Juan de Matienzo, oidor enemigo del indio y defensor de la mita (*)
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Por Francisco José Del Solar
Profesor Universitario
EL OIDOR EN CHARCAS
Juan de Matienzo nació en Valladolid, España, en 1520. Fue titulado de licenciado en leyes por la universidad de su tierra natal. En 1542 ingresó a trabajar como auxiliar en la chancillería de Valladolid. Luego fue ascendido al cargo de relator en la Audiencia de la misma ciudad, hasta ser nombrado oidor de la recién fundada Audiencia de Charcas (7-09-1558). De inmediato, organizó su viaje a las Indias Occidentales y zarpó de Sanlúcar de Barrameda, el 25-01-1560. En la misma nave viajaba el flamante cuarto virrey de Perú, Diego López de Zúñiga y Velasco, conde de Nieva, a quien recién conoció y entabló amistad. El oidor permaneció varios meses en Panamá.
DE MATIENZO EN LIMA
El oidor llegó a Lima, el 5-02-1561. La Audiencia de esta ciudad, le encargó que realizara los estudios de delimitación geográfica para la competencia de la nueva Audiencia de Charcas, lo cual le llevó varios meses. Entonces, sugirió que la sede de ésta debería quedar en Arequipa, en vez de la pequeña villa de La Plata. Recién al término de este trabajo pudo viajar al altiplano para la instalación de la Audiencia creada.
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Fue bien recibido y rápidamente ganó prestigio y respeto de la población por su rectitud y sapiencia. Ahí conoció a su paisano, el soldado-jurista, Juan Polo de Ondegardo (Valladolid, España ¿?- La Plata 4-11-1575. Ver “Abogados de ayer y hoy”, en Jurídica Nº 81, del 14-02-06), quien había sido premiado con una encomienda por el licenciado en leyes y pacificador Pedro de la Gasca (1493-1567), en el reparto de Guaynarina (agosto de 1548). Ello, en agradecimiento por la ayuda prestada en defensa del rey contra el sublevado Gonzalo Pizarro, quien fue vencido en la batalla de Jaquijahuana, en las pampas de Anta (9-04-1548).
Sin duda, Polo le contó todas sus aventuras en las Indias y le instruyó en su riquísima experiencia jurídica, política y militar ganada durante las guerras tanto en la perulera o pizarrista como en la ganada contra el rebelde Francisco Hernández Girón, en 1554. Asimismo, que ahí conoció al oidor Hernando de Santillán de la Cueva (Andalucía, España ¿?- Lima 1575. V. Jurídica Nº 158, del 7-08-2007), quien tenía la obsesión de defender a los indios siguiendo la doctrina de los dominicos juristas en la Universidad de Salamanca, Francisco de Vitoria (1492-1546) y Bartolomé de las Casas Sosa (1474-1566), aplicada ya en el virreinato por sus hermanos religiosos de orden, como el arzobispo de Lima, fray José Jerónimo de Loaysa (Trujillo de Extremadura 1498-Lima 1575). Doctrina que después ha sido denominada “lascasiana”.
Así también, por último, le confesaría que él no estaba de acuerdo con tal doctrina y que las Leyes Nuevas de 1542 y 1543, promulgadas por el rey Carlos I de España y V de Alemania, eran inaplicables a la realidad peruana, hasta el extremo que el primer virrey – Blasco Núñez Vela_ que quiso imponerlas desencadenó la gran guerra perulera de los encomenderos, terminando sus días en las manos de Gonzalo Pizarro, en la batalla de Iñaquito (18-01-1546). Para nosotros, De la Gasca fue el primero en oficializar el incumplimiento de la legislación indiana con el famoso y aludido reparto de encomiendas (1548), que luego consolidaría el quinto virrey Francisco de Toledo con su legislación, dando pie a una de las características del Derecho indiano y que se traduce en el dicho, desde entonces hasta hoy, de que “la ley se acata pero no se cumple”. A partir de entonces, De Matienzo descubrió que tenía un aliado en Polo, respecto a su percepción y sincera convicción sobre el problema con los indios. De ahí que el oidor le contó que él, por el contrario, era seguidor de las ideas de Juan Ginés de Sepúlveda (1490-1573), el jurista adversario de De las Casas, en Salamanca. Con esta coincidencia en pareceres, fueron –qué duda cabe- muchas las noches que los dos juristas vallisoletanos intercambiaron sus visiones de la vida y las posibles políticas a aplicar en el nuevo mundo.
DE MATIENZO EN LA AUDIENCIA DE LIMA
En 1563, el oidor de Charcas fue promovido a la Audiencia de Lima. Como tal, coparticipó en el gobierno del virreinato como consecuencia de la violenta muerte del cuarto virrey, Diego López de Zúñiga y Velasco, conde de Nieva, (20-02-1564), a causa de sus ilícitos amores con mujeres casadas. Entonces, la Audiencia estaba presidida por el oidor decano Juan de Saavedra y los juristas Ponce de León, Salazar de Villasante y De Matienzo, el más joven de la sala colegiada. Ellos, entregaron la administración virreinal el 22 de setiembre del mismo año al licenciado en leyes, Lope García de Castro (Villanueva de Valdueza ¿?-Madrid 1576), nombrado el 16-08-1563, como visitador del virreinato con expresas órdenes de destituir a su antecesor “donjuanesco”, empero, llegó a Lima cuando éste ya había sido asesinado, por lo que se le extendió su cargo a gobernador, capitán general y presidente de la Real Audiencia, por el rey Felipe II. De Matienzo defendió la posición del nuevo gobernador que, sin título de virrey, actuaba como tal, y sostuvo, entonces, que podía ser un ensayo de gobierno o de transición establecido por la corona.
APOYO AL GOBERNADOR GARCÍA
De Matienzo colaboró decididamente con la nueva administración. Entre otras grandes realizaciones, se encuentran la fundación de la Casa de Moneda (1565); el inicio de la explotación de las minas de azogue de Huancavelica (1566); la colaboración para que se haga realidad el II Concilio Limense (1567), organizado por el arzobispo Loaysa; la creación de la Sala del Crimen en la Real Audiencia de Lima (1568), aunque no estimuló la investigación sobre el autor o autores del asesinato del conde de Nieva, con la finalidad de no originar escándalo en la sociedad virreinal, etc.
El oidor tuvo, entonces, su primera polémica con el licenciado en leyes y rico comerciante, Francisco Falcón (Alcázar de Consuegra, España 1521-Lima 1587. V. Jurídica Nº 89, del 11-04-06), llegado a Lima de Panamá, en 1560. Éste se había autoproclamado representante y defensor de los indios, presentando memoriales y escritos como abogado de los indígenas, exigiendo un mejor trato y mayor consideración. En este contexto, reclamaba –al igual que De las Casas Sosa- que los indios fueran reemplazados por los esclavos negros, en la explotación de las minas de azogue de Huancavelica. Asimismo, en el II Concilio, Falcón presentó su Apología pro indis, basándose en las enseñanzas de los dominicos De Vitoria y De las Casas, con la finalidad de destruir o, por lo menos, disminuir la influencia de De Matienzo y de Polo de Ondegardo.
Durante el gobierno de García de Castro, los indios más renuentes a la conquista eran los descendientes de Manco Inca que se habían fortalecido en su reducto montañoso de Vilcabamba. Anteriormente, el tercer virrey, Andrés Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, había logrado la sumisión de Sayri Tupac, “II de los incas de Vilcabamba”, en 1557, quien ingresó pacíficamente a Cusco con todos los honores y fue bautizado cristiano en 1558, falleciendo dos años después. En la práctica, abandonó a su hermano Titu Cusi Yupanqui, quien continuó en las alturas de su reducto (Machu Picchu). Al enterarse éste de la muerte de Sayri (1560), reinició su beligerancia contra los españoles, siguiendo el ejemplo de su padre Manco Inca y repudiando la decisión de su hermano cristianizado. El cuarto virrey, conde de Nieva, dedicado más a las mujeres que hacer un buen gobierno, no movió un dedo contra el “III de los incas de Vilcabamba”. Ello, sin duda, coadyuvó al fortalecimiento de Titu, quien fue una de las principales preocupaciones que tuvo García de Castro.
En tal situación, el gobernador García encargó a De Matienzo la solución del problema por la vía pacífica, en el inicio de 1566. El oidor concertó un encuentro con el inca en el puente de Chuquisaca. Titu entregó dos memoriales. En uno expresó sus quejas por los agravios e injustos tratos hechos contra su padre, lo cual le había obligado a tomar represalias contra los españoles. Y, en el otro, cuestionaba las condiciones planteadas para abandonar su refugio y, por el contrario, exigía una serie de mercedes para concretar dicha acción. Como no hubo ningún acuerdo inmediato, el oidor retornó a Cusco. Este resultado lo apunta como de total fracaso el historiador jesuita Rubén Vargas Ugarte S.J., quien sostiene que García de Castro no desistió de su plan y dispuso que García Melo y otros se encargaran de negociar con el inca.
Sin embargo, siguiendo la posición del ilustre jurista e historiador Raúl Porras Barrenechea (Pisco, Ica 1897-Lima 1960. V. Jurídica N° 165, de 25-09-2007), podemos pensar que la capitulación de Acobamba (24-08-1566) fue producto, en gran parte, de la gran labor de persuasión del oidor. Es verdad que fue concertada entre el inca y García de Melo, a quien se le nombró Tesorero real. El resultado fue que Titu Cusi consintió ser vasallo de su majestad y aceptó la cristianización de Vilcabamba. El documento fue aprobado por García de Castro, en Lima, el 14 de octubre del mismo año.
Dos años después, el inca solicitó ser bautizado, lo cual se produjo el 28-08-1568, y tomó el nombre de Diego de Castro. Quedó con él, el padre agustino Marcos García, quien a solicitud del inca escribió un largo memorial o instrucción al gobernador, documento que tiene carácter de crónica al decir de Porras. Dos años después, Titu falleció producto de una pulmonía (1570) y los indios encolerizados dieron muerte al cura porque no pudo curarle ni resucitarle.
Dicho sea de paso, la crónica del inca lleva por título “Instrucción del Inga don Diego de Castro Titu Cusi Yupanqui para el muy Ilustre Señor el Licenciado Lope Gacía de Castro”, fechada en el pueblo de San Salvador de Vilcabamba a 6 de febrero de 1570. Mientras tanto, en Lima, el quinto virrey, Francisco de Toledo, organizaba su visita a todos los territorios que gobernaría por doce años (1569-1581).
EL VIRREY DE TOLEDO
El 26-11-1569, García de Castro entregó la administración al virrey De Toledo. La administración de inmediato organizó la visita del nuevo virrey, quien iría acompañado por Polo. Se enviaron representantes a todos los rincones del virreinato. A De Matienzo se le ordenó trasladarse a Charcas. Ahí le conoció el vicesoberano y le llamó a su lado. Más tarde haría lo propio con el padre José de Acosta.
El virrey estaba interesado en subrayar la legitimidad del dominio que España ejercía en Indias, teniendo en cuenta la bula del papa Alejandro VI y todos los documentos imperiales. Amén de ello, imponer una rígida autoridad sobre los indios para lo cual estaba dispuesto a dictar sus propias leyes –ordenanzas-, aunque éstas tuvieran que rozar y hasta colisionar con las Leyes Nuevas de 1542-43. Con ello, sin duda, el vicesoberano fue el primero en oficializar la costumbre perulera de que “la ley se acata pero no se cumple”. Empero, asimismo, debemos reconocer que fue el creador de la “legislación indiana criolla”, logro alcanzado, máxime, gracias a Polo y, complementariamente, a De Matienzo, quienes tuvieron en cuenta algunas observaciones dejadas por De Santillán.
De ahí que, antes de esta realización jurídica, al conocer De Toledo que el oidor vallisoletano era seguidor de la tesis “sepulvedana”, le nombró consejero del virreinato. En esta función, después de algunos años, le ordenó la compilación de las Ordenanzas dictadas en los primeros años de su administración y en las que el mismo De Matienzo había participado. El trabajo estuvo bajo la dirección de Polo, en virtud a la gran experiencia que éste tenía en estas tierras.
Los dos juristas se avocaron a esta ardua tarea para lo cual revisaron algunos apuntes del ex oidor Hernando de Santillán de la Cueva. Ésta es la razón por la cual los tres son llamados “cronistas legistas” por el historiador inglés sir Clements Robert Markham (1830-1916). Precisando que De Santillán corresponde al período pre-toledano, mientras que los vallisoletanos son realmente toledanos.
El virrey De Toledo con el apoyo de ellos – De Matienzo y Polo de Ondegardo- organizó el virreinato; empero, lo hizo a sangre y fuego. Sin embargo, en honor a la verdad como lo apunta el gran maestro Porras Barrenechea, se ejecutaron algunas ideas en beneficio de los indios como lo sostenía el oidor De Santillán, tales como la legislación tutelar, reducciones, tasa del tributo, alcaldes indios, restricciones a los encomenderos, regularización del servicio de minas y transportes, visitadores, etc.
Empero, estas medidas fueron impuestas con mentalidad anti-indígena de acuerdo con los sentimientos, más de De Matienzo que de Polo. Recordemos que él era un “sepulvedano” confeso y que aborrecía la política exigida por los “lascasianos” a favor de los indígenas. Por esta misma razón, el oidor y el soldado-jurista combatieron sin cesar a Falcón, quien no desmayó ni descuidó la defensa de los aborígenes. Por el contrario, ofreció sus servicios “gratuitos” como abogado de muchas comunidades de indios. Siempre recriminó la política toledana y nunca dejó de escribir memoriales en defensa de sus patrocinados, enviando muchos de sus escritos al rey.
De Matienzo defendió la continuidad de la “mita” y sostuvo que debía ser tolerada por su necesidad, ya que su abolición traería la paralización del comercio y se cerraría la principal fuente de riqueza del virreinato. De Toledo se sentía orgulloso de su obra legisladora, habida cuenta que había tomado de la organización del imperio incaico todo cuanto había en él de provechoso y adaptable al nuevo estado de cosas, apunta Vargas Ugarte.
En este contexto, en verdad, el oidor se ubica a la derecha de Polo, es decir, que mientras el soldado-jurista es un “indigenista utilitario” (defender a los indios en la medida que sean útiles para incrementar la riqueza de los encomenderos y de la corona), De Matienzo es extremista, es un confeso enemigo del indio, a quien no le atribuye ninguna virtud. Considera que sólo es un animal de trabajo para explotar, por lo tanto debe ser esclavo, como bárbaro e imperfecto que es, justificando así la guerra y el exterminio con el fin de consolidar la paz, etc. En suma, era la reencarnación de Juan Ginés de Sepúlveda. Sin duda, con esta interpretación, podemos ubicar a De Santillán a la izquierda de Polo, habida cuenta su pro indigenismo puro, filosófico e idealista, al igual que Falcón, quienes eran “lascasianos” confesos.
Debemos tener en cuenta que, poco tiempo después, por orden del virrey De Toledo se degolló a Túpac Amaru I, en Cusco (agosto de 1572), sanguinario hecho que fue repudiado por el rey Felipe II, mediante Real Cédula del 21 de diciembre de 1573, la misma que fue enviada a la Audiencia de Lima, con la finalidad de desagraviar a los indios, según el propio Polo de Ondegardo.
Cuentan las crónicas andinas que, años más tarde, cuando el ex virrey De Toledo se encontró con el rey, en España, éste le increpó: “Lo había mandado al Perú a servir a reyes y no a ajusticiarlos”. Luego, dispuso que se le incoara juicio de residencia por los abusos cometidos contra los indios. De ahí que con justa razón, el abogado e historiador y antropólogo, Luis Eduardo Valcárcel Vizcarra (Ilo, Moquegua 1891-Lima 1987), escribió un importante libro bajo el título de El virrey Toledo, gran tirano del Perú (Lima, 1940).
Es bueno precisar que Juan de Matienzo no estuvo solo con Juan Polo, sino, también con el jesuita José de Acosta, célebre cronista llamado el “Plinio del Nuevo Mundo”, cuya magna obra Historia Natural y Moral de las Indias tuvo destacada influencia en sendos juristas, máxime en el oidor “sepulvedeano”. La labor realizada fue de la mayor satisfacción para el virrey De Toledo, motivo por el cual premió a De Matienzo con una gobernación.
DE MATIENZO GOBERNADOR DE POTOSÍ
De Toledo le encargó la gobernación de Potosí, en 1577, seguro de que la rectitud, sobriedad y simpatía del oidor serían factores concomitantes en la persuasión de los mineros. Con ello, De Matienzo podría imponer el cumplimiento de las disposiciones e introducir a los encomenderos en el orden jurídico real. El éxito le sonrió, una vez más, al ilustrado oidor.
Para reforzar su autoridad y consolidar los logros alcanzados por De Matienzo, al año siguiente, De Toledo le encargó la regencia de la Audiencia de Charcas (1578), cuyo funcionamiento conocía a la perfección por haber sido uno de sus oidores organizadores.
Fue en Potosí, cuando Juan de Matienzo pudo escribir y dejar para la posteridad el testimonio de su importante, aunque cuestionado, paso por este mundo poblado de indios, en los cuales nocreía y más bien aborrecía.
SU MUERTE
De Matienzo falleció en Charcas, en 1579. Para entonces, no se preveía –y él mucho menos- que el virrey De Toledo, su protector, abandonaría el Perú en 1581 y sería sometido a juicio de residencia en la península, por sus extremismos y abusos cometidos, aunque salió bien librado al demostrar que todo lo hecho, sin duda, había beneficiado a la corona.
De igual manera, el oidor vallisoletano murió convencido con su buena obra de defender la tesis de Juan Ginés de Sepúlveda, la más conveniente para el reino de España. En suma, De Toledo y De Matienzo fueron nocivos para los indígenas pero fructíferos para los españoles. Sin duda, la mejor frase para su epitafio sería: “Enemigo del indio e impulsor de la mita”
SU OBRA
La podemos dividirla en dos. La primera, de naturaleza administrativa o categoría menor. Ella está representada por la publicación de unos manuales para uso de los funcionarios públicos en base a su propia experiencia en la impartición de justicia, como 1) Dialogus relatoris et advocati pinciani senatus (1578) y 2) Comentaria… in Librum Quintum Recollectionis Legum Hispaniae (1580). Y, la segunda, de categoría mayor, de naturaleza jurídica e histórica, es decir, la crónica misma, bajo el título de Gobierno del Perú, la cual el mismo De Matienzo la envió a España, en 1567, con el fin de que sea revisada por el Consejo de Indias. Empero ahí se quedó y no tuvo respuesta alguna.
Casi un siglo después, el ministro de Indias, Juan de Solórzano y Pereyra (Madrid 1575-1655), quien había vivido 16 años en el virreinato del Perú (1610-1626), desempeñando los cargos de visitador, administrador y oidor, regresó a España, y en el Consejo se dedicó a recopilar la legislación indiana. Ahí encontró el manuscrito del oidor De Matienzo y le sirvió, sin duda, para fundamentar su propia obra, en 1629, intitulada Indiarum Jure et Gubernatione, la cual fue censurada por la denuncia que hacía respecto al abuso que se cometía contra los indios en las minas y la Iglesia la colocó en el “Index”, por la crítica al patronazgo.
Tiempo después, De Solórzano tradujo al castellano su obra y revisándola produjo la Política Indiana (1648), obra cumbre en cuanto a doctrina de Derecho indiano. En la labor recopiladora, contó con el apoyo del abogado sanmarquino Antonio de León Pinelo (Lisboa ¿1590?-Madrid 1660). Éste, aprovechando la censura impuesta a su protector, recogió las ideas de Juan de Matienzo para escribir su Tratado de confirmaciones reales de encomienda, oficios, y casos en que se requieren para las Indias Occidentales, que fue publicado en 1630.
La crónica Gobierno del Perú, recién fue publicada en 1910 con una serie de deficiencias y glosas defectuosas e impersonales. El jurista e historiador Guillermo Lohmann Villena (Lima 1915-2005) la recuperó en 1967 e hizo una prolija edición en francés y otra en castellano. Es, como ya sabemos, de corte anti-indigenista, que sigue las ideas y lineamientos esbozados por Juan Ginés de Sepúlveda. En ella se aprecia el desdén y hasta desprecio por la política exigida por el dominico De las Casas, en favor de los indígenas.
El ilustre Porras, apunta: “El licenciado Matienzo anota ya en el indio ciertas formas de indolencia y apatía y falta de ambición. “Conténtase –dice- con lo que han menester. Participan de razón para sentilla, pero no para tenella o seguilla. Para ellos no hay mañana”.
El abogado e historiador del derecho Jorge Basadre Grohmann (Tacna 1903-Lima 1980. V. Jurídica Nº 84, del 7-03-06), resume magistralmente la parte más importante del libro, capítulo I, y dice: “Matienzo defiende resueltamente el justo título de España para ocupar América, no sólo por las bulas de Alejandro VI, sino por el derecho de ocupación, por la infidelidad de los indios y por la tiranía de sus señores. En relación con el caso concreto de los Incas, sostiene que no eran los señores naturales del Perú y presenta un cuadro sombrío de sus crueldades”.
* Publicado en Jurídica, N° 220, Suplemento del diario El Peruano, el 14/10/2008.












































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