Alan García, ¿La llamada de la selva o falta de litio?


“Use usted, señor ministro, los aviones A-37 y bombardee, ametralle esos aeropuertos clandestinos,esas pozas de maceración. Tome acciones concretas”

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Una vez le preguntaron al cómico uruguayo Juan Verdaguer cómo hacía para saber si un chiste era bueno o malo. Él, con ese humor elegante que le era característico, dijo que contaba con un método infalible para eso: "Cuando tengo un chiste nuevo se lo cuento primero a mi mujer. Si se ríe, no lo uso", respondió. En política, yo suelo seguir su método: desconfío de todo aquello que mi esposa celebra con demasiado entusiasmo. Sobre todo si se trata de Alan García.

Todavía recuerdo muy bien, cuando éramos jóvenes y solteros y algo ingenuos, su entusiasmo, al día siguiente, cuando se anunció la estatificación de la banca. Yo, la verdad sea dicha, no lo tenía muy claro, no podía saber si aquella decisión, a todas luces tomada para recuperar el favor del pueblo que ya empezaba a criticar los desaciertos de su gobierno, sería beneficiosa para el país o no. Pero aún así, como yo, muchos observabamos aquel suceso esperenzados en que todo redundara finalmente en algo bueno para el país (ya lo dije, todavía nos quedaba algo de ingenuidad). Ya sabemos, de sobra, cómo acabó esa historia, cómo acabó su primer gobierno.

Todo esto se me ha venido de golpe a la memoria cuando, nuevamente, he visto a mi esposa, primero, celebrar los anuncios (para las tribunas, querida, para las tribunas) de su discurso de asunción de mando. Y ahora, que anuncia, que ordena, con esa determinación de hace veinte años "hagan esto", "hagan aquello", que en el fondo era un "hagan mi santa voluntad", bombardear las pistas clandestinas en la selva que utiliza el narcotráfico para transportar la droga. Como si destruir el ecosistema de las zonas en cuestión fuera la solución a todo. ¿Como es posible que una persona culta e instruida como Alan García pueda creer que convertir en un Vietnam nuestra selva convencerá a los EE.UU. del compromiso de su administración con la lucha antidrogas, después de la patinada, de la claudicación sería mejor decir, del Acta de Tocache? Demos gracias a Dios que en su exabrupto no pidio que utilicen napalm. Y demos gracias también que de todos lados se han escuchado voces censurando este histriónico numerito para la cazuela que nos recuerda el peor de todos los Alan García que conocemos: el caprichoso, el mandón, el de los balconazos que creíamos ya enterrado.

Ya sabe, señor ministro, tome acciones concretas: póngale una camisa de fuerza a su jefe o dótelo de una buena dosis de litio que buena falta que le hace.

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