Por Manuel Burga

Todo parece indicar que Choquequirao se convertirá muy pronto en un segundo Machu Picchu y quizá –con el tiempo y el progreso de las investigaciones– en su competidor más cercano, por sus dimensiones, furtiva ubicación, misteriosa belleza de las llamas de sol en sus andenes y las funciones políticas, militares, familiares y astronómicas que ha podido cumplir en la época tardía del Tahuantinsuyo. Está ubicado en el distrito de Santa Teresa, La Convención, Cusco, a una altura promedio de 3100 msnm, en una pendiente que mira al río Apurímac. Técnicamente se le denomina Complejo Arqueológico Choquequirao y tiene una extensión aproximada de 2000 has. Para visitarlo hay que recorrer 160 km por la carretera que va de Cusco a Abancay, hasta llegar a Cachora y desde aquí se necesitan dos jornadas para llegar a lomo de bestia o caminando por un cómodo camino de herradura.

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Hago este comentario a propósito del libro CHOQUEQUIRAO. Símbolo de la resistencia andina (historia, antropología y lingüística) que la UNMSM e IFEA han publicado recientemente y que la semana pasada se presentó al público, porque es necesario dar a conocer la naturaleza de este proyecto y este libro. Los tres ensayos que lo conforman pertenecen a jóvenes investigadores de San Marcos, Mario Meza, Abdie Ramírez y Eunice Cortez, historiador, antropólogo y lingüista, respectivamente, que desarrollaron –en el año 2005– un ejemplar trabajo interdisciplinario con el apoyo de Donato Amado, historiador de la UNSAAC de Cusco. Hacer la historia de un monumento arquitectónico, como la que hicieron el gran historiador británico John H. Elliot y el arquitecto Jonathan Brown, para el Palacio del Buen Retiro, en las afueras de Madrid, donde residió la corte de Felipe IV, es un trabajo bastante serio y difícil. Más aún si este monumento no ha dejado testimonios escritos, sino solo restos materiales.

Los arqueólogos, que ya publicaron sus informes el año 2005, tendrán que decirnos definitivamente si se construyó, como lo sugiere Luis G. Lumbreras, en la época de Huayna Cápac, con mitmacuna que provenían de Chachapoyas, así como Pachacuti mandó construir Machu Picchu para su panaca y recordación. Patrice Lecoq, arqueólogo francés que ha investigado en este sitio, duda de esta afirmación; no la niega, más bien propone que se trata de un lugar ocupado desde el horizonte Wari y que nos falta estudiar para entender su función dentro del Tahuantinsuyo. Yazmín López Lenci, autora de El Cusco, paqarina moderna, nos advirtió en la presentación de los peligros de un turismo globalizado que podría convertir a este ícono en otro bien comercializable. Esto es posible, pero también sería muy razonable que la región Cusco se interese en promover investigaciones arqueológicas futuras que –sin lugar a dudas– llegarán a más y mejores precisiones para conocer cuándo, por qué y para qué se construyó Choquequirao.

Con la llegada de los españoles y la derrota de Manco Inca en 1536 todo ese mundo oriental del Antisuyo, en lo que hoy es la provincia de La Convención, fue ocupado por los últimos incas que gobernaron desde este refugio hasta que Túpac Amaru I fue capturado y luego ejecutado en 1573. Luego esta región es envuelta en el silencio y vuelve sus ojos y sus relaciones hacia el oriente. Los bosques avanzaron y los viejos caminos desaparecieron. Así se ocultó Machu Picchu y lo mismo sucedió con Choquequirao.

El ensayo de Mario Meza describe paso a paso cómo este monumento, por la curiosidad de los hombres, fue lentamente redescubierto por funcionarios, religiosos, viajeros y científicos. También lo visitó Hiram Bingham en 1909, como haciendo una pascana, antes de emprender el viaje a Machu Picchu. Este proceso de ocultamiento, existencia clandestina, vida precaria en la tradición oral y finalmente el maravilloso redescubrimiento, inscripción en el Registro Nacional de Monumentos arqueológicos y ahora transformación en un nuevo ícono nacional, es el mismo proceso que afectó al conjunto de la cultura andina entre los siglos XVI y XX. Abdie Ramírez nos hace recordar que los incas supieron negociar y respetar a los nativos del Bajo Urubamba. Eunice Cortez, con tecnicismo lingüístico, nos recomienda que deberíamos decir más bien Chukiquiraw y que es una palabra de origen aymara que significa "cuna de oro". Este trabajo se ha hecho con el apoyo del Fondo Contravalor Perú Francia que ha brindado la oportunidad para que la UNMSM y el IFEA se vuelvan a encontrar este año 2008, cuando esta última institución cumple 60 años al servicio de las investigaciones en las regiones andinas. Un reencuentro que no es fortuito, sino que más bien reafirma esa tradicional amistad entre estas dos instituciones, que se inició en 1948, cuando Raúl Porras Barrenechea, historiador de San Marcos, pronunció un hermoso discurso en su ceremonia de inauguración.


* Publicado en La República, 18/9/2008

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