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¡Nixon go home, ándate!

¿Enigma de la historia?

No hubo ni habrá nunca la menor sombra de duda al respecto: bastaron cinco minutos de intolerancia para que cuatro siglos de tradición se fueran al tacho de la historia.

La mañana del 8 de mayo de 1958, la cuatricentenaria universidad de San Marcos, orgullo del Perú y de la América heredera de España, dejó que sus hijos más enfurecidos hablaran por ella. ¿Qué sucedió realmente aquel día? ¿Fue la provocación de un imprudente vicepresidente con ganas de adquirir publicidad a cualquier precio? ¿Existió, como se dijo, un plan orquestado para humillar al representante de la Casa Blanca?

LA VISITA

La crónica de esta desventurada historia empezó la mañana del 7 de mayo: Richard Nixon, vicepresidente de la administración Eisenhower y destacado miembro del partido republicano, llegaba a Lima en visita oficial. Todo le auguraba una jornada exitosa. Hasta la mañana siguiente, en que su atiborrada agenda registraba una visita a la Universidad de San Marcos.
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A las 10 de la mañana del día siguiente, Nixon se dirigió en su auto, por la Colmena y Azángaro, hasta la vieja casona del parque Universitario, donde funcionaba entonces la Universidad.

No tuvo que bajar de su auto descubierto para darse cuenta que ahí no lo querían. Que algo andaba mal. Hay quienes afirman que más que contrariarlo y sorprenderlo, a Nixon le agradó este recibimiento, pensando en las ventajas políticas que podía sacar de él. Pese a la erizada manifestación de carteles en su contra, no se arredró. Se propuso entrar a como diera lugar. No hubo manera de convencerlo de lo contrario. Político de raza, le dicen.

Alguien quiso asegurarse de que el vicepresidente entendiera bien el mensaje, así que lo escribió claramente en su cartel en las dos lenguas oficiales de aquel improvisado evento: "¡Nixon go home!, ¡Ándate!". Otro, más incisivo, le hizo saber al vicepresidente de manera rotunda que en San Marcos no era bienvenido: "¡Nixon es una víbora!".

LA AGRESION

Los estudiantes estaban más que sorprendidos, molestos ¿Cómo se atrevía Nixon a venir si se había hecho saber a las autoridades que no permitirían su entrada? ¿Qué provocación era esta? ¿Quién se creía éste que era? Los que hasta ese momento estaban sólo lanzando arengas anti-yanquis, anti-Nixon, anti-todo, decidieron pasar a los hechos. Hasta aquellos que habían permanecido como simples espectadores, se irritaron y se sumaron a la protesta. Los ánimos empezaron a caldearse. De pronto, como en el poema de Quasimodo, anocheció para Nixon.

Entre empujones, gritos y los esfuerzos desesperados del mítico Servicio Secreto para protegerlo de la descarga de piedras de la que era víctima, Nixon se encontró con la página negra que el destino había escrito para él en tierras incaicas: abriéndose paso entre el desorden, el bullicio, el caos, alguien con los belfos lo bastante grandes y una puntería privilegiada, se acercó lo suficiente al vicepresidente para acertar con un enorme escupitajo sobre su bien cortado traje a rayas que lucía aquella desdichada mañana.

Al día siguiente, los titulares de los diarios no pudieron ser más elocuentes: "Vergonzosos incidentes en las puertas de la Universidad de San Marcos", tituló El Comercio. La decana de América tuvo que pedir disculpas públicamente. Y aunque se formó una comisión investigadora, nunca se sancionó a nadie por lo sucedido (cualquier semejanza con el presente es mera coincidencia). La única página negra que registra su historia. Pero una pregunta impregnó la atmósfera de San Marcos y se mantendría sin respuesta durante décadas.

¿QUIÉN FUE?

Los años transcurridos se encargaron de ocultar entre brumas de leyenda la identidad del "energúmeno" que los diarios del día siguiente no pudieron identificar aquella vez.

Mi profesor de historia en la universidad, un sabio humanista de los que ya quedan muy pocos, negó rotundamente que él pudiera revelar la identidad del agresor porque simplemente no la conocía. "Por esa época me encontraba yo becado en España", me dijo. Sin embargo, me señaló a otro profesor de la facultad de Letras, quien sí estaba aquella mañana de los acontecimientos.

Luego de una azarosa serie de intentos pude no sólo contactarme con él, sino que estaba tan plenamente convencido que él sí sabía la respuesta a una interrogante que ya semejaba un teorema de física cuántica, que le pregunté, a boca de jarro, si sabía quién había sido el perpetrador del escupitajo histórico. Acorralado ante la serie de pruebas que otros me habían proporcionado de que él si podía identificar al personaje motivo de los desvelos de este escriba, me dijo que no porque él, si bien estaba esa mañana en la universidad, en el momento de los sucesos se encontraba en el patio de los Chicos, el más interior de los tres patios de la vieja casona sanmarquina.

Lo único que pude establecer es que, de la serie de personas con las cuales se conversó para escribir esta historia, muchas coincidieron en señalar a un estudiante de antropología que hoy peina canas de arrepentimiento. Su identidad, sin duda, seguirá siendo un enigma más de la historia.

ADDENDA
"No soy un pillo"


Para su desdicha, Nixon fue vicepresidente en una mala época. Estaba en pleno auge el descolonialismo tercemundista y la imagen imperialista de Estados Unidos era indesligable de él.

Su carrera política estuvo marcada más por sus desaciertos que por sus éxitos, los mismos que le dieron reconocimiento cuando ya ésta llegaba al cenit de su existencia. La gira que realizó por América Latina en aquella ocasión fue tan desastrosa (en Venezuela fue nuevamente agredido y con tal virulencia que tuvo que ser rescatado en helicóptero), que obligó a cancelar la que tenía programada para Europa, aunque el bien montado aparato publicitario que lo acompañaba la presentara como un éxito y él mismo fuera recibido como héroe a su retorno.

Pero si hay algo inherente a su biografía política son los escándalos, que la salpican. Watergate, que lo obligó a renunciar a la presidencia el 8 de agosto de 1974, es apenas la coronación de los mismos.

Tampoco fue un orador consumado ni mucho menos, de lo cual pueden dar fe los franceses. Con ocasión de los funerales de De Gaulle empezó de la peor manera, queriendo significar la importancia de la fecha: "Este es un gran día para Francia".

Pero sin duda alguna, el discurso por el cual se le recordará siempre será aquel que pronunció el día de su renuncia a la presidencia. Aquella ocasión pronunció la famosa frase con la que seguro pasará a la historia: "No soy un pillo".

Vivió su retiro en California, en donde llevó una vida pública tan discreta como sobria. Murió el 22 de abril de 1994. Al año siguiente, el director de cine Oliver Stone, el mismo de JFK, realizó una película sobre él que lo retrata tan fidedigna como ferozmente. Alguien escribió que era su mejor monumento.