San Marcos exonerará del pago a 1.000 postulantes

Estudiantes de bajos recursos económicos que hayan tenido como promedio 15 en sus notas serán los beneficiados.

Piden presupuesto para continuar investigaciones

Walter Alva recordó que en el 2016 no se ejecutaron trabajos de investigación arqueológica en Lambayeque.

Se realizarán tours nocturnos en Chavín de Huántar

Ministerio de Cultura autorizó visitas para promover importante monumento arqueológico.

Polémica de los Pitufos comunistas ya es mundial

La prestigiosa BBC hace eco de la polémica desatada en Uruguay por comparar a los Pitufos con una sociedad comunista.

¿Se hará realidad la ficción cinemtográfica

Según la agencia, roca espacial circuló demasiado cerca de nuestro planeta.

Ocultismo y poder: El retorno de los brujos

A propósito de las prácticas esotéricas de Fujimori

Autores tan disímiles entre sí como M. Eliade y P. Gordon, o Roger Callois, coinciden en señalar el carácter sagrado de las sociedades secretas y el ocultismo en su periodo inicial. Un periodo inicial que se remonta al principio de la historia, a las civilizaciones antiguas e incluso, según algunos autores, al periodo neolítico. El carácter político que en los últimos tiempos han revestido es más característico de la era moderna, específicamente desde la Revolución Francesa en adelante.

En ese sentido se ha hecho un lugar común citar el caso de la masonería, una sociedad secreta (discreta, dicen ellos) y sus más conspicuos representantes que han sido padres fundadores de repúblicas, parteros de revoluciones y teóricos de ideologías políticas que transformaron el mundo. Masones fueron Voltaire, Washington, Juárez, Bolívar, Garibaldi, entre muchos otros. Pero en ellos existe un ideal de servicio a los demás que está muy distante de sus émulos actuales.
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Pero en donde se hace más evidente esta transformación de lo sagrado en profano es en lo referente al tema del ocultismo. Ocultismo y poder son dos palabras que sugieren mundos opuestos ligados por el común denominador de la inclinación por el dominio absoluto. La predilección que algunos poderosos han mostrado por el primero de ellos, en sus diversas formas y manifestaciones, no ha pasado desapercibido para muchos. Además, como se ha dicho insistentemente, es más fácil pasar por partido político que por secta ocultista o sociedad secreta. La historia moderna está repleta de casos que corroboran esta afirmación.

En los últimos años, por ejemplo, se ha discutido bastante y sólidamente sobre los aspectos esotéricos y ocultistas del nazismo, sobre el papel que en su formación tuvieron sociedades secretas como la llamada Sociedad Thule o la predilección que muchos de los jerarcas nazis, incluidos el propio Hitler, tuvo por artículos legendarios y ritos iniciáticos hasta el punto que el argumento de una película de Hollywood, en la que los nazis buscan el Santro Grial, parece no haber sido del todo infundado.

Pero no se crea que sólo fueron los nazis y sus principales cabecillas quienes se dejaron seducir por estos temas y prácticas. Personalidades relevantes de la talla de Churchill, De Gaulle y el propio Roosevelt se dejaron arrastrar también.

Otro caso sintomático fue el de José López Rega, astrólogo, brujo y el poder en la sombra durante la presidencia de Perón en 1973. Éste ascendió en su meteórica carrera política desde secretario particular de Perón hasta ministro de Estado, lo que le desarrolló un gusto por el poder tan voraz que no es de extrañar que haya acabado con sus huesos en la cárcel. A él de se debe la creación de la temible triple AAA (Alianza Anticomunista Argentina), grupo paramilitar responsable de por lo menos 3 mil muertos.

En Haití Papá "Doc" Duvalier se aferró al poder recurriendo al vudú, del cual era practicante, la proclamó religión oficial del país y además nombró comandante en jefe de la milicia a un bokor (brujo) y llegó a contar con un cuerpo de seguridad que tenía más de policía esotérica que de guardia personal conocida como los Tontons Macoutes. Y se podrían seguir citando muchos ejemplos más.

Por todo ello, que no nos sorprendan las prácticas esotéricas del ex presidente Fujimori. Lo que sí conviene anotar es que mientras Hitler, Churchil, Papa Duvalier y todos los demás recorrían a los más impensados recursos, consejos, y prácticas ocultistas para retener el poder, el presidente peruano recurrió a ellas sólo para extraerles la respuesta al mayor de sus desvelos: debía huir a Estados Unidos o Japón.

Verdades detrás de la historia de las censuras parlamentarias

A propósito de la censura al Ministro del Interior

La censura de Fernando Rospigliosi como ministro del Interior que impusiera anoche el Apra en el Congreso no es un capítulo nuevo en la historia política peruana, pero marca la primera baja del Gobierno de Toledo. En perspectiva histórica, los casos de censura a ministros han tenido más de sorprendentes que de habituales.

En 1945, el Apra planteó, sin razón alguna, la interpelación del entonces titular de Agricultura, un excelente ministro encarnado en la figura de don Enrique Basombrío Echenique, de impecable conducta profesional. Acorralado, fue censurado porque no supo precisar el precio de los pallares en Ica. Insistieron tanto en esta mala práctica que el camino a la crisis política fue su natural consecuencia. En octubre de 1948, un golpe de Estado coronaba sus malas artes contra el presidente José Luis Bustamante y Rivero, a pesar de que fuera elegido con el voto aprista.
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Pero fue el Congreso de 1963-1968, durante el primer gobierno del presidente Fernando Belaunde, el que se lleva el récord de ministros censurados hasta ahora. Censuró ministros a diestra y siniestra. Caían ministros por los argumentos más irrisorios.

Uno de ellos, Carlos Cueto Fernandini, ministro de Educación, señaló en el hemiciclo, con toda la buena intención de buen caballero que era, que muchos diputados ignoraban la semántica de las palabras queriendo decir que decían una cosa por otra. Fue censurado y el país perdió la oportunidad de que uno de los mejores intelectuales que ha tenido el país rigiera los destinos de su política educativa.

Otro ministro, el de Justicia, Valentín Paniagua, fue censurado por un malentendido llevado hasta el límite. El Congreso le debía satisfacciones que Paniagua nunca pidió y que otro sí reclamó. Una vez más la coalición apro-odriista se trajo abajo un ministro que no había hecho sencillamente nada reprobable.

Fue este Congreso, en manos de la coalición Apra-UNO, el que censuró al Gabinete Trelles, provocó la renuncia del Gabinete Hercelles y abrió las puertas al golpe de Estado de 1968, cuando un día antes, el 2 de octubre, había jurado el nunca posesionado Gabinete Mujica. Sin embargo, lo que más se recuerda de este período, es que estas sesiones en más de una oportunidad acababan a puño limpio.

Ya en tiempos modernos, en diciembre de 1991, cuando Fujimori todavía no estrenaba sus dotes autoritarias, pero preparaba el camino para el autogolpe del 5 de abril del año siguiente, puso el dedo en la llaga. En su discurso de clausura del CADE de 1991, se refirió a los sueldos de los congresistas y que estos no guardaban relación con su producción legislativa, entre otras acusaciones. El Congreso le devolvió el guante. A la semana siguiente, el ministro de Agricultura, Enrique Rossl Link, fue censurado. La llamada de atención les había dolido. Pero el Congreso fue más allá. Derogó varios decretos legislativos, modificó otros, rechazó un pedido de facultades para legislar en materia tributaria y empezó a prepararse para su próxima víctima: la interpelación al ministro de Economía, Carlos Boloña. Una jugada maestra salvó la situación. Irrumpió en escena el debate sobre el enjuiciamiento al ex presidente Alan García.

La verdad siempre es más dulce que la mentira

"Hasta aquí nomás", dijo el productor y todos supieron que el tiempo de las amenazas había concluido. El escándalo de los testigos comprados, los amantes sin serlo o los incestuosos tía y sobrino (marido y mujer, de las puertas afuera), habían puesto en tela de juicio la veracidad de los programas de talk shows de la televisión. Era la hora del cambio, del tránsito o regreso de la mentira hacia la verdad y nadie lo sabía mejor que D., que tendría que escarbar en los rincones de la ciudad, hurgar en la miseria humana por los testimonios más sórdidos que le permitieran conservar el empleo.

EL PRACTICANTE

D. recordó entonces cuando, como practicante de periodismo, había tenido que desfilar por todos los medios de comunicación conocidos aprendiendo el oficio. De todos ellos había sacado las mejores lecciones de vida. O al menos así lo creía hasta que cayó en la peor de las junglas modernas: el mundo de la televisión, específicamente practicante en el equipo de producción de un talk show, uno de los más suaves del medio. Su labor: conseguir testimonios para el programa.
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Cuando llegó el nuevo productor trató de renovar el programa presentando, sencillamente, testimonios verídicos, honestos, los cuales eran difíciles de conseguir. Con el tiempo, fue fácil sacarle la vuelta. Hasta que esa sonrisa mal disimulada, la mirada cómplice y delatora entre dos supuestos antagonistas, unos descarados y larguísimos segundos para darle oportunidad a responder al rival, lo pusieron sobre aviso. Pero ese último apretón de manos durante el pase a publicidad de la última pareja ("mi novio me engaña con mi mamá"), fue el colmo. "Hasta aquí nomás" fue la advertencia; mendigar por la ciudad por un poco de verdad o perder el empleo, su consecuencia. La solución era El Cute.

EL CONTACTO

Desde siempre El Cute había sido para D. y sus compañeros, y en general para todos los talk shows de la televisión peruana, la fuente inagotable de testimonios. No importa lo que uno pudiera pedir o necesitar, El Cute siempre lo conseguía. ¿Una cuñada celosa capaz de llegar al crimen?, El Cute. ¿Una madre soltera que regaló a su hijo y que luego encontrará en pleno programa quince años después?, El Cute. ¿Una suegra descontenta que le presenta mujeres a su hijo?, El Cute, por supuesto. Con él nunca había pierde. Pero esta vez todo era distinto. Tenían que ser ciertos, auténticos.

Encontrar al Cute después de tanto tiempo no fue difícil. La verdadera hazaña consistía en conseguir a alguien protagonista de su propia tragedia, dispuesto a desnudar sus miserias frente a las cámaras de televisión. ¿Habría alguien? Sabía de su vecina, que engañaba a su marido, pero que no creía que estuviese muy dispuesta a confesar su falta y mucho menos en cadena nacional. No, no servía. Necesitaba algo nuevo, fuerte y sórdido, muy sórdido. Entonces surgió el nombre de J., de quien sabía que hace tiempo quería hablar con su madre de una verdad lacerante que consumía su corazón de hijo bueno incapaz de mentir a su madre. Él, él era lo que buscaba. ¿Estaría dispuesto? Fueron en su busca y, después de mucho insistir, sí, estaba dispuesto. Después de todo, como sentenció El Cute, alguna vez tenía que enterarse su madre.

Todo parecía ir viento en popa para D., pero todavía le faltaba algo para completar su juego, la jugada maestra. Le faltaba un jugador y fue a invitarlo a unirse al juego, sin saber que en realidad sería el juguete con el que jugarían todos.

"¿La señora R.?", preguntó D. de la manera más natural y cínica que su conciencia se lo permitió. "Sí", contesto ella. Le explicó que había ganado un premio, que estaba invitada a un homenaje por el Día de las Madres en un canal de televisión. Feliz y eufórica no preguntó nada, ni siquiera qué había hecho para ganar ni como sabía su nombre. Sólo hizo una única pregunta. "¿Puedo ir con mi hijito?". No, le contestó D. "Es solo para madres". Ella insistió: "Ay, señor, que vaya mi hijito, él es bien bueno. Todo el día me ayuda en el mercado y en las noches trabaja en un grifo". No, volvió a decir y la señora no insistió más, ya se lo contaría después.

LA CELADA PERFECTA

Fue invitada a tomar asiento, ella sería una de las homenajeadas le informaron. "R., tú trabajas en tu puesto de comida del mercado, ¿no?". "Sí señorita", contestó nerviosa. "¿Te ayuda alguien?". "Sí señorita, mi hijo". "¿Tú le perdonarías cualquier cosa a tu hijo?". "Sí señorita, es el mejor hijo del mundo. Es bien trabajador". "¿Cualquier cosa, R.?". "Sí". "Queremos que conozcas a alguien", dijo la conductora y R. vio que una señorita se sentaba a su lado.

"¿La conoces, R.?". "No señorita". "¿Qué te parece ella". "Bien guapa la señorita". "Mírala bien, ¿no te recuerda a alguien?". "No señorita". "Mírala bien", insistió la conductora mientras D. contemplaba a corta distancia cómo se desarrollaban los hechos. Cuando la miró fijamente, R. Sintió que el corazón se le fruncía e instintivamente buscó a D. Intentó pararse, pero se lo impidió Sandra. "¡Perdóname mamá!, perdóname. Hace tiempo quería decirte que en esto trabajo en las noches!". R. no dejaba de interrogar a D. con su mirada: "¿Qué es todo esto, señor?". Entonces empezó el juicio público de J, la última movida era del productor. ¡Que levanten los carteles!.

"¡Perdónalo! ¡Perdónalo!" empezaron a gritar escasas voces confundidas entre otras muy estridentes que, los pulgares hacia abajo, exigían la muerte del miserable. "¡No lo perdones! ¡No lo perdones!", vociferaban. El productor se acercó hasta donde estaba D. y le palmeó el hombro sin decir palabra. Había cumplido. Pero él seguía atravesado por la mirada escrutadora de la madre de J., que seguía buscando respuestas. ¿En qué momento iba a dejar de mirarlo para ir a vomitar al baño?

“Di algo, R. ¿le vas a perdonar que te haya mentido tanto tiempo? ¿Qué se dedique a la prostitución callejera?”, insistía la conductora. ¿De dónde sacó ella que J. era prostituto, cuando sólo hacía shows para noctámbulos en un guarique gay con mucha personalidad? Eso no estaba en las tarjetas que D. preparó y le alcanzó al productor. Y de pronto, como en el poema, anocheció en el set de televisión. La mamá de J. intentaba decir algo.

UNA MADRE

Mirando a su hijo con una ternura que D. sólo había visto en los ojos de su propia madre, la señora R., toda lágrimas, cogió el rostro de su hijo y murmuro: “Ay, hijito. Perdóname". “¿Perdóname?”, exclamó la conductora, “pero si es él quien debe pedir perdón”. Y otra vez el circo romano, azuzado por los auxiliares de producción, reclamó su cuota de sangre, su víctima del día: “¡No! ¡No! ¡Pégale! ¡Pégale!”. “¿No vas a hacer nada R., no lo vas a castigar? ¡Haz algo!”.

Y por segunda vez en la tarde, anocheció otra vez para todos. “Ay, señorita, como cree que le voy a hacer algo a mi hijo, a mi bebé. Ven hijito, vamos a casa”. Se levantó de su silla, se acercó a D. y pidió que le indicara la salida. Le echó una última mirada de reproche, la misma que tantas veces su madre le lanzó cuando reprobaba algo en su conducta, como aquella cuando decidió no seguir su consejo de estudiar Derecho y de lo cual se arrepentía en ese instante.

Mientras veía como se iban abrazados madre e hijo, D. trataba de recordar el teléfono de la profesora en la universidad que le había ofrecido dictar un curso y que había decidido aceptar. "Hasta aquí nomás", se dijo. Al día siguiente renunció.

¿Ha muerto realmente Don Sofo?

Con Luis Felipe Angell se va no sólo una de las figuras más señeras de nuestra literatura, sino también un verdadero clásico del periodismo nacional. Hizo famoso el seudónimo de Sofocleto, que estampó en innumerables publicaciones que tuvieron la suerte de contarlo como colaborador, cuando no estaba fundando diarios y revistas. Sus recordadas "Sofocleto en dos columnas", "Consultorio del Dr. Sofocleto", "Sinlogismos", "Décimas Pésimas", entre muchas otras originales creaciones suyas, lo convirtieron en uno de los humoristas más conocidos y reconocidos en nuestro medio y fuera de él.

Nació en 1926 en Paita, Piura, lugar del que dijo era el único sitio del Perú en donde "el sol no se devalúa". Hubiera cumplido 78 años el 12 de abril próximo. Y lo más probable es que los hubiera cumplido escribiendo un libro. Escritor infatigable, afirmaba ser el autor peruano con más libros publicados (escribió cerca de 40), algo que lo entusiasmaba hasta acariciar la idea de registrar este récord en el libro Guinnes.
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Estudió derecho, como todos los hombres de su generación, pero su verdadera vocación fue la de periodista, que inició en las páginas de El Comercio hace casi cinco décadas. Miembro del cuerpo diplomático, trabajó al lado de Raúl Porras como Primer Secretario en la Cancillería. De esta época resulta oportuno recordar, como claro ejemplo de su espíritu independiente, sus ácidas críticas al gobierno de Prado. Este, incómodo con la actitud de uno de sus funcionarios, le mandó decir que bajara el tono ya que trabajaba para el gobierno al que criticaba tanto. Él respondió que trabajaba para el estado peruano, no para un gobierno. Y las críticas se hicieron más punzantes, hilarantes hasta verse obligado a renunciar por desavenencias todavía mayores.

Enemigo jurado de la necedad, criticó duramente, en su peculiar estilo, a la Junta Militar que encabezó el general Velasco, quien finalmente lo deportó, algo que jamás perdonó. Pero no por el desarraigo de varios años al que lo arrojó, sino por motivos muy distintos que él siempre lamentó. Los agentes que fueron a detenerlo a su casa arrasaron con su biblioteca de más de 10 mil volúmenes. A su retorno, apenas si recuperó un centenar de ellos que reunió luego de recorrer ferias de libro viejo durante semanas. Fiel a sí mismo, vio el lado cáustico de su experiencia de exiliado político y nos obsequió un libro, el "Manual del perfecto deportado", verdadera joya de la satírica política en la línea de las "Crónicas de Apapucio Corrales" de Clemente Palma, otro clásico de nuestra literatura del cual Basadre decía que algún día se le haría la justicia debida olvidado como estaba, como está todavía.

Con la vuelta de la democracia en los 80, volvió el periodista genial que fue capaz de sacar adelante, él solo y durante ocho años, un periódico político humorístico, Don Sofo, que con apenas dos hojas le arrebató a los diarios más importantes de la capital el puesto de diario con mayor tiraje a nivel nacional durante mucho tiempo. Algo de lo que también se vanagloriaba con la misma complicidad con la que afirmaba que resolvía el Geniograma Difícil en diez minutos y "mirando al tendido". Franco, directo, jovial, se le extrañará de todas las formas, pero sin duda su ausencia física no será comparable a la de sus escritos que es de lo que verdaderamente nos ha privado su muerte.