
Siempre he creído a pie juntilla que una de las formas actuales más interesantes que un historiador tiene de ejercer su oficio en estos tiempos de la llamada era de la información y de redes internet, es en un medio de comunicación. Especialmente en un diario de alcance nacional, como es mi caso y por lo cual me siento especialmente afortunado. Uno convive a cada instante, a cada minuto, con la historia misma. Uno casi la ve transcurrir mientras ve la agenda del día, las pruebas de página, los ensayos de titulares; planteándole cada uno de ellos un reto al científo social a ensayar interrogantes, respuestas, análisis y más respuestas; a otear las consecuencias que tendrán en el futuro las textos que hemos visto de distintas formas y tonos mucho antes de que miles de lectores lo hagan. La jornada de trabajo del 11 de setiembre del 2001, por ejemplo, es de las que mejor grafican lo dicho y sobre lo cual escribiré un dia de estos. Pero como todo en la vida, este trabajo no es perfecto. Para nada. Trabajar en un diario también puede resultar tan adsorbente como apasionante. El tiempo que queda para actividades de tipo intelectual, o para una investigación por simple y sencilla que sea, es mínimo, nulo. Esa, y no otra, es la razón por la que este blog quedó huerfano de textos, mas no de ideas durante más de dos semanas. No, no estaba de vacaciones como podría creerse. Estaba trabajando, apoyando a mis compañeros periodistas. Ojalá y podamos retomar el ritmo, escribir lo suficiente y cumplir lo prometido. Por lo pronto, en mi mesa de trabajo (la de mi casa), me espera una pila de libros, revistas, recortes de periódicos y algunos printers de materiales que encontramos por la telaraña de Clío, que esperan unas líneas de atención. Así que a empezar de nuevo se ha dicho. Eso, o a cerrar de una vez por todas este blog. ¿No?













0 comentarios :: No estaba muerto... tampoco de parranda
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