"El Historiador y los archivos en el Perú"

. sábado 13 de octubre de 2007
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Por Alberto Flores Galindo

Hace un par de semanas empezó a venderse en librerías limeñas el sexto tomo de las Obras Completas de Alberto Flores Galindo, el mismo que comprende los artículos y trabajos que publicó en diarios y revistas especializados entre los años 1983 y 1990, año de su muerte y del cual haremos oportunamente la reseña respectiva. Ahora sólo queremos recoger en esta sección uno de los trabajos recopilados en la obra (publicado originalmente en 'Mundo Archivístico, Nº 25, Lima, marzo de 1985), y que se refiere al papel de los archivos en el trabajo del historiador por la asombrosa actualidad que conserva.
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"El Historiador y los archivos en el Perú" (*)
Por Alberto Flores Galindo


El tiempo transcurrido en los archivos es al historiador lo que el tiempo dedicado sobre el terreno es para el arqueólogo o el antropólogo. Esa relación con los documentos resulta muchas veces intransferible. Una referencia inesperada puede modificar el derrotero de una investigación, abrir una nueva pregunta, proponer una hipótesis diferente. Pero como los documentos no hablan solos, todo esto depende en mucho de esa habilidad para interrogarlos, que no se aprende en los mejores manuales, menos en las universidades, sino en la práctica cotidiana: habituándose a otras grafías, a palabras que ya no usamos, a claves que no son las nuestras. El carácter inevitablemente fragmentario de esos testimonios a los que tenemos acceso, hace que el oficio del historiador no pierda sus rasgos artesanales y que el azar ocupe un lugar en cualquier investigación.

En un país como el Perú los archivos encierran siempre sorpresas. Conservan todavía fondos sin catalogar, por ejemplo. A pesar de la intensa labor desplegada por los archiveros, en especial desde el decenio anterior, el historiador tiene que asumir en ocasiones roles que no le corresponden. Ponerse a buscar documentos, ensayar clasificaciones provisionales. Hay temas que exigen estas indagaciones previas. Y gracias a ellas, en los últimos años, los documentos disponibles se han incrementado notablemente. Pienso en esos historiadores y economistas que interesados por la evolución del agro peruano, vieron en la Reforma Agraria la ocasión para entrar en las haciendas de la costa y la sierra, recoger sus archivos y poner las bases para el estudio de las empresas agrarias: Hobsbawm Martínez Alier, Macera, razonando de esta manera formaron el Archivo del Fuero Agrario, conducido por un antropólogo, que se volvió historiador y después archivero, Humberto Rodríguez Pastor. Por una experiencia similar hemos pasado los interesados en la historia del movimiento obrero, buscando archivos de viejos sindicalistas. A la Universidad Católica llegaron así la biblioteca de Arturo Sabroso, los documentos del Sindicato Estrella del Perú (panaderos), las fotos de los mineros de Morococha. Resulta difícil imaginar el oficio de historiador en un país como el Perú, sin los rasgos del viajero. Además, porque en un país con una tradición oral tan fuerte y con un desdén por la escritura, hay que valerse de otros testimonios. Por eso aquí resulta imprescindible lo que se ha dado en llamar el "archivo de la palabra": la recopilación y la conservación de testimonios orales, donde se grabe la voz de personajes que han tenido un papel protagónico, pero también de esas "gentes sin historia".

El testimonio oral tiene muchos acompañantes: la fotografía y el cine, las fuentes iconográficas, los monumentos, la observación misma de los lugares (campos de cultivo, por ejemplo) y, en esta enumeración de ejemplos, el folklore contemporáneo, muchas veces cargado de historia y que invita a un análisis retrospectivo. Para este último caso pienso en esas fiestas que recogen la memoria popular sobre la conquista o la guerra del Pacífico. El estudio del pasado, de esta manera, no se puede confinar a las paredes de un archivo. Exige en el Perú imaginar otras fuentes, diseñar métodos adecuados. El historiador no puede ejercer un oficio claramente diferenciado de otros. La división del trabajo es muy incipiente.

Los incansables viajes de Julio C. Tello recorriendo la geografía peruana, indagando por el pasado no sólo en sus excavaciones sino recogiendo mitos contemporáneos o utilizando la toponimia, son un buen ejemplo para los que recién se inician en este oficio, que contra lo que puede suponer alguien que lo mira desde lejos, está distante del sedentarismo.



* Tomado de: Obras Completas. Escritos 1983-1990. Vol. VI. Lima: Sur Casa de Estudios del Socialismo, 2007, p. 140-141.