Enemistades históricas

. miércoles 20 de agosto de 2008
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Cuando Goethe afirma que “una vida ociosa es una muerte anticipada”, no falta en nada a la verdad. Porque ninguna muerte más anticipada que aquella del historiador (o blogger) que deja para otro día o para mejor ocasión la nota o el post que pensaba escribir o, peor aún, que toma notas interminables para escribirla, con lo que, como dice García Márquez, uno termina escribiendo para el libro de notas antes que la nota misma. Así, el escribir, leer, investigar o historiar (¿existe este verbo?) se convierten en tareas postergadas que sólo anticipan nuestra propia muerte como escribas. Una sentencia que he tenido muy presente las últimas tres semanas leyendo el especial de verano del suplemento dominical del diario El País, “Grandes Antagonistas”, en que pasa revista a esas pequeñas querellas personales, esos conflictos entre grandes personajes que forman parte de la historia y que, la mar de veces, quedan fuera de ella (Las rapaces enfrentadas, A la greña por el Polo. "¡Ese 'diplodocus' es mío!"). Y la he tenido presente por la sencilla razón de que tenía pensado escribir una serie de notas para el diario donde trabajo sobre el mismo asunto y que, provisionalmente, tenía el título de “Enemistades históricas”.

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Ahora, no sólo debo renunciar a la idea misma, sino también desechar todas las notas que había tomado porque, como se dice en predios periodísticos, me ganaron la pepa y éstas perdieron, al menos para mí, todo sentido o interés. Gajes del oficio y culpa del ocioso. Una lástima.

Una lástima porque verdaderamente quería contar, y ensayar una interpretación, de las razones que enfrentaron de manera tan áspera, y en ocasiones tan bruscamente, a personajes reverenciados por todos nosotros. Quería bajarlos del pedestal de la historia y presentarlos como los seres humanos comunes y corrientes que fueron, con los pequeños rencores o celos que en ellos, personajes históricos de dimensión casi sacrosanta, se convirtieron en inexplicables aborrecimientos por el otro o la obra del otro. ¿Qué velados intereses llevaron, por ejemplo, a que los dos grandes libertadores, San Martín y Bolívar, no concluyeran juntos la gesta emancipadora? O relatar los pormenores de las desavenencias que concluyeron en el asesinato del poeta Elmore a manos de Chocano. O el desprecio de Gutiérrez Quintanilla por Tello, que dejó impreso en un libro que no desmerece en nada la gloria del primero.

Pero si hay una enemistad verdaderamente histórica y grande, esa fue la que enfrentó a González Prada y a Ricardo Palma y de la que se han ocupado tanto los historiadores, pero de la que aún sigo creyendo que escapa a la manida explicación de dos corrientes literarias enfrentadas y que cada uno de ellos encarnaba.

Para otra ocasión será.