Laurence Rees ataca de nuevo

Desde hace un buen tiempo que vengo dándole vueltas a una reseña múltiple que no termino de escribir nunca. Es una reseña sobre la trilogía de un autor que se ha vuelto fundamental en la historiografía contemporánea. Me refiero al británico Laurence Rees y a sus tres libros sobre la Segunda Guerra Mundial: "Una guerra de exterminio. Hitler contra Stalin", "Auschwitz. Los nazis y la Solución Final" y "Los verdugos y las víctimas. Las páginas negras de la historia de la Segunda Guerra Mundial". Leyendo la siguiente nota me he enterado que me he demorado más de lo imaginado. En todo caso, ya encargue mi ejemplar de "A puerta cerrada", por si la reseña que tengo que escribir al final sea sobre una tetralogía. Por cierto, lo único que puedo adelantar es un lugar común que en esta ocasión resulta inevitable: Rees es un extraordinario escritor y mejor historiador (JMM).

Garzón olvida al mayor criminal de guerra, protegido de Estados Unidos (*)
Por Pascual Tamburri Bariain


La URSS cometió desde 1939 todos los crímenes imprescriptibles que hoy la Audiencia Nacional cree poder juzgar. Rees demuestra que Stalin tuvo la bendición de Hitler y la de Roosevelt.

España se ha convertido en los últimos años no solo en el país de la memoria histórica, sino también en la patria del rencor histórico hemipléjico e imperecedero. No es una ocurrencia de Zapatero ni una manera más de las muchas que tiene Baltasar Garzón para ocupar portadas de periódico. Izquierda Unida acaba de preguntar formalmente al Gobierno por qué no dictamina la retirada del "Collar de la Gran Orden Imperial del Yugo y las Flechas" concedido por Franco en 1937 a Hitler y a Mussolini. Pura actualidad, como se ve.

Además, como el 20 de de febrero se renovó el ducado de Mola, Gaspar Llamazares cree que deberían retirarse los títulos nobiliarios concedidos a Mola, Queipo de Llano y Dávila. En la misma línea, Joan Herrera cree que debe confeccionarse un mapa integrado de fosas para todo el territorio nacional, eso sí sólo fosas de un bando. Mientras tanto, la Audiencia Nacional da por supuesta su jurisdicción universal y eterna para los que cada uno de sus jueces estrella tenga a bien llamar crímenes contra la humanidad.

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El mundo anglosajón, que cultiva la memoria sin sectarismo, es mucho más sensato en cuanto a la dimensión presente de los horrores del pasado. Una excelente prueba es el libro del periodista e historiador británico Lawrence Rees, especializado en el siglo XX, que David León acaba de traducir para Crítica. El simple hecho de escribir el libro fue un acto de valor no exento de polémica por parte de Rees. Traerlo en 2009 a España es una demostración de independencia y de sentido común por parte de la gran editorial barcelonesa.

Rees entra, con el rigor y la documentación de un historiador pero con el olfato, el buen hacer y la fluidez de un buen periodista, en uno de los temas más trillados de nuestra historia contemporánea. Sin embargo lo aborda desde una perspectiva poco habitual, con fuentes hasta ahora poco o mal estudiadas y con resultados que obligarían a intervenir a nuestros jueces, si realmente creyesen lo que dicen creer.

La historia más espeluznante jamás contada

Todos sabemos, o creemos saber, que la Alemania nazi atacó a Polonia en septiembre de 1939, que Francia y Gran Bretaña defendieron al agredido y que de esa digna actitud surgió la Segunda Guerra Mundial. Una guerra en la que, lo sabemos, los polacos y los judíos de Polonia sufrieron indeciblemente a manos del ocupante alemán. Un ocupante que, lo sabemos, fue finalmente derrotado por los aliados, incluyendo a la Unión Soviética y a Estados Unidos y Gran Bretaña que, desde 1941, habían dado un contenido ideológico a la guerra en la Carta del Atlántico, defendiendo como objetivo propio en el conflicto la derrota de las dictaduras, el fortalecimiento de la democracia, el respeto universal de los derechos humanos y la libre determinación de los pueblos. Rees no niega nada de todo esto, lo que resultaría por lo demás bastante chocante. Simplemente añade a esa historia ya conocida la parte poco o nada mencionada. Y lo hace desde el punto de vista de su protagonista, José Stalin.

La historia de Rees, que no por casualidad está dedicada al gran contemporaneísta Ian Kershaw, se fundamenta en los documentos soviéticos y polacos ahora accesibles a los investigadores y en la verificación de fuentes alemanas, británicas y norteamericanas hasta ahora usadas sólo parcialmente. Y es la historia de muchas traiciones, de muchas incoherencias, de gran cantidad de mentiras y de crímenes de guerra, crímenes contra la paz y crímenes contra la humanidad; crímenes equiparables a los que pudieron ser juzgados en 1946 en Nuremberg, crímenes que hoy serían investigados por el Tribunal Penal Internacional, y crímenes que nuestra Audiencia Nacional puede, por qué no, avocar a sí.

Allá por 1936 Alemania, Italia y Japón firmaron un Pacto Antikomintern, y los tres regímenes antidemocráticos se comprometieron a luchar contra el comunismo internacional de Stalin. Tras una espectacular serie de victorias diplomáticas, en agosto de 1939 Hitler dejó plantados a sus socios y firmó no ya un pacto de no agresión sino una verdadera alianza con su hasta entonces archienemigo. Joachim von Ribbentrop, en nombre de su líder, regaló media Europa Central al comunismo, al tiempo que se quedó con dos tercios de Polonia para sí. Toda la Europa al Este de los ríos Niemen, Bug y Prut tiene que agradecer al anticomunista Hitler cincuenta años de totalitarismo marxista. Toda la Europa a Oeste de la misma línea debe agradecer al antinazi Stalin el sometimiento a la Alemania nazi.

Eso sí, Francia y Gran Bretaña declararon la guerra sólo a Alemania. Desde 1939 nazis y soviéticos colaboraron militarmente, y compitieron en la dureza de la represión contra los habitantes de los territorios por ellos ocupados. Para Stalin su parte de Polonia era bielorrusa o ucraniana; para Hitler su porción era futuro territorio de expansión alemán. Para unos y otros sobraban las minorías dirigentes, los intelectuales, la nobleza, los judíos y, en muchos casos, sencillamente toda la población.

Pero lo más chocante vino desde 1941. Alemania recordó cuando le convino su peculiar anticomunismo, y atacó a la Unión Soviética, convirtiéndola en aliada de todos los demás enemigos de los nazis. Winston Churchill y Franklin D. Roosevelt lucharon denodadamente por la democracia contra los nazis, pero conocieron y toleraron todos los planes y los hechos antidemocráticos de los soviéticos. Stalin logró de los aliados toda la ayuda posible y no sólo retuvo lo que Hitler le había dado sino que en 1945 amplió hasta el Elba su bárbaro campo de acción.

Rees demuestra, con detalles apasionantes, cómo las conferencias de Teherán, Yalta y Potsdam fueron verdaderas victorias políticas de un Stalin que se convirtió en verdadero líder de la coalición antinazi. Roosevelt tenía un prejuicio antinazi y antialemán que le hacía incapaz de cualquier objetividad respecto a los soviéticos, y de hecho aplaudió planes verdaderamente genocidas como el de Morgenthau. Durante la guerra, es muy cierto, millones de personas murieron o fueron deportadas por los nazis, y muchos responsables incluso menores han pagado por ello. Pero otros millones, más en realidad, padecieron la misma suerte a manos de los comunistas, y nunca nadie ha pagado por ello. Tampoco, por supuesto, los que Rees describe justificadamente como cómplices necesarios de todo el proceso, las autoridades británicas y norteamericanas. Aún viven millones de mujeres y niños que contemplaron y sufrieron es espectáculo bárbaro de este ir y venir de ejércitos y de policías totalitarias conocido y tolerado por las grandes democracias del mundo.

Gran Bretaña y Estados Unidos no fueron engañados en ningún momento por los soviéticos, porque la verdadera personalidad de Stalin jamás fue ignorada. Sería por supuesto ridículo que Baltasar Garzón pidiese ahora las partidas de defunción de aquellos líderes, aunque podría hacerlo. Pero no carecería de sentido meditar si el realismo político de Lord Halifax y Neville Chamberlain, tanto el defraudado por Hitler entre Munich y Praga como el que sostuvieron en la primera fase de la guerra junto a los más importantes neutrales, no habría sido mejor para Europa que tanta masacre revestida de grandilocuencia. Chamberlain tuvo los escrúpulos de los que careció Churchill, y le faltaron la habilidad y la suerte para unir a los mejores en medio de un mundo hecho ya en 1939-1940 a medida de Stalin. Éste es un libro que debería llegar a todos nuestros docentes de historia en educación secundaria, para que eviten la visión maniquea que aún se da y que, después de conocer la triste suerte de Polonia por ejemplo, no tiene justificación posible. Y que alguien se lo regale a Garzón.


* Publicado en El Semanal Digital, de España, el 01/05/2009.

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