Homenaje a Alberto Flores Galindo a 25 años de su partida. Conversación con Manuel Burga

0 comentarios

Amigo de largos años, cómplice de aventuras intelectuales y librescas, cultor de su memoria y obra, Manuel Burga, historiador formado en las aulas de San Marcos (universidad de la que llegó a ser rector), autor de decenas de libros clásicos para muchos de nosotros, su testimonio no podía faltar en este especial que hemos dedicado a lo largo de esta semana a recordar los 25 años de la desaparición física de Alberto Flores Galindo. Es la mejor manera que hemos encontrado por ahora de cerrar este especial que, como dijimos desde el primer día, esperamos continuar a lo largo del año. Nuestro agradecimiento a todos los que colaboraron con nosotros.



Homenaje a Alberto Flores Galindo a 25 años de su partida. Conversación con Cecilia Rivera

0 comentarios

Cecilia Rivera, antropóloga y docente de la Pontificia Universidad Católica, comparte en esta cuarta entrega del especial dedicado a recordar los 25 años de la desaparición física de Alberto Flores Galindo, pormenores de la trayectoria intelectual y personal del desaparecido historiador. Testigo excepcional, como colaboradora primero y esposa después, su testimonio es tan emotivo como valioso, y por el que le damos las gracias.



Homenaje a Alberto Flores Galindo a 25 años de su partida. Conversación con Scarlett O'Phelan

0 comentarios

En esta tercera entrega del especial dedicado a conmemorar los 25 años del fallecimiento de Alberto Flores Galindo (1949-1990), Ricardo Portocarrero conversa con la Dra. Scarlett O'Phelan Godoy, historiadora formada en las aulas de la Pontificia Universidad Católica, que es donde conoció y forjó su amistad con el autor de "Aristocracia y plebe". Una conversación en la que se retrata facetas poco conocidas del desaparecido historiador.



Homenaje a Alberto Flores Galindo a 25 años de su partida. Conversación con Eduardo Cáceres

0 comentarios

Presentamos la segunda parte del especial dedicado a conmemorar los 25 años de la desaparición física del historiador Alberto Flores Galindo (1949-1990). En esta ocasión, Ricardo Portocarrero conversa con el filósofo y activista de derechos humanos Eduardo Cáceres Valdivia, quien rememora su amistad de largos años con Flores Galindo y el interés de este en Mariátegui.



Homenaje a Alberto Flores Galindo a 25 años de su partida. Conversación con Nelson Manrique

1 comentarios

Es un lugar común, y casi una obligación moral, referirse bien de los muertos. Incluso si se trata de un enemigo, el elogio obligado del rival es lo que se espera leer o escuchar. Actuar de otro modo es incurrir en una incorrección política que muy pocos perdonan. Pero qué sucede cuando a quien hay que elogiar en verdad sí merece todos los reconocimientos y homenajes; cuando estos, antes que un repertorio insufrible de loas y ditirambos, son comentarios críticos y lecturas inteligentes de su obra, de sus actos. Eso es más o menos lo que la obra de Alberto Flores Galindo (1949-1990) suscita entre todos. Este año, en que se cumplen 25 de su desaparición física, antes que hacer un repertorio de lisonjas huecas e inútiles hemos querido conversar con aquellos amigos y colegas con los que Flores Galindo estableció una fructífera como honesta relación de amistad y trabajo. Amigos y colegas que antes que gastar tinta, papel y palabras en su memoria, fatigan ideas y opiniones sobre su obra que es la mejor manera de recordarlo. Fallecido tempranamente el 26 de marzo de 1990, Flores Galindo representó muchos papeles en su corta vida (hijo, esposo, padre, historiador, profesor universitario, periodista), pero ninguno más importante en estos tiempos que el del intelectual comprometido. Ese tal vez sea su mejor legado para todos. Un legado que hemos querido recordar con estas conversaciones que a lo largo de esta semana presentaremos (y que hoy iniciamos con el historiador y sociólogo Nelson Manrique), las cuales esperamos continuar a lo largo del año. Agradecemos al historiador Ricardo Portocarrero haber hecho partícipe a este blog de la iniciativa que puso en marcha para recordar al autor de "Buscando un Inca" (entre tantos otros libros clásicos de su autoría). Solo nos queda agregar que esperamos que estas conversaciones propicien el debate y la discusión que merecen la obra y un autor fundamentales en nuestra historiografía.



Miguel Maticorena Estrada habla sobre la idea de nación en el Perú

0 comentarios

Este sábado se cumple el primer aniversario de la desaparición física (sola física, porque sigue entre nosotros) del Prof. Miguel Maticorena Estrada y, hasta dónde sé, San Marcos, la ANH, la familia o institución alguna no ha organizado ningún tipo de ceremonia u homenaje para recordar tan triste fecha. Ni siquiera sé si habrá una misa (yo, que no soy creyente, me gustaría asistir a una para expresarle mi homenaje). Pero luego reparo en que, en realidad, no hay necesidad de nada de este tipo de cosas porque al viejo lo recordamos todos a cada instante y en toda ocasión. No hay conferencia, presentación de libros o acto de cualquier tipo en el que no coincida con uno o varios amigos de San Marcos, con algún condiscípulo de esas aulas, y en las que, al final, siempre terminemos hablando de él. Así de presente lo tenemos siempre. Así de grande es su recuerdo. Así de inconmensurable es la pena que aún sentimos por su partida.



Hoy se presenta "La guerra maldita. Domingo Nieto y su correspondencia (1834-1844)" de Carmen Mc Evoy

0 comentarios

La Biblioteca Nacional del Perú (BNP) presenta el libro “La Guerra Maldita. Domingo Nieto y su correspondencia (1834-1844)”, de la historiadora Carmen Mc Evoy, que revela la correspondencia militar entre el Mariscal Domingo Nieto y diversas autoridades y funcionarios del Estado peruano en el contexto de la primera guerra civil de la etapa Republicana. La obra, que se presenta el día de hoy a las 7 de la noche, permite desentrañar los conflictivos orígenes del Estado peruano y el rol que cumplieron los militares durante su construcción; además de revelar aspectos poco conocidos de los inicios de la República.

“La correspondencia del Mariscal Nieto es una fuente invalorable para analizar el derrotero de la República temprana. En una etapa decisiva para la forja de la política peruana, el primer comandante de los Húsares del Perú usó su pluma para forjar alianzas, organizar batallas, comunicarse con amigos y familiares y meditar sobre el futuro de la República del Perú”, afirma McEvoy.

El libro, en dos volúmenes publicados por el Fondo Editorial de la Biblioteca Nacional del Perú será comentado por la historiadora Alicia del Águila (Universidad Mayor de San Marcos), David Velásquez (Universidad Nacional Mayor de San Marcos) y Javier Torres (Servicios Educativos Rurales).

La cita es en el Auditorio Mario Vargas Losa la de la BNP (Av. De la Poesía 160, distrito de San Borja)


Juan Gargurevich: “El periodista tiene un poder pequeño, pero poderosísimo”

0 comentarios

Por Maritza Espinoza

Ha dedicado su vida a hurgar en la historia del periodismo. ¿Por qué le fascina tanto?

Yo tengo tres definiciones bien claras sobre el periodismo. El periodismo es el oficio de recoger, procesar y difundir información. Luego, el periodismo tiene funciones: la de informar, entretener y divulgar. Pero el periodismo, sobre todo, son cuatro cosas: oficio, profesión, vocación y pasión.

¿Todo eso es para usted?

Cuando uno es periodista de vocación no se puede dedicar a otra cosa. Es como ser bombero o médico: una vocación intensa. Es bien interesante: yo enseño y a los alumnos que llegan y quieren ser periodistas no se les ocurre hacer otra cosa.

Pero hay muchos que entran al periodismo porque piensan que es pariente de la literatura.

>>> Seguir Leyendo... >>>

Puede ser, son caminos. El camino de estos literatos que hacen periodismo por razones de sobrevivencia, y el de los periodistas de vocación, de raza. Esos periodistas son los que yo llamo la infantería: los del cuadro de comisiones, los todoterreno, los que hemos hecho policiales, deportes, espectáculos. Ellos son los periodistas que hacen los periódicos, pero son pocos conocidos.

Carlos Ney Barrionuevo, uno de los personajes de su libro, dice que el periodismo no es vocación: es frustración…

No sé por qué dice eso. Seguramente, porque él quería ser literato, poeta. Una cosa es tener vocación y otra es tener talento. Hay mucha gente que tiene vocación, pero no llega a tener talento, no son buenos para escribir.

¿Alguna vez para usted el periodismo ha sido frustración?

No. Toda mi vida me he dedicado a esto, nunca hubo otra cosa. Desde que salí del colegio, a los 18 años, ya solamente se me ocurrió trabajar en periódicos, nada más. He tenido una vocación fuerte y no sé por qué, porque en la familia no había ni un periodista.

¿Nunca pensó en la literatura?

Quizá no se me ocurrió o no tenía talento creativo para ser literato. Nunca escribí una línea de poesía. Escribía, eso sí. Me gustaba leer muchísimo y me gustaba escribir descripciones. Me hubiera encantado dedicarme sólo a hacer descripciones. Y tuve la suerte de encontrarme en el camino de la vida con un grupo de jóvenes que hacían una columna de periodismo en La Crónica, en el año 53, 54, y allí comencé.

¿Eso fue durante la estadía de Mario Vargas Llosa en La Crónica?

No. Vargas Llosa estuvo en el 52 y yo ingresé en el 54, pero conocí exactamente a los mismos personajes que él describe en Un pez en el agua y en Conversación en la Catedral, pero ya no había la bohemia que había vivido Vargas Llosa, esa bohemia putañera, como se decía, de burdel, de trago por la noche. Ya no había eso.

¿Fue tan definitiva la estadía en La Crónica para la carrera literaria de Vargas Llosa?

Yo creo que sí, porque su única relación con la calle había sido la salida de los domingos al Parque Salazar. Pero cuando va a La Crónica se encuentra con un mundo de mayores que lo sacan a la calle y lo llevan en la noche, a La Victoria, al burdel, a lugares sórdidos donde ve cadáveres, asesinatos. Es notable que un joven se asome a ese mundo a los 15 años. Es otro mundo, tanto que él, que es un memorioso, recoge todo eso en Conversación en la Catedral…

¿Cuál fue la mejor época del periodismo en el Perú?

Tendría que ser cuál me gustó más. Bueno, la época de 1915, porque había muchos periódicos. Es la época en que escribieron Mariátegui, Valdelomar, Yerovi. Se hacía un periodismo político intenso y, la verdad, era una delicia. Había como quince diarios. Era la época anterior al gobierno de Leguía.

¿El periodista tiene poder?

El periodista tiene un pequeño poder, frágil, pero poderosísimo, porque puede destruir a una persona y puede mentir. ¿Cuándo descubrió el periodista que podía mentir? Seguramente en la época de (William Randolph) Hearst, quien decía: ¿cuántos muertos ha habido? Dos. ¡Ponle seis! El periodismo tiene ese poder de distorsionar, de mentir, de ocultar… Sí, los periodistas tienen poder, cómo no.

¿Cuándo comenzó la mala fama del periodista peruano?

No sé si el periodismo tenga mala fama, no estoy muy seguro.

En general, la gente y los políticos nos culpan de todo, no nos quieren mucho…

No nos quieren, pero nos envidian. ¡Y cómo nos necesitan! Sin nosotros no son nadie. Ellos están haciendo cola en los periódicos, en la radio, en la televisión, para una entrevista, por favor. Y nos echan la culpa de las cosas que hacen ellos.

¿El periodista se jubila?

Nunca. No conozco ningún periodista jubilado realmente, de corazón, que te diga: yo ya me retiré, no quiero saber nada con el periodismo. No conozco a ninguno.

¿Nunca se cansó del periodismo?

No. La verdad es que más bien me da pena no tener más energías para trabajar más. Yo siempre digo: cómo me gustaría que algún periódico me dé una estadía de tres meses para volver a una redacción. Me encantaría.

LA FICHA
Nací hace 80 años en Mollendo (Arequipa). Mi madre era ama de casa, pero también la intelectual de la familia y nos hizo leer todo Dumas, todo Sabatini, todo Víctor Hugo. Desde los 18 años, tuve claro que quería ser periodista y, desde entonces, he trabajado en diarios, revistas, y publicado numerosos libros sobre mi tema favorito: la historia del periodismo peruano. Acaba de reeditarse Mario Vargas Llosa, reportero a los 15 años y se presentará en el Museo Andrés del Castillo el próximo sábado 28 de marzo, día del cumpleaños del Nobel.

Fuente: Diario La República (19/3/2015).


Una intensa actividad académica cumplirá el historiador Jorge Ortiz Sotelo en México

0 comentarios

El historiador peruano y capitán de fragata en retiro Jorge Ortiz Sotelo, viaja a México para participar en diversas actividades de carácter académico en su campo de estudio: la Historia Naval.

El 23 y 24 de marzo participará en el X Congreso de Historia Militar en la ciudad de Guadalajara. Presentará la ponencia “La expedición de Spilbergen en Perú y México, 1615”. El día 25 dictará la conferencia en la universidad de Michoacán, Morelia, “Problemas, métodos y enfoques de investigación de la Historia Naval”.

>>> Seguir Leyendo... >>>

Este viaje también le da la ocasión para presentar el día 26 de marzo su libro La real armada en el Pacífico Sur. El apostadero naval del Callao 1746- 1824, publicado por el Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM y Bonilla Artigas Editores.

Jorge Ortiz Sotelo estudió Historia en la PUCP, la U. de Londres y la U. de St. Andrews, donde obtuvo un doctorado en Historia Marítima. Tiene una extensa producción bibliográfica.

Fuente: Diario La República (19/3/2015).


Como crece la sombra cuando el sol declina….

1 comentarios

Para mi viejo, por todo su apoyo

Amo a mi padre.

He procurado que cada acto de mi vida sea un motivo de orgullo para él.

Tal vez nunca lo haya conseguido del todo, pero nadie me quitará el mérito de haberlo intentado. Y vaya que lo he intentado.

Recuerdo, por ejemplo, que en cierta ocasión, para hacerlo feliz, no me quedó más remedio que recurrir al embuste con tal de complacerlo. Y no solo lo logré, sino que hasta el día de hoy guarda un buen recuerdo de aquel suceso. Pero como él no lee lo que escribo, es muy poco probable que se entere lo que les cuento. ¿O tal vez sí? No importa. Le diré que es un cuento lo que escribí y se sentirá otra vez orgullo de eso. Mi viejo, siempre tan bueno.

>>> Seguir Leyendo... >>>

Por aquel tiempo todavía era creyente, apostólico y romano, como se dice. Y como todos los varones de mi familia, incluidos cuñados, yernos y sobrinos, era hermano del Señor de los Milagros. En octubre, la familia acudía en masa a la procesión, donde todos cargábamos en la Novena cuadrilla de la Hermandad del Señor de los Milagros de Barranco. Ese año era el último como capataz general de la hermandad del mejor amigo de mi padre, por quien él sentía verdadero aprecio y cariño, casi de hermano. Ya era muy entrada la noche y nosotros teníamos que entregar el anda a la cuadrilla siguiente, que era precisamente la del amigo de mi padre, que ya estaba formada a los lados, como se estila, para el cambio de cuadrilla. Mientras nos retirábamos, se me acercó mi padre y me dijo: “Ahí está Huamán. Despídete de él, porque es su último año como capataz. Dile algo amable, hijo, para que se sienta mejor porque está muy triste. Tú sabes cómo”. Amo a mi padre, pero hay veces en que en verdad me dan ganas de apretarle el pescuezo. ¡Me pone en cada aprieto! Pero como a mí me agrada darle gusto, me tomó cinco segundos encontrar la solución a lo que me pedía. No recuerdo muy bien por qué razón, pero por aquellos días había leído hasta la saciedad la arenga de Domingo Choquehuanca a Bolívar cuando éste pasó por Cusco y me la sabía de memoria, palabra por palabra. Así que, ni tonto ni perezoso, me acerqué resuelto hasta él, que estaba flanqueado por su yerno y su consuegro, y le dije:

"Solo quería decirle, Don Félix, que quiso Dios de esta gente formar una gran fraternidad y creó la Hermandad del Señor de los Milagros de Barranco; pero pecó su raza con tanto trago y lanzó a Pizarro. Después de varios años sin rumbo ha tenido piedad de nosotros y nos ha enviado a usted. Es usted un hombre nacido para un designio providencial. Nada de lo hecho hasta ahora se asemejará a lo que usted ha logrado durante su mandato, y para que alguno pueda imitarlo en el futuro, será preciso que haya una nueva hermandad que fundar. Ha refundado una hermandad que en el inmenso desarrollo a que está llamada, elevará su nombre a donde ninguno ha llegado. Con los años crecerá su gloria como crece la sombra cuando el sol declina".

Apenas acabé de pronunciar la última palabra, el pobre hombre se llevó una mano a la cara para ocultar el llanto que lo inundaba, mientras que a su lado su consuegro no paraba de repetir ¡Bravo! ¡Bravo! Le di la mano y me fui. Pronto se corrió la voz de aquel breve discurso por todo Barranco porque no hubo hermano, cuadrilla o sacristán que no quisiera aquella noche tomarse un trago conmigo para oír la ‘arenga’, que, por cierto, yo estaba muy dispuesto, eufórico, a repetir.

Solo recuerdo que, mientras me retiraba, alcance a escuchar que su yerno le preguntaba a su padre: “¿Qué tiene que ver Pizarro con mi suegro?”.


¿Una Lima de saya y manto?

0 comentarios

Hace unos años, el diario donde trabajé tuvo en cierta ocasión la feliz idea de organizar un concurso por el aniversario de Lima. La particular visión que algunos, alcaldes, artistas o medios de comunicación, tienen de la ciudad y de su historia se reflejó bastante bien en el nombre y objetivos del concurso: Escríbele una carta a Pizarro y cuéntale cómo ha cambiado Lima desde que la fundó (o algo por el estilo). Demás está decirles que ese fue un disparo a los pies.

De cada diez cartas recibidas, once despotricaban del viejo extremeño (yo no llegué a leer ninguna, pero me contaron que habían muchas subidas de tono). La solución que encontraron fue premiar a tres de ellas de un puñado amigable que no pasaba de la decena. Y para hacer un control de daños, me eligieron a mí. Me explicaron lo sucedido (lo que acabo de contar), y que había que escribir algo defendiendo al pobre Pizarro (“el fundador de Lima, aunque a muchos no les guste”), resaltar la condición ‘mestiza’ de la ciudad y su historia y todo lo que viene aparejado con aquello del ‘mestizaje cultural’. La nota que escribí en los términos y argumentos que tanto querían explicar sobre el concurso creo que quedó bastante bien (para ellos): le dieron una página completa a un texto que no valía nada la pena. Tanto que, como hacen algunos autores, la desterré de mi magra bibliografía y casi ni me acordaba de ella. Pero como será la vida que siempre está dispuesta a recordarte tus deslices, esos pecadillos venales que escondes bajo la alfombra y que esperas que nadie encuentre. Pero lo hacen.

>>> Seguir Leyendo... >>>

Andando en el tiempo, animado por una plana de profesores que eran un lujo en aquel entonces, en algún momento me matriculé en la Maestría de Historia de San Marcos, mi vieja y querida universidad. No lo pensé dos veces y cambié horarios, troqué días de descanso por otros y pedí favores a cuenta de futuros. Así que, para mi pesar, pude asistir a dos cursos de ella. Y digo para mi pesar porque el primer día de clase, al final de la misma, nos repartieron las lecturas de la semana siguiente. Alguien pregunto algo, no recuerdo exactamente qué sobre las lecturas que versaban sobre temas subalternos, que el profesor se vio obligado a explicarlo. Todavía puedo recordar cómo se me iba poniendo la carne de gallina cuando, a medida que avanzaba en su explicación sobre la literatura que en modo alguno se refería a la subalternidad de los pueblos colonizados, citaba la nota que había decidido negar para siempre. ¿Recuerdan esa expresión ‘trágame tierra’? Pues ese día descubrí exactamente a qué se refiere. Literalmente.

Muchos años después de esto, yo, que en los últimos tiempos había tomado la ociosa decisión de no asistir más a las fiestas y celebraciones de la empresa, me perdí la apoteosis final, el corolario perfecto de esta historia que les cuento. Durante la festividad por el aniversario del diario, alguien tuvo la peregrina idea de elegir a Lima colonial para la ‘fiesta temática’ de celebración. Por las fotos que vi de la reunión y lo que me contaron, los ambientes del Museo de la Nación se vieron invadidos de virreyes, tapadas, caballeros de levita y bastón, pregoneros y todo los personajes que uno puede imaginar salidos de las tradiciones de Ricardo Palma (si mal no recuerdo, el propio tradicionista también caminaba entre el público). Como dije, la apoteosis total y final.

Todo esto viene a recordación ahora que por la terca y absurda decisión del alcalde Lima, Luis Castañeda, se han borrado los murales del Centro de Lima, una muestra de arte urbano que exhiben y fomentan muchas ciudades del mundo. No voy a entrar en más detalles sobre el asunto porque este ha generado ríos de tinta en medios de comunicación y aluviones de comentarios en las redes sociales. Pero sí me gustaría incidir en algo a lo que ya se ha referido la historiadora Maribel Arrelucea: la visión que de Lima tienen algunos dista mucho de ser la de una ciudad inclusiva y democrática. Es una visión que queda muy bonita en las palabras pero que en los hechos es un brochazo de pintura amarilla. Lo ha comprobado la decisión del mismo alcalde de no borrar el mural de Chabuca Granda y sí el de Lucha Reyes. Dicho más claramente y de manera descarnada: saquen a la negra y dejen en paz a la blanca. Así de simple.

Lo que está tratando de imponer a todos el alcalde es la idea de que el Centro Histórico de Lima tiene dueño y no son precisamente los pobres, indios o afrodescendientes, sino una aristocrática clase media empresarial y emprendedora a la que estos le afean el paisaje con sus expresiones artísticas, que como toda expresión artística su nutre de la vida, de la experiencia cotidiana de estos. Y, por supuesto, esto es, para gente como Castañeda o Szyszlo, inimaginable para la Lima de Chabuca y Palma. O lo que ellos creen que era la Lima de Chabuca y Palma porque no tienen la menor idea de con quien se juntaba una y de que raza era el otro.

Es esta visión ahistórica de Lima la que debemos rechazar todos, en especial y primerísimo lugar el artista que pintó el mural de Chabuca Granda. A él le recuerdo que cuando las hordas nazis quemaban libros, un escritor se acercó a la pila humeante a ver de qué libros se trataban, quiénes eran los autores. Quedó espantado. Regresó presuroso a su casa a traer sus propios libros y él mismo los lanzo al fuego. Cuando le preguntaron por qué lo había hecho, respondió:

“Es lo justo, mis libros también deben arder. ¡Ellos también hablan de libertad!”.