San Marcos exonerará del pago a 1.000 postulantes

Estudiantes de bajos recursos económicos que hayan tenido como promedio 15 en sus notas serán los beneficiados.

Piden presupuesto para continuar investigaciones

Walter Alva recordó que en el 2016 no se ejecutaron trabajos de investigación arqueológica en Lambayeque.

Se realizarán tours nocturnos en Chavín de Huántar

Ministerio de Cultura autorizó visitas para promover importante monumento arqueológico.

Polémica de los Pitufos comunistas ya es mundial

La prestigiosa BBC hace eco de la polémica desatada en Uruguay por comparar a los Pitufos con una sociedad comunista.

¿Se hará realidad la ficción cinemtográfica

Según la agencia, roca espacial circuló demasiado cerca de nuestro planeta.

Por sus fueros los conoceréis: A propósito del caso González

Al final de su biografía sobre Luciano Benjamín Cisneros, jurista del siglo XIX, Raúl Porras enumera de manera magistral una relación de hechos y personas de nuestra historia parlamentaria que hoy nos parecen impensables. Suspendidos en sus labores o alejados de ellas por luchar contra el abuso del poder, proteger el imperio de la ley o hacer prevalecer la justicia en cualquier acto del estado o sus representantes, en otras palabras, por cumplir su deber, los contemporáneos de Cisneros harían palidecer de vergüenza a muchos de nuestros actuales congresistas. Qué distinto con lo sucedido en los últimos años, con lo sucedido ayer.

En abril de 1993, un altercado verbal con Martha Chávez alejó 60 días a Fernando Olivera de su fuero parlamentario. Lo volverían a suspender en 1997, esta vez por 120 días, por la misma razón durante la votación para destituir a tres magistrados del Tribunal Constitucional.
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Más polémica fue la suspensión de Javier Diez Canseco, en 1997. A éste se le puede acusar de todo, menos de mal educado y mucho menos de infidente. Durante la sesión previa a una de carácter reservado sobre un tema de seguridad nacional, se hallaba al habla por teléfono con un periodista y al no percatarse del inicio de la segunda, fue acusado y luego sancionado con 120 días por violar el secreto de la sesión.

Como calificarse el desafuero, en 1999, de Manuel Lajo y Alejandro Abanto Pongo, suspendidos luego de denunciarse y probarse que se quedaban con una parte de los sueldos de sus empleados.

Ernesto Gamarra, que hoy proclama su inocencia y anuncia libro revelando el complot político en su contra pese al vídeo que lo delata, fue suspendido en sus labores por recibir tres mil dólares de uno de los tantos testaferros de Montesinos para la campaña política de su esposa. Casi por la misma razón, sin pruebas y sin vídeo, fueron suspendidas Martha Chávez, Luz Salgado y José Luna Gálvez por recibir dinero del ex asesor. Hasta hoy, la primera de ellas, lucha por su rehabilitación.

Como si esta historia de desafueros y suspensiones no bastara, las hay todavía más vergonzosas, infamantes. Congresistas han habido que perdieron sus privilegios por vínculos con el narcotráfico, soborno manifiesto o, incluso, asesinato. Menuda tarea la que le espera a los historiadores de mañana. ¿Qué podrá decirse en su beneficio de este Congreso después de lo sucedido ayer?

Ayacucho, triunfo de América

A principios de 1824, las deserciones entre la tropa del Ejército Libertador y el hambre de las pocas todavía leales eran cosa de todos los días. Al comandante supremo de este ejército, Simón Bolívar, las fiebres lo estaban acabando. Había perdido casi la mitad de su peso y apenas si podía sostenerse en pie. Pocos creían ya en el éxito de la campaña libertadora. Para empeorar las cosas, la situación en el país era caótica. Dominado por la anarquía, los políticos no sólo no lograban ponerse de acuerdo sino que además, con sus intrigas, complicaban mucho más las cosas. La sensación de derrota era general. “La gloria y la esperanza de América", como lo llamaría un historiador más de cien años después, con un aspecto más del otro mundo que de éste, estaba casi vencida.


Un ministro extranjero que lo visitó por entonces, cuando se restablecía duramente de su salud, le preguntó “¿Qué piensa Ud. hacer ahora?”. Bolívar no contestó. “¿Qué piensa Ud. hacer ahora?”, le repitió apremiando una respuesta. El general enfermo, padre de cinco repúblicas, necesitó de las duras jornadas llaneras de su lejana Venezuela, del recuerdo de su viejo grito de "guerra a muerte", de sus decretos para confiscar hasta los clavos de las bancas de las iglesias para hacer sables, para saber la respuesta exacta desde siempre y desde el fondo de su corazón. La encontró en una palabra, una sola que era más el reflejo de una victoria del espíritu que del cuerpo: "¡Triunfar!", le respondió con un semblante cadavérico. No se equivocó. Volviendo la página estaban los días de gloria. Junín y Ayacucho.


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Después de la formidable victoria patriota en Junín en el mes de agosto, el ejército libertador había quedado herido de muerte. Incluso antes. Las victorias realistas de los años anteriores y las derrotas de ahora dejaron en los campos de batalla los cuerpos de soldados, cabos y sargentos europeos curtidos en combate. Al momento de enfrentarse en Ayacucho, el 9 de diciembre de 1824, la situación había cambiado radicalmente. La tropa del ejército realista era entonces mayoritariamente del país, peruanos obligados a engrosar sus filas y que marchaban en ellas como prisioneros. Sólo cuando llegaba la hora de la lucha, se les entregaban las armas, que muchas veces volvían contra los oficiales tratando de escapar a su suerte.


Era tal la situación del ejército del Rey que un general patriota, luego de la capitulación y cuando se tomaban los aprestos necesarios para con los prisioneros españoles, comentó que de haber conocido la real situación, de haber sabido que de 200 soldados de caballería apenas 40 eran europeos, no habrían sido tan genrosos en las prerrogativas con los vencidos.


Este ejército disminuído y venido a menos, desgastado todavía más en una guerra de escaramuzas a lo largo de la sierra las últimas semanas luego de la retirada de Junín, es el que llegó a las alturas del cerro Condorcunca el día 7 desde donde dominaba todo el panorama de lo que sería el escenario de batalla. Al día siguiente llegó el ejécrito aliado patriota y ocupó las faldas. A la mañana siguiente, a las 10.30, rompieron los fuegos.


Otra prueba más de las peculiaridades de esta batalla lo constituyó la ceremonia que precedió a la lucha. Durante media hora y en una franja de terreno entre los dos ejércitos, parientes y hermanos, amigos y conocidos, se saludaron y despidieron. Fue el caso de los hermanos Castilla, Ramón y Leandro, peruanos en distintos bandos, o los hermanos españoles Tur, Vicente y Antonio, de quien se dice que fue éste último quien solicitó la tregua. Viéndolo venir a su hermano lo recriminó. “Cuánto siento verte cubierto de ignominia”, le dijo. Vicente le dio la espalda y se regresó. Antonio le dio el alcance y abrazados lloraron juntos. La batalla debía empezar.


Amaneció de un sol resplandeciente, algo inusual para la temporada. El temor de una mañana lluviosa con caballos y cureñas de cañones atascados en el lodo quedó descartado. Se inició la batalla con una carga de los españoles bajando la cuesta. Esperaban que los patriotas salieran huyendo, pero no lo hicieron. Dos regimientos realistas más se adelantaron, pero fueron confrontados por los hombres de Córdova alentados por su grito de “!Armas a discreción, paso de vencedores!”. Pronto empezaron a flaquear los arrestos del enemigo. Valdés, uno de los generales epañoles, le dijo a su ayudante: “Dígale usted al Virrey que a esta comedia se la llevó el demonio”. La pelea apenas había durado dos horas.


Concluida la batalla, siete mil hombres del ejército realista son prisioneros del ejército republicano, incluido el propio virrey que estaba herido. Por esta indisposición, la capitulación la firmó Canterac, teniente general de los ejércitos del rey, a nombre de La Serna, el suyo propio y de 15 generales, 16 coroneles y 552 oficiales. Como escribió Salvador de Madariaga, el sol que no se ponía nunca, había salido por última vez. América había decidido su destino en suelo peruano.


Pese a que las estipulaciones de la capitulación de Ayacucho fueron en exceso generosas para los españoles (un historiador ha dicho y con razón, que tal parece que hubieran sido ellos quienes ganaron la batalla), el descrédito total cayó sobre los responsables.


Vueltos a España fueron duramente criticados. Nunca más, los que siguieron en el ejército, volvieron a ascender y se les truncó su carrera militar y pública. Fueron acusados en tribunales, satanizados en folletos y, lo que da la medida de los cosas, se les conocería en adelante, en público y en privado, con un apelativo despectivo y ruin: los ayacuchos.


Por otro lado, hay que anotar que Sucre fue, en la ocasión, generoso hasta consigo mismo. En la carta que le escribió a Bolívar informándole de la batalla dijo: “Está concluida la guerra y completada la libertad del Perú. Por premio para mí, pido que usted me reserve su amistad”. No pidió nada para él, pero el Perú le concedió todos los honores. Lo nombró “Libertador del Perú”.

Curso Nuevas Tecnologías de la Información

A partir de la fecha, el curso de Nuevas Tecnologías de la Información y Comunicación (NTIC 2004-II) tiene una nueva dirección. En él los alumnos podrán encontrar todo el material del curso, desde lecturas hasta las diapositivas de clases. Saludos.

El tan temido vacío de poder

A propósito de la enfermedad de Arafat

La noticia que traen los cables es una historia que se ha repetido innumerables veces. Gobiernos que se sostienen en la figura de un solo hombre, y que al desaparecer éste arrastran a la tumba con ellos al régimen que encarnaron por larguísimo tiempo, no son novedad. Eso explica el desconcierto, cuando no pavor, que origina la muerte del jefe, del caudillo o como quiera que hayan querido que se les llame.

El caso más paradójico lo constituye el dominicano Leonidas Trujillo. Cuando un grupo de militares sublevados lo asesinó el 30 de mayo de 1961, se aterrorizaron no tanto por el crimen cometido sino por el hecho de no saber qué hacer ahora sin la presencia del omnipresente dictador que rigió sus destinos durante 31 años.
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Cuando Stalin, el jefe por décadas de la ex Unión Soviética, murió el 5 de marzo de 1953 por un derrame cerebral la noticia de su muerte se dio a conocer al día siguiente. Al menos esa es la historia oficial. Hoy hay sobradas razones para no creer en ella. Stalin habría falleció en realidad la noche del 1 al 2 de marzo. Todo indica que los allegados a Stalin necesitaron tiempo para decidir el reparto del poder. Si no, no se entendería la conveniencia de la hora oficial de su muerte, 9.50 de la noche, 70 minutos después del fin de la reunión conjunta que designó a su sucesor, 8.40 de la noche.

El de Francisco Franco es el más patético de los casos reseñados. Al caudillo español lo mantuvieron vivo durante 32 días por medios artificiales un equipo de 24 facultativos, cuando ya su cuerpo, reducido a apenas 20 kilos de peso, pedía a gritos el descanso eterno. Sólo los reclamos airados de su esposa permitieron que rindiera cuentas a Dios por divorciar a España del mundo durante cuarenta años y por mandar construir su faraónico sepulcro con el trabajo forzado de miles de presos políticos.

Desde otra perspectiva, conviene también mencionar el caso de Yosip Broz Tito cuando recordamos el temor al vacío de poder. Considerado en vida Héroe de la patria por su terca resistencia a la invasión nazi y su abierto enfrentamiento al todopoderoso Stalin, Tito gozó también de gran prestigio internacional por su adhesión al movimiento no alineado. Sin embargo, la suya fue una dictadura comunista de 35 años disfrazada de Federación de Estados Yugoslavos que no logró sobrevivir a su muerte. Una década después la guerra civil hizo añicos el viejo sueño del estadista guerrillero.

¡Nixon go home, ándate!

¿Enigma de la historia?

No hubo ni habrá nunca la menor sombra de duda al respecto: bastaron cinco minutos de intolerancia para que cuatro siglos de tradición se fueran al tacho de la historia.

La mañana del 8 de mayo de 1958, la cuatricentenaria universidad de San Marcos, orgullo del Perú y de la América heredera de España, dejó que sus hijos más enfurecidos hablaran por ella. ¿Qué sucedió realmente aquel día? ¿Fue la provocación de un imprudente vicepresidente con ganas de adquirir publicidad a cualquier precio? ¿Existió, como se dijo, un plan orquestado para humillar al representante de la Casa Blanca?

LA VISITA

La crónica de esta desventurada historia empezó la mañana del 7 de mayo: Richard Nixon, vicepresidente de la administración Eisenhower y destacado miembro del partido republicano, llegaba a Lima en visita oficial. Todo le auguraba una jornada exitosa. Hasta la mañana siguiente, en que su atiborrada agenda registraba una visita a la Universidad de San Marcos.
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A las 10 de la mañana del día siguiente, Nixon se dirigió en su auto, por la Colmena y Azángaro, hasta la vieja casona del parque Universitario, donde funcionaba entonces la Universidad.

No tuvo que bajar de su auto descubierto para darse cuenta que ahí no lo querían. Que algo andaba mal. Hay quienes afirman que más que contrariarlo y sorprenderlo, a Nixon le agradó este recibimiento, pensando en las ventajas políticas que podía sacar de él. Pese a la erizada manifestación de carteles en su contra, no se arredró. Se propuso entrar a como diera lugar. No hubo manera de convencerlo de lo contrario. Político de raza, le dicen.

Alguien quiso asegurarse de que el vicepresidente entendiera bien el mensaje, así que lo escribió claramente en su cartel en las dos lenguas oficiales de aquel improvisado evento: "¡Nixon go home!, ¡Ándate!". Otro, más incisivo, le hizo saber al vicepresidente de manera rotunda que en San Marcos no era bienvenido: "¡Nixon es una víbora!".

LA AGRESION

Los estudiantes estaban más que sorprendidos, molestos ¿Cómo se atrevía Nixon a venir si se había hecho saber a las autoridades que no permitirían su entrada? ¿Qué provocación era esta? ¿Quién se creía éste que era? Los que hasta ese momento estaban sólo lanzando arengas anti-yanquis, anti-Nixon, anti-todo, decidieron pasar a los hechos. Hasta aquellos que habían permanecido como simples espectadores, se irritaron y se sumaron a la protesta. Los ánimos empezaron a caldearse. De pronto, como en el poema de Quasimodo, anocheció para Nixon.

Entre empujones, gritos y los esfuerzos desesperados del mítico Servicio Secreto para protegerlo de la descarga de piedras de la que era víctima, Nixon se encontró con la página negra que el destino había escrito para él en tierras incaicas: abriéndose paso entre el desorden, el bullicio, el caos, alguien con los belfos lo bastante grandes y una puntería privilegiada, se acercó lo suficiente al vicepresidente para acertar con un enorme escupitajo sobre su bien cortado traje a rayas que lucía aquella desdichada mañana.

Al día siguiente, los titulares de los diarios no pudieron ser más elocuentes: "Vergonzosos incidentes en las puertas de la Universidad de San Marcos", tituló El Comercio. La decana de América tuvo que pedir disculpas públicamente. Y aunque se formó una comisión investigadora, nunca se sancionó a nadie por lo sucedido (cualquier semejanza con el presente es mera coincidencia). La única página negra que registra su historia. Pero una pregunta impregnó la atmósfera de San Marcos y se mantendría sin respuesta durante décadas.

¿QUIÉN FUE?

Los años transcurridos se encargaron de ocultar entre brumas de leyenda la identidad del "energúmeno" que los diarios del día siguiente no pudieron identificar aquella vez.

Mi profesor de historia en la universidad, un sabio humanista de los que ya quedan muy pocos, negó rotundamente que él pudiera revelar la identidad del agresor porque simplemente no la conocía. "Por esa época me encontraba yo becado en España", me dijo. Sin embargo, me señaló a otro profesor de la facultad de Letras, quien sí estaba aquella mañana de los acontecimientos.

Luego de una azarosa serie de intentos pude no sólo contactarme con él, sino que estaba tan plenamente convencido que él sí sabía la respuesta a una interrogante que ya semejaba un teorema de física cuántica, que le pregunté, a boca de jarro, si sabía quién había sido el perpetrador del escupitajo histórico. Acorralado ante la serie de pruebas que otros me habían proporcionado de que él si podía identificar al personaje motivo de los desvelos de este escriba, me dijo que no porque él, si bien estaba esa mañana en la universidad, en el momento de los sucesos se encontraba en el patio de los Chicos, el más interior de los tres patios de la vieja casona sanmarquina.

Lo único que pude establecer es que, de la serie de personas con las cuales se conversó para escribir esta historia, muchas coincidieron en señalar a un estudiante de antropología que hoy peina canas de arrepentimiento. Su identidad, sin duda, seguirá siendo un enigma más de la historia.

ADDENDA
"No soy un pillo"


Para su desdicha, Nixon fue vicepresidente en una mala época. Estaba en pleno auge el descolonialismo tercemundista y la imagen imperialista de Estados Unidos era indesligable de él.

Su carrera política estuvo marcada más por sus desaciertos que por sus éxitos, los mismos que le dieron reconocimiento cuando ya ésta llegaba al cenit de su existencia. La gira que realizó por América Latina en aquella ocasión fue tan desastrosa (en Venezuela fue nuevamente agredido y con tal virulencia que tuvo que ser rescatado en helicóptero), que obligó a cancelar la que tenía programada para Europa, aunque el bien montado aparato publicitario que lo acompañaba la presentara como un éxito y él mismo fuera recibido como héroe a su retorno.

Pero si hay algo inherente a su biografía política son los escándalos, que la salpican. Watergate, que lo obligó a renunciar a la presidencia el 8 de agosto de 1974, es apenas la coronación de los mismos.

Tampoco fue un orador consumado ni mucho menos, de lo cual pueden dar fe los franceses. Con ocasión de los funerales de De Gaulle empezó de la peor manera, queriendo significar la importancia de la fecha: "Este es un gran día para Francia".

Pero sin duda alguna, el discurso por el cual se le recordará siempre será aquel que pronunció el día de su renuncia a la presidencia. Aquella ocasión pronunció la famosa frase con la que seguro pasará a la historia: "No soy un pillo".

Vivió su retiro en California, en donde llevó una vida pública tan discreta como sobria. Murió el 22 de abril de 1994. Al año siguiente, el director de cine Oliver Stone, el mismo de JFK, realizó una película sobre él que lo retrata tan fidedigna como ferozmente. Alguien escribió que era su mejor monumento.

¿Alguien ha visto mi gato?

Mi hijo de ocho años me ha pedido que en vez del perro que pensaba obsequiarle, le cambie su gato por uno más fácil de manejar, o mejor aún, por uno que se adapte a sus necesidades y con el cual no pelee cada vez que consulte su enciclopedia o juego favorito. El gato que tiene, y que yo compré para satisfacción de mi propia curiosidad pedagógica, tiene tantas funciones y botones que a él han terminado por desorientarlo. En otras palabras, han perturbado su interactividad. Verdadera fatalidad, si tomamos en cuenta que el gato, al igual que otros dispositivos, apareció en nuestras vidas para facilitarnos las cosas y no para estropearlas como está sucediendo ahora con él. En realidad, con muchos de nosotros.

Rodrigo, como miles más, pertenece a una generación que nació a la computadora personal y a la informática de la mano del gato, como él prefiere llamar al mouse porque detesta a los roedores, como miles más también. Sin este dispositivo externo es muy probable que muchos de nosotros jamás nos hubiésemos aventurado en los insondables caminos de los procesadores de texto, el diseño gráfico y, fundamentalmente, el ciberespacio. Pero a esta historia, que no ha terminado, las empresas de informática han querido darle un final de ciencia ficción, cuando no de tragedia.
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En ese sentido, no se equivoca Nuria Almirón, una especialista en Nuevas Tecnologías, cuando afirma que hay ahora en el mercado mouses que resultan verdaderamente idóneos más para una clase de piano que para el trabajo de oficina. ¿Es realmente necesario que nos sometan a esta tortura los desarrolladores de la llamada tecnología de punta?

La tesis de Almirón, y que a su vez se basa en estudios de Andrew Odlyzko, es muy simple: la tecnología mientras más potente y sencilla, más difícil de usar, que no de entender. El futuro está en reconciliar estos conceptos, potencia y facilidad de uso. No en lo que es ahora, una tecnología que más que simplificarnos la vida, nos la complica. Y cada vez más y más.

Las cosas más sencillas son las que mejor funcionan y seguirán funcionando en los derroteros de la informática y, concretamente, en Internet. Sino, miren no más el ejemplo de las Mac y el tributo a su simplicidad que significó la aparición de Windows. Esta es una ley tan universal como la de la gravedad, que tratar de ir en su contra resulta, francamente, insensato.

Pero Rodrigo, y en general los niños y jóvenes (el sector más proclive al cambio de paradigmas), que en muchas cosas siempre están un paso adelante de nosotros, resolvió su problema de la manera más práctica: ha desaparecido al gato, confiado en que ahora lo restituya con uno con los clásicos dos botones. Una muestra más de simplicidad y funcionalidad.

¿La Tribu de Clio aciberneta?

Para Dn. César Espinoza Claudio

Después de mucho tiempo, ayer por la tarde encontré casualmente a mi profesor de la universidad César Espinoza Claudio en el concurrido jirón Quilca, el único sitio de Lima donde los profesores universitarios podemos comprarnos libros con los magros sueldos que percibimos.


Fue verdaderamente agradable, porque de Espinoza Claudio recuerdo, entre muchas cosas, su generosa y desinterasada forma de colaborar con los alumnos que llegaba hasta la imprudencia de prestarle libros a quien no debiera (biblómanos sin perdón que no se detienen ni siquiera ante el hecho de quedarse no sólo con libros ajenos, sino con ejemplares tan valiosos como raros, como es el caso de "Mapas coloniales de haciendas cusqueñas"). Precisamente es a este profesor a quien debo mi interés por el tema agrario colonial, algo por lo cual siempre le quedaré agradecido.


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El caso es que, como sucede cada vez que nos encontramos, volvió sobre su idea de siempre, que es la de realizar un taller de Nuevas Tecnologías para Historiadores, una tarea todavía pendiente entre la comunidad sanmarquina. Pero, ¿cómo? ¿luego del tiempo transcurrido sigue aciberneta nuestra tribu? ¿no han incorporado completamente Internet como una herramienta de trabajo que vaya más allá de leer portales y sitios o buscar artículos gratis de revistas? ¿Siguen con el Word y el Excel como único aplicativo en sus tareas? ¿No han oído hablar todavía de la sindicación de contenidos? ¿de las bases de datos off line?


Ojalá y pronto puedan contar con una actualización al respecto, porque en la actual Sociedad de la Información el que pestañea muere.


Ocultismo y poder: El retorno de los brujos

A propósito de las prácticas esotéricas de Fujimori

Autores tan disímiles entre sí como M. Eliade y P. Gordon, o Roger Callois, coinciden en señalar el carácter sagrado de las sociedades secretas y el ocultismo en su periodo inicial. Un periodo inicial que se remonta al principio de la historia, a las civilizaciones antiguas e incluso, según algunos autores, al periodo neolítico. El carácter político que en los últimos tiempos han revestido es más característico de la era moderna, específicamente desde la Revolución Francesa en adelante.

En ese sentido se ha hecho un lugar común citar el caso de la masonería, una sociedad secreta (discreta, dicen ellos) y sus más conspicuos representantes que han sido padres fundadores de repúblicas, parteros de revoluciones y teóricos de ideologías políticas que transformaron el mundo. Masones fueron Voltaire, Washington, Juárez, Bolívar, Garibaldi, entre muchos otros. Pero en ellos existe un ideal de servicio a los demás que está muy distante de sus émulos actuales.
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Pero en donde se hace más evidente esta transformación de lo sagrado en profano es en lo referente al tema del ocultismo. Ocultismo y poder son dos palabras que sugieren mundos opuestos ligados por el común denominador de la inclinación por el dominio absoluto. La predilección que algunos poderosos han mostrado por el primero de ellos, en sus diversas formas y manifestaciones, no ha pasado desapercibido para muchos. Además, como se ha dicho insistentemente, es más fácil pasar por partido político que por secta ocultista o sociedad secreta. La historia moderna está repleta de casos que corroboran esta afirmación.

En los últimos años, por ejemplo, se ha discutido bastante y sólidamente sobre los aspectos esotéricos y ocultistas del nazismo, sobre el papel que en su formación tuvieron sociedades secretas como la llamada Sociedad Thule o la predilección que muchos de los jerarcas nazis, incluidos el propio Hitler, tuvo por artículos legendarios y ritos iniciáticos hasta el punto que el argumento de una película de Hollywood, en la que los nazis buscan el Santro Grial, parece no haber sido del todo infundado.

Pero no se crea que sólo fueron los nazis y sus principales cabecillas quienes se dejaron seducir por estos temas y prácticas. Personalidades relevantes de la talla de Churchill, De Gaulle y el propio Roosevelt se dejaron arrastrar también.

Otro caso sintomático fue el de José López Rega, astrólogo, brujo y el poder en la sombra durante la presidencia de Perón en 1973. Éste ascendió en su meteórica carrera política desde secretario particular de Perón hasta ministro de Estado, lo que le desarrolló un gusto por el poder tan voraz que no es de extrañar que haya acabado con sus huesos en la cárcel. A él de se debe la creación de la temible triple AAA (Alianza Anticomunista Argentina), grupo paramilitar responsable de por lo menos 3 mil muertos.

En Haití Papá "Doc" Duvalier se aferró al poder recurriendo al vudú, del cual era practicante, la proclamó religión oficial del país y además nombró comandante en jefe de la milicia a un bokor (brujo) y llegó a contar con un cuerpo de seguridad que tenía más de policía esotérica que de guardia personal conocida como los Tontons Macoutes. Y se podrían seguir citando muchos ejemplos más.

Por todo ello, que no nos sorprendan las prácticas esotéricas del ex presidente Fujimori. Lo que sí conviene anotar es que mientras Hitler, Churchil, Papa Duvalier y todos los demás recorrían a los más impensados recursos, consejos, y prácticas ocultistas para retener el poder, el presidente peruano recurrió a ellas sólo para extraerles la respuesta al mayor de sus desvelos: debía huir a Estados Unidos o Japón.

Verdades detrás de la historia de las censuras parlamentarias

A propósito de la censura al Ministro del Interior

La censura de Fernando Rospigliosi como ministro del Interior que impusiera anoche el Apra en el Congreso no es un capítulo nuevo en la historia política peruana, pero marca la primera baja del Gobierno de Toledo. En perspectiva histórica, los casos de censura a ministros han tenido más de sorprendentes que de habituales.

En 1945, el Apra planteó, sin razón alguna, la interpelación del entonces titular de Agricultura, un excelente ministro encarnado en la figura de don Enrique Basombrío Echenique, de impecable conducta profesional. Acorralado, fue censurado porque no supo precisar el precio de los pallares en Ica. Insistieron tanto en esta mala práctica que el camino a la crisis política fue su natural consecuencia. En octubre de 1948, un golpe de Estado coronaba sus malas artes contra el presidente José Luis Bustamante y Rivero, a pesar de que fuera elegido con el voto aprista.
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Pero fue el Congreso de 1963-1968, durante el primer gobierno del presidente Fernando Belaunde, el que se lleva el récord de ministros censurados hasta ahora. Censuró ministros a diestra y siniestra. Caían ministros por los argumentos más irrisorios.

Uno de ellos, Carlos Cueto Fernandini, ministro de Educación, señaló en el hemiciclo, con toda la buena intención de buen caballero que era, que muchos diputados ignoraban la semántica de las palabras queriendo decir que decían una cosa por otra. Fue censurado y el país perdió la oportunidad de que uno de los mejores intelectuales que ha tenido el país rigiera los destinos de su política educativa.

Otro ministro, el de Justicia, Valentín Paniagua, fue censurado por un malentendido llevado hasta el límite. El Congreso le debía satisfacciones que Paniagua nunca pidió y que otro sí reclamó. Una vez más la coalición apro-odriista se trajo abajo un ministro que no había hecho sencillamente nada reprobable.

Fue este Congreso, en manos de la coalición Apra-UNO, el que censuró al Gabinete Trelles, provocó la renuncia del Gabinete Hercelles y abrió las puertas al golpe de Estado de 1968, cuando un día antes, el 2 de octubre, había jurado el nunca posesionado Gabinete Mujica. Sin embargo, lo que más se recuerda de este período, es que estas sesiones en más de una oportunidad acababan a puño limpio.

Ya en tiempos modernos, en diciembre de 1991, cuando Fujimori todavía no estrenaba sus dotes autoritarias, pero preparaba el camino para el autogolpe del 5 de abril del año siguiente, puso el dedo en la llaga. En su discurso de clausura del CADE de 1991, se refirió a los sueldos de los congresistas y que estos no guardaban relación con su producción legislativa, entre otras acusaciones. El Congreso le devolvió el guante. A la semana siguiente, el ministro de Agricultura, Enrique Rossl Link, fue censurado. La llamada de atención les había dolido. Pero el Congreso fue más allá. Derogó varios decretos legislativos, modificó otros, rechazó un pedido de facultades para legislar en materia tributaria y empezó a prepararse para su próxima víctima: la interpelación al ministro de Economía, Carlos Boloña. Una jugada maestra salvó la situación. Irrumpió en escena el debate sobre el enjuiciamiento al ex presidente Alan García.

La verdad siempre es más dulce que la mentira

"Hasta aquí nomás", dijo el productor y todos supieron que el tiempo de las amenazas había concluido. El escándalo de los testigos comprados, los amantes sin serlo o los incestuosos tía y sobrino (marido y mujer, de las puertas afuera), habían puesto en tela de juicio la veracidad de los programas de talk shows de la televisión. Era la hora del cambio, del tránsito o regreso de la mentira hacia la verdad y nadie lo sabía mejor que D., que tendría que escarbar en los rincones de la ciudad, hurgar en la miseria humana por los testimonios más sórdidos que le permitieran conservar el empleo.

EL PRACTICANTE

D. recordó entonces cuando, como practicante de periodismo, había tenido que desfilar por todos los medios de comunicación conocidos aprendiendo el oficio. De todos ellos había sacado las mejores lecciones de vida. O al menos así lo creía hasta que cayó en la peor de las junglas modernas: el mundo de la televisión, específicamente practicante en el equipo de producción de un talk show, uno de los más suaves del medio. Su labor: conseguir testimonios para el programa.
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Cuando llegó el nuevo productor trató de renovar el programa presentando, sencillamente, testimonios verídicos, honestos, los cuales eran difíciles de conseguir. Con el tiempo, fue fácil sacarle la vuelta. Hasta que esa sonrisa mal disimulada, la mirada cómplice y delatora entre dos supuestos antagonistas, unos descarados y larguísimos segundos para darle oportunidad a responder al rival, lo pusieron sobre aviso. Pero ese último apretón de manos durante el pase a publicidad de la última pareja ("mi novio me engaña con mi mamá"), fue el colmo. "Hasta aquí nomás" fue la advertencia; mendigar por la ciudad por un poco de verdad o perder el empleo, su consecuencia. La solución era El Cute.

EL CONTACTO

Desde siempre El Cute había sido para D. y sus compañeros, y en general para todos los talk shows de la televisión peruana, la fuente inagotable de testimonios. No importa lo que uno pudiera pedir o necesitar, El Cute siempre lo conseguía. ¿Una cuñada celosa capaz de llegar al crimen?, El Cute. ¿Una madre soltera que regaló a su hijo y que luego encontrará en pleno programa quince años después?, El Cute. ¿Una suegra descontenta que le presenta mujeres a su hijo?, El Cute, por supuesto. Con él nunca había pierde. Pero esta vez todo era distinto. Tenían que ser ciertos, auténticos.

Encontrar al Cute después de tanto tiempo no fue difícil. La verdadera hazaña consistía en conseguir a alguien protagonista de su propia tragedia, dispuesto a desnudar sus miserias frente a las cámaras de televisión. ¿Habría alguien? Sabía de su vecina, que engañaba a su marido, pero que no creía que estuviese muy dispuesta a confesar su falta y mucho menos en cadena nacional. No, no servía. Necesitaba algo nuevo, fuerte y sórdido, muy sórdido. Entonces surgió el nombre de J., de quien sabía que hace tiempo quería hablar con su madre de una verdad lacerante que consumía su corazón de hijo bueno incapaz de mentir a su madre. Él, él era lo que buscaba. ¿Estaría dispuesto? Fueron en su busca y, después de mucho insistir, sí, estaba dispuesto. Después de todo, como sentenció El Cute, alguna vez tenía que enterarse su madre.

Todo parecía ir viento en popa para D., pero todavía le faltaba algo para completar su juego, la jugada maestra. Le faltaba un jugador y fue a invitarlo a unirse al juego, sin saber que en realidad sería el juguete con el que jugarían todos.

"¿La señora R.?", preguntó D. de la manera más natural y cínica que su conciencia se lo permitió. "Sí", contesto ella. Le explicó que había ganado un premio, que estaba invitada a un homenaje por el Día de las Madres en un canal de televisión. Feliz y eufórica no preguntó nada, ni siquiera qué había hecho para ganar ni como sabía su nombre. Sólo hizo una única pregunta. "¿Puedo ir con mi hijito?". No, le contestó D. "Es solo para madres". Ella insistió: "Ay, señor, que vaya mi hijito, él es bien bueno. Todo el día me ayuda en el mercado y en las noches trabaja en un grifo". No, volvió a decir y la señora no insistió más, ya se lo contaría después.

LA CELADA PERFECTA

Fue invitada a tomar asiento, ella sería una de las homenajeadas le informaron. "R., tú trabajas en tu puesto de comida del mercado, ¿no?". "Sí señorita", contestó nerviosa. "¿Te ayuda alguien?". "Sí señorita, mi hijo". "¿Tú le perdonarías cualquier cosa a tu hijo?". "Sí señorita, es el mejor hijo del mundo. Es bien trabajador". "¿Cualquier cosa, R.?". "Sí". "Queremos que conozcas a alguien", dijo la conductora y R. vio que una señorita se sentaba a su lado.

"¿La conoces, R.?". "No señorita". "¿Qué te parece ella". "Bien guapa la señorita". "Mírala bien, ¿no te recuerda a alguien?". "No señorita". "Mírala bien", insistió la conductora mientras D. contemplaba a corta distancia cómo se desarrollaban los hechos. Cuando la miró fijamente, R. Sintió que el corazón se le fruncía e instintivamente buscó a D. Intentó pararse, pero se lo impidió Sandra. "¡Perdóname mamá!, perdóname. Hace tiempo quería decirte que en esto trabajo en las noches!". R. no dejaba de interrogar a D. con su mirada: "¿Qué es todo esto, señor?". Entonces empezó el juicio público de J, la última movida era del productor. ¡Que levanten los carteles!.

"¡Perdónalo! ¡Perdónalo!" empezaron a gritar escasas voces confundidas entre otras muy estridentes que, los pulgares hacia abajo, exigían la muerte del miserable. "¡No lo perdones! ¡No lo perdones!", vociferaban. El productor se acercó hasta donde estaba D. y le palmeó el hombro sin decir palabra. Había cumplido. Pero él seguía atravesado por la mirada escrutadora de la madre de J., que seguía buscando respuestas. ¿En qué momento iba a dejar de mirarlo para ir a vomitar al baño?

“Di algo, R. ¿le vas a perdonar que te haya mentido tanto tiempo? ¿Qué se dedique a la prostitución callejera?”, insistía la conductora. ¿De dónde sacó ella que J. era prostituto, cuando sólo hacía shows para noctámbulos en un guarique gay con mucha personalidad? Eso no estaba en las tarjetas que D. preparó y le alcanzó al productor. Y de pronto, como en el poema, anocheció en el set de televisión. La mamá de J. intentaba decir algo.

UNA MADRE

Mirando a su hijo con una ternura que D. sólo había visto en los ojos de su propia madre, la señora R., toda lágrimas, cogió el rostro de su hijo y murmuro: “Ay, hijito. Perdóname". “¿Perdóname?”, exclamó la conductora, “pero si es él quien debe pedir perdón”. Y otra vez el circo romano, azuzado por los auxiliares de producción, reclamó su cuota de sangre, su víctima del día: “¡No! ¡No! ¡Pégale! ¡Pégale!”. “¿No vas a hacer nada R., no lo vas a castigar? ¡Haz algo!”.

Y por segunda vez en la tarde, anocheció otra vez para todos. “Ay, señorita, como cree que le voy a hacer algo a mi hijo, a mi bebé. Ven hijito, vamos a casa”. Se levantó de su silla, se acercó a D. y pidió que le indicara la salida. Le echó una última mirada de reproche, la misma que tantas veces su madre le lanzó cuando reprobaba algo en su conducta, como aquella cuando decidió no seguir su consejo de estudiar Derecho y de lo cual se arrepentía en ese instante.

Mientras veía como se iban abrazados madre e hijo, D. trataba de recordar el teléfono de la profesora en la universidad que le había ofrecido dictar un curso y que había decidido aceptar. "Hasta aquí nomás", se dijo. Al día siguiente renunció.

¿Ha muerto realmente Don Sofo?

Con Luis Felipe Angell se va no sólo una de las figuras más señeras de nuestra literatura, sino también un verdadero clásico del periodismo nacional. Hizo famoso el seudónimo de Sofocleto, que estampó en innumerables publicaciones que tuvieron la suerte de contarlo como colaborador, cuando no estaba fundando diarios y revistas. Sus recordadas "Sofocleto en dos columnas", "Consultorio del Dr. Sofocleto", "Sinlogismos", "Décimas Pésimas", entre muchas otras originales creaciones suyas, lo convirtieron en uno de los humoristas más conocidos y reconocidos en nuestro medio y fuera de él.

Nació en 1926 en Paita, Piura, lugar del que dijo era el único sitio del Perú en donde "el sol no se devalúa". Hubiera cumplido 78 años el 12 de abril próximo. Y lo más probable es que los hubiera cumplido escribiendo un libro. Escritor infatigable, afirmaba ser el autor peruano con más libros publicados (escribió cerca de 40), algo que lo entusiasmaba hasta acariciar la idea de registrar este récord en el libro Guinnes.
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Estudió derecho, como todos los hombres de su generación, pero su verdadera vocación fue la de periodista, que inició en las páginas de El Comercio hace casi cinco décadas. Miembro del cuerpo diplomático, trabajó al lado de Raúl Porras como Primer Secretario en la Cancillería. De esta época resulta oportuno recordar, como claro ejemplo de su espíritu independiente, sus ácidas críticas al gobierno de Prado. Este, incómodo con la actitud de uno de sus funcionarios, le mandó decir que bajara el tono ya que trabajaba para el gobierno al que criticaba tanto. Él respondió que trabajaba para el estado peruano, no para un gobierno. Y las críticas se hicieron más punzantes, hilarantes hasta verse obligado a renunciar por desavenencias todavía mayores.

Enemigo jurado de la necedad, criticó duramente, en su peculiar estilo, a la Junta Militar que encabezó el general Velasco, quien finalmente lo deportó, algo que jamás perdonó. Pero no por el desarraigo de varios años al que lo arrojó, sino por motivos muy distintos que él siempre lamentó. Los agentes que fueron a detenerlo a su casa arrasaron con su biblioteca de más de 10 mil volúmenes. A su retorno, apenas si recuperó un centenar de ellos que reunió luego de recorrer ferias de libro viejo durante semanas. Fiel a sí mismo, vio el lado cáustico de su experiencia de exiliado político y nos obsequió un libro, el "Manual del perfecto deportado", verdadera joya de la satírica política en la línea de las "Crónicas de Apapucio Corrales" de Clemente Palma, otro clásico de nuestra literatura del cual Basadre decía que algún día se le haría la justicia debida olvidado como estaba, como está todavía.

Con la vuelta de la democracia en los 80, volvió el periodista genial que fue capaz de sacar adelante, él solo y durante ocho años, un periódico político humorístico, Don Sofo, que con apenas dos hojas le arrebató a los diarios más importantes de la capital el puesto de diario con mayor tiraje a nivel nacional durante mucho tiempo. Algo de lo que también se vanagloriaba con la misma complicidad con la que afirmaba que resolvía el Geniograma Difícil en diez minutos y "mirando al tendido". Franco, directo, jovial, se le extrañará de todas las formas, pero sin duda su ausencia física no será comparable a la de sus escritos que es de lo que verdaderamente nos ha privado su muerte.

"Hoy es un día histórico, hijo"

El pasado 19 de diciembre el diario donde trabajo me publicó una crónica que, curiosamente, ha sido del agrado de todos los que conozco. No es por falsa modestia, pero lo cierto es que he escrito otras notas por las que me hubiera gustado recibir las felicitaciones que esta crónica originó. En fin, bien dicen que nadie sabe para quien trabaja (lo digo porque, sinceramente, el fútbol no me quita el sueño). Pero aquí les alcanzo la susodicha nota (JMM).


"Hoy es un día histórico, hijo"

Mis padres siempre estaban discutiendo. El final de la jornada para mi padre, era el inicio de una nueva de discusiones. Fue cuando todos desarrollamos la sana costumbre de ir a la cama temprano. Una noche me llegó el rumor lejano de una de esas tantas discusiones. Pude darme cuenta de que el rumor crecía, se acercaba. Abría la puerta.

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"Déjalo tranquilo", fue el ahogado reclamo de mi madre, y la réplica firme y decidida de mi padre encendiendo la luz: "No, esto es importante". Desde que traspasaron el umbral supe que esta discusión no era de las de siempre. "Hijo, despiértate", porfiaba mi padre. "Vístete", ordenó cuando seguí el teatro de despertarme y hacer de cuenta que no sabía nada, lo cual no me costó mucho trabajo.

Pese a oponerse a que saliera a esa hora de la noche, noté un aire de resignada tranquilidad en sus palabras. "Mañana tiene que ir al colegio", insistía sin mayor esfuerzo mi madre. Y yo sin saber de qué se trataba todo esto. Pero de pronto surgió la primera sorpresa de aquella noche: "No, viene conmigo". ¿Adónde? ¿Para qué?

Mi padre sacó el auto y enrrumbó hacia la Vía Expresa. Entonces me asusté. Me percaté de que el tráfico en nuestro carril era gigantesco, mientras que del otro lado no había un alma. Parecía como si todo Lima escapara al mismo sitio. "¿Adónde vamos?" pregunté, y entonces vino la segunda sorpresa de la noche. Mi padre, que no es de hablar mucho, empezó una larga, eufórica, disertación sobre la historia del Perú, la importancia de esa noche y que, por memorable, nunca la olvidaría ¿What?

Cuando el auto no pudo avanzar más, mi padre, al igual que todos, abandonó la vía expresa y buscó un lugar donde estacionarlo. "Bájate, iremos a pie", ordenó. Caminando como podíamos entre una muchedumbre que corría desesperadamente hacia el mismo punto al cual me llevaba mi padre de su mano mientras reiniciaba su agitada disertación sobre la historia del Perú y todo eso, llegó la tercera sorpresa de aquella noche. En medio de toda esa confusión pude reconocer nítidamente la enorme silueta del Estadio Nacional. Terriblemente asustado, deseé lo que todo ser normal y en sus cabales desearía en un instante de desesperación como ese: quería a mi mamá.

Cuando llegamos a una de las puertas mi padre tuvo que cargarme, de lo contrario hubiera sido un número más en las estadísticas de menores desaparecidos. Subíamos como podíamos las escaleras cuando se desató el caos general: alguien gritó que ya estaban llegando. Mi padre llegó a las tribunas en tres segundos como si de eso dependiera nuestras vidas, ubicó dos lugares para nosotros y empezó a saludar, abrazar y vuelta a saludar a todos como si los conociera de toda la vida y ellos a él. Entonces, cuando divisó el ómnibus entrando a la cancha del estadio, mi padre se volvió hacia mí y con lágrimas en los ojos me lo dijo: "Hoy es un día histórico, hijo".

Mi padre lloraba, ellos lloraban, todo el mundo lloraba y yo también, pero por razones muy distintas a las de ellos, que habían ido a recibir a la selección peruana de fútbol que había conquistado la Copa América frente a Colombia en Venezuela y que del aeropuerto los habían llevado directamente al estadio a recibir el homenaje de la afición. Una multitud que cantaba el himno nacional una y otra vez sin que nadie se lo ordenara. Mi padre no se equivocó: esa fue una noche memorable para un niño de diez años que andando el tiempo se convirtió en historiador.

Esto recordaba el miércoles pasado peleándome con mi hijo de siete años por la televisión. El quería ver a los Powers Rangers y yo el partido de Cienciano en Buenos Aires. La pelea estuvo en su punto más alto en los últimos diez minutos cuando él asestó un golpe de gracia que estuvo a punto de provocarme un infarto: se apoderó del control remoto. Pedí, rogué, amenacé pero nada lo conmovía. Le dije que ese partido era importante y él me preguntó por qué. He esperado 28 años para responderle, desde mis remotos 10 años, de la única manera posible y contundente, casi atávica, ancestral: "Hoy es un día histórico, hijo". Y afortunadamente entendió.



Sorry

Han pasado casi tres meses desde que dejé abandonado este blog. Pido sinceras disculpas por ello. Más aún si tomamos en cuenta que hasta colgué una agenda que, resulta vergonzoso recordarlo, no cumplí. Espero en los próximos días reparar esta falta. Curiosamente creí que con vacaciones en la universidad tendría más tiempo para escribir, pero lo cierto es que no sólo extraño a mis alumnos, sino que además su contacto diario es el mejor aliciente para escribir. Así que, dejándonos de preámbulos, a escribir otra vez.