Los nombres de los curas Hidalgo y Morelos y del peruano Melchor de Talamantes –cura mercedario– en México, del Dean Funes en Argentina y de Toribio Rodríguez de Mendoza y Collantes y la pléyade de religiosos que brillaron en el Perú, eran el mejor testimonio de la deuda que el Perú tenía con la Iglesia, a la que se le empezaba a atacar, siguiendo el camino del liberalismo decimonónico, ateo y anticlerical. Todo ello unido al caos político y social en que el Perú vivía después de la derrota de la Confederación Perú-Boliviana (1836-1839), ideada por Santa Cruz y combatida a muerte por Chile. Ni el "Directorio" de Manuel Ignacio de Vivanco Iturralde pudo resistir a la subordinación entronizada. Domingo Elías Carbajo y su primer gobierno civil y la "Semana Magna" fueron solo un esbozo civil inmaduro. Es la época en que surge la polémica entre los defensores del orden y el liberalismo.
El sermón del 28 de julio de 1846, pronunciado por Bartolomé Herrera Vélez, durante el tedéum, fue una pieza de gran connotación política y base de una célebre polémica entre las grandes figuras de la intelectualidad peruana de la época y con enormes repercusiones internacionales. Ya Bartolomé Herrera había pronunciado otro sermón importante en la historia de la República, con motivo de las exequias del general Agustín Gamarra Messia, y que se conoce como el "Llamado al orden". Era una época de verdadera anarquía política, donde la voz del sacerdote, testigo imparcial de las contiendas, podía imponer la autoridad moral y espiritual pertinente, dado que por la cercanía del tiempo, nadie dudaba del papel importante que el clero había tenido en la gesta de la emancipación, no solo peruana, sino de toda Hispanoamérica.
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Herrera fue una figura providencial. Limeño de nacimiento (1808), fue alumno del Convictorio de San Carlos. En 1829 recibió las órdenes religiosas. Fue profesor en Huánuco en 1831 y fue llamado como regente en Teología al Convictorio en 1844. Luego fue director de la Biblioteca Nacional. A raíz de su sermón "Llamado al orden", fue elegido en 1849 diputado por Lima y la Cámara, a su vez, lo eligió como su presidente. Se opuso a la prórroga del mandato de Castilla. Durante el gobierno de José Rufino Echenique Benavente (1851-1855) fue nombrado embajador del Perú ante el Vaticano, en plena revolución por la Unidad italiana. El conde Cavour y el rey de Cerdeña y luego de Italia, Víctor Manuel II, le depararon gran admiración, no obstante sus discrepancias ideológicas. El Vaticano y el Sacro Colegio Cardenalicio vieron en él al primer Cardenal de las Américas en el siglo XIX, pero su temprana muerte el 10 de agosto de 1864 y las intrigas políticas en el país lo impidieron. Su mayor contribución a la Historia Constitucional fue su Constitución de 1860, la que más larga duración ha tenido en el Perú. Pero sus ideas y sus discípulos siguieron combatiendo por una nueva sociedad, producto de una nueva generación salida de San Carlos.
En los debates que siguieron y en el intento de dotar al Perú de una Constitución, los demócratas liberales proclamaron en Lima al general Mariano Ignacio Prado Ochoa dictador en 1865 y éste llamó a José María Químper, José Toribio Pacheco, José Gabriel Gálvez Egúsquiza, Manuel Pardo y Lavalle, entre otros, y convocaron a la Constituyente de 1867, cuya Constitución fue repudiada por todas las provincias y quemada en la plaza de Armas de Arequipa. Su principal impulsor fue el diputado por Huaraz, Celso Bambarén, que se declaró "enemigo personal de Jesucristo", según narra el gran historiador de la República, Jorge Basadre Grohmann. Creemos que el cardenal Cipriani, en la misma línea que Herrera, está cumpliendo igualmente su papel pastoral frente a la historia.
(*) Publicado en Jurídica, Nª 212, Suplemento del diario El Peruano, el 19/08/2008.
(**) Catedrático de Historia del Derecho Peruano. Ex decano de la Facultad de Derecho de la UNMSM y del Ilustre Colegio de Abogados de Lima. Ex presidente del Poder Judicial del Perú y de la Corte Suprema de Justicia de la República. Ex presidente del Tribunal Andino de Justicia.
De Herrera a Cipriani (*)
Por Juan Vicente Ugarte del Pino (**)
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JMM
sábado, enero 31, 2009
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