Por Marcel Velázquez Castro
El editor Fermín del Pino-Díaz declaró que esta obra es el resultado de una "profunda tradición humanista, letrada, que plantea la armonía del universo y que todo el orbe es creación de un mismo autor. A partir de este tiempo comienza un modo de escribir que va a quedar para siempre. En adelante el paisaje forma parte del ser humano, no es posible ver al hombre si no se describe el contexto natural en el que se desarrolla."
Las crónicas de indias constituyen el más fascinante y complejo cuerpo textual de la historia americana. Sus discursos se alimentan de la imaginación, el conocimiento previo y la experiencia empírica. En las crónicas, laten la intolerancia religiosa del nuevo imperio español, las escenas fantásticas de los libros de caballerías medievales, los procesos de simbolización de la alteridad y la fallida traducción en una escritura racional y secuencial del pensamiento mítico y la oralidad americanas.
La Historia Natural y Moral de las Indias del jesuita José de Acosta fue publicada en 1590. Tuvo varias reediciones y en pocos años fue traducida a las principales lenguas europeas. Es la primera crónica que propone una explicación conjunta de dos dimensiones: a) las características del cielo, la tierra, los metales, y las plantas de la naturaleza americana; b) el origen del hombre americano, sus ritos religiosos, sus leyes y organizaciones sociales.
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Esta historia de las civilizaciones inca y azteca no es meramente un exponente de la episteme imperial colonizadora; por el contrario, la crónica de Acosta reconoce como sujetos de saber y creadores de cultura a los indígenas. Sin embargo, también defiende ardorosamente el orden imperial: la predicación y conversión de los indígenas debe realizarse bajo el marco de los fines políticos del Imperio español.
Las descripciones minuciosas, la vocación enciclopédica y la búsqueda de causalidad y generalidad son atributos de la mentalidad filosófica del padre jesuita. Sobre el espacio geográfico del Perú establece que "está dividido en tres como tiras largas y angostas: que son llanos, sierras, y Andes: Los llanos son costa de la mar; la sierra es todo cuestas, con algunos valles; los Andes son montes espesísimos" (87).
Con un refinado lenguaje con ecos aristotélicos define a las guacas del Perú como cosas particulares que son objeto de las idolatrías dirigidas a las cosas naturales (154). Por ello, los indios peruanos "adoran los ríos, las fuentes, las quebradas, las peñas o piedras grandes, los cerros, las cumbres de los montes -que ellos llaman apachitas-" (158) Acosta vivió la experiencia del misionero, poseyó profundos conocimientos teológicos y defendió con ardor las políticas y los intereses de la orden jesuita. El libro es testimonio de una sui generis práctica etnográfica basada en operaciones cognoscitivas por describir y comprender, aprehender y fijar la experiencia originaria de los indios americanos.
Acosta posee también una mirada crítica sobre el afán de riqueza de los conquistadores: "Verdad es que su codicia dellos no llegó a tanto como la de los nuestros, ni idolatraron tanto con el oro y plata -aunque eran idólatras- como algunos malos cristianos (98).
Esta nueva edición ha contado con la colaboración de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, y se presenta como una labor hermenéutica, en la que el editor cumple el papel de guía entre el lector moderno y el padre Acosta. Las múltiples voces del texto (religiosa, misional, política, científica y humana) dialogan con las imágenes de Theodore de Bry y de códices mexicanos, y convierten la lectura en una experiencia intercultural radical.
* Publicado en El Dominical del diario El Comercio, el 28/09/2008.












































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