Reconciliaciones. Auspicioso primer paso

Por Joseph Dager Alva (**)

La respuesta a esta interrogante, así planteada, es sí, sin lugar a dudas. Según Ricardo Palma, en nuestra Biblioteca, antes de la ocupación chilena, existían 56 mil ejemplares, luego sólo 738. Pero, hoy, después de 123 años ¿es posible seguir afirmando que el Estado chileno continúa atesorando 50 mil volúmenes?

Esta última cuestión no tiene una respuesta fácil ni inmediata. Lamentablemente no tenemos el catálogo de nuestra Biblioteca en esa época, por lo que toda cifra de las existencias será siempre aproximada. Además, es conocido que la ignorancia hizo Cuartel General a nuestro mayor depósito bibliográfico y puso fin a varias de esas joyas, cuyas páginas se usaron, incluso, para envolver productos que se vendían en los mercados. Algunos miles de libros debieron pasar a bibliotecas particulares chilenas. Otros se quedaron aquí; de hecho, el gobierno del general Iglesias publicó un bando en el que ordenaba a los vecinos de Lima devolver los libros que hubiesen pertenecido a la Biblioteca, y hubo muy celebradas devoluciones, signo de patriotismo y civismo. Finalmente, el presidente chileno Santa María, por pedido expreso y reiterativo de Ricardo Palma, devolvió en su tiempo algunos cuantos. Por uno u otro medio, don Ricardo, en los años que siguieron a la Guerra, logró recuperar aproximadamente entre 10 mil y 13 mil ejemplares.
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Por desgracia, en conflictos bélicos no ha sido raro que el vencedor se haya apropiado de bienes culturales con el fin, consciente o inconsciente, de reafirmar la victoria que obtuvo por las armas. Pero los bienes culturales no son trofeos de guerra, por tanto, lo correcto es devolverlos. En este contexto, debemos entender la reciente devolución por parte del gobierno de Chile de 3.788 volúmenes. Además de ser una señal de buena vecindad, es una acción de mea culpa, siempre difícil de procesar. No olvidemos que hasta no hace mucho, la posición oficial de aquel país fue negar sistemáticamente el saqueo. Tiene razón el canciller chileno Foxley al recalcar que se trata de una medida unilateral. No podía ser de otro modo, pues desde el punto de vista formal, el Perú no podía “negociar” bilateralmente la devolución de aquello que es suyo y le fue saqueado.

Lo más importante de esta entrega es el reconocimiento oficial por parte de Chile de que el Perú tenía razón en su posición histórica al respecto. Cierto es que la cantidad devuelta no nos deja enteramente satisfechos, pero calificarla como una burla más, o insistir en que no es ni el 10% de lo que se llevaron, no contribuye a tratar el asunto serenamente. Hoy sabemos con certeza que al Estado vecino llegaron –al menos– 10 mil volúmenes, pues el entonces rector de la Universidad de Chile, Ignacio Domeyko, con la colaboración del historiador Diego Barros Arana, dio a conocer en el Diario Oficial de la República de Chile, en agosto de 1881, un listado que daba cuenta prolija del contenido de los 103 cajones y 80 bultos que recibió.

La actual entrega comprende aquellos libros que llevan el sello de la biblioteca pública de Lima, y que estaban en la Biblioteca de Valparaíso y en la Biblioteca Nacional de Santiago. Como ya existe el reconocimiento oficial de la otra parte, ahora sí es posible que una comisión bilateral de expertos y alejada de toda politización, estudie el listado entregado, lo compare con la “lista Domeyko” y escudriñe en otros repositorios chilenos, en busca del patrimonio que también le fue expoliado, entre otros, al archivo de Torre Tagle y a la Universidad de San Marcos. Por tanto, espero que no resulte descabellado entender esta entrega como un auspicioso primer paso para otras que serán el resultado del trabajo de dicha comisión.

La historia diplomática nos ha enseñado que todo proceso de reconciliación binacional contiene un gesto simbólico, en la significación más profunda del término, de devolución de bienes culturales, en el entendido de que para volver a conciliar, es necesario reconocer los errores o excesos cometidos. Dichas devoluciones tendrán connotación real y fructífera en nuestras mentalidades y en el tipo de relaciones que estableceremos, si se logra que su ejecución no se vicie por rezagos de una injustificada prepotencia, y si en su recepción se consigue minimizar los efectos de una arraigada actitud de sospecha.


(*) Tomado de: Punto.Edu, N° 99, noviembre 2007.
(**) Profesor del Departamento de Humanidades y coordinador de proyectos especiales del Vicerrectorado Académico

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