentine Créole
- Tulio Halperín Donghi: Adiós al retratista del siglo XIX
- Murió Tulio Halperín Donghi, el historiador de la Argentina


Tulio Halperin Donghi: Adiós al retratista del siglo XIX

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Mariano Plotkin, Hilda Sabato y Francine Masiello evocan el talento del fallecido historiador de la Argentina, también especializado en peronismo. Su último libro fue una semblanza de Belgrano.

Maestro sin discípulos
Por Mariano Ben Plotkin, doctor en Historia por la Universidad de California, Berkeley.

Tulio Halperin Donghi ha muerto y con él se ha ido no solamente uno de los historiadores más brillantes y reconocidos de la Argentina (y me atrevería a decir de América Latina), sino también uno de los intelectuales argentinos más relevantes de las últimas décadas. Hoy en día, aun sus detractores no dudan en considerar sus obras como referencias ineludibles. Pero su pensamiento y su imagen han trascendido en tiempos recientes al reducido círculo de los historiadores profesionales y especialistas. Su rostro así como su fina ironía se hicieron conocidos por muchos que jamás lo habían leído, a través de innumerables notas aparecidas en los medios locales en los que hablaba sobre los temas más diversos del pasado y del presente.

Sin embargo, lo que podríamos llamar el “fenómeno Halperin” (su popularidad “ultra disciplinaria”) ha sido un fenómeno relativamente reciente para un intelectual cuya trayectoria se ha extendido a lo largo de más de medio siglo. Su estilo, tan complejo como lo eran los fenómenos que historiaba, así como sus puntos de vista que iban por lo general a contramano del sentido común básico que permea cierta historiografía muy difundida no contribuían a convertirlo en un escritor popular. Y sin embargo, lo ha sido.

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Aunque sus escritos fueron conocidos y admirados por especialistas desde finales de la década de 1950, podríamos decir que la popularidad más o menos reciente de Halperin se dio en dos etapas. Una primera entre los cultores de la profesión quienes, sobre todo a partir de la vuelta de la democracia, encontraron tanto en sus textos como en la docencia que llevaba a cabo anualmente en el país una forma rigurosa de hacer historia, nunca despolitizada, pero sí ajena a su utilización como instrumento ideológico destinado a legitimar posiciones políticas del presente; una historia que partía de perplejidades y preguntas y no de certezas pre-concebidas. Esta actitud la conservó hasta el final. Su último libro sobre Belgrano –que despertó grandes controversias– parte de una pregunta o enigma que es el que le proporciona el título a la obra. La historia que proponía Halperin dejaba atrás anacrónicos debates que hoy continúan esforzándose por mantener vivos aquellos amantes de la historia a-priori. Se trataba de una historia compleja que se negaba a proporcionar respuestas fáciles a preguntas complicadas, nunca lineal ni teleológica; y aunque sus preguntas (como las de todo buen historiador) se originaban en el presente, recusaba cualquier posibilidad de entender el devenir histórico como un proceso determinístico. La segunda etapa de su popularidad, más reciente, estaba vinculada a su posición como observador lúcido, ajeno pero a la vez intensamente comprometido con el presente del país.

No haré aquí un análisis de los textos halperinianos. Sin embargo, quisiera detenerme brevemente en un libro relativamente reciente, a cuya factura, junto con Jorge Lafforgue, he asistido de manera más o menos directa: Son memorias. Y si me detengo en este texto no es sólo por el papel que me tocó jugar en él, sino porque considero que este libro de madurez condensa algunas de las virtudes que hacen de Halperin un gran historiador. En una época donde la memoria se ha convertido en el objeto de una verdadera industria académica –pareciera que la inclusión de la palabra “memoria” en títulos de proyectos y libros garantiza su éxito–, Halperin decide escribir un libro que es mucho más que sus memorias, y que de alguna manera va a contrapelo de buena parte de las premisas sobre las que se basa una porción considerable de la inmensa producción sobre la memoria que ha inundado el mercado. He aquí una característica general de la obra de Halperin: nunca rehuyó a los temas o herramientas metodológicas “de moda” (historia social, económica, cuantitativa, intelectual, etc); pero se les acercaba y utilizaba desde una perspectiva que le era enteramente propia, no se subía a ningún “carro historiográfico”.

Son memorias no es un libro académico stricto-sensu, sino una reconstrucción de la historia argentina entre la década de 1920 y la de 1950, basada en la memoria de alguien que vivió esos años con una inusual intensidad. Pero es también una reflexión teórica acerca de los vínculos existentes entre la historia y la memoria y el uso que el historiador puede hacer de la segunda. Y acá Halperin, fiel a un estilo desarrollado a lo largo de su extensísima trayectoria, hace una utilización sumamente sofisticada de la teoría pero sin hacerla jamás explícita. Esa, creo, es una de las virtudes más importantes de su escritura: la teoría está siempre ahí, sustentando el análisis, pero al mismo tiempo es casi invisible, velada, entretejida en el texto y no añadida como un molde dentro del cual se intentan forzar los hechos, como nos tiene acostumbrados cierta historiografía con pretenciones académicas. Ese uso casi oculto de sofisticadísimas herramientas conceptuales (tanto las más recientes como algunas clásicas) es la que permite a Halperin convertir a hechos del pasado –que en manos menos hábiles serían meras ilustraciones de conclusiones obtenidas de antemano–, en verdadera evidencia histórica, que por lo tanto, en vez de cerrar, abren nuevos universos de problemas. En Son memorias Halperin reflexiona sobre el uso que el historiador puede hacer de la memoria, en este caso la propia. Memoria e historia se van entrelazando sutilmente conformando ésta última un riquísimo telón de fondo en el que se inserta y al mismo tiempo del que se nutre la primera. Este entrecruzamiento le permite explicar procesos mucho más generales. Así, episodios aparentemente mínimos, rescatados de la memorias de su niñez le permiten ofrecer una corrección (o al menos un fuerte cuestionamiento) a la versión de la evolución social argentina ofrecida por cierta narrativa sociológica considerada canónica. De la misma manera se permite brindar una visión bastante matizada del gobierno del general Justo a partir de un hecho menor que su memoria rescata pero que en sus manos adquiere estatuto de evidencia histórica.

Yo fui alumno de Tulio Halperin en Berkeley durante la segunda mitad de la década del 80, y a lo largo de los años desarrollamos una relación bastante estrecha. Una de las cosas que más he admirado siempre de él es que nunca ha tenido discípulos. Como él mismo le dijo a una colega, “nunca había desarrollado la joroba epistemológica de la veneración”. Creo que esa es una cualidad que habla también de su nobleza como intelectual. Le resultaba inconcebible la idea de “formar escuela”, imponiendo puntos de vista o formas específicas de abordar el pasado. Uno aprendía con Tulio, pero también aprendía que no tenía sentido intentar escribir la historia como lo hacía él. Como me señaló alguien también cercano a él, para muchos de nosotros va a ser difícil pensar el mundo sin Tulio Halperin Donghi.

Compromiso vital con la Argentina
Por Hilda Sabato, historiadora, CONICET, UBA. Autora de “Buenos Aires en armas ...”

Tulio Halperin Donghi murió el viernes 14 de noviembre. Reitero la frase tantas veces repetida desde entonces para intentar convencerme de ese hecho definitivo y escribo así para sumarme al recuerdo colectivo de ese hombre excepcional.

Halperin es el historiador más importante de la Argentina de nuestro tiempo. Desde sus primeros trabajos y a lo largo de una vasta y complejísima obra revolucionó el estudio del pasado, en un proceso incesante de creación y recreación que continuó hasta sus últimos días. Esa obra, que abarca desde finales del período colonial hasta principios del siglo XXI, ha sido la referencia principal e ineludible de toda la producción historiográfica argentina de los últimos cuarenta años y seguramente lo seguirá siendo por muchos más. Al mismo tiempo, su forma de hacer historia es irrepetible: no responde a ningún modelo previo ni tampoco tiene sucesores evidentes. Lejos de cualquier pensamiento lineal o previsible, sus trabajos combinan magistralmente erudición e imaginación y fraguan interpretaciones fuertes pero a la vez sometidas a un mecanismo de interrogación inquietante que desestabiliza cualquier lectura. Cada texto termina siendo así una usina de ideas provocativas y de preguntas sin respuestas evidentes, abiertas a la indagación y el debate. He ahí la impronta que ha marcado nuestra historiografía: no porque los estudios recientes se aferren a las propuestas de Halperin –las copien, las sigan o las repitan–, sino porque ellas constituyen el horizonte de sentido a partir del cual se escribe hoy, desde cualquier corriente o disciplina que sea, sobre nuestro pasado.

La Argentina fue el principal foco en la obra de Halperin pero sus preocupaciones eran universales. Miró a su país como parte del mundo y en particular de una América Latina que también era motivo de sus reflexiones. Como humanista de vastísima cultura y curiosidad insaciable, sus intereses intelectuales no tenían límites visibles, pero al mismo tiempo, sus esperanzas y desesperanzas nacían de su profundo vínculo con la Argentina. Nacido en el seno de una familia de clase media ilustrada de origen inmigrante y formado en la Universidad de Buenos Aires, donde se inició en la profesión elegida, Halperin fue uno de los tantos profesores que en 1966, con la intervención decretada por la dictadura de Onganía, perdió su trabajo y su lugar institucional. Las universidades de la República (en Montevideo), de Oxford y Harvard fueron estaciones en su búsqueda de un lugar alternativo, hasta que recaló por fin en la sede de Berkeley de la Universidad de California desde donde alcanzó proyección y prestigio internacionales. Desde allí, también, siguió viviendo la Argentina, adonde volvía cada año. Durante la última dictadura, apoyó de mil maneras los esfuerzos de quienes, en un contexto del todo adverso, sostuvieron la tarea intelectual en el país y sus visitas periódicas fueron un estímulo fundamental para seguir adelante en medio de la oscuridad. Después de 1983, contribuyó con enorme generosidad al renacimiento de la vida académica y del debate intelectual a través de seminarios y cursos dictados en diferentes universidades, conferencias, charlas y entrevistas públicas, el contacto personal con jóvenes investigadores y estudiantes y los interminables encuentros con amigos. Disfrutaba, incansable, de esa intensa actividad que realimentaba su inserción en la Argentina.

Esa inserción marcó de manera decisiva toda su obra. La pasión por entender lo que consideró un proyecto revolucionario de construcción de una sociedad a nuevo, que se inició con la ruptura del orden colonial y se reformuló una y otra vez a lo largo de casi dos siglos, lo llevó a ensayar formas diferentes de aproximarse al pasado y a iluminar distintas zonas de ese experimento (y sus derivas) que a la postre resultó fallido. Ese fracaso se ha revelado en toda su magnitud al principio del nuevo milenio, cuando, escribe en la última página de su último libro, la nación se encuentra “envuelta… más que nunca en una despiadada guerra contra sí misma”.

Este diagnóstico sombrío no le impidió seguir escrutando el pasado con la perspicacia y el ingenio de siempre. En esa tarea inacabable su punto de partida fue el presente, pero –en sus palabras- “una de las cosas que caracterizan el estudio del pasado es que lo que uno tiene que descubrir del pasado es que no es el presente”. Por ello, se sumergía en ese pasado para hurgar, descubrir, imaginar y entender a los hombres en su tiempo y lugar, sin presuponer un derrotero inevitable o subordinar la interrogación a la respuesta deseada. La identificación con sus personajes pero a la vez el distanciamiento que marcaba a través de una zumbona ironía le permitía una familiaridad con ellos y sus entornos que resultaba demoledoramente desmitificadora. Su último y soberbio ensayo sobre Belgrano es una muestra conmovedora de esa sabiduría tolerante y a la vez escéptica de la condición humana.

Un lector brillante y provocador
Por Francine Masiello, profesora de español y literatura comparada en Berkeley

Hemos perdido al gran historiador, al autor del retrato más complejo que tenemos del siglo XIX argentino. Ávido lector de archivos, como sólo él los conocía, apasionado en su afán por perseguir hasta el último detalle, por entrar en los recovecos minuciosos del pasado y del presente y llegar a integrarlos, como él mismo había dicho en su prólogo a Revolución y guerra , en una narrativa de sustancial valor explicativo de los problemas que enfrenta la nación. La suya ha sido siempre una lectura original y brillante y, sin que sea necesario decirlo, sumamente provocadora.

Aun para los que leyeron la historia desde otro ángulo o con una mirada sobre la política que distara de la suya, era imposible negar que Halperin cambió nuestro modo de entender la historia de la Argentina y la de América Latina. Para este lector dedicado a los legajos, diarios, novelas inglesas y folletines, el mundo impreso era su deleite y, con su memoria infalible (nuestro Funes, le decíamos en los pasillos de Dwinelle, allí funcionaba el departamento de historia y el de letras hispánicas en Berkeley), traía a la escena del debate desde el detalle mínimo hasta los paradigmas más deslumbrantes para hacernos entender las consecuencias de la problemática del Estado y la nación a lo largo del siglo XIX, su efecto en la articulación de diversos pactos entre los actores políticos, y, en especial, en la formación del letrado como protagonista de su teatro. Desde su libro sobre Echeverría, de 1951, hasta su Letrados y pensadores de 2013 y El enigma Belgrano , Halperin se dedicaba a pensar la formación del intelectual, su angustiante relación con el pasado, sus triunfos y fracasos, su uso de los saberes para alcanzar un lugar en el mundo.

En Berkeley, donde trabajó de profesor desde 1972, Tulio efectivamente fue conocido como el gran historiador, pero también fue conocido como hombre generoso y cálido, abierto a los colegas y los alumnos, siempre dispuesto a conversar sobre historia, literatura y política y también de la vida cotidiana. Etico y sagaz, Tulio fue respetado en la universidad como un intelectual del más alto nivel. El director de la editorial de la Universidad lo consideraba su más agudo y perspicaz lector; sus colegas en historia lo veían como un talento luminoso sin par. Pasaba muchísimo tiempo con sus colegas en letras hispánicas porque le parecía más entretenido.

Primero, porque le gustaba conversar en castellano (aunque su inglés era impecable); segundo, porque le gustaba que le invitáramos a las clases de literatura para hablar de Sarmiento, de Borges, de las crisis de las políticas culturales. Lo sabía todo. Terminó de dirigir su última tesis en diciembre (sobre temporalidades y culturas impresas del s. XIX); el mes pasado aceptó participar en un comité de tesis sobre Artigas.

Añoraba la Argentina. Cuando en abril le hicimos un homenaje para festejar el premio que le fue otorgado por la Asociación de Estudios Latinoamericanos (LASA), vinieron algunos músicos. Le preguntaron por su canción predilecta e insistió en el tango “Volver”. Durante estas últimas semanas, estaba contento con la publicación de su Belgrano pero extrañaba a sus amigos de Buenos Aires. Para distraerlo, fui a su casa para festejar el nuevo libro. Allí, como siempre, hablamos de los amigos, de los libros, de la cultura argentina a principios del siglo XIX. Yo le pregunté detalles sobre Hipólito Vieytes porque estaba leyendo su periódico de 1802; él miró a su esposa Doris y le dijo “vos sabés quien es, el de la familia de los jabones”. Todo casero. La historia desde la mirada familiar. Entrañarse con los actores. De la charla sobre los jabones, pasa a hablar del blueing, el azul que se usaba en otra época para lavar las sábanas y blanquearlas. “Pusieron una fábrica para el azul en 1840”, me dice, “pero Rosas, cuando se enteró de esta novedad, se puso paranoico porque pensaba que los unitarios estaban detrás de esta movida, con la cual querían ver pintados de azul todos los dormitorios de Buenos Aires.” ¿De dónde sacaba estas cosas? ¿Quién podrá conocerlas mejor que él?

Pero, fundamentalmente, a partir de ahora no tendremos a quien nos cuente estos relatos, faltará quien nos haga sentir que la historia ofrece tan inmenso placer que se bordea con las estrategias de la ficción.

Publicado en Revista Ñ, del diario Clarín (Argentina) el 1 de diciembre de 2014.


Humala y la carabina de Ambrosio

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Toda la barahúnda que se ha desatado contra el nuevo régimen laboral para jóvenes que aprobó recientemente el Congreso, y sobre el cual existía la esperanza de que Ollanta Humala no lo refrendara con su firma, se hizo humo y concreto.

Humo porque el presidente acaba de salir a defenderla con su habitual elocuencia de cachaco metido en camisa de once varas y que habla de lo que no tiene la menor idea, con lo cual queda claro que no se dará marcha atrás en este asunto. Y concreto porque la pesada losa jurídica que sobre ese sector de la población ha echado el régimen no sólo será muy difícil de eliminar, sino que además sirve para confirmar que debemos estar alertas y preparados ante el próximo golpe que intenten asestarnos en nombre del crecimiento y el modelo económico una clase política que no tiene clase ni es política. (Cada vez me convenzo más que la historiadora Cecilia Méndez la atinó con el término de república empresarial para definir a este régimen). Así, pues, las esperanzas de que esta ley sea observada por el Ejecutivo y se archive no sólo son nulas, sino además reveladoras.

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La sobria defensa que el presidente ha hecho del nuevo régimen laboral ha dejado en claro que todos los que votamos por él, deberíamos sentir ahora poco menos que vergüenza. No tanto por la traición sufrida y una elección errada (todos cometemos errores, más aún en época electoral), sino porque Humala, que nos representa a todos los peruanos, ha demostrado con su declaración que le tiemblan las rodillas cuando se trata de los empresarios, que estos hacen su santa voluntad en el país por encima de cualquier ley y que él es poco menos que un monigote que no logra ponerlos en vereda, a no ser que sea dando leyes que los beneficie y lo dejen tranquilo. Sin exageración alguna.

No me queda duda que el alegato presidencial en favor del nuevo régimen laboral va a ocupar un lugar de honor en la enciclopedia de disparates peruanos, si alguna vez esta se escribe, claro. Lean: “hay muchos jóvenes que no consiguen trabajo y a los que se les llena de teorías sobre los derechos laborales, que nadie los respeta […] Entonces, tenemos que ser realistas, hay jóvenes que no tienen trabajo y quieren trabajar”. Sí, tal como lo leen. Lo que Humala acaba de reconocer es que nadie respeta los derechos laborales (que son ley) y que un modo de ser realista (o sea, de hacer cumplir la ley) es dando leyes donde este no respeto a la ley sea dentro de la misma. Es decir, reconoce explícitamente que el nuevo régimen laboral es para que un empresariado que no respeta los derechos laborales de sus trabajadores, pueda seguir haciendo de las suyas dentro de la ley. Si cree que es una forma antojadiza o malintencionada de interpretar sus palabras, lea lo siguiente:

“Prefiero a un joven que haga sus prácticas así [sin derecho a beneficios como CTS, a gratificaciones, seguro de vida y sólo 15 días de vacaciones al año], a un joven que no consiga trabajo, porque nadie les quiere pagar una serie de cosas que la norma establece". Por segunda vez, y de manera indubitable, Humala reconoce que los empresarios, quienes realmente le imponen la agenda de trabajo, no acatan las leyes del Estado peruano y que él, tan inútil como ingenuo, lo único que puede hacer es sancionar un régimen laboral que, aunque malo y explotador, por lo menos es legal.

Por si fuera poco, el hombre es falto de luces. Decir que “[si son aceptados], tienen que pagar lo que se llama derecho de piso y son sobreexplotados y eso no es posible”, es poco menos que abogar por la pena de muerte afirmando que la inyección letal es más humana que la silla eléctrica. ¡Burro!

Tan burro y torpe como el dueño de la carabina de Ambrosio. Solo que con esta se ha disparado dos veces a los pies.


¿Por qué Greenpeace debe ser sancionado?

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Hay personas que no logran entender la magnitud de lo sucedido en las Líneas de Nasca. Son tan afines a la política y objetivos de Greenpeace (muy loables, por cierto) u otras similares, que creen que lo cometido por ellos es algo venal, perdonable por los plausibles objetivos que la animaron, y no es así.

Ponen, por ejemplo, la inacción del Estado que deja en el desamparo total a nuestro patrimonio pero no reparan que ese desamparo ocurre porque no se le dota a las instituciones de los recursos necesarios para protegerlo. Recursos que muy bien podrían provenir de un impuesto a los millonarios ingresos de una industria extractiva que a todos espanta y del que abominan con el sanbenito de socialista o chavistoide. A la respuesta de más recursos, responden con que la privatización es la solución, con lo cual eximen al Estado de su responsabilidad de proteger nuestro patrimonio, lo que resulta una incoherencia en boca de algunos en estos instantes.

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Se dice también que no se protesta con el mismo ímpetu contra la minería ilegal que igual o peor afecta a nuestro patrimonio arqueológico o biodiversidad, pero incurren en un error al equiparar a ambas. En el mismo nombre de ‘ilegal’ está la condición de una actividad que opera al margen de la ley, corrompe autoridades y destruye todo lo bueno de este país (incluida su gente). Hasta donde sé, Greenpeace se sienta en la mesa al lado de mandatarios y monarcas, recibe la subvención de países progresistas y organizaciones legales y es bendecida por la prensa de todos lados. Si esto ocurriera con la minería ilegal, esta no sería tal y no se tendría que combatir y editorializar contra ella y denunciar a quienes la protegen cada día del mismo modo como hoy se denuncia a Greenpeace. Se me hace cuesta arriba creer que algunos pidan, con sus críticas a la censura a Greenpeace, que dediquemos los mismos esfuerzos a una organización que opera de manera legal y pública. Por tratarse de una organización como Greenpeace es que lo sucedido es gravísimo. ¿Qué podemos esperar mañana de la minería ilegal si a Greenpeace se le exime de toda responsabilidad hoy? Creo que queda claro que se le estaría dando carta de ciudadanía a todos los que operan depredando nuestros bosques, selvas y ríos. No habría argumento legal ni ético para reclamarles nada si alguien dentro de la ley se comporta igual del que opera fuera de ella y no hacemos nada nosotros y el Poder Judicial los bendice. No hay fin que justifique los medios. (Todos aquellos que abominan del terrorismo de Estado, saben de lo que hablo).

Se ha dicho también que hoy quienes protestan contra la organización ecologista, ayer no dijeron nada cuando empresas constructoras, invasores de terrenos o propietarios inescrupulosos arrasaron o destruyeron huacas, ruinas o todo tipo de vestigio prehispánico o histórico. Pues, yo no puedo hablar por todos pero sí puedo decir de mi parte que buenos problemas me he buscado por hablar o escribir demasiado, por protestar demasiado. (no quiero ser o parecer melodramático, pero buenos empleos me ha costado esto). Recuerdo ahora mismo un reportaje de la revista Siete que denunciaba cómo una empresa inmobiliaria, propiedad de la familia de un alto funcionario de la Biblioteca Nacional, arrasó con unas ruinas prehispánicas. La denuncia apenas se mencionó en los medios y casi nadie la rebotó. Yo la comenté en Twitter y la reboté en Facebook, algo que muy pocos o nadie hizo por tratarse de quien se trataba. O mis críticas al uso de la centenaria Casona del Parque Universitario como salones de clases que el rector de San Marcos pretendió hacer y que motivó que mi nombre sea proscrito en algunas oficinas de mi propia alma máter. Así que, callado no me he quedado cuando he debido. Como ahora.

Nadie está pidiendo que se cuelgue de un mástil a los responsables del grave perjuicio (al parecer, irreparable) producido a las Líneas de Nasca, sino simplemente que se actúe de acuerdo a la ley. Una ley para la cual todos somos o deberíamos ser iguales. Por más banderas ecologistas, feministas o de cualquier otro tipo que enarbolemos. Así de simple.