Restauran cuadros del museo del Convento de los Descalzos

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Lima, oct. 22. Pilar Sedano, restauradora de los museos del Prado y Reina Sofía, está realizando trabajos de restauración en tres lienzos de la época colonial de la colección del museo de los Descalzos, entre ellos uno atribuido a Bartolomé Esteba Murillo.

Según indicó la especialista española a la agencia de noticias Andina, primero se hace un estudio técnico tanto físico como químico para determinar qué tipo de intervención se va a hacer.

Se ha escogido tres lienzos para realizar esta labor, con la idea puesta en seguir la puesta en valor del acervo del Convento de los Descalzos en el futuro y enseñar a profesionales peruanos los procedimientos para hacerlo.

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En esta etapa se ha elegido un lienzo de Bartolomé Esteban Murillo y dos de autores desconocidos.

Sedano comenta que se eligió estas obras para enfocarse en un proyecto factible por el tiempo y recursos.

La especialista indica que es necesario, antes de cualquier restauración, hacerle análisis a las obras de arte para decidir si se les interviene o no y de qué manera.

Los primeros estudios han revelado que las pinturas que se pondrán en valor han sufrido de una limpieza muy desigual y que los soportes han sido dañados, requiriendo ser consolidados.

Sedano señala que los principales obstáculos para una buena conservación de las pinturas del Convento de los Descalzos es el clima y malas intervenciones.

Estos actuales trabajos de puesta en valor son apoyados por estudiantes de Química de la Pontificia Universidad Católica.

La meta es formarlos para que en el futuro realicen este tipo de labor.


Ben Bradlee (1921-2014)

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Hechas las sumas y las restas, puedo considerarme un hombre afortunado. En la universidad, por ejemplo, adonde ingresé cuando ya los grandes maestros se estaban jubilando, llegué a alcanzar a algunos de ellos y a escucharlos dictar cátedra como un privilegio de esos que uno solo conoce en los libros. Y a los que no pude alcanzar, los leí con la misma atención y devoción conque escuchaba a los primeros en el aula. En el caso del periodismo, al que me dedicaba mientras finalizaba mi carrera de Historia, uno de esos maestros fue Ben Bradlee, el mítico director del The Washington Post por décadas que hoy murió a la edad de 93 años. Antes de conocerlo a él y a su libro de memorias, “La vida de un periodista”, el periodismo era para mí solo una forma de ganarme la vida, un empleo que no merecía mi más mínima atención, más un medio que un fin en sí mismo. Fue mi amiga Regina García, un día que fue a revisar las ‘novedades’ sosas que siempre llegaban a la biblioteca del diario El Comercio (que yo atendía por las noches), quien me puso sobre la pista de ambos. “¿Por qué no compran el libro de Ben Bradlee para la biblioteca?”, fue su recomendación mientras le mostraba las inútiles publicaciones de ministerios y organismos del Estado que llegaban (y supongo siguen llegando) por montones al diario.

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Me tomó mucho tiempo y trabajo conseguir el libro. Y leerlo una revelación. Fue una de las lecturas más importantes en mi formación intelectual. Más incluso que la propia lectura de "Todos los hombres del presidente". Porque fue en este libro y no en otro o en un salón de clases donde descubrí la importancia y valor del periodismo, del mejor periodismo, del auténtico periodismo. Y que ejercido de un modo inteligente, responsable y divertido, puede ser una forma de vida que aún hoy me sigue cautivando y asombrando como si fuera la primera vez. Hoy, que leo la noticia de su muerte me convenzo de lo que dije: fui afortunado. Porque lo leí en el mejor momento de mi vida, cuando descubría al periodismo de un modo como hasta entonces no había sabido ver y descubrir. La noticia de su muerte es la peor que uno puede leer en estos tiempos porque es la confirmación de que toda una época del periodismo ha llegado a su fin, por más que suene a lugar común decirlo.

Los obituarios que leerán mañana en todos los diarios del mundo con toda seguridad recordarán que Bradlee, junto con la propietaria del Washington Post, Katharine Graham, y Bob Woodward y Carl Bernstein, los reporteros que tuvieron a su cargo la investigación, conformaron el equipo que destapó el escándalo Watergate que le costó la presidencia a Richard Nixon. Porque si algo nos enseñó Watergate es que ningún reportero del mundo, así tenga la noticia más importante de la historia en sus manos, no tiene en realidad nada si no cuenta con un director que lo apoye, confíe en su trabajo y, sobre todo, anteponga este a cualquier consideración política, económica o partidaria. O accionaria, como Bradlee supo entender cuando escribió que sin el apoyo de Graham, que era presionada por la Casa Blanca, socios y amigos, Watergate jamás hubiese visto la luz. Pero, en honor a la verdad, Watergate apenas si es un capítulo en la historia de Ben Bradlee, una vida dedicada al oficio de informar de un modo como pocos lo han hecho. Lamentó su muerte como lamentaría la muerte de un maestro que guío mi aprendizaje con la mejor y más auténtica y formidable herramienta que tuvo a su alcance: los actos de su vida.


Realizan muestra de Gil de Castro, el más importante retratista de los héroes de la independencia

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Lima, oct. 20. Museo de Arte de Lima inaugura esta semana la más completa muestra antológica dedicada a José Gil de Castro. Para esta exposición se han traído sus lienzos desde Chile y Argentina.

El retratista oficial de los héroes de la independencia sudamericana fue un peruano: José Gil de Castro. Su obra es considerada la fundadora de la pintura en la era republicana de Chile y Argentina, además de nuestro país.

Esta obra es poco conocida por el público no especializado, aunque muchos de sus trabajos formen parte del imaginario del continente. Para remediar este inconveniente se inaugurará el miércoles 22, en el Museo de Arte de Lima (Mali), la más acuciosa muestra antológica que se haya realizado en honor a su trayectoria.

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Pescador y generales

Al recorrerla, se aprecia que el mulato Gil de Castro, como también es conocido, retrató a personajes importantes de la sociedad de los primeros años de la República.

Abundan personajes destacados, como el venezolano Simón Bolívar, el chileno Bernardo O’Higgins y el argentino José de San Martín, así como personas de gran poder económico, entre ellas se encuentra Ramón Martínez de Luco.

En medio de ellos, un cuadro que destaca por su singularidad es el dedicado al mártir José Olaya. Este lienzo está en la memoria colectiva peruana, pues ha sido reproducido en textos y láminas escolares.

La directora del Mali, Natalia Majluf, indica al Diario Oficial El Peruano que el cuadro en cuestión es importante por muchos motivos.

Uno de ellos es que se trata de una de las contadísimas ocasiones en que, en esa época, un sujeto de origen indígena y humilde fue retratado de cuerpo entero.

No se sabe con exactitud quién mando a pintar el cuadro, que data de 1828. Sin embargo, se tiene registro de un decreto de José Torre Tagle que ordenaba realizar un retrato de este mártir para la municipalidad distrital de Barranco.

Una curiosidad que nos revela Majluf es que posiblemente Gil de Castro haya pintado al héroe chorrillano “de oídas”, pues no existe certeza de que lo haya conocido.

Pero así como para los peruanos el rostro de Olaya nos lo dio Gil de Castro, para los chilenos sucede lo mismo con su prócer por excelencia: Bernardo O’Higgins.

Los lienzos dedicados a este político sureño, y que sus compatriotas consideran la versión oficial de su libertador, son algunos ejemplos de la numerosa obra que dejó el artista limeño durante su larga estadía en el país del sur.

De acuerdo con Natalia Majluf, el valor de esta muestra es que está dedicada al “artista más importante del Perú y de Sudamérica de su época, el principal fundador de la pintura del período de independencia”.

Acompañando a sus obras estarán otras de sus contemporáneos, así como grabados inspirados en sus pinturas y otros elementos de época.

Esfuerzo conjunto

Para esta exposición han colaborado, además del Mali, los museos Nacional de Bellas Artes e Histórico Nacional (ambos de Chile), así como el Histórico Nacional de Argentina.

Se han traído también lienzos de las ciudades chilenas de Santiago, La Serena y Concepción.

Esta muestra se montará en abril en Santiago de Chile y posteriormente en Argentina. Su realización se debe al apoyo de la Fundación Getty y de diversas instituciones privadas.

Los trabajos de investigación respecto a este artista se iniciaron en 2007 y dieron como fruto un libro completo que se publicó el año pasado.

Datos

El limeño José Gil de Castro (1785-1841) es considerado un pintor de transición entre el Virreinato y la República.

El artista plástico Fernando de Szyszlo ha confesado que varias veces buscó inspiración contemplando el cuadro en el que Gil de Castro plasmó la figura de José Olaya (izquierda).

Obras de este artista se encuentran principalmente en el Perú, Chile y Argentina. Sin embargo, también se hallan en otros cuatro países de la región.

La muestra en el Mali, en el Parque de la Exposición, va hasta el 22 de febrero de 2015.









Se cumplen 50 años del 'escándalo Sartre'

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Un día como hoy, hace 50 años, un escándalo sacudió el mundo cultural francés y del mundo entero. El 20 de octubre de 1964, la Academia Sueca le concedía el Premio Nobel de Literatura a Jean-Paul Sartre y este lo rechazaba. Los diarios del mundo entero de aquel entonces dieron cuenta pormenorizada de lo que se dio en llamar el 'escándalo Sartre' y que dejó muchos más heridos y contusos de los que habitualmente dejaban las polémicas que animaba el autor de "La Náusea". Los detalles de esta historia los conté hace un par de años en una breve crónica que publiqué en el diario El Comercio y que luego posteé en este blog. Lo traigo a colación porque, curiosamente, este post, de lejos, ha sido el más leído en la década de existencia que tiene este blog. Más de veinte mil lecturas desde que lo publiqué, lo que da una medida exacta del interés que este suceso despierta medio siglo después. Lo reeditó hoy no tanto para rememorar la fecha, sino para recordar a su principal protagonista, cuyas ideas aún inspiran a muchos, aunque algunos hayan ya abjurado de su magisterio e impronta.



El día que Sartre rechazó el Nobel

Por Jorge Moreno Matos

En toda la historia del Premio Nobel, ningún capítulo más polémico que el que protagonizó Jean Paul Sartre al rechazarlo en 1964. Cuarenta años después, esta es la historia de aquel escándalo. El escándalo Sartre.

“No es lo mismo si firmo Jean-Paul Sartre
que si firmo Jean-Paul Sartre, Premio Nobel”

Jean Paul Sartre, 1905-1980Veinticuatro años después de su muerte y a cuarenta de haber rechazado el Nobel, el recuerdo de Jean Paul Sartre renegando del premio seguirá despertando pasiones, polémicas y libros como ningún otro escritor laureado con el galardón sueco lo ha hecho. Apenas hace un par de años, por ejemplo, un miembro renegado del Comité Nobel, Lars Gyllensten, publicó sus memorias y, entre las justificaciones de su renuncia a la Academia Sueca e indiscreciones no muy bien recibidas, deslizó uno que otro chisme.

Indiscreción o chisme, el que más revuelo causó en las páginas de su libro fue le que afirmaba que diez años después de rechazar el premio, Sartre consultó al Comité Nobel, a través de un intermediario, si era posible cobrar el dinero del mismo. Los sartreanos del mundo entero, que todavía son muchos, leyeron con indignación la noticia y rasgándose las vestiduras pusieron el grito en el cielo. Hubo incluso algunos incrédulos que se preguntaron si podía ser cierta semejante afirmación. ¿Sartre, el combativo y comprometido Sartre, pidiendo dinero? Un recuento de los sucesos de aquel año podría ayudarnos a encontrar respuestas a estas interrogantes.

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EL ESCANDALO

En 1964, el año del escándalo, los favoritos eran varios. Pero había un consenso generalizado de que el autor de “La Nausea” sería el ganador. No se equivocaron. Y quien menos se equivocó fue el propio Sartre, que incluso una semana antes, en una carta fechada el 14 de octubre y dirigida al Comité Nobel, había anticipado inequívocamente que no deseaba el premio. Enfatizaba, además, que no deseaba privar “a algún otro concurrente de la posibilidad de recibirlo” (y recompensarlo con los 52,000 dólares de aquel entonces). Agregaba que renunciaba por adelantado “para no cometer la indelicadeza de rechazarlo en caso de que le fuera conferido”. Consecuente consigo mismo, cumplió su palabra.

El 20 de octubre la Academia Sueca anuncia su veredicto ("por la calidad de sus escritos, su anhelo de la verdad y la influencia fundamental que su pluma ha ejercido en estos tiempos") e inmediatamente Sartre hace saber el suyo: lo repudia, no lo quiere. Se desata entonces un escándalo con ribetes de guerra civil entre la intelectualidad francesa. Sartre, acostumbrado a desencadenar encendidas polémicas y encarnizados debates en el mundo literario francés, ya sea por sus declaraciones o sus libros, terminó arrastrando a toda Francia en éste.

LAS REACCIONES

Simone de Beauvoir, 1908-1986Agravios e insultos fueron lanzados con tal virulencia que media Francia se vio obligada a defender al “pequeño hombrecillo de los ojos desviados, aquel que parece saberlo todo”, de la otra mitad que pedía su cabeza. "Excrementalismo sartreano", "hiena dactilográfica", "delincuente del espíritu”, fueron entre muchos los denuestos lanzados contra el autor que alguna vez había escrito (¿premonitoriamente?) que "el infierno son los otros".

A esta andanada de lindezas, Sartre contesta con libros, los mejores salidos de su portentosa inteligencia. "Las palabras", uno de los más bellos libros de memorias jamás escrito, pertenece a la época de este alboroto. La inquina de sus enemigos achacó pronto la actitud de Sartre a una supuesta venganza contra el Comité Nobel por el desaire que jamás les perdonó de habérselo otorgado antes, en 1957, a Albert Camus. Una infamia más sin fundamento alguno.

El reproche vino de todos lados. Recibió cartas por centenares de gente humilde que lo impulsaban a aceptar el premio para que donase el dinero que rechazaba. Hasta la prensa rosa entró a terciar en el asunto: adujo que lo había rechazado para que Simone de Beauvoir, su compañera sentimental por décadas, no se sintiera celosa.

¿Pero cuáles fueron, entonces, las verdaderas causas para rechazar el premio pecuniario de mayor prestigio al que cualquier escritor aspiraría?

LAS RAZONES

Tres días después de haberlo rechazado, el 23 de octubre, un aviso en el diario L´Figaro, pagado por el propio Sartre, daba cuenta de las razones de su negativa. En éste manifestaba que no aceptaba el premio porque no quería ser "institucionalizado por el Oeste o por el Este". Era la respuesta natural del eterno contestatario en un mundo bipolar que las generaciones de ahora no han llegado a conocer. Lamentó que su negativa hubiera dado lugar al escándalo. Aclaró que enterado del carácter irrevocable de las decisiones de la Academia, él había buscado anticipadamente prevenir que el elegido fuera él para evitar todo lo que ya había previsto sucedería y sucedió. Concluía afirmando que bajo ningún aspecto su negativa debería interpretarse como un desprecio hacia el pueblo sueco al cual manifestaba su afecto.

Pero lo que debió poner punto final al escándalo, y que en modo alguno ayudó a detener los insultos y la controversia, ya que el eco de estos se dejaría oír por mucho tiempo todavía, lo constituye la entrevista que concedió a la revista francesa Le Nouvel Observateur el 19 de noviembre de 1964.

En esta entrevista, a la pregunta del periodista de por qué rechazó el premio, Sartre contesta sin ambages: “Porque estimo que desde hace cierto tiempo este premio tiene un tinte político”. Ante la pregunta de si es consciente de lo que puede hacer con el dinero que esta rechazando, responde: "Nadie me puede exigir que renuncié, por 200,000 coronas, a los principios que no son sólo de uno sino compartidos por todos los camaradas". Y se explaya aún más hasta ser concluyente: “En la actual situación, el Nobel es otorgado objetivamente a los escritores de Occidente o a los rebeldes del Este”. “Encuentro esta insistencia en otorgármelo un poco ridícula”, sentenció finalmente.

Una paradoja más de Sartre fue convertirse en un Nobel sin Nobel. Es decir, aunque él lo rechazó, su nombre siguió figurando entre los laureados muy a pesar suyo (“el laureado nos informa que él no desea recibir este premio, pero el hecho de que él lo haya rechazado no altera en nada la validez de la concesión”, se limitó a informar Estocolmo). Algo que para muchos constituyó una afrenta a su memoria. Y para otros, una indeclinable gloria a la cual jamás pudo sustraerse.

* Publicado en el Diario El Comercio, de Lima, el 7 de octubre de 2004


Apoyan investigación arqueológica universitaria en la región Cusco

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Dirección de Cultura Cusco y Universidad San Antonio de Abad firman convenio

Cusco, oct. 20. Los docentes y estudiantes de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad San Antonio Abad de Cusco podrán realizar investigaciones arqueológicas e históricas en dicha región con el apoyo de la Dirección Descentralizada de Cultura (DDC) de Cusco, se informó.

Esta medida forma parte del convenio de cooperación interinstitucional que suscribieron la DDC Cusco y la Universidad Nacional de San Antonio Abad de Cusco (Unsaac). El acuerdo fue suscrito por el director de la entidad cultural, Ricardo Ruiz Caro, y el rector de la universidad San Antonio Abad, Germán Zecenarro Madueño.

De acuerdo a los alcances del convenio, la DDC Cusco brindará facilidades para el desarrollo de una Escuela de Campo del Departamento Académico de Arqueología de la Unsaac en el Programa de Investigación Arqueológica Ocupación Humana en la subcuenca de Lucre que ejecuta la entidad cultural.

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La Unsaac también podrá crear otras escuelas de campo en otros programas de investigación que ejecuta el Ministerio de Cultura Cusco.

De igual modo, la entidad cultural brindará facilidades para que el director de la Escuela de Campo, los docentes y estudiantes de dicha escuela accedan a la base de datos, registros de investigación arqueológica y materiales culturales muebles que se recuperen en el trabajo de campo, para la elaboración de tesis de pregrado, tesis de maestría y doctorado.

“Esta es una primera experiencia de cooperación institucional y estamos satisfechos porque podemos contribuir al desarrollo científico de la comunidad antoniana y al mismo tiempo intercambiar conocimientos y experiencias”, afirmó el titular de la DDC Cusco, Ricardo Ruiz Caro luego de suscribir el convenio.

Por su parte, el rector de la Unsaac, German Zecenarro, también resaltó la importancia del convenio refiriendo que por primera vez, los docentes y estudiantes de dicha casa de estudios realizarán investigación científica con los profesionales y especialistas de la Dirección Descentralizada de Cultura de Cusco.


¿De qué trata su libro? Sara Beatriz Guardia

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En el marco de la Feria Internacional del Libro de Lima, en julio pasado se presentó el libro "Primer Congreso Internacional Las Mujeres en los procesos de Independencia de América Latina" (Lima: CEMHAL, Unesco, USMP, 2014), el mismo que reúne los trabajos presentados a ese evento internacional en agosto del año pasado y que se saldo con una significativa "Declaración de Lima. Mujer e Independencia en América Latina" que se incluye en el libro. Son más de cuarenta trabajos que abordan la historia de género, la participación de la mujer en los procesos independentistas su presencia en las artes de esa época, entre otros muchos temas desarrollados por especialistas venidos de distintos puntos del planeta. La pulcra edición ha estado a cargo de Sara Beatriz Guardia quien, desde el Centro de Estudios La Mujer en la Historia de América Latina (CEMHAL) y la Cátedra José Carlos Mariátegui, desarrolla una labor verdaderamente encomiable. Sara Beatriz Guardia es escritora y periodista y actualmente preside la Comisión del Bicentenario Mujer e Independencia en América Latina. Es autora de varios libros, entre los que se cuentan "Mujeres peruanas. El otro lado de la Historia" (que ya va por su quinta edición), y como editora ha estado a cargo de "Las mujeres en la Independencia de América Latina" y de la monumental "Viajeras entre dos mundos". A la fecha se desempeña como investigadora en la Universidad de San Martín de Porres.



Difunden por Internet clásicos de la pintura peruana de la pinacoteca Ignacio Merino

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Lima, oct. 15. La pinacoteca municipal Ignacio Merino presenta lo más significativo de su colección en internet gracias a un convenio con Google.

Varias de las pinturas de la pinacoteca municipal Ignacio Merino forman parte del imaginario de los peruanos, aunque no lo sepamos.

Si pensamos en los rostros de José de San Martín o Simón Bolívar, es probable que tengamos en mente los retratos que de ellos hizo Daniel Hernández.

O si recordamos a Santa Rosa de Lima, la imagen que venga a la memoria sea el cuadro que Francisco Laso hiciera de la Patrona de América.

Desde hace unos días, lo más importante del acervo de esta colección, entre lo que destacan los cuadros mencionados, se podrá apreciar en muy buena resolución a un clic de distancia. Bastará con entrar a la página de Art Project que auspicia Google.

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De Lima para el mundo

La jefa de la pinacoteca, Mary Takahashi, comentó a la Agencia de Noticias Andina que en mayo del año pasado Google se contactó con su organización.

La intención era, tal como ha hecho con importantes museos del mundo, poner al alcance de cualquiera las obras de arte más relevantes para la historia.

Lo primero que se hizo, en vista del amplio acervo con el que cuenta la pinacoteca Ignacio Merino, fue acordar un criterio de selección para escoger qué piezas se subiría a la red de redes en una primera etapa.

Uno de los patrones que se siguió fue dar preferencia a la demanda del público.

Por ejemplo, entre las piezas más buscadas y apreciadas por los que visitan las muestras de esta institución está su colección de acuarelas de Pancho Fierro, incluidas en esta primera etapa.

También está la treintena de lienzos de Ignacio Merino, maestro peruano del siglo XIX, que son la semilla de la pinacoteca que lleva su nombre.

Además, se incluyen obras de importantes pintores peruanos de las últimas décadas del siglo XIX y de las primeras décadas del siglo XX como el clásico cuadro de Francisco Pizarro a caballo hecho por Daniel Hernández o la mencionada pintura a Santa Rosa de Francisco Laso, entre diverso material de otros pintores académicos como Teófilo Castillo.

También se incluye material del período indigenista, en el que destacan los lienzos de José Sabogal, como el célebre Varayoc de Chinchero.

Otros representantes de esta corriente son Julia Codesido, Enrique Camino Brent y Mario Urteaga. De esta forma, se tiene un panorama amplio del desarrollo de este arte en el Perú.

Takahashi comenta que la meta es digitalizar todo el acervo con el que cuenta la institución para 2015, en que cumple 90 años de existencia. Señala que, de esta manera, cumplen con el rol de difundir y promocionar el arte peruano.

En la actualidad, parte de las obras de la pinacoteca se exhiben en la sede de la Municipalidad de Lima.

Sin embargo, la funcionaria señala que por las labores propias de este lugar no siempre es fácil acceder a apreciarlas, en especial en los días en que hay consejo edil.

Galería global

En febrero de 2011, Google lanzó Google Art Project, un sitio web en el que se reunía imágenes en alta resolución de obras maestras.

En un primer momento, contaba con las piezas de tan solo 17 instituciones, entre las que destacaba el Museo Metropolitano, el Tate Britain de Londres y la galería Uffizi de Florencia.

En la actualidad, en esta página se alberga más de 32,000 obras de arte de 46 diferentes museos y galerías. Del Perú, contando la pinacoteca Ignacio Merino, ya son cuatro las colecciones que participan de esta iniciativa.

Datos

Las visitas a la pinacoteca Ignacio Merino son previa coordinación a pinacoteca@munlima.gob.pe.

89 pinturas de la Pinacoteca Ignacio Merino ya se han digitalizado y difundido en Google Art.




Declaran Patrimonio Cultural de la Nación a la Comunidad Chopcca

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Lima, oct. 15. El Ministerio de Cultura declaró Patrimonio Cultural de la Nación a la Cultura de la Comunidad Campesina Chopcca, de los distritos de Yauli, provincia de Huancavelica; y Paucará, provincia de Acobamba, región Huancavelica, por su originalidad y representatividad.

La Resolución Viceministerial Nº 106-2014-VMPCIC-MC manifiesta que la cultura de la comunidad campesina Chopcca constituye un corpus cultural tradicional y singular que ha logrado mantenerse a lo largo de los años bajo las condiciones más adversas, reafirmando constantemente el valor de la identidad para las generaciones actuales y venideras.

Según la memoria colectiva, Chopcca es el nombre de un ancestro común que, de acuerdo a algunas historias orales, era un personaje de poderes extraordinarios y según otras era un colectivo, en ambos casos de origen en la población Anqara, etnia que realmente existió en los territorios de las actuales provincias de Angaraes y Acobamba.

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La vestimenta Chopcca es una variante especialmente llamativa del traje rural del poblador de Huancavelica. Sobre un fondo negro de bayeta, los varones se adornan con diversos accesorios para la cintura, el cuello, brazos y piernas, finamente tejidas con pallay, pequeños motivos coloridos que ocupan secciones o la totalidad de la superficie de la prenda.

En la vestimenta de la mujer se trata en cambio de prendas de vestir que llevan tales colores en un patrón distintivo, con el mismo sentido estético del contraste entre el fondo neutro y los motivos de colores vivos.

El traje tradicional chopcca no solo se usa en las fiestas, sino en buena parte de la vida cotidiana.

La presente resolución, publicada hoy en la separata de normas legales del diario oficial El Peruano, esta refrendada por el viceministro de Patrimonio Cultural e Industrias Culturales, Luis Jaime Castillo Butters.







'La' novela de la violencia peruana

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Por Luis Dapelo

Una historia que sacude la imaginación y la conciencia, denuncia la impunidad, revela lo escamoteado y restituye la voz a aquellos a los que no se permite expresarse.

Como todo evento histórico, la violencia que sumergió al Perú de los últimos veinte años del siglo XX produjo una narrativa, lo que es normal. Lamentablemente, gran parte de la escritura ficcional que generó el fenómeno obedeció al “mainstream” ideológico hegemónico: el neoliberal.

El “pensamiento único” trató de este modo de clausurar la indagación que un género con tantas posibilidades como la novela podía llevar a cabo sobre esa crucial etapa. Esta producción estuvo marcada sobre todo por obras fallidas, inconsistentes, “light”, que pretendieron “zanjar” la cuestión y sus desarrollos ulteriores.

Algunos escritores proclives o dóciles ante el pensamiento domesticado relativizaron el problema de la violencia, declarando con poco pudor que el ciclo de indagación estaba concluido con sus propias novelas.

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De más está decir que ese “diktat” correspondía a un dispositivo de ataque a la Memoria y a la Historia, que son dos aspectos en los cuales se perpetra el accionar de la ideología dominante.

Alfredo Pita (Celendín, 1948) es un escritor que, afortunadamente, no forma parte del “mainstream” y bien conocidas son sus posiciones políticas y su espíritu ciudadano en defensa de temas tan importantes como irresueltos en áreas como los derechos humanos, o la lucha contra la devastación del hábitat humano en su región, Cajamarca.

Pita, autor de una nutrida obra cuentística, muy apreciada por los buenos catadores, y de la novela El cazador ausente (Barcelona, Seix Barral, 2000, galardonada con el Premio Internacional de Novela « Las dos orillas » del Salón Iberoamericano del Libro de Gijón, España), ha escrito El rincón de los muertos, una novela en la que se evidencia una voluntad de homenajear a la memoria de las víctimas de los dos terrorismos: el terrorismo de Estado y el terrorismo senderista, así como un empeño de releer la Historia reciente para desmontar la torpe mitología del relato oficial, según la cual los hechos sólo deben ser narrados por los vencedores y sus adláteres.

La propuesta de Pita es una narración que combate la omisión y el olvido, un dramático empeño de ir siempre en búsqueda de la verdad, valiéndose de los materiales que ofrece la realidad.

La novela cuenta la historia del reportero freelance español Vicente Blanco, especialista en zonas de guerra, quien traba amistad con Rafael Pereyra, periodista peruano residente en París.

Pereyra había cubierto la masacre de Uchuraccay en 1983 y tuvo que emigrar a Francia. En abril de 1991, Blanco viaja al Perú, a Ayacucho (topónimo quechua que quiere decir precisamente “rincón de los muertos”).

Rafael lo recomienda a dos colegas que viven allí: Luis Morelos y Máximo “Max” Souza. Junto a ellos, Vicente inicia una delicada y compleja investigación sobre la guerra sucia que asola la región, en la cual los dos terrorismos actúan sembrando muerte, destrucción y una masiva desaparición de personas.

La maquinaria de muerte devorará a Margarita, joven informante, quien les proporcionará las pruebas necesarias para confirmar lo que ya sospechaban: la existencia de un importante centro de tortura y muerte, el cuartel Los Cabitos.

También se cebará con Luis Morelos, cuya denuncia del centro de exterminio será su sentencia de muerte. El relato de su fin es una de las páginas más intensas y conmovedoras de la novela.

Los principales personajes de la obra están muy bien calibrados. Los resortes que los mueven son la fidelidad a sí mismos, el compromiso con la realidad y con el sufrimiento de la gente en el caso de Vicente y sus amigos, y la eficacia sangrienta al servicio del statu quo, de la conservación y mantenimiento de los mecanismos del poder, en el caso de sus adversarios, el general Sifuentes Moral, el obispo Crispín, el teniente Melíes, el sicario Garabito o el delirante doctor Oblitas.

El autor logra retratos precisos y matizados en la galería de personajes que habitan su extensa, honda, proliferante y, a la vez, ligera, narración, galería humana que luego permanece en la conciencia del lector.

Desde el punto de vista estilístico, Alfredo Pita ha construido esta novela con una prosa límpida, fluida y extremadamente legible, lo que en un primer momento puede dar una impresión de levedad que, pese a que no tiene nada que ver con lo “light” que hemos señalado, tampoco tiene nada que ver con la facilidad.

En efecto, nada más lejano a lo “light” que el complejo trabajo, el entramado sutil que a lo largo de casi quinientas páginas realiza el autor, valiéndose de diálogos ocultos, de monólogos, del estilo indirecto libre, recurriendo a la memoria histórica e individual de los personajes, creando atmósferas con pinceladas rápidas y precisas; haciendo gala, en suma, de una habilidad técnica que logra atrapar al lector de principio a fin.

Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que El rincón de los muertos es “la” novela de la violencia peruana de los años 80 y 90. Es una suerte de “J’accuse”, sin ninguna complacencia ni concesión a la versión preconfeccionada del relato oficial y del “mainstream” casi hegemónico en el Perú.

El autor no solo nos cuenta una historia que sacude la imaginación y la conciencia, sino que lleva a cabo un proceso a los excesos de la Historia y a sus responsables, denuncia la impunidad, revela lo escamoteado y restituye la voz a aquellos a los que no se permite expresarse.

Este libro tampoco cierra un ciclo, como pretendían con gran soberbia y miopía los novelistas obedientes ante el pensamiento único; todo lo contrario, abre nuevas vías para seguir explorando con la palabra y la imaginación la violencia secular y estructural de la sociedad peruana.

La novela de Alfredo Pita aspira a hermanarse con las grandes novelas latinoamericanas que han trabajado armoniosamente y con arte los materiales históricos y sociales.

Publicado en el Diario Uno, el domingo 5 de octubre de 2014.


¿De qué trata su libro? Eduardo Torres Arancivia

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En un mercado editorial como el nuestro tan golpeado por la piratería y tan reducido por el desinterés de muchos por los libros y sus autores, que un libro alcance una segunda edición es todo un mérito. Pero si además ese libro es uno de Historia, entonces es digno de encomio y celebración. Eso es más o menos lo que provoca la noticia de la segunda edición de "Corte de Virreyes. El entorno del poder en el Perú del siglo XVII" (Lima: IRA, PUCP, 2014), de Eduardo Torres Arancivia, que acaba de publicarse y que es, sin la menor duda, un libro de referencia obligado para el estudio del poder en el Perú en la época virreinal. Eduardo Torres Arancivia es historiador egresado de la Pontificia Universidad Católica del Perú, Magíster en Historia Latinoamericana por la Escuela de Graduados y Doctor en Historia por esa casa de estudios, en donde también es docente, además de en la Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas, la Universidad San Ignacio de Loyola y en la Universidad de Lima. Además de "Corte de Virreyes. El entorno del poder en el Perú del siglo XVII" (2006), Ha publicado "Buscando un rey. El autoritarismo en la Historia del Perú, siglo XVI-XXI" (2007), "El acorde perdido. Ensayos sobre la experiencia musical desde el Perú" (2010) y "La voz de nuestra Historia. El poder de la oratoria civil y religiosa en el Perú (siglos XVI-XIX)" (2012). Esta es la segunda ocasión que este blog se honra de presentar uno de sus libros.



El gran y desconocido levantamiento en los Andes

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Por John H. Elliott

Entre 1780 y 1782, mientras la rebelión de las colonias británicas en Norteamérica llegaba a su clímax, un drama aún más violento estaba ocurriendo en América del Sur. Los Andes se encontraban en medio de una revuelta, y España, al igual que Gran Bretaña, enfrentaba la posibilidad de perder una de sus más preciadas posesiones. Desde la caída del Imperio incaico en la década de 1530 y el descubrimiento de la montaña de plata de Potosí en el Altiplano en 1545, el Virreinato peruano había generado una parte importante de la riqueza que le permitió a España crear y mantener su “Imperio de las Indias” así como su posición como uno de los principales poderes europeos. Pero de manera inesperada, en 1780 España era testigo de cómo su control estaba en peligro gracias a un noble indio de baja estirpe, quien reclamaba para sí descender directamente de los Incas y de su último gobernante, Túpac Amaru, capturado y ejecutado por los españoles en 1572.

La rebelión de Túpac Amaru II, como Condorcanqui decidió llamarse, fue la más grande y peligrosa rebelión que la Corona española tuvo que enfrentar en su imperio americano antes de los levantamientos del temprano siglo XIX que terminarían por separar las posesiones americanas. Pese a que hubo innumerables revueltas y motines en los dos siglos y medio de control español, estos habían sido en gran parte focalizados y de pequeña escala, lo cual permitió que fuesen reprimidos con facilidad. Ello se explica en parte por la coerción que estuvo a disposición de las autoridades imperiales cuando decidieron utilizarla, pero también por la relativa calma de los grupos multi-étnicos que aparecieron luego de la conquista y que puede atribuirse al sistema de gobierno que evolucionó a medida que los gobernantes Habsburgo imponían elaboradas estructuras judiciales y administrativas en los territorios conquistados.

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Bajo este sistema, los españoles y criollos (los descendientes de los nacidos en América), la población indígena (todos ellos aglutinados bajo el nombre de “indios”) y una creciente población de mestizos, compuestos por descendientes de padres indígenas y españoles, con un componente africano a medida que los esclavos eran llevados a América, fueron todos incluidos en una unidad orgánica, ya sea en el Virreinato de Nueva España (México) como en Perú. Cada uno fue concebido como un Commonwealth cristiano gobernado por un distante pero supuestamente generoso monarca y bajo la vigilancia de una omnipresente Iglesia. Al interior de esta organización jerárquica, cada sección de la comunidad poseía en teoría su propio espacio. Una élite nativa de caciques, o curacas, como se les conocía en Perú, hacía las veces de intermediarios entre las autoridades reales y la población indígena; y cada individuo o comunidad tenía el derecho de recurrir a la cadena burocrática hasta alcanzar al mismo rey. El sistema permitía la suficiente capacidad para maniobrar tanto a gobernantes como a gobernados.

¿De qué manera, entonces, fue que el sistema falló a fines de la década de 1770 y que España, gobernada por los Borbones desde inicios de siglo, se encontró enfrentada a un levantamiento masivo que amenazaba con la pérdida de vastas áreas del Perú? Esta es una pregunta que ha atraído a generaciones de historiadores, y la literatura sobre la rebelión de Túpac Amaru II es enorme. Algunos de estos historiadores se han centrado en la figura carismática del mismo José Gabriel, y en los reclamos que lo llevaron a romper con el patrón de revueltas. Otros, especialmente en años recientes, han buscado vincular a él y su levantamiento con características peculiares de la sociedad andina y a los cambios que estaban ocurriendo en el siglo XVIII, en parte ocasionados por las reformas administrativas y económicas introducidas por la nueva dinastía Borbón.

Lo que sí es cierto es que los historiadores no carecen de documentos sobre la rebelión. Las pesquisas judiciales y los juicios que siguieron a la captura de los líderes y el colapso de la rebelión generaron un gran número de documentos, muchos de los cuales se encuentran en el Archivo General de Indias de Sevilla; y entre 1980 y 1982 siete volúmenes de documentos sobre la rebelión fueron publicados en Perú para celebrar el Bicentenario de la rebelión. Pese a esta masa documental, algunas piezas sueltas han quedado, y es con estas que Charles Walker ha forcejeado en la primera visión panorámica de las causas y la trayectoria de la rebelión de Túpac Amaru que aparece en inglés desde 1966.

Walker, profesor de Historia en la Universidad de California, Davis, es el autor de dos libros previos sobre el Perú tardío colonial: el más reciente, abordó la mitad del siglo XVIII, y el otro abarca desde la rebelión de Túpac Amaru hasta el precario establecimiento de una república independiente en el Perú del siglo XIX. Pese a que los dos primeros capítulos del primer libro, De Tupac Amaru a Gamarra, están dedicados a la rebelión y su contexto, gran parte del mismo trata del periodo que siguió al levantamiento, y que consistió en las Guerras de Independencia. Con la rebelión de Túpac Amaru como un momento potencial de transición entre el periodo colonial tardío y el Perú republicano, debe haber parecido lógico vincular ambos libros con un estudio más cercano sobre los violentos hechos que trajeron muerte y tragedia a decenas de miles de pobladores de los Andes en los años 1780.

El resultado es una mirada lúcida y accesible, en la cual Walker de manera bastante hábil combina narración con explicación para construir una desgarradora historia de violencia y atrocidades a gran escala. La narrativa está construida con buen ritmo y está escrita de manera muy eficiente, aun cuando ocasionalmente hay partes estilísticamente no muy agradables, como cuando escribe que quienes apoyaban a Túpac Amaru “sought to right an out-of-sync system” o nos cuenta que el Visitador José Antonio de Areche, “vented” las palabras que él menciona en la cita. En algunas partes, en especial aquellas donde describe las espantosas muertes ocasionadas a Túpac Amaru y su esposa, familiares y seguidores, son dolorosamente vívidas, y Walker tiene mucho criterio al hacer uso de sus fuentes, apuntando, por ejemplo, la necesidad de leer con cuidado las declaraciones de los testigos en los juicios, como cuando un indígena analfabeto repitió exactamente las mismas palabras dichas por el juez el día anterior.

Walker es muy bueno, también, al evocar el escenario, la imposible geografía de los Andes, con sus imponentes montañas, sus escarpados pasajes y empinados senderos; el frío y sequedad extrema; los abruptos cambios de altitud, que se elevan hasta 12 mil pies o más por encima del nivel, que dejaba sin respiración y enfermos a los viajeros de la costa, y cuyos efectos debían ser combatidos con hojas de coca, el remedio utilizado por las poblaciones andinas.

Todo ello está bien descrito y brinda a los lectores en inglés una narración fácil de percibir y confiable de los terribles eventos que ocurrieron muy lejos de lo que ellos consideran que fue el centro de acción de ese entonces, las colonias americanas del Imperio Británico, en un territorio de solo 322 mil millas cuadradas, en comparación con los dos millones de millas cuadras del área andina. La narrativa de Walker, sin embargo, no altera de manera sustancial la imagen general que ha aparecido en los trabajos publicados en décadas recientes, pese a que una nueva relectura de los documentos le ha permitido añadir detalles frescos y observaciones, especialmente sobre la activa participación de Micaela Bastidas, la esposa de Túpac Amaru, en la revuelta, y sobre si la rebelión tuvo o no el apoyo de la Iglesia y de los curas.

El libro de Walker puede ser considerado una valiosa síntesis del estado actual de conocimientos sobre el levantamiento y sus orígenes. Pese a los esfuerzos de los historiadores y antropólogos, puede que no sea posible ir más allá de este punto, especialmente ya que las memorias andinas y el sistema de creencia, una fuente muy rica junto con los documentos escritos, han sido ya explotados con buenos resultados. De otro modo es poco lo que permiten los documentos generados por el régimen imperial para permitirnos entrar en los fueros internos de quienes vivieron en los Andes en el siglo XVIII.

Aquellas personas estuvieron lejos de formar un grupo con una única identidad. Muchos eran campesinos, pero otros vivían en los pueblos, también, incluyendo con toda certeza al mismo Túpac Amaru, quien tenía sangre europea en sus venas. Hubo numerosas divisiones y fisuras en la sociedad andina, la menor de las cuales no eran precisamente las étnicas y lingüísticas, particularmente entre las poblaciones quechua-hablantes del Cusco, en el Sur andino, y quienes hablaban aymara y vivían en el Altiplano alrededor del Lago Titicaca (actual Bolivia). Los aymaras habían sido incorporados a la fuerza por el Imperio incaico, y las tensiones entre ellos y los quechuas fueron decisivas para el desarrollo de la rebelión andina.

Como Walker explica, la historia de la rebelión ha sido contada desde el punto de vista de la antigua capital del Imperio incaico, una ciudad y región que ha sido estudiada de manera amplia. El problema para él, como para los historiadores de la rebelión -o, de manera más apropiada, de las rebeliones- es cómo combinar un relato de los eventos ocurridos en la región del Cusco con aquellos que ocurrieron en lo que él llama “el otro lado” del Lago Titicaca. Las diferencias, no obstante, son importantes para entender esta historia.

El ascenso y caída de Túpac Amaru ocupa solo la primera, aunque la más extensa, parte del libro. De ahí nos movemos al otro lado del Lago Titicaca para seguir el levantamiento aymara, el cual unió fuerzas de manera intermitente con el de Túpac Amaru y sus seguidores. Esta división, necesaria sin lugar a dudas para la construcción de una narrativa coherente, sugiere una secuencia cronológica y geográfica, con la rebelión moviéndose hacia el sur desde Cusco a la región de la Paz, a 325 millas de distancia. En realidad, la cronología ocurrió al revés. Tomás Katari, un aymara, y como Túpac Amaru, curaca, hizo sus primeros movimiento en defensa de las oprimidas comunidades indígenas en el Alto Perú en 1777, un año en que se creía ocurriría la caída de un orden social injusto de forma estrepitosa. Por esos años, Túpac Amaru había estado conspirando, pero solo lanzó su rebelión en noviembre de 1780, tres meses luego de Katari.

Tomás Katari cayó en las manos de las autoridades españolas, quienes lo ejecutaron en enero de 1781, pero la rebelión continuó bajo la dirección, primero, de sus hermanos y luego de que todos ellos fueron capturados y ejecutados, de un pobre indígena con poco o ningún conocimiento de español, el carismático Julián Apaza. El nuevo líder asumió el nombre de Tupac Katari en honor tanto de los Kataris como de Túpac Amaru, quien había sufrido una trágica muerte, jalado por cuatro caballos, en la plaza principal de Cusco el 18 de mayo de 1781. El movimiento katarista alcanzó su propio momento de expansión, y el creciente distanciamiento entre los kataristas y tupamaristas, ahora dirigidos por Diego Cristóbal, el primo de Túpac Amaru, ayudaría a sellar el destino de ambos movimientos.

Estos dos movimientos, que Walker compara brevemente, difieren en aspectos importantes -por ejemplo, la “imagen gloriosa” del pasado inca fue de lejos más importante para los tupamaristas- pero ambos aspiraban a traer cierto alivio a las comunidades andinas que sufrían la opresión de la mita (trabajo forzado en haciendas, obrajes y especialmente en las minas de plata y mercurio) que existía desde la tardío siglo XVI, y era una fuente constante de quejas.

Por diversas razones, sin embargo, estas cargas se hicieron más onerosas en los años previos a 1780. Esto fue en parte consecuencia de una creciente presión por recursos locales, consecuencia de una recuperación parcial de la población luego de las asombrosas pérdidas del periodo posterior a la Conquista, ocasionadas por las circunstancias mismas de la Conquista y la exposición de poblaciones que vivían en aislamiento a un conjunto de enfermedades europeas. Las condiciones se agravaron por las nuevas medidas fiscales introducidas por los Borbones en un intento de maximizar los beneficios y “racionalizar” la administración y la economía, así como por la corrupción endémica que afectó cada una de las ramas del estado virreinal.

Además del pago del tributo, los campesinos indígenas eran obligados a adquirir bienes innecesarios, incluyendo textiles que eran producidos localmente, a precios inflados bajo un sistema conocido como reparto de mercancías. Las extorsiones eran realizadas de manera coercitiva por los curacas y otras autoridades que se veían asimismo presionadas por las autoridades virreinales que buscaban obtener mayores beneficios, mientras esperaban recibir parte de dichas extorsiones. Hubo diversos grados de presión a nivel local así como de resentimiento hacia estas prácticas, pero tanto Tomás Katari como Túpac Amaru podían estar seguros de obtener una amplia respuesta en una amplia región cuando ellos hicieron público su interés de abolir la mita, el reparto, los impuestos y las aduanas.

Junto a otros historiadores, Walker describe estos levantamientos como “anti-coloniales”, pero desde mi perspectiva el término “colonial” tiende a ocultar más que a revelar. En muchas partes del Perú las diferencias entre colonizados y colonizadores se habían borrado con el paso del tiempo, y las rebeliones de Katari y Túpac Amaru fueron movimientos muy complejos que incluyeron sociedades ellas mismas complejas en composición y estructura, y que pueden ser fácilmente catalogadas como “coloniales”.

Perú era parte de un reino entre un grupo de reinos y territorios menores que formaban la monarquía española y su imperio. En 1776, cuatro años antes de las rebeliones, lo que había sido un único virreinato con su capítulo en Lima fue dividido, con el altiplano boliviano separado de la jurisdicción de Lima e incorporado al nuevo virreinato de La Plata con capital en Buenos Aires. La separación de Cusco, la antigua capital de los Incas, de Potosí y de la cuenca del Lago Titicaca provocó una serie de problemas que debilitaron al virreinato peruano, a medida que la plata y el comercio se alejaban de Cusco, Lima y la costa del Pacífico y se dirigían hacia Buenos Aires y el español atlántico.

Túpac Amaru y Tomás Katari ahora pertenecían a diferentes jurisdicciones. En 1777 Túpac Amaru fue a Lima, en parte a luchar por un reconocimiento legal de su título y derecho a un marquesado como legítimo descendiente de Túpac Amaru I, pero también a llevar las quejas de sus vasallos. Katari, por otro lado, viajó un año después a Buenos Aires con el mismo propósito. Ambos retornaron a sus localidades frustrados por no haber tenido éxito. Como curacas, y también como propietarios de tierras, comerciantes y dueños de recuas, ambos eran miembros, si bien modestos, de una sociedad virreinal a cuyos gobernantes ellos pedían favores.

La modestia, sin embargo, no es una cualidad que podemos atribuir a Túpac Amaru. Hijo de un curaca local, él vivía en los márgenes mismos de una sociedad multiétnica compuesta por indígenas, criollos y la élite mestiza de Cusco, quienes se exhibían de manera orgullosa vistiendo ropajes incas y manteniendo las tradiciones de sus antepasados. Como muchos miembros de la nobleza incaica, él fue educado en un colegio jesuita al cual los curacas acostumbraban enviar a sus hijos, y luego de su año en Lima, él era alguien muy bien informado y leído. Sus reclamos de ser heredero del primer Túpac Amaru sacudieron a la élite cusqueña y se hicieron a un lado cuando anunció su liderazgo de una revuelta cuyo motivo principal era terminar con la injusticia en el territorio peruano.

A pesar que posteriormente sería aclamado como precursor de la Independencia peruana, Túpac Amaru no dirigió un movimiento separatista. Todo lo contrario, y pese a que dio inicio a su rebelión ejecutando a un impopular gobernador local -una ejecución vívidamente descrita en las páginas iniciales del libro de Walker- él siguió las convenciones de ese entonces de apelar al rey de España, Carlos III, para castigar y reducir la corrupción de los malos oficiales, por lo que siempre manifestaba estar actuando en nombre del rey.

Desde el inicio, él fue cercano a crear alianzas con criollos, mestizos e indígenas, plenamente consciente de que la unidad era esencial para el éxito del movimiento. Como comerciante y dueño de recuas de mulas, que viajaban constantemente por los Andes, él tenía una amplia red de contactos, y en tanto bilingüe (español y quechua), él estaba colocado de manera ideal para cruzar las barreras sociales, étnicas y geográficas. Él también podía utilizar el poder de su familia y sus relaciones de parentesco, además de la inteligencia y sorprendentes habilidades logísticas de su esposa, Micaela Bastidas, una ferviente mujer y compañera en la revuelta, quien, según cuenta Walker en una de las más originales páginas de su libro, podía animar y lisonjear a sus seguidores indígenas, planear operaciones militares y mantener las líneas de comunicación abiertas con curas de parroquia.

Como el auto-proclamado heredero del último gobernante inca, su mensaje se extendió de manera poderosa a través de los Andes, mezclando nociones andinas de un cosmos ordenado con avisos mesiánicos y utópicos que parecen haber sido extraídos de fuentes europeas y andinas. Su sangre real le brindó un prestigio inmenso en las comunidades indígenas y muchos creían los relatos de sus seguidores donde se decía que era inmortal y que podía resucitar a los muertos. Su mensaje, no obstante, tuvo un efecto distinto en diferentes sectores de la sociedad andina.

Walker no ha sido más exitoso que otros historiadores en poder determinar las intenciones exactas y la aparente confusión de muchos de sus proclamas sugiere que él pudo haberlas adaptado a los grupos específicos a los que se dirigía. Sus mensajes de estar actuando bajo órdenes directas del rey de España no encajaban con sus pretensiones de proclamarse Inca, pero es posible que pensara en un reinado dual y no viera incompatibilidad alguna. Le dijo a la gente de Cusco que “expulsaran a los españoles y liberaran a los esclavos”, lo que Walker considera se debe haber referido a los grupos de esclavos concentrados en las regiones de la costa, pero que yo creo era una referencia más general a todos los oprimidos, independientemente de la forma de opresión a la que estuviesen sometidos.

Mientras predicaba el levantamiento de los oprimidos contra sus amos, Túpac Amaru estaba preocupado por mantener como aliados a los descendientes de los españoles al igual que a los mestizos. Él tampoco era un enemigo de la religión impuesta por los conquistadores. Muchos curas eran blanco del odio de los indígenas de las comunidades por su rol como extorsionadores, pero él rechazó cualquier intento de abolir los curatos e insistió que los diezmos cobrados por la Iglesia seguirían siendo entregados a la Iglesia. Su excomunión y la de sus seguidores por el Obispo de Cusco fue un revés inesperado y devastador, pero él sostuvo que como indígena no podía ser excomulgado, y que en cierto modo él era un cristiano ejemplar, quien iba a misa con frecuencia.

No debe sorprender que haya fracasado en su intento por mantener unidos a los diversos grupos sociales y étnicos que él aspiraba a unir, pero también había desunión entre quienes se oponían a él. No existía un ejército permanente en el virreinato, y tomó tiempo reunir milicias locales, y su levantamiento, aun cuando no pudo capturar Cusco, se extendió rápidamente por amplias áreas del territorio. Como lo demuestra Walker, Túpac Amaru, cuyas tropas estaban armadas apenas con lanzas, cuchillos, hondas y rocas arrojadas desde los peñascos, desarrollaron una efectiva guerra de guerrillas.

Cada acto de violencia encontró más violencia. Pese a que sus líderes invocaban la mesura, se cometieron una serie de actos horrendos en ambos lados, y no es una sorpresa que los propietarios y miembros de la élite, especialmente los criollos y los mestizos, tuviesen miedo. A medida que la insurrección se desplazaba hacia el sur en áreas pobladas principalmente por poblaciones indígenas, y que las órdenes de cautela por parte de Túpac Amaru habían desaparecido una vez que él fue capturado y ejecutado, la violencia creció y se hizo más intensa. Los indígenas acusaron a los españoles de herejes y de ser malos cristianos, volcando su furia hacia aquellos con piel “blanca”.

Esto fue particularmente cierto para los seguidores de Tupac Katari en la región aymara, quienes sometieron por partida doble a la ciudad de la Paz a prolongados asedios y llevaron la revuelta al actual Chile y el norte de Argentina. Las insurrecciones que fueron iniciadas para crear un orden social justo derivaron en guerras de castas, en el sentido que tanto la etnicidad como la jerarquía y el estatus definieron quién era el “enemigo”. Mientras, el mismo proceso estaba ocurriendo de manera inversa entre las fuerzas del virreinato.

La represión ocurrió de manera salvaje y prolongada. Los rebeldes capturados estuvieron sometidos a juicios que semejaban parodias de los mismos y, luego de muertes horrendas, sus restos fueron enviados a pueblos y comunidades de los Andes. Rompiendo con las políticas de preservar un espacio para la “República de indios”, el Visitador General Areche buscó implementar una policía que Walker denomina como “genocidio cultural”, prohibiendo la representación de dramas incaicos, la vestimenta con alusiones a los Incas, la destrucción de los retratos de los ancestros incaicos, la prohibición de la lectura de las supuestas incendiarias obras de Garcilaso de la Vega (los Comentarios Reales) y obligando al uso del español entre los quechua-hablantes. La efectiva ejecución de estas medidas draconianas, a las cuales se opusieron otras autoridades y que gozaron de poco apoyo en Madrid, estaban más allá de la capacidad logística y militar que el estado virreinal tenía a su disposición.

La brutal represión no pudo ser eliminada de la memoria colectiva de las poblaciones andinas, pese a los intentos de las autoridades virreinales de silenciar la rebelión. Una amargada población andina se replegó a sí misma, mientras los criollos y mestizos, igual de traumatizados por los eventos de 1780-1782, dudaron de seguir el ejemplo de otras partes de América y cortar los lazos con España en medio de las Guerras de Independencia. La Independencia no parecía un proyecto muy atractivo con la posibilidad de retornar a la anarquía y que un nuevo reino de terror los encontrara cara a cara.

Las rebeliones de Túpac Amaru II y de Tomás Katari proyectaron una larga sombra sobre Bolivia y Perú en los siglos XIX y XX. Mientras las élites trataban de mantener a las poblaciones indígenas en los márgenes de la vida social y política, las comunidades indígenas alimentaban sus memorias de las rebeliones del siglo XVIII y mantenían vivos sus sueños. Los movimientos indigenistas del siglo XX, que aspiraban a llevar a cabo dichos sueños, llevarían a la instalación de Evo Morales en el palacio presidencial de La Paz en 2006 como un líder indígena elegido democráticamente como presidente de Bolivia. En Perú, irónicamente, fue el régimen del General Velasco Alvarado (1968-1975) que elevó a Túpac Amaru II a la categoría de símbolo nacional como precursor de su reforma agraria y heroico defensor de los derechos indígenas, mientras que en 1980 los miembros de Sendero Luminoso desencadenaban el terror que esperaban trajera esta utopía a los Andes. La rebelión de Túpac Amaru puede que no haya tenido la misma visibilidad que las revoluciones norteamericana y francesa, pero encendió una mecha que continúa encendida.

Tomado del blog de Charles Walker.

Publicado originalmente en The New York Review of Books.