¿Sabías que el ‘Cholo Martínez' es mi padre?

Valiosa como es, la obra antropológica de Héctor Martínez es casi desconocida para las generaciones de antropólogos jóvenes peruanos. Ni siquiera los propios estudiantes sanmarquinos de ahora, me parece, la conocen como debieran. O en el mejor de los casos, tal vez sólo la conozcan fragmentariamente, como aquellos que han tenido la oportunidad de revisar apenas algunos de sus estudios, como ocurrió conmigo cuando leí su "Política Indigenista en el Perú, 1946-69" en la vieja biblioteca de Sociales de San Marcos, un título que todo estudiante de antropología no debería dejar de leer. Oportunidad única que bastó, por cierto, para darnos cuenta que su aporte a la bibliografía científico social de nuestro país fue enorme e importante. Y más enorme aún fue su otro legado, el docente, como forjador de varias promociones de antropólogos en la Decana de América.


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Un desconocimiento u olvido que no tiene razón de ser porque a Héctor Martínez se le debe leer por las mismas razones que un estudiante de literatura debería leer a Chocano, Valdelomar o Palma: por ser un clásico nacional. Porque eso mismo fue Martínez para la ciencia antropológica peruana, un clásico. Sus estudios sobre población y migraciones fueron importantes en su momento y contribuyeron a forjarle una reputación y respetabilidad de la que sólo han gozado los auténticos maestros como lo fue él. Pero había también otra razón más para admirar a Héctor Martinez. El era, o es porque siempre seguirá siéndolo y más aún cada vez que se abra el libro, el ‘Cholo Martínez’ de “Conversación en La Catedral”, la monumental novela de Mario Vargas Llosa.

He recordado todo esto, que me ha traído a la memoria mis años universitarios, leyendo el testimonio de su nieta, Julia Thays, tan emotivo, tierno y sincero que puedo decir, que ahora conozco otra faceta que desconocía del ‘Cholo Martínez’ y puedo decir que lo conozco mejor. Leerlo me ha hecho recordar las dos únicas veces que lo vi en San Marcos, tan serio y abstraído en sus pensamientos, con esa aura que lo envolvía de eminente antropólogo y gran maestro que me impidieron acercarme a saludarlo y estrecharle la mano. Recordar la ocasión en que pretendí quedarme con dos libros de su biblioteca, aduciendo olvido y mala memoria, que su hija me había prestado generosamente, más por ser de quien eran que por la necesidad de ellos. Y he recordado, sobre todo, una cálida noche de hace muchos años en un parque de Jesús María la emoción que sentí, hasta quedar mudo por completo, en que luego de muchas horas de perorata sobre Vargas Llosa la paciencia de una maravillosa mujer llegó a su límite y no encontró mejor manera de callarme, que disparándome a boca de jarro: “¿Sabías que el ‘Cholo Martínez' es mi padre?”.


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