San Marcos exonerará del pago a 1.000 postulantes

Estudiantes de bajos recursos económicos que hayan tenido como promedio 15 en sus notas serán los beneficiados.

Piden presupuesto para continuar investigaciones

Walter Alva recordó que en el 2016 no se ejecutaron trabajos de investigación arqueológica en Lambayeque.

Se realizarán tours nocturnos en Chavín de Huántar

Ministerio de Cultura autorizó visitas para promover importante monumento arqueológico.

Polémica de los Pitufos comunistas ya es mundial

La prestigiosa BBC hace eco de la polémica desatada en Uruguay por comparar a los Pitufos con una sociedad comunista.

¿Se hará realidad la ficción cinemtográfica

Según la agencia, roca espacial circuló demasiado cerca de nuestro planeta.

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Al final de su biografía sobre Luciano Benjamín Cisneros, jurista del siglo XIX, Raúl Porras enumera de manera magistral una relación de hechos y personas de nuestra historia parlamentaria que hoy nos parecen impensables. Suspendidos en sus labores o alejados de ellas por luchar contra el abuso del poder, proteger el imperio de la ley o hacer prevalecer la justicia en cualquier acto del estado o sus representantes, en otras palabras, por cumplir su deber, los contemporáneos de Cisneros harían palidecer de vergüenza a muchos de nuestros actuales congresistas. Qué distinto con lo sucedido en los últimos años, con lo sucedido ayer.

En abril de 1993, un altercado verbal con Martha Chávez alejó 60 días a Fernando Olivera de su fuero parlamentario. Lo volverían a suspender en 1997, esta vez por 120 días, por la misma razón durante la votación para destituir a tres magistrados del Tribunal Constitucional.
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Más polémica fue la suspensión de Javier Diez Canseco, en 1997. A éste se le puede acusar de todo, menos de mal educado y mucho menos de infidente. Durante la sesión previa a una de carácter reservado sobre un tema de seguridad nacional, se hallaba al habla por teléfono con un periodista y al no percatarse del inicio de la segunda, fue acusado y luego sancionado con 120 días por violar el secreto de la sesión.

Como calificarse el desafuero, en 1999, de Manuel Lajo y Alejandro Abanto Pongo, suspendidos luego de denunciarse y probarse que se quedaban con una parte de los sueldos de sus empleados.

Ernesto Gamarra, que hoy proclama su inocencia y anuncia libro revelando el complot político en su contra pese al vídeo que lo delata, fue suspendido en sus labores por recibir tres mil dólares de uno de los tantos testaferros de Montesinos para la campaña política de su esposa. Casi por la misma razón, sin pruebas y sin vídeo, fueron suspendidas Martha Chávez, Luz Salgado y José Luna Gálvez por recibir dinero del ex asesor. Hasta hoy, la primera de ellas, lucha por su rehabilitación.

Como si esta historia de desafueros y suspensiones no bastara, las hay todavía más vergonzosas, infamantes. Congresistas han habido que perdieron sus privilegios por vínculos con el narcotráfico, soborno manifiesto o, incluso, asesinato. Menuda tarea la que le espera a los historiadores de mañana. ¿Qué podrá decirse en su beneficio de este Congreso después de lo sucedido ayer?

Ayacucho, triunfo de América

A principios de 1824, las deserciones entre la tropa del Ejército Libertador y el hambre de las pocas todavía leales eran cosa de todos los días. Al comandante supremo de este ejército, Simón Bolívar, las fiebres lo estaban acabando. Había perdido casi la mitad de su peso y apenas si podía sostenerse en pie. Pocos creían ya en el éxito de la campaña libertadora. Para empeorar las cosas, la situación en el país era caótica. Dominado por la anarquía, los políticos no sólo no lograban ponerse de acuerdo sino que además, con sus intrigas, complicaban mucho más las cosas. La sensación de derrota era general. “La gloria y la esperanza de América", como lo llamaría un historiador más de cien años después, con un aspecto más del otro mundo que de éste, estaba casi vencida.


Un ministro extranjero que lo visitó por entonces, cuando se restablecía duramente de su salud, le preguntó “¿Qué piensa Ud. hacer ahora?”. Bolívar no contestó. “¿Qué piensa Ud. hacer ahora?”, le repitió apremiando una respuesta. El general enfermo, padre de cinco repúblicas, necesitó de las duras jornadas llaneras de su lejana Venezuela, del recuerdo de su viejo grito de "guerra a muerte", de sus decretos para confiscar hasta los clavos de las bancas de las iglesias para hacer sables, para saber la respuesta exacta desde siempre y desde el fondo de su corazón. La encontró en una palabra, una sola que era más el reflejo de una victoria del espíritu que del cuerpo: "¡Triunfar!", le respondió con un semblante cadavérico. No se equivocó. Volviendo la página estaban los días de gloria. Junín y Ayacucho.


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Después de la formidable victoria patriota en Junín en el mes de agosto, el ejército libertador había quedado herido de muerte. Incluso antes. Las victorias realistas de los años anteriores y las derrotas de ahora dejaron en los campos de batalla los cuerpos de soldados, cabos y sargentos europeos curtidos en combate. Al momento de enfrentarse en Ayacucho, el 9 de diciembre de 1824, la situación había cambiado radicalmente. La tropa del ejército realista era entonces mayoritariamente del país, peruanos obligados a engrosar sus filas y que marchaban en ellas como prisioneros. Sólo cuando llegaba la hora de la lucha, se les entregaban las armas, que muchas veces volvían contra los oficiales tratando de escapar a su suerte.


Era tal la situación del ejército del Rey que un general patriota, luego de la capitulación y cuando se tomaban los aprestos necesarios para con los prisioneros españoles, comentó que de haber conocido la real situación, de haber sabido que de 200 soldados de caballería apenas 40 eran europeos, no habrían sido tan genrosos en las prerrogativas con los vencidos.


Este ejército disminuído y venido a menos, desgastado todavía más en una guerra de escaramuzas a lo largo de la sierra las últimas semanas luego de la retirada de Junín, es el que llegó a las alturas del cerro Condorcunca el día 7 desde donde dominaba todo el panorama de lo que sería el escenario de batalla. Al día siguiente llegó el ejécrito aliado patriota y ocupó las faldas. A la mañana siguiente, a las 10.30, rompieron los fuegos.


Otra prueba más de las peculiaridades de esta batalla lo constituyó la ceremonia que precedió a la lucha. Durante media hora y en una franja de terreno entre los dos ejércitos, parientes y hermanos, amigos y conocidos, se saludaron y despidieron. Fue el caso de los hermanos Castilla, Ramón y Leandro, peruanos en distintos bandos, o los hermanos españoles Tur, Vicente y Antonio, de quien se dice que fue éste último quien solicitó la tregua. Viéndolo venir a su hermano lo recriminó. “Cuánto siento verte cubierto de ignominia”, le dijo. Vicente le dio la espalda y se regresó. Antonio le dio el alcance y abrazados lloraron juntos. La batalla debía empezar.


Amaneció de un sol resplandeciente, algo inusual para la temporada. El temor de una mañana lluviosa con caballos y cureñas de cañones atascados en el lodo quedó descartado. Se inició la batalla con una carga de los españoles bajando la cuesta. Esperaban que los patriotas salieran huyendo, pero no lo hicieron. Dos regimientos realistas más se adelantaron, pero fueron confrontados por los hombres de Córdova alentados por su grito de “!Armas a discreción, paso de vencedores!”. Pronto empezaron a flaquear los arrestos del enemigo. Valdés, uno de los generales epañoles, le dijo a su ayudante: “Dígale usted al Virrey que a esta comedia se la llevó el demonio”. La pelea apenas había durado dos horas.


Concluida la batalla, siete mil hombres del ejército realista son prisioneros del ejército republicano, incluido el propio virrey que estaba herido. Por esta indisposición, la capitulación la firmó Canterac, teniente general de los ejércitos del rey, a nombre de La Serna, el suyo propio y de 15 generales, 16 coroneles y 552 oficiales. Como escribió Salvador de Madariaga, el sol que no se ponía nunca, había salido por última vez. América había decidido su destino en suelo peruano.


Pese a que las estipulaciones de la capitulación de Ayacucho fueron en exceso generosas para los españoles (un historiador ha dicho y con razón, que tal parece que hubieran sido ellos quienes ganaron la batalla), el descrédito total cayó sobre los responsables.


Vueltos a España fueron duramente criticados. Nunca más, los que siguieron en el ejército, volvieron a ascender y se les truncó su carrera militar y pública. Fueron acusados en tribunales, satanizados en folletos y, lo que da la medida de los cosas, se les conocería en adelante, en público y en privado, con un apelativo despectivo y ruin: los ayacuchos.


Por otro lado, hay que anotar que Sucre fue, en la ocasión, generoso hasta consigo mismo. En la carta que le escribió a Bolívar informándole de la batalla dijo: “Está concluida la guerra y completada la libertad del Perú. Por premio para mí, pido que usted me reserve su amistad”. No pidió nada para él, pero el Perú le concedió todos los honores. Lo nombró “Libertador del Perú”.