Dándole duro a Don Simón

Hace un par de semanas publiqué, en otro blog, un artículo sobre Simóm Bolívar que desde el título mismo fue muy criticado (de todas las cosas que he publicado, ha sido la que más comentarios ha recibido). Pero lo cierto es que la figura del Libertador sigue despertando encendidos elogios y ardorosas polémicas. Y qué polémicas. Aquí los dejo con un colega ecuatoriano que reseña la publicación de una "Historia de Guayaquil" en la que la figura de Simón Bolívar queda muy maltrecha (JMM).


Simón Bolívar, el usurpador (*)
Por Marlon Puertas
mpuertas@hoy.com.ec

Cuando yo estudiaba Historia en la escuela, siempre me pintaron que Simón Bolívar fue nuestro libertador, el héroe que nos salvó de los invasores españoles y que su proyecto de la Gran Colombia no fue posible por la traición y ambición de sus colaboradores en la pelea por la independencia. Mis profesores decían con convicción que nuestro estado de subdesarrollo se debía en parte al fracaso de la Gran Colombia y que, de haber llegado a concretarse la región, otro sería nuestro destino. Yo lo creí todo. Creo que mis compañeros de clases también.

Así crecimos, bien engañados. Es lo que se concluye leyendo el libro Historia de Guayaquil auspiciado por el Municipio y escrito por los historiadores Melvin Hoyos y Efrén Avilés. De entrada, el alcalde Jaime Nebot dice que esas páginas están llenas de verdad. Y la verdad relatada es que Simón Bolívar fue un egoísta, un usurpador que "de manera artera, ocupó y tomó por la fuerza la ciudad capital de la provincia de Guayaquil, se proclamó jefe supremo y decretó su anexión a Colombia, poniendo fin a un año y nueve meses en los que Guayaquil había permanecido libre e independiente".

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No estoy capacitado para refutar capítulos de la historia en ninguna época. De eso ya se han encargado historiadores sobre todo de Quito, a quienes además les resiente la narración relacionada a dónde nació el espíritu de la independencia y dónde se concretó. Lo que voy a pedir es algo de coherencia, sobre todo respecto a don Simón. No es lógico que al mismo tiempo que se empieza una campaña educativa masiva a la población (se imprimieron 15 mil ejemplares del libro Historia de Guayaquil) para demostrarnos que Bolívar fue un sátrapa mala gente, se lo homenajee en las fechas emblemas de la ciudad -25 de Julio y 9 de Octubre- por parte de autoridades locales y nacionales, quienes acuden religiosamente a La Rotonda a depositarle ofrendas florales. En agradecimiento, supongo. Todos van vestiditos de blanco y posan orgullosos para la foto, delante de las figuras de Bolívar y San Martín, que resulta que se reunieron en Guayaquil para ver cómo se lo repartían.

Ni qué pensar del destino que debería tener el monumento al usurpador Bolívar traído desde Italia y ubicado en el parque Seminario, frente a la Catedral. Me imagino que sus días están contados, a la luz de la verdad histórica.

De hecho, el proyecto de ubicar a Bolívar en su real dimensión ya comenzó. Por eso, el malecón ya no es Simón Bolívar, sino Malecón 2000. Por eso, el aeropuerto ya no lleva su nombre, sino que quedó para un Centro de Convenciones, escenario de conciertos también históricos como el de Patito Feo. De todos modos, es difícil sacarme la sospecha de que Bolívar está pagando los platos rotos de una bronca que le es ajena. Desde que Chávez y su combo lo elevaron a la categoría de mentalizador de la revolución "bolivariana", dan ganas de ir a tirar piedras a La Rotonda. O escuchando al Corcho, a María Augusta o a Chauvin corear que "camina la espada de Bolívar por América Latina", provoca pisarle un pie a la espada para que no camine tan rápido. Por lo menos.


* Publicado en Hoy.com de Ecuador, el 02/05/2009.

1 comentario:

  1. Más allá del partidismo que, notoriamente, invade a la disputa sobre Bolívar -debidamente atizada, como bien se dice, por un Chávez hambriento de ser "el nuebo" Simón-, repito, más allá del fin partidista, creo que hay un problema en la confección de la nota, en las declaraciones de las autoridades, de los autores del libro en cuestión, o en la reacción de la gente: tal problema es la enunciación de "la verdad", singular, única, que preexiste a los investigadores y les fuerza a revolver papeles, revolver informantes, y revolverse a sí mismos para encontrarla.

    "La verdad" histórica, en singular, es inasequible; si, como dice el alcalde, "esas páginas están llenas de verdad", entonces ¡fastídiese cualquier estudioso que, en el futuro, quiera indagar algo sobre Bolívar y Guayaquil! ¡Desista usted, nomás! ¿Qué no lo ve? ¡LA verdad ha sido ya enunciada! ¡No hay nada más que buscar! ¿No es por demás ridículo?

    Ése es el problema: decirse poseedor, descubridor, o enunciador de LA verdad. A partir de ello, pueden poner nombres, quitar nombres, sacar el cadáver y arrastrarlo por las calles; ¿por qué? Porque la verdad ha dicho que se lo merece. Y, como es natural, cuando se encuentre, al calor de otros papeles, otras metodologías, otros enfoques, que hay OTRA verdad, ¿qué harán? ¿Rebautizarán, desagraviarán, reinhumarán?

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