Por Manuel Burga (**)

Podría decir también cartas a la esposa amada, porque eso es lo que se percibe, amor, en clave o explícito, en las más de 400 cartas que dirige Manuel Candamo a su joven y bella esposa Teresa Alvarez Calderón entre 1874 y 1903. Tenemos que agradecer a don José Agustín de la Puente Candamo por publicar este epistolario familiar, El Perú desde la intimidad. Epistolario de Manuel Candamo (1873-2004), PUCP, 807 páginas, por compartirlo y ofrecerlo como una nueva fuente de nuestra historia republicana. También por acompañarlo con una fundamentada introducción y numerosas citas de pie de página, escritas con su hijo, también historiador, José de la Puente Brunke, que esclarecen el contenido de las cartas. Es un ejercicio de transparencia, de confesión familiar que, como ellos dicen, no tiene ninguna intención apologética, pero sí son muy conscientes de lo que publican: "Quizá el interés fundamental de este epistolario –al contener en su mayor parte cartas íntimas– sea el poder ingresar a la vida privada de un miembro de la clase dirigente peruana".

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Candamo fue un conspicuo integrante del Partido Civil y de una importante familia de comerciantes, cercano al fundador Manuel Pardo, que vivió entre 1841 y 1904, ocupó importantes cargos públicos, llegó a la presidencia de su partido y fue elegido presidente del Perú para el período 1903-1907, pero que desafortunadamente murió en 1904 casi sin asumir realmente el cargo. Es un testigo de excepción de la segunda mitad del siglo XIX, más aún cuando su testimonio, transmitido a través de cartas, hechas para la esposa, no para la posteridad, nos remiten –sin duda– a la intimidad de la clase dirigente peruana de aquel entonces.

Llaman la atención el orden y la disciplina al escribir cuatro cartas semanales, durante 14 meses de cautiverio en Chile, a la esposa ausente, desde los pequeños pueblos de Angol y Chillán. Su cuidado al numerar las cartas, referirse a ellas por su número, advertir a la esposa los itinerarios de vapores y trenes, describir sus estados de ánimo, los detalles de su alrededor, nos muestran a un hombre tratando de dialogar con los ausentes, como una forma de superar la tristeza y la humillación de la derrota. Un diálogo, a veces irónico, siempre familiar, que nos permite ingresar al trato íntimo, casi secreto, amoroso, con la esposa, a la que trata de "chola de mi corazón", "negra querida", o "pobre cholita", como para mostrarnos que el uso positivo de la expresión "chola" ya se había iniciado en el siglo XIX. También nos sorprenderá las referencias al pisco y al cebiche que se podía comer en la Lima de entonces.

Quizá en este epistolario aparecen, por primera vez, en una suerte de conversación de familia, las referencias rotundas a las debilidades que nos condujeron a la derrota con Chile. Las cartas en la víspera de San Juan y Miraflores, enero de 1881, son verdaderamente dramáticas. Los apuros por trasladar a la familia a un lugar aparentemente seguro, Piura. Sus apreciaciones del ejército de reserva, al cual pertenecía, a sus 40 años, y del ejército de línea. Su alucinada imaginación de creer que éramos más, mejor posicionados, que podíamos derrotar a los chilenos en las afueras de Lima, contrapuesta a su inocultable pesimismo de que en cualquier momento todos podían desertar, es simplemente impactante. No hay cartas sobre el ingreso de Baquedano a Lima, pero sí duras opiniones sobre la manera como los chilenos se congraciaron con "la plebe", los asiáticos de las haciendas, para atacar mejor a los propietarios, los "notables", como él, imponiéndoles cupos y deportándolos si se resistían a pagar. ¿Por qué los chilenos pudieron utilizar esta estrategia tan eficazmente? ¿Por qué la ausencia de cohesión nacional ante el invasor? ¿Por qué simplemente la ausencia de nación?

Las contradicciones entre civilistas y pierolistas aparecen en toda su crudeza. También las razones del general Iglesias por una paz a cualquier precio y las de Cáceres por una resistencia prolongada. Estas cartas, muchas escritas desde el cautiverio chileno, nos permiten reconstruir mejor la desesperanza, desconcierto e inseguridad de las familias notables de Lima. Cuando ya terminaba su destierro en Chillán, el 3 de octubre de 1883, apesadumbrado, le dice a su esposa: "No sólo nos han vencido en todas partes, nos han arruinado y humillado, sino que nos han impuesto el gobierno que han querido, han removido todo el fango y han fomentado las traiciones, la anarquía y los más vergonzosos escándalos". Una derrota que desnudó nuestras debilidades, alentó la sospecha y desconfianza. No quedaba más que la intimidad para la conversación sincera. Estas cartas nos transportan a esos diálogos silenciosos que seguramente nos ayudarán a revisar la segunda mitad del siglo XIX, cuando nuestro país parece tomar conciencia de la creciente frustración de la promesa republicana.



* Tomado de La República, 29/05/20108
** Ex Rector de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos

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