San Marcos exonerará del pago a 1.000 postulantes

Estudiantes de bajos recursos económicos que hayan tenido como promedio 15 en sus notas serán los beneficiados.

Piden presupuesto para continuar investigaciones

Walter Alva recordó que en el 2016 no se ejecutaron trabajos de investigación arqueológica en Lambayeque.

Se realizarán tours nocturnos en Chavín de Huántar

Ministerio de Cultura autorizó visitas para promover importante monumento arqueológico.

Polémica de los Pitufos comunistas ya es mundial

La prestigiosa BBC hace eco de la polémica desatada en Uruguay por comparar a los Pitufos con una sociedad comunista.

¿Se hará realidad la ficción cinemtográfica

Según la agencia, roca espacial circuló demasiado cerca de nuestro planeta.

¿Es la historia la ciencia de los hechos que
sucedieron y no de los que pudieron suceder?, 2

Continuando con el tema del post anterior, traigo a colación el siguiente texto del historiador mexicano Carlos Antonio Aguirre Rojas, extraído de su Antimanual del mal historiador. O cómo hacer hoy una buena historia crítica. En el mismo (p. 46-48), el autor habla del 'quinto pecado capital' del mal historiador: la actitud profundamente acrítica hacia los hechos del presente y del pasado, y cómo esta actitud le impide a ciertos historiadores hacer razonamientos 'contrafactuales' sobre hechos consumados. Las líneas finales, que nos hemos permitido subrayar, son totalmente esclarecedoras sobre el tema de la llamada 'Historia Virtual' que se propone aquí como ejercicio.
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"Otro pecado capital del mal historiador, el quinto, es el de la actitud profundamente acrítica hacia los hechos del presente y del pasado, y hacia las diferentes versiones que las diversas generaciones han ido construyendo de ese mismo pasado/presente. Es decir, la típica actitud pasiva que los historiadores positivistas mantienen siempre frente a los testimonios y a los documentos, lo mismo que frente a los resultados y a los hechos históricos “tal y como han acontecido”. Porque el mal historiador actual, educado en el Manual de Langlois y Seignobos, o en el equivalente nacional de de este mismo texto, no sólo es incapaz de leer los documentos con los que trabaja de una manera que no sea su lectura literal, sino que también es incapaz de “preguntarle” a esos testimonios escritos, algo distinto a lo que ellos declaran o pretenden decir de manera explícita. Es decir, que los malos historiadores ignoran por completo lo que Marc Bloch llamaba la “lectura involuntaria” de los textos, en donde una memoria autobiográfica puede usarse más bien para reconstruir la cultura de las clases dominantes de una época, o en donde un documento de gobierno puede ser utilizado más bien como fuente para la reconstrucción de las formas de exclusión social de una determinada sociedad.

Con lo cual, esta historia acrítica no sólo tiende a ser involuntariamente ingenua, y también cómplice de las ilusiones que los individuos se han hecho sobre sí mismos y sobre su mundo en cada época dada, sino que también termina por legitimar y hacer pasar como verdaderas, a esas falsas percepciones sociales que existen siempre en toda sociedad, y que prosperan persistentemente dentro de la cultura y el imaginario colectivo de los pueblos y de las sociedades humanas. Además, y en la medida que cada época histórica rehace siempre el pasado, en función de sus intereses y urgencias más importantes, este historiador positivista acrítico va también haciéndose solidario de esas diferentes visiones sesgadas y sesgadoras de los hechos históricos, el recoger de manera solo pasiva y puramente receptiva esas distintas reinterpretaciones de las historias anteriores, codificadas en cada uno de los momentos ulteriores a su propio desarrollo.

Por eso, es natural que este mal historiador tenga casi horror al uso del razonamiento “contrafactual”, y que rechace toda especulación acerca de lo que hubiese podido acontecer si el desenlace del drama histórico hubiese sido distinto al que fue. Pero si la historia la han hecho los propios hombres – de modo más o menos consciente -, y si los resultados de cada encrucijada histórica han sido siempre el fruto de la confrontación y el combate entre distintos proyectos de futuro, igualmente impulsados por clases sociales o por grupos humanos, entonces la historia que hemos vivido y construido no era la única posible que podía desarrollarse, y sólo se ha afirmado sobre la derrota y el sometimiento de las varias otras historias alternativas, vencidas pero igualmente factibles.

Por lo demás, es claro que esta historia acrítica con los documentos y con las mismas versiones ya rehechas del pasado, es totalmente compatible con el statu quo que existe y que domina en cada momento. Pues si la historia que fue, era la única que podía ser, entonces el último eslabón de esa cadena de necesidades ineludibles es la historia que es hoy, con los grupos y con las clases que hoy dominan, y con los hombres y los personajes que hoy disfrutan de esa dominación, la que por lógica derivación, es también “necesaria” y es la “única posible”. Explicar entonces, de manera crítica, por qué la historia que aconteció, lo hizo de esa forma y no de otra – una tarea primordial del historiador crítico -, implica igualmente demostrar las otras diversas formas en que pudo haber acontecido, explicando a su vez las razones por las cuales, finalmente, no se impuso ninguna de esas otras formas , igualmente posibles pero a fin de cuentas no actualizadas"
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¿Es la historia la ciencia de los hechos que
sucedieron y no de los que pudieron suceder?, 1

La historia que no fue, pero que pudo haber sido

¿Qué hubiera pasado si Franco perdía la guerra en 1936? ¿Y si Hitler derrotaba a los aliados? ¿Y si Marx no hubiera nacido, existiría el 'marxismo'? ¿Y si la Guerra Fría la ganaba la Unión Soviética? ¿Habría caído el comunismo de todos modos sino hubiese llegado Gorbachov al poder? Preguntas que para muchos resultan ociosas y para algunos un desafío intelectual, la llamada 'Historia Virtual' ha logrado ejercer un un atractivo sobre algunos historiadores que se han aventurado a responder algunas de estas cuestiones. Pero, ¿tiene algún sentido hacerlas y más aún responderlas? ¿Se le es permitido al historiador jugar a la ucronía?
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Mero ejercicio de imaginación o no, la historia virtual puede resultar útil a final de cuentas para conocer los entresijos desconocidos de la historia, valorar el significado profundo de lo que finalmente aconteció, auscultar las posibles consecuencias si hubiesen sucedido de otro modo y, fundamentalmente, explicar por qué no sucedieron de ese otro modo o modos.

¿Qué hubiera pasado si Pizarro fracasaba en Cajamarca? ¿Sería distinta nuestra historia si la propuesta monárquica de San Martín triunfaba? ¿Qué desenlace hubiera tenido la guerra en 1884 si Grau y el Huáscar no hubiesen sido eliminados en 1879? ¿Y si Sánchez Cerro no hubiese sido asesinado, el Apra habría cambiado la historia? ¿Lo hizo durante su primer gobierno o, facilitando el triunfo de Fujimori, al final del mismo? Muchas preguntas que alimentan nuestra imaginación, pero sin lugar a dudas el tema por excelencia de la 'historia virtual' entre nosotros es el de la Conquista española.

Es ineludible siempre la pregunta que ha animado, y seguramente animará, a muchos historiadores, personas y cualquier interesado en nuestra historia: ¿Qué hubiera pasado si Pizarro fracasaba en Cajamarca? Una pregunta que se desgaja en muchas otras: Una vez cobrado el rescate ¿qué hubiera pasado si Pizarro cumplía su promesa de liberar al Inca prisionero? ¿Habrían triunfado los españoles sin la inestimable ayuda de los huancas? Y la muerte de Huáscar ordenada por Atahualpa ¿hubiese cambiado en algo los hechos sino ocurría?

El otro tema es el de la Guerra con Chile, que un historiador definió muy bien como la Guera de las ocasiones pérdidas. Y si hubiese sido la Guerra de las ocasiones aprovechadas ¿de qué modo habría sido el resto de nuestra historia republicana? ¿Quién se atreve con una respuesta? Esta sección está abierta a ellas.

Egipto desestima concurso 'Las Nuevas 7 Maravillas del Mundo'

Ha logrado que las Pirámides de Giza sean retiradas de la votación mundial además de asegurarle un "estatus especial".

Noticia algo vieja, en realidad, la que reproducen los amigos de Perú 21 porque ya desde enero de este año se sabía en la blogósfera (aunque el tema haya pasado casi desapercibido) que las autoridades egipcias estaban empeñadas en boicotear el concurso "Las Nuevas 7 Maravillas del Mundo" por el carácter poco científico y de 'aficionados' del mismo, que pidió y consiguió que las pirámides de Giza fueran retiradas, asegurándoles una condición de 'maravilla perenne'. Sin embargo, el concurso ha calado tan hondo en la población mundial que pocos le han prestado atención a los reparos hechos e incluso han dejado entrever que la actitud egipcia habría estado justificada únicamente por el temor de que las pirámides hubieran salido mal paradas en el resultado final (algo que por cierto hubiera resultado bastante absurdo además de embarazoso).
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Pero es tal la euforia que ha despertado un concurso de tales dimensiones y el carácter globalizado que ha alcanzado, que han termninado por soslayarse aspectos maniqueos y hasta vergonzosos (como un racismo mal disimulado, por ejemplo), que otros sí han señalado oportunamente. En ese sentido, resulta curioso que "muchos de quienes ensalzan las obras de los antiguos peruanos..., sientan un total desprecio hacia los actuales indígenas", lo que no hace más que poner de manifiesto, una vez más, el carácter superficial de todo esto (ya ni se diga del aspecto comercial).

Entonces, ¿por qué votar o no por Machu Picchu? Aunque tal vez la forma correcta de formular la pregunta sea ¿por qué insistir en la votación? Tal vez la respuesta sea una sola: Por la misma razón por la que seguimos viendo jugar a la selección peruana de fútbol: por puro patriotismo.

¡Viva la ignorancia!

Seguimos con la tijera. Acaba de llegarnos, siempre por e-mail y gentil cortesía del personal del Archivo de la PUCP, el último número de su Alerta Archivística (N° 56) correspondiente al mes de abril. En el mismo, además de las consabidas secciones de siempre, encuentro la siguiente nota que suscribo enteramente y que por lo mismo me permito tijereteársela a mi maestro César Gutiérrez Muñoz. A Yolanda la conozco de hace muchos años, desde cuando estudiábamos la carrera de Historia en San Marcos (ella, en realidad, pertenece a una promoción superior a la mía), y puedo dar fe de su entrega a la investigación y su dedicación sincera a los archivos. Que se le haya separado del puesto que ganó, por concurso público, además de una injusticia resulta una torpeza que esperamos no redunde en perjuicio del propio Archivo y la Universidad.
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¡Viva la ignorancia!
Por César Gutiérrez Muñoz


La archivera Yolanda Mejía Carrillo (ypmcpe@yahoo.es) era la jefa del Archivo Histórico Domingo Angulo de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos hasta el 9 de abril, día en que mediante la resolución rectoral n° 01661-R-07 se daba por concluida su designación en tal cargo, al que ingresó el 1 de marzo de 2004 mediante concurso público luego de participar con 34 candidatos. Durante su trabajo de poco más de tres años puso en orden la conducta laboral de los colaboradores –que la ayudaron en el éxito– y estableció con claridad el perfil del archivero, elaboró más de veinte inventarios, redactó la útil guía publicada en 2007, consiguió computadoras y un escáner, trasladó impecablemente la documentación de la Casona a la nueva sede del Colegio Real, fijó normas para la buena conservación y la seguridad de los fondos, se enfrentó a la rutina y a la incomprensión (¿quizá ignorancia?) saliendo, a veces, airosa, pues en estas lides no siempre se triunfa. Hizo mucho más, hasta gastó plata de su propio bolsillo para algunos trámites. Al respecto, el eminente historiador Pablo Macera dice: Gracias a toda esta gestión el Archivo de San Marcos es un ejemplo de eficiencia y modernidad. Por desconocimiento de las cosas o no sé por qué razón San Marcos ha perdido a una gran archivera, quien se va con ese galardón que solo se gana con el esfuerzo y el buen servicio: las gracias y la felicitación de los usuarios, justo reconocimiento que repetimos aquí. (CGM)

"La invariable veracidad de El Comercio"

Como complemento de un post anterior, me permito 'tijeretear' una nota publicada en el diario El Comercio por el historiador Héctor López Martínez en la que explica, con mejor enjundia y sabiduría que este reportero, el surgimiento de esa especie de 'leyenda negra' que en torno a El Comercio se ha tejido con fines interesados. En la misma, mi maestro y amigo deja más que claro el verdadero origen de este infundio, con argumentos que, como él mismo señala, están respaldados por más de tres décadas de investigación en las polvorientas páginas del decano de la prensa nacional.
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La invariable veracidad de El Comercio

Por Héctor López Martínez
Historiador

"El Comercio fue clausurado el 16 de enero de 1880 y solo volvería a publicarse el 23 de octubre de 1883. ¿En qué momento pudo publicar tan temerario infundio?"

La Historia, desde tiempos muy remotos, ha recogido en sus páginas dichos y hechos que nunca se pronunciaron ni ocurrieron. Fueron producto de la imaginación enardecida o interesada de alguna persona. Los ejemplos al respecto podrían ser infinitos y, lo más curioso, es que estas imposturas se han divulgado tanto, a lo largo de los siglos, que dejaron en el olvido episodios copiosamente documentados pero que, en su día, no alcanzaron el impacto que en muchos casos se atizó con pugnaz afán político o de otro orden.

En un aviso que se ha venido publicando reiteradamente en los más diversos medios de comunicación se dice que El Comercio acogió en sus columnas la frase, sin duda ofensiva al patriotismo, que decía: "Primero los chilenos que Piérola", dando a entender que ciertos peruanos preferían la ocupación de nuestra patria por el enemigo antes que la llegada al poder del infatigable caudillo don Nicolás de Piérola.

Desde que Nicolás de Piérola aparece en la escena política como ministro de Hacienda del coronel José Balta, El Comercio no estuvo de acuerdo con su política económica. Este distanciamiento se fue profundizando con el paso de los años y cobró mayor fuerza a partir de 1872 cuando se funda el Partido Civil y Manuel Pardo llega a la Presidencia de la República.

El Comercio, desinteresado y eficaz apoyo de Manuel Pardo y luego de su hijo José, también jefe del Estado, sostuvo encendidas polémicas con "La Patria", órgano pierolista, a tal punto que dos de los personajes más circunspectos de Lima, e inclusive amigos personales, don José Antonio Miró Quesada, director de El Comercio y el doctor José Casimiro Ulloa, director de "La Patria", estuvieron a punto de batirse en el campo del honor. Por suerte, amigos comunes y el sosiego que invade los ánimos después de la tormenta, impidieron que este lance tuviera lugar y ambos periodistas, caballerosamente, se reconciliaron aunque ninguno ab dicó en la defensa de sus ideales políticos.

Al producirse el incomprensible viaje al extranjero del presidente de la República, general Mariano Ignacio Prado, en diciembre de 1879, en plena guerra con Chile, don Nicolás de Piérola, con innegable respaldo popular, asumió el mando del país con el título de Jefe Supremo. Se trataba de un régimen de emergencia, dictatorial, y la libertad de prensa fue conculcada. Por una intransigencia gobiernista, El Comercio fue clausurado el 16 de enero de 1880 y solo volvería a publicarse el 23 de octubre de 1883, cuando el último soldado chileno había abandonado Lima luego de la firma del Tratado de Ancón. ¿En qué momento pudo publicar El Comercio tan temerario infundio? Yo creo que esta frase surgió en 1904 durante la campaña electoral que enfrentó a don Nicolás de Piérola con José Pardo.

La prematura muerte del presidente de la República, don Manuel Candamo, hizo necesarios estos comicios que alcanzaron una virulencia periodística, verbal y hasta física pocas veces vista en Lima y en todo el país. Con esa calumniosa frase se desacreditaba a los civilistas, respaldados por El Comercio, y la gran masa popular, adicta a Piérola, no dudó en repetirla y hasta en creer que era verdadera, arrastrada por la pasión del momento.

Finalmente, permítaseme, poniendo como única garantía mi modesta honra, afirmar que nunca en El Comercio apareció como suyo ese protervo enunciado.

A lo largo de más de treinta años he revisado minuciosamente la colección íntegra del decano de la prensa nacional; he escrito su historia en un libro de más de 500 páginas; he fichado con detalle los aspectos más importantes de nuestra historia republicana en los siglos XIX y XX y jamás encontré dicho texto. ¿Dónde está, en qué edición, en qué año? A los autores del mendaz aviso habría que recordarles lo que dijo Michel Montaigne: "El que no esté seguro de su memoria debe abstenerse de mentir".

* Publicado en el Diario El Comercio, de Lima, el 15 de abril de 2004.

¿No votar por Machu Picchu?


Leo en Choloblog (una de las bitácoras imprescindibles de la blogósfera peruana en el campo de las Ciencias Sociales), un punto de vista opuesto a la postulación de Machu Picchu a una de las Nuevas Siete Maravillas del Mundo, una campaña a la que incluso este blog se había sumado (como tantos otros). Y lo hacen con argumentos que no sólo resultan sólidos, sino también inquietantes, toda vez que son respaldados por Luis Millones, uno de los historiadores y antropólogos de mayor prestigio en el país. Es así que desde la perspectiva de los amigos de Choloblog, semejante campaña no sólo resulta engañosa sino a la postre perjudicial para los involucrados.
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Como a cualquier científico social digno de respeto, a Millones se le pueden objetar muchas cosas, muchas argumentaciones, pero una de ellas jamás sería la de abanderar un nacionalismo trasnochado (que su texto, por cierto, no trasluce), y mucho menos la de promover un inmovilismo que, contrariamente, sí arriesga. Bajo su propia argumentación, cualquier excavación arqueológica (y el saqueo de la tumba del Señor de Sipán sería una prueba de ello), sería más o menos peligrosa por no decir un atentado contra el futuro del patrimonio nacional. Además, incomoda, por tratarse de Millones, encontrar en su texto, aunque sea mínimamente, 'yerros' que en él resultarían imperdonables: no se llevó lo expoliado a la Universidad de Harvard sino a la de Yale, y aquello de 'gringo ladrón' en el contexto de un debate resulta excesivo (aunque sea cierto). Sino fuera porque el texto es presentado por uno de los blogs de mayor prestigio y credibilidad, casi podría afirmar que el texto es apócrifo. Pero, valgan verdades, está tan bien sustentado que todo apunta a que sí es de él.

Quien suscribe estas líneas no niega el carácter predominantemente comercial de esta campaña, inevitable en este tipo de eventos, pero arriesgar consecuencias tan calamitosas como a las que llega Millones pueden resultar verdaderamente aventuradas.

Como parte de promoción del debate que en Choloblog buscan, me he permitido reproducir el texto de Millones que ellos a su vez reproducen.


No votar por Machu Picchu
Por Luis Millones
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¿Hace falta ser reconocidos como poseedores de una maravilla mundial? No lo creo. Sobre todo si la consecuencia será una acelerada destrucción de nuestro principal patrimonio histórico en aras de un suculento negocio que se reviste de turismo y que no es otra cosa que una de las tantas formas de depredación que el capital viene realizando en contra de las riquezas naturales e históricas del planeta en que vivimos, las mismas que, gracias al sistema capitalista, que las denuncias de Al Gore no alcanza a señalar, están poniendo en peligro la existencia misma del planeta.

Por eso pienso que “no gracias”, los peruanos no necesitamos que nadie nos reconozca nuestras riquezas. Ya tenemos bastante con haber sido convertidos en “país minero” y que debido a las inconmensurables riquezas minerales de nuestro territorio, nuestra historia de los últimos 500 años sea la historia de un empobrecimiento que cada vez es mayor y que parece no tener límite.

No. No debemos votar por el reconocimiento de Machu Picchu. Es mejor que nadie sepa que existe. Gracias a eso pasó desapercibido y pudo sobrevivir hasta que el gringo ladrón se llevó nuestras riquezas para la Universidad de Harvard que ahora no las quiere devolver. Ya la ambición depredadora del capitalismo fracturó el Intihuatana que coronaba la arquitectura de nuestro más valioso patrimonio histórico y la destrucción ambiental que se está produciendo para albergar turistas, que recien está en sus comienzos, puede llevar a destrozos mayores.

Salvemos Machu Picchu de la depredación capitalista, no necesitamos ningún reconocimiento. No votemos por su depredación.

El 'nacionalista' Ollanta Humala ¿sabe algo de historia nacional?

Humala: Cero en HistoriaOllanta Humala nunca deja de sorprender. El día de hoy en declaraciones a Ampliación de noticias de RPP, el líder nacionalista Ollanta Humala volvió a dejar sentado su oposición y la de su agrupación política a la firma de un Tratado de Libre Comercio del Perú con Estados Unidos, deplorando en ese sentido que "el presidente Alan García haya viajado a Washington de manera desesperada para agilizar la aprobación del acuerdo". En el transcurso de sus declaraciones afirmó que los nacionalistas han tenido éxito al poner como tema de la agenda nacional el problema limítrofe que el Perú tiene con Chile, para lo cual utilizó una comparación que habla muy poco bien de su escaso conocimiento de la historia nacional: "Para lograr que medios de comunicación tan conservadores y con un pasado pro chileno como El Comercio hayan asumido la bandera, como que ellos… han encontrado la mesa servida", dijo.
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El líder nacionalista lo tiene todo confundido, lo cual no es de extrañar si tomamos en cuenta que ha quedado ya bastante confundido luego de casi haber logrado la presidencia de la república con más de seis millones de votos que de la noche a la mañana los dilapidó si apreciamos su escasa, por no decir nula, influencia que tanto él como su agrupación tienen en la escena nacional en la actualidad. Pero de ahí a afirmar que El Comercio tiene un pasado pro chileno dista mucho. Eso no es confusión, es ignorancia.

Confunde prochilenismo con el hecho de que el diario haya sido fundado por un chileno, Don Manuel Amunátegui, en 1839, algo que cualquier persona medianamente enterada, no digamos ya culta, sabe. Confunde o ignora, lo cual es peor, que fue el diario que, poco después de empezar la guerra fue clausurado y que se negó a publicarse, cuando las autoridades chilenas de ocupación exigían la normalización de las actividades cotidianas de la ciudad, mientras se mantuviera un sólo soldado chileno durante la ocupación que sufrió la capital por el ejército vencedor durante cuatro años. Pero por sobre todas las cosas ignora, y que en su calidad de líder de una agrupación política resulta vergonzo cuando no imperdonable, que muchos mitos o leyendas urbanas que existen sobre nuestra historia nacional son eso, pura leyenda. Como aquella de que en las páginas de El Comercio se festejó las derrotas del ejército peruano como propias o la más lamentable aún según la cual en ellas apareció la vil frase "Primero los chilenos que Piérola", un infundio que nació al calor de la lucha política y partidaria muy posterior a la guerra.

Si las pretensiones del señor Humala persisten y se presenta nuevamente en el 2011, le aconsejamos que repase sus clases de historia nacional para evitarse papelones como los de hoy que lo dejan muy mal parado. Más de lo que está.

"Soy el periodista chileno que reveló..."

Hemos recibido como comentario al post anterior el siguiente texto del periodista chileno Marcelo Mendoza que, por el valor del mismo y el espíritu que lo anima, hemos creído por conveniente publicarlo como un post independiente. Un texto que, por cierto, dice mucho de su autor, de los chilenos y el buen nombre que el país hermano del Sur merece.

"Soy el periodista chileno que reveló la lista de los libros saqueados por nuestras tropas para la ocupación de Lima en la Guerra del Pacífico. Junto con comprometerme, por una elemental conducta de reparación moral de actos ignominiosos hechos en el pasado, a seguir haciendo todo lo posible por ayudar a procurar la devolución de la mayor parte de ese tesoro arrebatado a su patrimonio cultural, quiero decirles que muchos compatriotas piensan como yo, incluidos historiadores. Hay una carta circulando, cuya iniciativa incluso nació acá, en que se pide a las autoridades políticas chilenas esa devolución (http://www.letras.s5.com/aa050307.htm), de la que soy firmante, junto a otros profesionales e intelectuales de Chile, Perú y Bolivia. Como verán, los datos inobjetables entregados en ella acerca del saqueo están reproducidos de mi investigación publicada en abril de 2006 en Diario Siete de Santiago (ya desaparecido) y reproducida al día siguiente en La República de Lima.
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Aún persisten en mi país algunos políticos e historiadores de trasnochado chovinismo que se resisten a aceptar esta devolución, e incluso algunos con el desparpajo de negar el saqueo, que está consignado en nuestro Diario Oficial, como pude hacer público al hallar la lista que hizo el sabio Ignacio Domeyko de ese botín. Pero no me cabe duda que son los menos. La actual directora de la DIBAM en Chile anunció la devolución de parte importante de esos libros; espero que sea una decisión oficial del actual gobierno. Espero que ocurra pronto. Así se lo hice saber a la periodista que me entrevistó en Santiago. Recién en este blog pude ver una pequeña parte de su reportaje televisivo difundido en Lima. Me gustaría mucho poder verlo completo, pero no me ha sido imposible. Les agradecería mucho que me ayudaran a acceder a él.

La devolución por parte del gobierno chileno de los libros saqueados en la Biblioteca de Lima (entre otros saqueos ignominiosos incluso para tiempos de guerra) nos hará muy bien a los chilenos para reponer, en parte, nuestro patrimonio moral.

Un abrazo fraterno,"


Marcelo Mendoza

'Todo lo que Chile se llevó durante la Guerra del Pacífico'

¿Permitirá la derecha chilena que se repare un acto de rapiña que sólo empaña el buen nombre de Chile y los chilenos?



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El domingo 8 de abril el programa Panorama de Panamericana Televisión Canal 5 emitió un reportaje sobre la posibilidad que ha expresado Chile de devolver los libros de la antigua Biblioteca Nacional de Lima saqueados durante la Guerra del Pacífico, específicamente durante la ocupación chilena de la capital peruana luego de perder las batallas de San Juan y Miraflores en 1881. Aunque de por sí el tema (la existencia en la Biblioteca Nacional de Chile de libros resultados de un pillaje en tiempos de guerra) resulta polémicos para muchos en el país del sur, el reportaje no hizo más que poner en evidencia, una vez más, lo que es ya una constante en el asunto: Chile no sólo se niega a devolver lo expoliado en 1881 sino que además se niega a reconocerlo, agregando incluso que tales libros no existen. Sin embargo, ha sido un periodista chileno, como se señala en el propio reportaje, quien ha puesto el dedo en la llaga: los libros no sólo existen sino que además existen pruebas de ello.

Aunque existen muchos sectores en Chile que son partidarios de la devolución, la pregunta que subsiste sigue siendo: ¿Permitirá la derecha chilena que se repare un acto de rapiña que sólo empaña el buen nombre de Chile y los chilenos? Todo parece indicar que no podrá evitarlo y que a la postre la restitución ocurrirá como debe de ser.

Por otro lado, soy partidario, vale la pena mencionarlo, que el 'Huáscar' permanezca en Chile como trofeo de Guerra que es. Jamás estaría entre los que solicitan su devolución porque representa, a mi modo de ver, una súplica que el buen nombre y prestigio de Grau y sus hombres, ganados en combate, no merecen. Pero la devolución de lo robado no sólo es un acto de justicia y restitución debida, sino además una muestra de civilización y cultura que el gobierno de Chile debe y deberá mostrar.

Don César Lévano


Ayer, en la sección 'Nos escriben y contestamos', la revista Caretas publicó este pequeño recuadro como respuesta a la carta de un lector. Aunque Caretas es muy celosa con sus contenidos, me atrevo a reproducirlo aquí como un homenaje a mi viejo profesor de periodismo, que convirtió todo el semestre en que me tocó estudiar con él, en un ejercicio inolvidable de buena lectura. Fue gracias a él que me acerqué y conocí los mejores libros de ensayos (un género muy apreciado por él), que haya leído en mi vida. ¡Saludos, Maestro!

‘Años interesantes. Una vida en el siglo XX’

Las Memorias del historiador Eric Hobsbawm

El historiador británico Eric Hobsbawm nació en Alejandría (Egipto) el 9 de junio de 1917. Vivió con su familia primero en Austria y luego en Alemania hasta la llegada de los nacionalsocialistas al poder en 1933 (eran judíos de origen británico), trasladándose luego a Londres. Se unió al Partido Comunista Británico (hoy desaparecido) cuando estudiaba en Cambridge, en el que luego llegó a formar el Grupo de Historiadores del Partido Comunista. En el siguiente capítulo de sus ‘Memorias’ habla de los tiempos de la Guerra Civil española y del clima que se vivía en los años treinta y que ya auguraban los tiempos que vendrían. De este estupendo libro, hace poco escuché decir a un profesor que la gran pregunta a lo que intenta responder el mismo es ¿Por qué sigo siendo comunista a pesar de todo?
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"Todo lo que sucedía en Cambridge durante aquellos años estaba impregnado de la conciencia de que vivíamos en un periodo de crisis. Con anterioridad a la ascensión de Hitler al poder, la discreta radicalización estudiantil de la época se vio precipitada casi con absoluta seguridad por la crisis económica mundial, la desastrosa caída del Gobierno laborista de 1929-1931, y manifestaciones tan dramáticas de lo que significaba el paro y la pobreza en masa como las Marchas del Hambre que se llevaron a cabo en las zonas industriales apagadas e inactivas. A partir de 1933 pasó a ser cada vez más un movimiento de resistencia ante el avance de las dictaduras fascistas, y la consiguiente guerra mundial que dicho avance conllevaría sin duda alguna; esto quiere decir un movimiento dirigido contra los Gobiernos británicos acobardados además de capitalistas e imperialistas, que no hacían nada para detener el giro hacia el fascismo y la guerra. En la segunda mitad de la década de 1930, y especialmente tras el estallido de la Guerra Civil española, ésa fue a todas luces la fuerza principal que se escondía tras el significativo crecimiento del Club Socialista: el efecto de Munich en Cambridge supuso que el Cambridge University Socialist Club (CUSC) reclutara 300 nuevos miembros en una semana.

A lo largo de toda esa década, la nube negra de la inminente guerra mundial dominó nuestros horizontes. ¿Podíamos evitarla? En caso contrario, ¿cómo debíamos actuar?, ¿debíamos acaso combatir “por el rey y la patria”, principio al que el Sindicato de Oxford había rechazado adherirse de forma notoria en 1933? Sin duda, no, ¿pero debíamos luchar en absoluto? El pacifismo dividía a la izquierda de Cambridge, o mejor dicho, la torpe combinación del movimiento antifascista y el antibelicista, pues iba mucho más allá de los grupos interesados en la política de partidos y movimientos, e incluso más allá del ámbito de la religión organizada. Como este pacifismo apolítico desapareció casi por completo tras la caída de Francia en 1940, a menudo se olvida la fuerza que tuvo durante los años treinta. De hecho, el pacifismo fue el único tema importante que dividió a la izquierda de Cambridge, pues dentro del Club Socialista la línea de amplia unidad antifascista defendida por el Partido Comunista gozaba prácticamente de un apoyo unánime. Sólo un miembro destacado, Sammy Silkin, del Trinity Hall, abogaba por la postura oficial del Partido Laborista, siendo, por consiguiente, objeto de aprecio como prueba del gran alcance ideológico del club (a diferencia del propio Partido Laborista, que excluía toda organización que diera cabida a los comunistas).

En general, el CUSC significaba el “Cambridge rojo” de los años treinta, aunque literalmente esta definición fuera incorrecta, pues incluso en su momento de mayor apogeo, a comienzos de 1939, apenas contaba con 1.000 miembros de los casi 5.000 estudiantes, y cuando ingresé en la universidad, en otoño de 1936, con sólo unos 450. El partido nunca tuvo mucho más de 100 afiliados. No obstante, teniendo en cuenta los orígenes familiares, el entorno sociopolítico y las costumbres tradicionales de los estudiantes de las universidades más antiguas, así como las tendencias políticas abrumadoramente derechistas de los universitarios de la Europa occidental y central de entreguerras, el dominio ejercido por la izquierda tanto en Oxford como en Cambridge durante los años treinta resultaba bastante sorprendente. Y más considerando que la izquierda, con la excepción de la London School of Economics, no era particularmente fuerte en los demás centros británicos de educación superior.

Pero, más significativo aún, la transformación política de Cambridge se produjo desde abajo. La política característica de los profesores de la institución era sin lugar a dudas la del centro moderado, y no, como ocurría en Oxford, fuertemente conservadora; pero entre ellos era raro encontrar a partidarios prominentes del Partido Laborista, y los de ideología comunista podían contarse con los dedos de una mano. Incluso una campaña tan poco controvertida como la organizada nominalmente por el Consejo de Cambridge por la Paz —en la que se consiguió, en otoño de 1938, la entonces sustanciosa suma de 1.000 libras esterlinas con destino a las mujeres y niños damnificados de la España republicana— recibió el apoyo oficial de sólo dos directores de los colleges (St. John’s y King’s), seis profesores —sólo uno (M. M. Postan) de historia—, un eminente profesor pacifista y Maynard Keynes. En el ámbito de las ciencias naturales fueron los jóvenes físicos y bioquímicos de las dos centrales eléctricas intelectuales, Cavendish y el Laboratorio Bioquímico, quienes hicieron de Cambridge una institución roja. Pero las ciencias de la universidad siguieron su propio trayecto a nivel político, realizando sus campañas en torno al Grupo Antibelicista de los Científicos de Cambridge, que influirían en la conciencia de la sociedad principalmente demostrando la incapacidad de las defensas del Gobierno frente a los ataques aéreos y a los gases tóxicos durante la guerra. Hasta finales de 1938 no se estableció un grupo de la facultad de científicos en el seno del Club Socialista. Aparte de la sección de Ciencias Naturales, no cabe la menor duda de que fue la conversión de los estudiantes lo que hizo de Cambridge una institución roja.

¿Quiénes eran los rojos de Cambridge? La pregunta tiene una respuesta más fácil en el caso de los comunistas, menos numerosos, que en el del CUSC. Antes de la aparición del antifascismo y del Frente Popular hubo algunos aristócratas, como, por ejemplo, uno de pomposo nombre, A. R. Hovell-Thurlow- Cumming-Bruce, posteriormente juez de gran magnanimidad, que de pequeño había jugado en Chatsworth, donde rompió uno de los colosales jarrones orientales del duque; pero en su mayoría procedían de la clase media-alta, compuesta por profesionales prósperos o muy ocasionalmente por hombres de negocios; esto es, más Schlegel que Wilcox (si utilizo la distinción tan conveniente que aparece en la novela de E. M. Foster Howards End). La “aristocracia intelectual” de Noel Annan estaba bien representada, cuando menos por el carismático John Cornford, biznieto de Charles Darwin, pero no era dominante. La proporción de miembros provenientes de las escuelas públicas era notablemente menor en mi época; es tras el estallido de la Guerra Civil española cuando se disparó el número de militantes del partido y del CUSC. Los institutos de secundaria de Inglaterra y Gales (pero no sus homólogos escoceses) estaban seguramente mejor representados en el partido, y sin la menor duda entre los líderes del mismo, que en el grueso de los estudiantes de Cambridge. En aquella época, el comisario jefe local del ala estudiantil del partido era un matemático de St. John’s, muy delgado y de aspecto famélico, perteneciente a una familia de la clase obrera, llamado George Barnard, que al final de su carrera llegó a ser presidente de la Royal Statistical Society y a ocupar una cátedra en la Universidad de Essex, y cuya hermana, Dorothy (Wedderburn), a la que conocí después de la guerra, se convertiría en una de las mejores amigas de Marlene y mías. Igualmente destacable, aunque algo posterior, fue el papel desempeñado por Ralph Russell, un estudiante de clásicas de clase obrera de inflexible conducta bolchevique (le llamábamos Georgi, por Georgi Dimitrov, el secretario del Komintern). Era también probable que los estudiantes provenientes de las escuelas progresistas (Bedales, Dartington, etcétera) dieran un giro a la izquierda, al igual que los jóvenes de las familias cuáqueras. Se ha indicado a veces que los judíos estaban representados ligeramente en exceso, pero yo no recuerdo que fuese así. Entre el pequeño grupo de estudiantes judíos de Cambridge, pese a su tendencia a simpatizar con los liberales y los laboristas, el comunismo —ateo y antisionista— logró atraer a muy pocos. Si hubo alguien en mi época considerado un destacado estudiante judío de izquierdas fue el surafricano Aubrey Eban (Abba Eban), destinado por sus aptitudes políticas a Israel, cuyo sionismo le mantuvo a salvo de las tentaciones comunistas. Los pocos miembros judíos del partido tampoco consideraron su judaísmo hasta que —creo recordar en 1937— King Street decidió que debíamos formar, como hicimos, un comité o grupo judío en Londres, a cuyas reuniones Ram Nahum y yo asistimos a regañadientes unas cuantas veces, hasta que nos dimos cuenta de que tenía muy poca conexión con nuestra actividad. Recuerdo el comité por mi primera toma de contacto con los comunistas del East End, que no podían parar de contar chistes judíos (divertidísimos), práctica que no solía darse en las reuniones del partido en Cambridge.

No cabe duda de que este tipo de análisis sociocultural arroja alguna luz sobre la distinción entre la derecha y la izquierda de Cambridge, pero resulta menos ilustrativa que otro fenómeno todavía por explicar. Más de un observador quizá coincida con Henry Ferns en que “el único elemento común a todos los comunistas que conocí (en Cambridge) era su gran inteligencia”. Durante los años treinta, la izquierda atrajo a los miembros intelectualmente más brillantes de la generación estudiantil de las mejores universidades del país.

Por muy amplio que fuera su número, los miembros del CUSC también se caracterizaban por sus intereses intelectuales, aunque el club era lo suficientemente consciente de la dimensión social de la vida para organizar una clase de baile. La asociación gozaba de la importante ventaja, de la que no disfrutaban muchas sociedades estudiantiles, de contar con una gran afiliación en Girton y Newnham, cuyo concepto de activismo político, aunque tan serio como el de los hombres, solía ser menos duro. (La primera tarjeta que recibí del Día de los Enamorados me la escribió colectivamente el grupo de Newnham del Partido Comunista, del que yo era instructor político). Se tomaban muy en serio los estudios. “El comité desea a todos los miembros del CUSC éxito en sus Tripos”, se auguraba en el boletín ante los exámenes de 1937. “Ojalá vayamos tan por delante en el frente académico como en el político”. Empezando por los lingüistas y los historiadores modernos, el club organizó grupos de facultades para debatir los problemas que presentaban sus materias, y a finales de 1938 tenía 12, entre ellos los de sectores tan poco prometedores políticamente como el de la agricultura, la ingeniería y el derecho. Por otro lado, el desprecio por los deportes organizados (pero no, por supuesto, por pasatiempos tan tradicionales del Cambridge progresista como las largas caminatas y el montañismo) formaba parte de la conciencia política del CUSC. Esta asociación se vanagloriaba del éxito (frecuente) de los socialistas o los comunistas en el sindicato, de su presencia en el teatro y el periodismo —hubo una época en la que los presidentes del sindicato y el ADC (la principal asociación teatral) y el editor de Granta pertenecían al partido—, pero no recuerdo que tuviera ningún interés particular en convertir a alguna de las famosas estrellas deportivas de la universidad —tarea realmente ardua—, ni en los logros de sus propios miembros en el campo de los deportes o del montañismo.

Para cualquiera de sus actividades, el CUSC emprendía campañas: con constancia, pasión y un espíritu de confianza esperanzada que no deja de sorprenderme todavía cuando, ya de mayor, vuelvo la mirada amis años de estudiante en Cambridge, aquellos años en los que Europa (pero aún no el mundo entero) se precipitaba hacia la catástrofe.

El titular más conciso acerca de la política europea en los años treinta demuestra que, desde el punto de vista de la izquierda, dicha política había sido una sucesión prácticamente ininterrumpida de desastres. Debo admitir que, como dice el Gaudeamus igitur, la época de estudiante no es un periodo para estar deprimido, pero ¿no tendríamos que habernos desesperado un poco más? No lo hicimos. A diferencia del movimiento antinuclear posterior a 1945, no sentíamos que estuviéramos entablando en la retaguardia una batalla, probablemente perdida de antemano, contra unas fuerzas enemigas fuera de nuestro alcance. Vivíamos de crisis en crisis, organizando nuestros días como lo hacen los equipos de fútbol, de partido en partido, cada uno esforzándose al máximo. Por lo que concernía a Cambridge, ganábamos la partida. Cada temporada superaba la anterior. En cierto sentido, la izquierda estudiantil compartía el distanciamiento de la universidad del centro nacional, por no hablar de su tradicional ensimismamiento. En la práctica cotidiana, para los camaradas de Cambridge, el partido y la Internacional significaban el partido estudiantil de Cambridge, pues nuestro único contacto regular con la jefatura nacional antes de la guerra tenía lugar a través de Jack Cohen, organizador de la sección estudiantil notablemente poco autoritario, cuya dirección política acatábamos de la forma más natural, pero que era consciente de que si un obrero poco formado en la disciplina oficial aterrizaba en las bases estudiantiles proveniente de otras tareas del partido en el noreste industrial, tendría mucho que aprender acerca de las universidades.

Y, sin embargo, ¿éramos realmente capaces de olvidar que nuestro máximo triunfo, la Semana de España, se obtuvo en un momento en el que la República Española estaba a todas luces desmoronándose y prácticamente desahuciada? Es más, aunque nos dedicamos a contarnos películas acerca de cómo podía evitarse la guerra mediante una resistencia colectiva firme contra Hitler, en realidad no nos las creíamos. Sabíamos perfectamente que se avecinaba una segunda guerra mundial, y no teníamos esperanzas de sobrevivir a ella. Recuerdo una mala noche en la habitación de un hotel, creo que de Lyon, en medio de la crisis de Munich de 1938 —yo regresaba de un largo viaje de estudios que realicé al norte de África francés—, cuando de repente me sentí invadido por el pensamiento angustioso de que el estallido de la guerra era cuestión de días. Las pesadillas de bombardeos aéreos en masa y nubes de gas venenoso, contra las que, como tantas veces nos habían advertido, era imposible protegerse, se harían realidad. En el mes de septiembre de 1939, la histeria no tenía parangón. Aquel año, desde Munich hasta la invasión de Polonia, nos permitió acostumbrarnos a la idea de una guerra.

Creo que mantuvimos el optimismo por tres razones. En primer lugar, sólo teníamos un grupo de enemigos: el fascismo y aquellos que (como el Gobierno británico) no querían oponerse a él. En segundo, ya había un campo de batalla (España) y estábamos en él. Nuestro héroe particular, el carismático John Cornford, cayó en el frente de Córdoba el día de su vigésimo primer cumpleaños. Lo cierto es que él y uno o dos más que habían marchado para España en el verano de 1936, iban a ser nuestros únicos participantes directos en la guerra, pues curiosamente —este hecho apenas ha sido puesto de relieve— al final una decisión del partido al más alto nivel evitó el reclutamiento de estudiantes para las Brigadas Internacionales, salvo que estuvieran cualificados militarmente, fundamentándose en que su primer deber con el partido era terminar una carrera de provecho con sobresaliente y ofrecer así, en la medida de lo posible, su mejor ayuda al partido. Por último, creíamos saber cómo sería el nuevo mundo cuando el antiguo hubiera llegado a su fin. En esto, como todas las generaciones, estábamos equivocados.

De ahí que, para nosotros, la de los treinta estuviera muy lejos de ser la “década deplorable y deshonesta” de Auden, un poeta desencantado. Para nosotros fue una época en la que la buena causa se enfrentó a sus enemigos. Disfrutábamos de ella incluso cuando, como para la mayoría de los radicales de Cambridge, no ocupaba la totalidad de nuestro tiempo, y a decir verdad llevamos a cabo algunas tareas en pro de la salvación mundial porque de eso se trataba. “Por otro lado, evitábamos esa agotadora sensación de infelicidad que en la actualidad frustra a los individuos cuyo instinto los lleva a sentir los problemas del mundo exactamente del mismo modo que sentíamos entonces, pero a los que les resulta imposible traducir sus sentimientos en acciones, como hicimos nosotros”.

Cuando nos poníamos manos a la obra “distribuíamos equitativamente nuestras emociones y nuestras energías entre los sectores público y privado del paisaje”, o más bien no establecíamos una clara distinción entre dichos sectores. Es verdad que cantábamos, con una melodía del tipo de Cole Porter: “Acabemos con el amor / Y a partir de ahora digamos / Que en nuestro corazón sólo / Hay sitio para los trabajadores. / Acabemos con el amor / Hasta que llegue la revolución / Mientras la esperamos el amor es / Un sentimiento antibolchevique”.

No obstante, como la existencia de una buena camaradería entre hombres y mujeres emancipados formaba parte de la causa, no vivíamos de acuerdo con esa aspiración, aun cuando la vida privada de los comunistas de Cambridge, al menos la de los políticos más especializados, fue, al parecer, mucho menos pintoresca que la de sus contemporáneos de Oxford. El carácter del CUSC y el del partido era, por supuesto, abrumadoramente heterosexual, como de hecho sucedía, aparte de los círculos teatrales y del King’s College, entre los estudiantes en general. En los años treinta, incluso los Apóstoles habían dejado atrás la época de la “sodomía superior” eduardiana. No cabe duda de que algunos de nosotros no éramos tan ingenuos como Henry Ferns, que afirma que “nunca conocí en Cambridge a un comunista que fuera homosexual”, pero es cierto que dentro del Komintern no se hacía alarde de la pertenencia al Komintern (y todavía menos en el seno del CUSC). En ambos casos se consideraba un tema privado".

El gran proyecto moche *

El pasado 8 de abril se celebraron los 20 años del descubrimiento de las tumbas mochicas. Hoy, su descubridor busca crear el parque arqueológico de Sipán

Por José Vadillo Villa
(jvadillo@editoraperu.com.pe)

Walter AlvaSi al doctor Walter Alva le dieran la oportunidad de ponerle un título a 2007, lo llamaría el año Sipán. Para el arqueólogo, se ha dado una serie de “coincidencias extraordinarias” que auguran una gran celebración, por las dos décadas del descubrimiento de las Tumbas del Señor de Sipán, Chiclayo, Lambayeque. Enumeremos: el próximo 15 de abril se iniciarán las excavaciones en la zona de Sipán y Huaca Rajada (en abril de 1987, también se iniciaron las labores que darían por luz las afamadas tumbas). Los nuevos trabajos han motivado la realización de un docudrama por parte de la española Explora Films, una de las grandes productoras de temas culturales a escala mundial; además, se está por terminar las obras de agua y desagüe en el poblado de Sipán y el proyecto del museo de sitio.
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¿Qué tan avanzado está el proyecto del museo de sitio de Sipán?

–Ahora elaboramos el expediente técnico para esta obra, que tendrá una superficie de mil metros cuadrados. Puede poseer varias fuentes de financiamiento: el del Fondo Ítalo-Peruano, que ya nos apoya; el Gobierno peruano, a través de la Unidad Ejecutora 111 Naylamp-Lambayeque, que cuenta con recursos presupuestales estatales y permite captarlos directamente. Además, de las entidades privadas.

¿Por qué crear otro museo teniendo el de las Tumbas Reales de Sipán (en Lambayeque), que usted dirige?

–Tenemos que prever que toda la información o hallazgos que puedan traer las investigaciones deben quedarse en Sipán. El monumento en sí debe convertirse en su conjunto en un verdadero museo, con un área cultural, con exposiciones al aire libre y un museo de sitio; y un área recreativa-turística con recreaciones de las tumbas descubiertas y un proyecto permanente. No olvidemos que parte del atractivo turístico de un monumento es que la gente vea a los arqueólogos investigando.

¿La mayor parte del fondo Naylamp está destinada a la investigación arqueológica?

–El fondo es un presupuesto de ocho millones de nuevos soles para los tres museos que hay en Lambayeque y el museo de sitio de Túcume. No es mucho dinero, lo importante es que nos independiza del INC, permitiéndonos la administración de nuestros propios recursos. En el caso del Museo de las Tumbas Reales, tenemos excedentes que nos servirán para mejorar el museo, desarrollar nuevos proyectos de investigación y hacer obras en las comunidades.

¿Cuál es la respuesta del Fondo Ítalo-Peruano a la propuesta del museo de sitio?

–Magnífica. Nosotros como las comunidades aledañas a Huaca Rajada y Sipán estamos sumamente agradecidos, ya que hasta hoy se ha invertido cerca de seis millones de nuevos soles con obras que están en plena ejecución, de agua y desagüe. Se crea una infraestructura turística para el monumento en sí, como un mirador, un centro artesanal y, por supuesto, el museo de sitio de Sipán.


Cifras y datos

26 de julio de 1987, fecha de descubrimiento de las Tumbas del Señor de Sipán.

140 mil visitas recibió en 2006 el Museo de las Tumbas Reales del Señor de Sipán.

630 mil nuevos soles destinados para los nueve meses de excavaciones, que se efectuarán en las dos pirámides de Sipán, aún no estudiadas.

6 millones de nuevos soles del Fondo Ítalo-Peruano y dineros propios se usan para mejorar las condiciones de vida de las poblaciones de Huaca Rajada y Sipán.

Al extranjero. Una muestra importante de Sipán se exhibirá en mayo en
el Museo Nacional de Colombia (Bogotá).

Moche. El idioma se habló en algunos lugares del norte hasta inicios del siglo XX.

* Publicado en el Diario El Peruano, el 30 de marzo de 2007.

Basadre y la 'Historia Romana' de Mommsen

Nacido en 1903, el mismo año en que fallecía Mommsen, Basadre siempre reconoció la enorme influencia del historiador alemán en su propia obra

Theodor Mommsen (1817-1903)Considerada una de las más importantes de Latinoamérica e incluso una de las más sólidas a nivel mundial, la obra historiográfica de Jorge Basadre ha llamado siempre la atención por la consistencia y amplitud de la misma, la precocidad demostrada desde sus primeros libros y el permanente interés por la actualización de la ciencia y fuentes históricas.

Esta permanente atención a las novedades de su profesión (en especial a las novedades bibliográficas), fue característico de su trabajo. Un ejemplo palpable de lo afirmado lo constituye su libro ‘Los fundamentos de la historia del derecho’, publicado en 1956 y en el cual las referencias bibliográficas que consigna cada capítulo de la obra resultan no sólo las más recientes sino también las más exigentes en cuanto a teorías y propuestas metodológicas se refiere. De esta bibliografía conviene señalar, como ya lo han hecho otros, la procedencia, en su gran mayoría, la de lengua alemana, lo cual no debiera extrañarnos mucho.
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Familiarizado desde muy joven con la cultura alemana (hay que recordar que casi toda la etapa escolar Basadre la hizo en el Colegio Alemán), ésta habría de manifestarse con toda su intensidad mucho después cuando empiece a pergeñar su obra historiográfica. En esta etapa de formación, la influencia de autores alemanes es notabílisima. Tal es así que el influjo ‘historicista’ de los autores alemanes de fines del siglo XIX y principios del XX, se deja sentir, como lo ha probado el profesor Miguel Maticorena de la Universidad de San Marcos, haciendo un estudio pormenorizado del vocabulario que utiliza Basadre en los libros de esta primera etapa de su obra historiográfica. Pues bien, a la hora de hacer la suma y las restas de estas lecturas fundamentales en su formación, el nombre de Theodor Mommsen (1817-1903), aunado al de su clásica ‘Historia Romana’ (1856), deberá ocupar un lugar especial en la lista. Las similitudes, o deudas, que guarda la ‘Historia de la República del Perú’ con esta obra son muchas.

En el prólogo a la tercera edición de ‘La Historia en el Perú’ (1965) de Riva Agüero, Basadre abre la mencionada introducción con una breve referencia a los autores que se han ocupado de la historia de la historiografía, la mayor parte de ellos alemanes, ponderando el aporte de cada uno de ellos. Líneas más adelante, analizando la obra que prologaba, escribe: “Riva Agüero no debió preferir, sin duda, cuando escribió las páginas de La Historia en el Perú, a las producciones dedicadas sólo a los especialistas, a otros eruditos, a un reducido círculo. Si conoció libros como Historia Romana de Theodor Mommsen, debieron encartarle no sólo por su erudición sólida, cimiento de toda producción perdurable, sino por su saber multifacético, su vitalidad desbordante, su aptitud perenne para atraer a un vasto número de lectores”. Como puede verse, una cita que resulta reveladora sobre las primeras y decisivas lecturas de Basadre.

Basadre, siguiendo a Mommsen, escribió su Historia de la República practicando los principios que halló en la obra del ilustre romanista. Es por eso que no resulta gratuito afirmar que la Historia Romana y la Historia de la República son, cada cual en lo suyo, no sólo lo más completo que se haya podido escribir al respecto, sino también obras difíciles de superar. ¿Resulta exagerado este juicio? No. No porque ambos elaboran obras en las que la erudición no es sinónimo de oscuridad, la profundidad no se riñe con un estilo narrativo asequible a todos los públicos y en las que el análisis del pasado gravita sobre el presente. Por otro lado, tanto nuestro historiador como el erudito alemán han forjado sus espíritus en el ejercicio apasionado de sus ideas.

Políticos y periodistas ambos, los acontecimientos sociales de su tiempo no les fueron ajenos; ya sea con la pluma o con su participación directa en los hechos, la comunión con la “historia viva” les permitió entender mejor el pasado, afilar sus juicios. Mommsen participó en la revolución de 1848, que sacudió a toda Europa; Basadre toma parte en las jornadas estudiantiles de 1920 y más decididamente en el plebiscito de 1926 de Tacna y Arica. Ambos salen heridos de sus respectivas experiencias y con una visión de la historia y la sociedad de su tiempo. Mommsen escribiría más tarde: “Los que han vivido momentos históricos, como yo, empiezan a ver que la historia no se escribe ni se hace sin odio o amor”. Líneas que explican muy bien el tono polémico con que está escrita la ‘Historia Romana’ y que la ha hecho tan atractiva a través de generaciones; como también explica porque la constante preocupación de Basadre en todos sus libros por superar el “abismo social” que separa al “Perú oficial” (Estado) del “Perú profundo” (el pueblo). Quien se haya acercado a la ‘Historia Romana’ y conozca la ‘Historia de la República’ podrá fácilmente advertir la gran diferencia que hay entre el tipo de historia de sus páginas y las de las obras de aquellos que les precedieron.

“Erudición sólida, cimiento de toda producción perdurable”. Lo que apuntaba Basadre en 1965 sobre Mommsen puede decirse de su propia obra. Saber, vitalidad, atracción, eso es lo que hay en la ‘Historia de la República’. En cada una de sus páginas descubre, desmonta y analiza el entramado político que ausculta, pero en el que la geografía, la economía, el derecho y las instituciones, las artes y la literatura, las costumbres populares, la evolución de las ideas, la educación, las relaciones internacionales, están tratadas y expuestos con una prosa que ha convertido a Basadre en un clásico de nuestras letras, del mismo modo que Mommsen se convirtió en un clásico de las letras universales (recibió el Premio Nobel de Literatura en 1902, merecidamente y por más polémica que en su momento haya suscitado su concesión). Resulta asombroso apreciar la agilidad del estilo incisivo en que están escritas ambas historias y que emparenta, una vez más, a ambos autores. La lectura temprana que Basadre hizo de Mommsen le reveló, si no influyó, cuál debería ser el acento que debía imprimirle a su propia obra y que desde sus primeras monografías y estudios puede apreciarse.

En torno a la historia del derecho

El aspecto más polémico en la historia de cualquier disciplina es su periodificación, ya sea porque se emprenda desde una perspectiva tradicional o con un margen de arbitrariedad, es un tema que genera múltiples discusiones.

Toda periodificación en la historia es útil. Más aún si se trata de fenómenos sumamente complejos o de panoramas demasiados amplios. Sin embargo, resulta una verdad de Perogrullo decir que éstas siempre serán blanco de cuestionamientos o desautorizaciones. Lo que queda fuera de discusión es su utilidad y necesidad.
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Ya sea atendiendo a la importancia didáctica que tiene o a la facilidad que presta para concentrarse en puntos más relevantes que otros, toda periodificación debe reflejar, en esencia, las desestructuraciones y reestructuraciones que se presentan al interior de las sociedades (Vilar). Obviando, por un momento, el criterio para elaborarla, una periodificación bien construida debe proporcionarnos, acercarnos a las etapas de continuidad y cambio, de fusión y desintegración social, institucional que definen todo fenómeno visto en conjunto. De ningún modo se trata, claro está, de creer o afirmar, que todo puede ser visto en forma separada, independiente. Esto por cuanto no existen fechas exactas, momentos precisos que establezcan cuando comienza o termina este o aquel periodo, y tampoco porque no existen separaciones absolutas. En este mismo sentido, también se dice que no cabe hablar de periodos estables ni de historias lineales, inalterables porque no los hay tal. Ambas consideraciones se fundan en el hecho de saber que toda sociedad es un ente en movimiento, en constante cambio, en permanente transformación. Que por ello mismo es imposible hablar de tal o cual fenómeno sin referirnos a que éste presenta etapas más acusadas que otras en lo que respecta a la “densidad histórica” de unas frente a otras.

Ahora bien, los criterios que se utilizan para la elaboración de toda periodificación obedecen tanto a consideraciones de tipo metodológico (seriación cronológica, condición política del estado, evolución económico-social), como a las de tipo personal (especialidad en el tema, formación profesional, ideología). Vistas así las cosas, toda periodificación es susceptible de crítica o mejora, siempre y cuando se guarden ciertas reservas en su construcción y no se caiga en generalizaciones absurdas. Existe un aspecto que guarda mayor relevancia cuando se trata de establecer una periodificación en una disciplina que presenta tantas dificultades como lo es la de la Historia del derecho, como veremos ahora.

El Derecho, por su propia naturaleza, es un fenómeno social en el cual la estabilidad (institucionalidad) y el orden (regulación) son los pilares sobre los cuales se levanta. Esto se aprecia mejor cuando nos detenemos a considerar que casi todo el Derecho, el sentido de éste, descansa sobre normas, códigos, leyes, disposiciones, etc., que le dan cuerpo y sustentan. En ese sentido, es preciso preguntarnos si el criterio legalista es el único posible para la periodificación en la Historia del Derecho. Nosotros creemos que no, que existen otras posibilidades para elaborarla.

Asumir el criterio legalista como el único posible no sólo limitaría nuestro trabajo, sino también que lo empobrecería. Este queda prácticamente desautorizado cuando nos detenemos a observar, por ejemplo, la cantidad ingente de cédulas reales que debían proteger al indio y que eran letra muerta en la realidad. O leyendo el artículo 101 del Código Civil de 1852 (¡vigente hasta 1936!) que prohibía a los amos vender o cambiar a sus esclavos sin consentimiento de éstos, norma abrogada el 3 de diciembre de 1854 con el Decreto de Castilla aboliendo la esclavitud. Por otro lado, la seriación cronológica debe manejarse con mucho tino o, contrariamente, sin tanta superficialidad (siglos XIX, XX, época actual) en un campo donde las ideas (iusfilosóficas) juegan un papel tan preponderante como en el Derecho. Discutamos todo esto observando nuestro propio caso.

Llama poderosamente la atención que hasta ahora nos hayamos conformado con la clásica división tripartita que fracciona nuestra historia jurídica en los consabidos Derecho Primitivo o Inca, Derecho Indiano y Derecho Republicano, subsumiendo en cada uno de estos periodos a las épocas preinca e inca, conquista y virreinato, emancipación y república, respectivamente, de nuestros textos escolares.

El avance de las ciencias sociales y de la propia ciencia jurídica nos invitan a intentar una nueva periodificación de nuestra historia jurídica. Una que de nueva sólo tenga el mérito de ser completa; es decir, que se siga respetando esta división tripartita, pero que se atreva a establecer dentro de cada periodo determinados momentos, etapas definidas que los identifiquen, señalen el proceso de permanencia y cambio de un periodo a otro. Pero, esencialmente, una subdivisión (subsunción) que permita conocer ese periodo histórico en su real dimensión jurídico-social. Tomemos como ejemplo el caso de la etapa colonial, la más estudiada al respecto.

No podemos hablar de una historia del derecho indiano así simplemente, dejando de lado las transformaciones habidas en la sociedad y el derecho de esa época. Ejemplos al canto. El aparto administrativo colonial del siglo XVI y los hombres e ideas que lo edificaron no son ni por asomo los mismos del siglo XVIII o el de las primeras décadas del siglo XIX, en plena descomposición ya. Los problemas teórico-jurídicos que suscitó la conquista (la famosa polémica de los Justos Títulos) no constituyen el punto central de la discusión de la ciencia jurídica durante el apogeo de las ideas de la Ilustración, con un Napoleón Bonaparte cambiando el mapa político de Europa a su antojo suscitando verdaderos esfuerzos de interpretación y análisis de conceptos como Legitimidad, Soberanía, Estado Nacional. Las prestaciones laborales, la mano de obra indígena y esclava y sus respectivos ordenamientos jurídicos-legales, presentan particularidades tan disímiles en distintos momentos y en distintos lugares que todavía esperan al historiador que escriba su historia definitiva.

Estas son, a grandes rasgos, algunas ideas para elaborar una periodificación de la historia de nuestro derecho más acorde con los tiempos actuales. Ahora bien, ¿y cuál es, entonces, la periodificación que nosotros proponemos?

El terremoto de 1746

Por Jorge Moreno Matos

Cuando Lima vivió el terremoto más terrible de su historia

José Antonio Manso de Velasco y Sánchez de Samaniego (1688-1767)El 28 de octubre de 1746, a las 10:30 p.m., empezaron los cuatro minutos de horror del sismo que destruyó casi en su totalidad la ciudad de Lima. Hasta entonces la capital del Virreinato había sufrido trece terremotos de gran intensidad, pero fue tal la violencia de este último que un erudito limeño contemporáneo al suceso, don José del Llano y Zapata, escribiría años después que no admite paralelo con la destrucción producida por todos los fenómenos anteriores.

Por la época de la tragedia, Lima era una ciudad de tres mil casas distribuidas en 150 manzanas y con una población aproximada de 60.000 habitantes. De ellos, 1.141 murieron y de las casas apenas si quedaron 25 en pie. Pero el Callao llevaría la peor parte: media hora después del terremoto, un tsunami arrasó con nuestro primer puerto.
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Al día siguiente del terremoto llegó a la ciudad la noticia que dejó boquiabiertos a todos: la ciudad del Callao había desaparecido por completo, no se distinguía el lugar donde antes estaba; apenas si sobrevivieron menos de cien afortunados chalacos.Murieron ahogadas aproximadamente nueve mil personas; de 22 barcos atracados en la bahía, se hundieron 19 y tres terminaron a más de dos kilómetros tierra adentro. Dos pequeños y desafortunados puertos que existían por aquel entonces, Cavalla y Guañape, desaparecieron para siempre y ahora solo nos queda el recuerdo de su nombre.

El Conde de Superunda

Hasta la fecha el terremoto de 1746 es, tal vez, al que mayor cantidad de estudios y atención le han dedicado los historiadores y especialistas. Pero sobre todo sigue siendo el paradigma del triunfo de la ciudad sobre la destrucción y la muerte.

El virrey que gobernaba el Perú en ese entonces, José Antonio Manso de Velasco y Sánchez de Samaniego (1688-1767), decidió vencer la desolación y tomar cartas en el asunto, de tal manera que emprendió la reconstrucción de Lima.

Hizo tan magna obra que mereció el reconocimiento de sus habitantes y del propio rey que lo premió con un título nobiliario que lo dice todo y que él mismo eligió: Conde de Superunda, que quiere decir "sobre las olas".



* Publicado en el Diario El Comercio, de Lima, el 29 de diciembre de 2004.

Escribir para la red y desde la red *

Guía para no convertirse en un pirata virtual. Un acercamiento al problema de cómo citar documentos electrónicos sin el riesgo de caer en la deshonestidad intelectual

Hoy en día la información que está disponible en Internet es tan ingente que no sólo los escolares recurren a ella para realizar sus deberes de la escuela. A ella también acuden profesionales de todas las tendencias y especialidades, investigadores de reconocida trayectoria académica y hasta venerables humanistas despojados de todo pudor modernizante. Incluso muchos de estos últimos han colocado con su propia mano trabajos de investigación en la red, subyugados por la capacidad de difusión y cobertura casi omnímoda que la web ofrece.
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Sin embargo, el empleo que se ha dado a esta suerte de 'freeware' intelectual ha originado, a su vez, una serie de problemas. Ha permitido, por ejemplo, cuestionarnos sobre los límites éticos que su uso, indiscriminado o no, puede plantear a otros investigadores. El siguiente caso grafica muy bien uno de los tantos problemas actuales a los que se enfrenta hoy la comunidad académica mundial: cómo citar recursos electrónicos y no caer en la deshonestidad intelectual. Hace un par de años, uno de los mayores problemas que se le presentó a un grupo de investigadores cuando trataron de distribuir en una revista de historia un disquete conteniendo el modelo de una base de datos para historiadores con casi cuatro mil registros, fue el referido a cómo éste podría ser citado posteriormente haciendo referencia a la fuente de donde provino. Este impase, aparentemente baladí, pero hoy de una significativa importancia, desalentó la primera tentativa de edición electrónica en el medio.

Un ejemplo también de lo que se afirma lo constituye la abundancia de páginas englobadas todas bajo un mismo rubro: "cómo citar documentos electrónicos", iniciativas personales antes que institucionales que aspiran a sentar las bases de un manual de estilo al respecto. Muchas de ellas apenas si contienen el rigor académico y científico que semejante tema reclama. Sin embargo, justo es reconocer que algunas de estas iniciativas son dignas de mérito, llegando, como es el caso de Janice Walker, a ser adoptadas oficialmente por instituciones respetables. Incluso manuales de estilo tan prestigiosos como el Chicago manual of style y el MLA Handbook for writers of research papers han tratado de manera incompleta y segmentada el tema.

Esta situación obligó a la International Standar Organization a proponer normas ISO que resolvieran en parte este problema. Si bien es cierto que ya ha publicado el borrador de una, la ISO 690-2 orientada a la forma de elaborar referencias a fuentes electrónicas, todavía estamos lejos de alcanzar el consenso en cuanto a este punto.

Las de mejor calidad y seriedad, como de costumbre, son las de las universidades norteamericanas. Empero, existe una página en nuestro idioma que ha resuelto el problema de acuerdo a las exigencias y necesidades para el ámbito iberoamericano, de forma tal que debiera ser casi una exigencia su oficialización. Los profesores Assumpció Estivill y Cristóbal Urbano de la Universitat de Barcelona, han propuesto directrices cuya mayor virtud son su sencillez y exhaustividad, con ejemplos que abarcan todos los tipos de documentos electrónicos hasta el momento conocidos, con comentarios sobre los elementos que componen cada referencia, de modo tal que el panorama que se tiene sobre esta materia es casi completo.

Ahora sí, ante el universo de bases de datos, listas de discusión e interés, correos electrónicos, páginas webs, programas informáticos, revistas en línea, etc. que existen, ya nadie podrá justificar la omisión a cualquier información que haya obtenido de ellos. Ahora cuenta con un manual de estilo que protege tanto su propiedad intelectual como la ajena. Enhorabuena.


Direcciones para un manual de estilo

¿Cómo citar un documento electrónico?
http://www.uca.es/huesped/uci/citedoce.htm

Land, T. Web extension to American Psychological Association style
http://www.beadsland.com/weapas

Citing Online Sources
http://www.quinion.com/words/articles/citation.htm

Electronic Reference Formats of the American Psychological Association
http://www.apa.org/journals/webref.html

Documenting Electronic Sources APA Style
http://library.stmarytx.edu/acadlib/subject/misc/eldocapa.htm


* Este artículo fue publicado en el Diario El Comercio, de Lima el 27 de junio de 1999. Si bien el texto está desactualizado en algunos aspectos, si lo traigo a colación nuevamente aquí es por la actualidad que él mismo ha tomado a raíz del impacto que ha tenido, las últimas semanas, el caso Bryce en la red y entre nosotros.

Selección de los principales titulares del domingo 8 de abril

Prensa Nacional:

García promete tolerancia cero a los capos de la droga, (El Comercio)

La política sí tiene cura, por Renato Cisneros (El Comercio)

Sipán, veinte años después, (El Comercio)

Raelianos crean embajada para recibir extraterrestres, (El Comercio)
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"¿Y el hombre dónde estaba?", por Mario Vargas Llosa (El Comercio)

Cómo informarse en tiempo real sin navegar por páginas web, (El Comercio)

Un mundo de dioses y monstruos, (El Comercio)

El otro amigo de Giampietri, (Perú 21)

Luis Jaime Cisneros: "La educación es un arma política",(Perú 21)

Diez años de 'blogs' que inundan la red, (Perú 21)

UPP, PNP y AP oficializarían alianza parlamentaria, (La República)

Enrique Zileri: "Sin duda, los periodistas corren más riesgos en las provincias", (La República)

Habrá guerra, (Correo)

Ken Schoolland: “Los políticos saben que el poder proviene del miedo”, (Correo)

La tentación de la hipótesis, por Olga Rodríguez Ulloa (Correo)

El lado personal de Víctor Raúl, (Correo)

Habrá terribles conflictos mundiales por cambio climático, (Correo)

Ollanta pide aclarar supuesto acuerdo Chile-Perú que frustró su marcha, (La Razón)

Crece preocupación en Chile por avances peruanos en trámites para ir a La Haya, (La Razón)


Prensa Extranjera:

El desafío iraní: Irán prepara la 'batalla' nuclear, (El País)

Todo un hogar en pleno cementerio, (El País)

No hubo relación entre Sadam Husein y Al Qaeda, (El País)

30 años de la legalización del PCE. ¿El PCE no es un ordenador personal?, (El País)

Tres años conspirando contra la verdad, (El País)

Ponga un famoso en su campaña, (El País)

La ONU y los ecologistas piden medidas urgentes contra el calentamiento global, (El País)

Consecuencias de la meteorología extrema, (El País)

PCE. Clandestinidad, transición y decadencia, (ABC)

El 11-S, en cómic y en español, (ABC)

Sequías, olas de calor e incendios dibujarán en el futuro el mapa del Mediterráneo, (ABC)

La OMS alerta de nuevas dolencias vinculadas al clima, (ABC)

Joaquín Romero-Maura, historiador: «En España hemos llegado a un límite en el que la política es reductora y destructiva», (ABC)

Test House. Lo que jamás deben ser los jefes
, (ABC)

Siervos del KGB, (ABC)

Todas como Pataky, por Beatriz Cortázar (ABC)

Rusia Como si nada hubiese ocurrido, (ABC)

El Papa repasa los males del mundo aunque sin hacer un gesto contra la pena de muerte, (El Mundo)

Llega a España 'El informe 11-S', un cómic para acercar al público la investigación oficial, (El Mundo)

La BBC prescinde del programa de Benny Hill por 'retrógrado y machista', (El Mundo)

20 años de la casa en orden, Por Susana Viau (Página 12)

Una de piratas, Por Santiago O’Donnell (Página 12)

Al final del arco iris. La increíble aventura detrás de un salvapantallas, Por Nick Tosches(Página 12)

Roberto Bolaño. Nadie es profeta en su tierra
, Por Mauro Libertella(Página 12)

El hijo de los anillos, (Página 12)

Libros en el ciberespacio, (Página 12)

Los que queman los libros, (La Nación)

Leonard Woolf, el hombre sin atributos, (La Nación)

Llega al país la obra que pone en duda la validez científica de Freud, (La Nación)

El portero de la escuelita rural y el director del college británico, (Clarín)

Cae en los EE.UU. el respaldo al bloqueo económico contra Cuba, (Clarín)

Alan García, ¿La llamada de la selva o falta de litio?


“Use usted, señor ministro, los aviones A-37 y bombardee, ametralle esos aeropuertos clandestinos,esas pozas de maceración. Tome acciones concretas”

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Una vez le preguntaron al cómico uruguayo Juan Verdaguer cómo hacía para saber si un chiste era bueno o malo. Él, con ese humor elegante que le era característico, dijo que contaba con un método infalible para eso: "Cuando tengo un chiste nuevo se lo cuento primero a mi mujer. Si se ríe, no lo uso", respondió. En política, yo suelo seguir su método: desconfío de todo aquello que mi esposa celebra con demasiado entusiasmo. Sobre todo si se trata de Alan García.

Todavía recuerdo muy bien, cuando éramos jóvenes y solteros y algo ingenuos, su entusiasmo, al día siguiente, cuando se anunció la estatificación de la banca. Yo, la verdad sea dicha, no lo tenía muy claro, no podía saber si aquella decisión, a todas luces tomada para recuperar el favor del pueblo que ya empezaba a criticar los desaciertos de su gobierno, sería beneficiosa para el país o no. Pero aún así, como yo, muchos observabamos aquel suceso esperenzados en que todo redundara finalmente en algo bueno para el país (ya lo dije, todavía nos quedaba algo de ingenuidad). Ya sabemos, de sobra, cómo acabó esa historia, cómo acabó su primer gobierno.

Todo esto se me ha venido de golpe a la memoria cuando, nuevamente, he visto a mi esposa, primero, celebrar los anuncios (para las tribunas, querida, para las tribunas) de su discurso de asunción de mando. Y ahora, que anuncia, que ordena, con esa determinación de hace veinte años "hagan esto", "hagan aquello", que en el fondo era un "hagan mi santa voluntad", bombardear las pistas clandestinas en la selva que utiliza el narcotráfico para transportar la droga. Como si destruir el ecosistema de las zonas en cuestión fuera la solución a todo. ¿Como es posible que una persona culta e instruida como Alan García pueda creer que convertir en un Vietnam nuestra selva convencerá a los EE.UU. del compromiso de su administración con la lucha antidrogas, después de la patinada, de la claudicación sería mejor decir, del Acta de Tocache? Demos gracias a Dios que en su exabrupto no pidio que utilicen napalm. Y demos gracias también que de todos lados se han escuchado voces censurando este histriónico numerito para la cazuela que nos recuerda el peor de todos los Alan García que conocemos: el caprichoso, el mandón, el de los balconazos que creíamos ya enterrado.

Ya sabe, señor ministro, tome acciones concretas: póngale una camisa de fuerza a su jefe o dótelo de una buena dosis de litio que buena falta que le hace.