Gracias, Zenobia, por el Nobel

Si para algunos ya es un verdadero problema tratar de no pensar en el Nobel luego de serles esquiva su gloria, para otros resulta preocupante considerar lo que tendrán que decir en su discurso de aceptación durante la ceremonia de entrega el próximo 10 de diciembre.

Quien mejor ha expresado la disyuntiva que embarga a un selecto grupo de privilegiados de qué decir ante un rey y más de mil invitados, ha sido Gabriel García Márquez quien cuenta que lo primero que pensó, cuando lo despertó la llamada telefónica a las tres de la madrugada para comunicarle que había ganado el premio, fue: “¡Carajo! ¿Y ahora, qué voy a decir en Estocolmo?”. Pero esto, que para algunos puede resultar anecdótico, apenas si es la punta del iceberg de las muchas historias que encierra esta historia.

William Faulkner, que ganó el premio en 1949, en su brevísimo discurso empezó con una declaración de fe que resume el espíritu de su obra: “Siento que este premio no se me concedió a mí como hombre, sino a mi trabajo – la labor de una vida en la agonía y en el sudor del espíritu humano. Sin perseguir la gloria y mucho menos el beneficio, mi idea fue producir los materiales del espíritu humano que antes existían”. Para concluir con una afirmación contundente: ”Me niego a admitir el fin del hombre”. En esta línea de afirmación de la literatura, estuvo su compatriota Ernest Hemingway que en 1954, más breve todavía, dijo: “Para el verdadero creador, cada libro debe ser un nuevo principio en el que proponga nuevamente algo que está más allá de toda su capacidad”. Por algo tituló a su discurso ‘La alquimia del escritor.
>>> Seguir Leyendo... >>>
En 1957, cuando la Guerra Fría estaba más caliente que nunca y en Europa Oriental los escritores disidentes eran perseguidos cuando no asesinados, Albert Camus se preguntaba “¿Y con qué sentimientos puede alguien aceptar tanto honor en un momento en el que otros escritores de Europa, entre ellos los mejores, están condenados por el silencio?”. Una razón más para reclamarle a Jean-Paul Sartre, que en 1964 rechazó el premio, el habernos privado de la oportunidad de escuchar su voz, tan comprometida y progresista, en ocasión tan memorable como en escenario tan oportuno.

Que distinto de los casos anteriores el de Juan Ramón Jiménez, que en 1956 dedicó sus palabras de aceptación a su esposa, quien había muerto tres días después de conocer la noticia del premio. Tal vez su discurso no estuvo a la altura de las circunstancias, pero fue ante todo una declaración de amor y agradecimiento que ni siquiera un escenario tan importante y egregio como Suecia podía ya enaltecer más: “Mi esposa, Zenobia, es la verdadera ganadora del premio. Su compañía, su ayuda, su inspiración hicieron posible mi obra durante cuarenta años”.

Y aunque a lo largo de la historia reciente han habido ganadores de una y otra tienda, y para todos los gustos y disgustos, las sorpresas que nos deparan los ganadores y sus discursos siempre estarán presentes como sucedió la última vez.

Harold Pinter, el ganador del año pasado, fue tan poco protocolar, pero no menos expresivo por eso. Inmediatamente después de saber su premio, utilizó la cobertura mediática que le daba el mismo para criticar duramente la política belicista del presidente estadounidense George Bush y el primer ministro Tony Blair. “Lo que encuentro absolutamente detestable es la posición moral de Blair y Bush”, dijo. ”Piensan que tienen la autoridad moral y que lo que están haciendo es moralmente correcto, cuando lo que hacen es pura basura”, espetó ante los medios de comunicación del mundo entero, sabedor plenamente de que sus palabras ahora tendrían la fuerza de un misil. La Academia Sueca sólo atinó a hacer mutis cuando las acusaciones de izquierdista y antiestadounidense le empezaron a llover desde el otro lado del Atlántico. Su discurso en el Palacio de los Conciertos de la capital sueca, que tuvo que escucharse en vídeo ya que un accidente le impidió asistir, no decepcionó a nadie. Ahí volvió a repetir: “¿Cuántos seres humanos deben morir para que califiquemos a sus responsables como criminales de guerra?”. No por nada su discurso se tituló ‘Arte, verdad y política’.

Pero quien menos decepcionó a todos, y sobre todos a sus millones de lectores repartidos en el mundo entero, fue el hijo del telegrafista de Aracataca, quien pronunció el que tal vez sea el más bello, profundo y comprometido de todos los discursos que se hallan oído en la historia del Nobel.

Vestido completamente de blanco para contrarrestar la mala suerte, el autor empezó su discurso con una clase magistral de historia: “Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen”. Para concluir como sólo él y sus novelas saben concluir: “Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra”.

Sólo resta esperar y confiar que el escritor turco galardonado este año también se dé maña, no sólo para escribir un discurso que compita con los mencionados sino que además nos consuele a muchos de nosotros por un año más de angustiosa espera por el Nobel que hace muchos años merece Vargas Lllosa. ¿Hasta cuándo?.

3 comentarios :: Gracias, Zenobia, por el Nobel

  1. El discurso de Gabo es poesía.
    Algo que siempre echo de menos, al margen del tema de su nota, es siquiera una referencia de cinco líneas acerca de "El general en su laberinto".
    Qué ocurre con esa novela. ¿Se le reclama, acaso, fidelidad histórica al relato y éste clamorosamente no lo tiene?
    Usted que es historiador, disculpe la libertad que me tomo, tal vez podría aclararme el panorama.

  2. me gusto bastante lo de Juan Ramon Jimenez! bonito gesto!

  3. Qué buena idea de volver a publicar tus antiguas referencias, todos tus lectores, siempre encontramos nuevas preguntas e inquietudes que esperamos, nos respondas en tus próximas entregas.


Letras Libres
LETRASLIBRES.COM
© LetrasLibres.com

¿Tiene usted una foto histórica de la Guerra Civil?