San Marcos exonerará del pago a 1.000 postulantes

Estudiantes de bajos recursos económicos que hayan tenido como promedio 15 en sus notas serán los beneficiados.

Piden presupuesto para continuar investigaciones

Walter Alva recordó que en el 2016 no se ejecutaron trabajos de investigación arqueológica en Lambayeque.

Se realizarán tours nocturnos en Chavín de Huántar

Ministerio de Cultura autorizó visitas para promover importante monumento arqueológico.

Polémica de los Pitufos comunistas ya es mundial

La prestigiosa BBC hace eco de la polémica desatada en Uruguay por comparar a los Pitufos con una sociedad comunista.

¿Se hará realidad la ficción cinemtográfica

Según la agencia, roca espacial circuló demasiado cerca de nuestro planeta.

Un ceremonial que se remonta hasta el mismísimo Imperio romano

Por Jorge Moreno Matos

Fueron Juan Pablo I y su sucesor, Juan Pablo II, quienes suprimieron oportuna e inteligentemente uno de los últimos vestigios del pasado que todavía el papado arrastraba

La ceremonia de Coronación del nuevo Papa, que es como se llama a la misa con la que Benedicto XVI inicia oficialmente su pontificado, no es propiamente una coronación. Sin embargo, sí fue una tradición antiquísima que se remonta hasta los inicios del cristianismo, atraviesa desafiante varios siglos de historia y llega hasta Pablo VI, el último Papa coronado de nuestro tiempo, en pleno siglo XX. El largo pontificado de Juan Pablo II ha hecho olvidar a muchos los ritos antiquísimos a los que él y su predecesor renunciaron o eliminaron empeñados en modernizar a la Iglesia.

Los inicios

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En el siglo V de nuestra, un poeta romano había escrito: "De lo que era antes un mundo, apenas queda una ciudad". Esa ciudad era Roma y estaba por entrar a la última etapa dorada de su fabulosa historia en que se convertiría en el núcleo de una nueva religión, el cristianismo, y los grandes representantes de ella, los Papas, los nuevos amos y señores.

Durante el siglo II, la Iglesia había incorporado los elementos de la organización eclesiástica de la antigua religión imperial; en el III edificó la estructura intelectual y filosófica que le serviría de sustento para los siglos venideros y en el IV, especialmente en la segunda mitad del siglo, definió el carácter que la acompañaría para siempre: comenzó a pensar y actuar como una Iglesia oficial. Para conseguirlo, derrotar al paganismo fue su primera meta y la segunda, presentarse como la verdadera y antigua religión del Imperio, lo cual no le fue difícil ya que Roma necesitaba de una religión de Estado que le diera unidad a un Imperio que ya empezaba a dar luces de su pronta desaparición. Cuando esto último ocurrió, el papado ocupó su lugar.

Atrás quedaba "la época de los milagros" en que el cristianismo y sus jefes, a diferencia de los apóstoles de Cristo, difundían el Evangelio con la ayuda de un poder sobrenatural emanado del propio Jesús. Sin la existencia de más milagros, ahora entraba a su etapa "imperial" en que nada nuevo había, todo la organización y ritos eran heredados de Roma. Una de estas herencias fue la ceremonia de coronación del nuevo "señor imperial".

Señores Coronados

El viejo rito de depositar una corona sobre la cabeza de un individuo e inmediatamente postrarse para venerarlo, mientras los presentes entonan una monótona serie de aclamaciones rituales, es genuinamente romano. Era el acto de investidura del Emperador y la inmediata ceremonia de homenaje, la aceptación de obediencia al nuevo señor. En esto no hay menor duda entre los historiadores. Lo verdaderamente interesante es el alcance del rito. La evolución de esta ceremonia y el significado exacto de ella han sido de una consecuencia enorme en la historia de Occidente y en la del papado mismo.

Es la época en que el Occidente cristiano empieza a formarse y la iglesia de Roma a liderarlo, a encabezarlo. Se imponía entonces la coronación del nuevo señor, del nuevo soberano. Aquí es donde tiene su partida de nacimiento la vieja tradición de denominar Príncipe de la Iglesia a los cardenales y a su señor, el Papa, Soberano de Roma. Pero, ¿reinaría sobre los demás señores? ¿alcanzaba su poder más allá de lo puramente terrenal y eclesiástico?

La historia universal nos ha dado las respuestas a estas preguntas. Al menos hasta el siglo XIX, en que el poder de los estados pontificios declina indefectiblemente, y no se recuperará, precisamente, hasta Juan Pablo II, quien fortalecerá el catolicismo tradicional romano, restaurará la incuestionable autoridad papal y emprenderá las reformas que le han merecido el nombre con el cual ha pasado a la historia: El Magno.

Evolución

Como gesto esencialmente político antes que ritual, la coronación del nuevo señor hubo de pasar por una serie de evoluciones que respondían cada una a las tensiones políticas y doctrinarias de sus respectivas épocas, a las cuales no fue ajena el papado. No obstante, conviene anotar que es sólo a partir del siglo VII en que el rito se vuelve formal y religioso al coronarse emperadores y reyes en una iglesia y posteriormente en una catedral y de manos del propio Papa o de un obispo.

A ello hay que sumarle las diferentes transformaciones que sufrió al agregarle elementos visigóticos, célticos y hasta ingleses. No olvidemos el gesto de Napoleón: le retiró de las manos la corona de emperador al Papa para ceñirsela él mismo, mensaje inequívoco de que era él quien la había conseguido y no la divina providencia. En adelante, cualquier coronación que realice un Papa será meramente simbólica.

Sin embargo, es el rito inglés el que ha permanecido hasta ahora, por razones obvias, y al que debe en gran parte el ritual apostólico-romano con sus elementos de unción con aceite, ceñirle un báculo (espada), colocarle una estola y el pallium o capote, la colocación del anillo y el recibir el homenaje de sus cardenales (nobles).

Desaparición

Contra este último rezago de un paganismo irrefutablemente anacrónico, Juan Pablo I fue el primero en rebelarse al renunciar a la utilización de la Tiara o corona pontificia, así como a la silla gestatoria. Su sucesor, Juan Pablo II, lo emuló en lo mismo y fue más allá aboliéndola por completo al rechazar la ceremonia de homenaje (arrodillarse ante él) de parte de los cardenales que lo habían elegido y reemplazarla por un abrazo. Hoy sabremos si Benedicto XVI seguirá esta misma senda o retrocederá hasta 1963, en que Pablo VI se coronó, recibió el homenaje de los cardenales arrodillados ante él y fue paseado ostentosamente en andas por la Plaza de San Pedro.

Los 85 años de Mundial

Fue la revista señera del periodismo gráfico peruano

Mundial

El periodismo gráfico no es tan nuevo como se cree, tiene una larga tradición entre nosotros. Ya en el siglo XIX aparecen las primeras revistas peruanas ilustradas, siendo la primera de ellas el Correo del Perú (1871-1876), que reproducía grabados hechos en base a fotografías. Le seguirán El Perú Ilustrado (1887-1892), Lima Ilustrada (1898-1903), Actualidades (1904-1907) y Prisma (1905-1908), una de las más importantes y que sería el germen de Variedades (1908-1930). Heredera de todas ellas es Mundial. Al momento de su aparición no era la única revista gráfica del medio, pero sí la más audaz, con verdaderos reportajes gráficos como los de hoy en día.

Una década en imágenes
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El primer número salió el 23 de abril de 1920 y el último el 4 de setiembre de 1931. En total, 576 números que la han convertido en un clásico del periodismo peruano, una pieza de colección muy buscada entre bibliófilos y especialistas. Luego de su abrupta clausura, volvería a aparecer en julio de 1933 publicando tan sólo cinco números más.

Su fundador y director fue Andrés Aramburú Salinas, de gran raigambre periodística, pues era hijo nada menos que de Andrés Aramburú Sarrio, el fundador de La Opinión Nacional, uno de los tres diarios más importantes del último tercio del siglo XIX junto con El Comercio y El Nacional.

De especial mención son las dos ediciones conmemorativas que publicó con motivo de los centenarios de 1921 y 1924. Un esfuerzo editorial sólo comparable al de El Comercio en su propio centenario en 1939. En la del 28 de julio de 1921, y con apenas 24 años de dad, Raúl Porras publicó uno de los ensayos históricos sobre nuestro periodismo que ha sabido mantenerse vigente pese al paso de los años.

Colaboradores ilustres

Su lista de colaboradores además de larga es excepcional. En sus páginas escribieron José Carlos Mariátegui, quien pergueñó en ellas los textos que formarían luego los Siete Ensayos; César Vallejo, de quien podemos leer en tiempos recientes sus crónicas europeas gracias a la labor compiladora de Jorge Puccinelli; Raúl Porras, Luis Alberto Sánchez y Jorge Guillermo Leguía publicaron en ella sus primeros trabajos históricos y literarios; Domingo Martínez Luján, Domingo del Prado, uno de los más entrañables personajes de nuestra bohemia literaria y de quien Alberto Tauro rescató para nosotros sus artículos; también Jorge Basadre, Aurelio Miró Quesada Sosa, los hermanos García Calderón, Víctor Andrés Belaunde, José Gálvez, Angela Ramos, Magda Portal, Dora Mayer, Enrique A. Carrillo Cabotín, Clodoaldo López Merino, entre muchos más que hoy son parte de nuestra historia literaria.

Entre los dibujantes se encontraban Jorge Vinatea Reinoso, Teófilo Castillo, Alejandro González "Apurimak", José Alcántara Latorre y Jorge Holguín del Valle. Y entre los fotógrafos, Cambell, Calvo, Martínez, Robiano, y muchos más.

Final

Hay quienes afirman que la caída de Leguía significó el fin de Mundial. Sin embargo, no fue así. Otra fue la verdadera circunstancia de su desaparición, aunque si bien es cierto relacionado con ese hecho. Hay que recordar que luego de derrocado, Leguía fue encerrado en una celda en donde su salud se deterioró enorme y rápidamente. Contra esto, escribe Alberto Tauro, reclamó vehementemente el director de Mundial, "a fin de que se le diera un trato decoroso al derrocado presidente, porque así lo imponían su ancianidad y condición de enfermo." Las represalias no se harían esperar. Fue deportado a Chile en donde moriría dos años después, en 1933.

La revista que ilustró el Oncenio

En la actualidad, las páginas de Mundial son un referente obligado para los historiadores, y en especial para los historiadores sociales. La revista, que esencialmente fue un semanario gráfico, fue una apuesta por un tipo de periodismo ágil que muchas veces ha llevado a confundirla con una revista frívola. Nada más lejos de la verdad, dada la diversidad de temas que alojaban sus páginas en el campo de las artes, la política, la literatura y la historia. Sin embargo, lo que sí resulta oportuno mencionar es la identificación con el leguiísmo en la que muchos estudiosos coinciden.

Así lo apunta Raúl Porras, al reflejar "particularmente el aspecto suntuario de la dictadura y las grandes fiestas centenarias de 1921 y 1924". Igual anota Manuel Zanutelli Rosas: "aunque con los años se haya dicho que no [la cercanía a Leguía], ... el contenido literario y fotográfico dicen lo contrario". Pero de lo que no cabe duda es de que en esta revista se recogen toda la década de 1920 en imágenes, un verdadero filón de información gráfico-documental. No en vano Carlos Miró Quesada Laos ha señalado, en su Historia del Periodismo Peruano, que "Mundial destaca sobre todas las revistas y semanarios de su tiempo".

En plena Guerra Fría, la elección de Juan Pablo II sorprendió a todos

Por Jorge Moreno Matos

En 1968, “Las sandalias del pescador” atraía numeroso público a las salas de cine del mundo entero, pero si hay una razón especial por la que esta película será recordada es porque se anticipó diez años a la historia

Kiril Lakota es el nombre de un Papa ficticio e imposible venido de un país comunista que un escritor de best sellers y los estudios de Hollywood se encargaron de entronizar en el sillón de San Pedro en un intento de sacarle réditos a un auditorio de mil millones de católicos en plena Guerra Fría. Diez años después, en 1978, una sucesión de acontecimientos imposibles de detener como de predecir se encargarían de sorprender a todos dándoles la razón. Pero en realidad, no debió de sorprender a nadie. Y mucho menos a la propia Iglesia.

Política y Religión

La Guerra de las Investiduras en el siglo XI, el Cisma de Occidente del siglo XIV, el movimiento reformista y la respuesta del papado con el Concilio de Trento en el siglo XVI, o la relación de la iglesia con los estados liberales del siglo XIX, todos ellos problemas políticos antes que religiosos, marcaron no sólo la elección de cada papa a lo largo de los siglos sino que además dejaron una lección que aprenderían muy bien los pontífices del siglo XX.
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León XIII no sólo es el papa que llevará al Vaticano del siglo XIX al XX, sino también el iniciador de un movimiento que llegará hasta nuestros días que busca reinsertar a la Iglesia en la época que le ha tocado vivir. Una época empeñada en eliminar su influencia en los asuntos del hombre. Todos los papas que le sucederán, Pío XI, Juan XXIII, Paulo VI, y en especial Juan Pablo II, convertirán a la iglesia en protagonista del siglo XX. Es en este contexto que debemos entender la elección de Juan Pablo II en 1978, en plena Guerra Fría, una década después del Mayo francés y quince después de concluido el Concilio Vaticano II que modernizó a la iglesia “quitándole -----, pero ganando en espiritualidad”.

Juan Pablo II

Cuando el 14 de octubre de 1978, tras la muerte de Pablo VI se reúne el cónclave para elegir a Juan Pablo I, nadie sospecha que será un pontificado brevísimo. Apenas 33 días después se requerirá de un nuevo cónclave, de una nueva elección, de un nuevo papa. ¿Se repetirán los mismos acontecimientos? Hay quienes afirman que los cardenales interpretaron esto como un rotundo “no” de la providencia.

Son los cardenales Franz Köning, arzobispo de Viena, y John Kroll, arzobispo de Filadelfia, tras la imposibilidad de elegir entre los “papables”, quienes impulsan la candidatura de Wojtila, con el argumento de ser el menos político de los cardenales. Él, que será el papa llamado a dejar una huella imborrable en la política y la historia del siglo XX.

El segundo día de encierro, el 16 de octubre de 1978, y tras siete votaciones fallidas, el arzobispo de Cracovia obtendrá 99 de 111 votos en la octava votación. Por la mañana, antes de iniciar el cónclave, el primado de la iglesia de Polonia, Stefan Wyszynski, se le acercó y le dijo: “Si te eligen, te ruego que aceptes”. A las 6 y18 minutos de la tarde, el humo blanco anunciaba al mundo que el sillón de San Pedro tenía un nuevo dueño venido “de un país lejano”.

Era el primer papa no italiano desde 1522, el más joven desde 1846 y el primero oriundo de un país eslavo. Pero era más que eso: era el primer papa proveniente de un país comunista. Lech Walesa, su compatriota y aliado, fue quien mejor expresó lo sucedido: “el mundo será distinto”, dijo. No se equivocó.

La caída de los otrora poderosos

Por Jorge Moreno Matos

Desde el antiguo Egipto y hasta nuestros días, la humanidad se ha empeñado infructuosamente en cambiar el pasado, en reescribir su historia o en borrar el recuerdo del vencido

Cuando Tutankhamon ascendió al trono de Egipto en el siglo XIV a.C. mandó destruir todas las efigies de Akhenatón, el faraón hereje que lo había precedido en el poder y no contento con esto, arrasó con cualquier cosa que lo recordara, incluida la pirámide que le servía de tumba. Tres mil quinientos años después, el 9 de abril de 2003, mientras en la ciudad de Bagdad todavía algunos sectores resistían a las tropas estadounidenses, un grupo de estas se abocó a derrumbar una de las más de 300 estatuas que Saddam Hussein tenía en la ciudad, ante las cámaras de televisión del mundo entero. A pesar del largo espacio histórico entre uno y otro hecho, no hay mayor diferencia entre ellos.
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En el año en que se conmemoran los treinta de su muerte, la estatua del general Francisco Franco ha sido la última víctima de esta inveterada costumbre de querer renegar del pasado, de reescribir la historia, de negar al vencido. Porque eso es lo que significan estos actos. Nada de heroico ni histórico hay en ellos, como tampoco lo hubo en Irak. Y esa es la suerte que ha seguido el último de los monumentos ecuestres que en la capital de España tenía el hombre que durante 40 años hizo y deshizo los destinos de los españoles. Ha carecido, como sabemos, de un final de epopeya, de gesta y furia popular que las efigies de otros como él sí tuvieron. No ha tenido ni por asomo un soplo de historia que la consuele. El final de la estatua de Franco ha sido burocrático. Que distinto de las hazañas populares que salpicaron el fenecido siglo XX y que su memoria no mereció.

Los estertores finales del estalinismo el año 1956, el “año del miedo” como lo llamaron algunos historiadores, produjo las sublevaciones de Polonia y Hungría que vieron llegada la hora del cambio y que no encontraron mejor manera de expresarlo que tumbándose las estatuas de Stalin en ciudades como Budapest y que sólo los tanques del Pacto de Varsovia detuvieron a sangre y fuego.

Apenas un par de años antes, en 1945, los partisanos italianos habían ido más lejos. Ellos en vez de cebarse con alguna estatua de Mussolini, prefirieron ensañarse con el propio cuerpo del Duce: luego de golpearlo brutalmente, lo colgaron junto con el de su amante de un gancho de carnicero. Cuarenta y cuatro años después, cuando los regímenes comunistas caían como margaritas uno tras otro, los rumanos, triunfantes en una revuelta popular, se trajeron abajo la principal estatua de Nicolae Ceausescu. Pero tampoco ellos se contentaron con ajusticiamientos simbólicos. A renglón seguido lo ejecutaron junto con su esposa.

Pero si estas muertes se trajeron abajo los símbolos de poder del comunismo y el fascismo más rancio, la muerte del propio comunismo en la década del 80 se trajo abajo en jornadas multitudinarias las últimas estatuas de Lenin que aún quedaban desperdigadas por todo el hemisferio comunista.

No sabemos si más adelante se oirán todavía los ecos de la polémica que lo sucedido en España ha provocado, pero si alguna lección nos deja esta noticia es sobre el peligro que significa para una sociedad escribir su historia por memorándum. Tampoco sabemos si la estatua de Franco correrá la misma suerte que la de Francisco Pizarro en su momento, que fue retirada y luego repuesta metros más allá de donde estaba y en un lugar muy bonito. Pero de algo sí podemos estar seguros: la historia siempre la escriben, y desmontan, los vencedores.

La investigación periodística que le costó la presidencia a Nixon

Después de 33 años se revela misterio. Ahora que se ha hecho público la identidad del mítico "Garganta Profunda", un breve repaso a lo que significó el caso Watergate

Lo que debió ser una simple nota informativa sobre la detención de cinco individuos disfrazados de operarios y acusados de robar en oficinas del Partido Demócrata, ubicadas en el complejo del Hotel Watergate de Washington el 17 de junio de 1972, se transformó por el tesón de dos periodistas y la firmeza de una editora-propietaria y su director, en el mayor escándalo político del siglo XX. Fue la investigación periodística que no sólo se convirtió en el paradigma del periodismo de investigación, sino la que le costó la presidencia al trigesimoséptimo presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon.

La noticia del arresto y la declaración de uno de los detenidos al ser interrogado sobre su ocupación, “anticomunista” contestó, publicada al día siguiente, fue el inicio de dos años de investigaciones que pusieron en evidencia un bien montado plan de espionaje político urdido desde el propio gobierno y que señalaba a las más altas autoridades de éste como los responsables del mismo. Pero apenas si era el inicio. Como escribieron los propios Bernstein y Woodward, “las salpicaduras de Watergate comenzaban a llegar rápidamente a la Casa Blanca”. Apuntaban más alto.
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Es aquí donde la participación de Garganta Profunda fue fundamental aportando pistas e informaciones decisivas para la investigación. A él se debe la famosa recomendación que hizo fortuna en las escuelas de periodismo del mundo entero: “sigue la pista del dinero”.

En febrero de año siguiente, cuando ya había concluido el juicio contra los cinco detenidos y en el que salieron a la luz nombres de agentes de la CIA y el FBI, el juez de la causa aplazó la sentencia confiando en que los implicados hablaran y así fue. Uno de ellos declaró que se le había ofrecido un pago de 500 mil dólares a condición de declararse culpable y guardar silencio sobre personajes del gobierno implicados en el caso. El Senado abrió su propia investigación y pronto saltaron los nombres de los más estrechos colaboradores del presidente. Un Procurador General, un Asesor Legal, el jefe de Personal de la mismísima Casa Blanca y el ayudante del presidente en asuntos internos. Para el 30 de abril de 1973, y aunque él lo negara una y otra vez, ya todos los dedos señalaban a Nixon como el responsable mayor. Pero todavía faltaba lo peor.

En el curso de las investigaciones se estableció que el presidente había mandado instalar micrófonos en toda la Casa Blanca. El juez y el comité senatorial que realizaban las investigaciones solicitaron las cintas, a lo cual se negó el presidente. Se sumó una acusación más a la causa: obstrucción a la justicia.

Acorralado, Nixon tuvo que entregar las cintas. Fue entonces cuando los norteamericanos se enfrentaron a la dura realidad. Las grabaciones ponían en evidencia todas las triquiñuelas de las que era capaz su presidente: financiamiento ilegal de su campaña electoral, sabotaje a sus posibles rivales, escucha ilegal de conversaciones de políticos, funcionarios y periodistas. El impeachment (acusación) se abrió paso.

El 8 de agosto de 1974, frente a las cámaras de televisión, un lloroso Richard Nixon anunció su renuncia a la presidencia del país más poderoso de la tierra. En aquella ocasión utilizó la frase con la que seguro pasará a la historia: “No soy un bribón”.