Porras, Radicalidad y Libertad (*)

Por Hugo Neira Samanez

Una aureola de sabio, de erudito y de generoso maestro, amigo de sus discípulos, nimba el nombre de Raúl Porras y lo distingue entre los grandes del Perú. Hace cerca de cuarenta años que el anfiteatro general de San Marcos no escucha sus lecciones ni su figura atraviesa los patios de Torre Tagle; sin embargo, le sigue acompañando la gratitud de alumnos y colaboradores como si fuera el día de ayer. Prueba de ello, estas líneas. Tal perseverancia, rara en cualquier medio y más en un país conocido por su calculada desmemoria y el peruano hábito de la inconstancia, debe sorprender y de hecho sorprende. En vez, pues, de tomar como natural o inexplicable los motivos de ese recuerdo, ello es el punto de partida de estas páginas. Una reflexión sobre la tenaz memoria que ha dejado Porras en quienes le conocieron. Y más allá del óbito, de la evocación testimonial que resulta inevitable en tal circunstancia y de lo que quisiera desde ahora pedir excusa, conviene interrogarse acerca del significado que tiene que creadores de cultura, escritores y pensadores, profesores y hombres del servicio público, diplomáticos y juristas, coincidan en ser parte de una desperdigada grey que, sin embargo, no envuelve una adhesión ideológica, apenas una deshilvanada fraternidad que no constituye ni una logia académica ni un grupo sediento de poder, lo cual es tan milagroso como la remembranza de un maestro antidoctrinario.

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A la casona de la calle Colina en Miraflores, hoy Instituto Raúl Porras Barrenechea, llegamos muchos y en épocas diferentes. Me referiré escuetamente al grupo juvenil que Porras había reunido en su contorno hacia el filo de la década de los cincuenta para ayudarlo a trabajar en la historia del Perú que preparaba; una precisión, sin duda, que evitará la entera mención de los que me precedieron que, como se comprenderá, fueron numerosos. De mis días, retengo la memoria de Carlos Araníbar, que ya hurgaba las crónicas en las que ha llegado a ser conocedor impar. Pablo Macera, con el brillo que siempre tuvo, y en las proximidades tomaba notas, como todos, para una historia que Porras no llegó a concluir, Mario Vargas Llosa. Ya estaban caminando en la enseñanza Jorge Puccinelli y por la vía doble del maestro, en la docencia y en el servicio diplomático, Félix Alvarez Brun. Era la nuestra, la de los menores, una tarea de aprendiz, en todo el sentido gremial y noble del término. Creo que permanecí en el embeleso de esa biblioteca, de ese trabajo y ese maestro como tres o cuatro años de mi vida, no lo recuerdo con precisión. Suficientes, sin embargo, para cambiar el rumbo de mi vida, como creo, la de todos.

Era la casona de Colina 398 un lugar singular. En el tiempo, había sido el solar familiar, pero a medida que las hermanas se casaban y partían, y Porras se quedaba con la madre (a la que no conocí ) y luego solo. Poco a poco, había ido transformando su casa de acuerdo a las exigencias de una desbordada erudición que competía, en lecturas y documentos, con la Nacional de Lima. La casa de Porras era, en efecto, una casa–biblioteca. Quedaba espacio para los trastos y la cocina, el ancho comedor en donde innumerables veces se cerraba la jornada con una taza de té (hoy la sala de conferencias del Instituto), un salón en donde recibía a sus invitados de marca, el patio que hasta hoy existe. Pero todas las otras habitaciones, que eran numerosas, habían sido sabiamente invadidas por altos escaparates repletos de incontables libros, algunos valiosísimos, que el maestro había arrancado a la voracidad de coleccionistas extranjeros, comprados a precios de oro y de su propia ruina, y que sin su intervención, habrían tomado el camino del exilio en alguna biblioteca norteamericana. Ahora bien, en la época en que yo llegué a la casa de Colina, Porras había instalado a cada uno de sus ayudantes en una sala. Carlos Araníbar ocupaba la sala Colonia, rodeado hasta el cielo raso de libros y cronicones. Macera circulaba olímpicamente en un territorio determinado y reconocido como la República. A mí me puso al lado de una ventana, un espacio pequeño, adecuado al período que me confiaba, imprevisible, turbulento y breve, la Emancipación. Cada tarde, un puñado de libros esperaba sendas lecturas. Cada tarde, las hojas desgranadas de nuestra pesquisa se acumulaban para que Porras, en sus horas, las viera. Cada sala de trabajo, cada ayudante, estaba puesto bajo la invocación no de un santo, sino de una imagen del Quijote, figura que coleccionaba. ¿Cuál le gusta más? solía preguntar. Y extraía curiosas conclusiones de tipo psicológico y humano ante la inclinación de cada quien por una u otra representación del caballero de la Triste Figura. Por mi parte, prefería un Quijote que, a diferencia de las representaciones convencionales, no iba a caballo sino que leía delirante un Amadis de Gaula. Era una preferencia sin más. Pero es ese el objeto de arte del que resulté legatario, unos años después y ante mi asombro, en su testamento ológrafo.

La casa de Colina fue centro de trabajo, taller y posada. No puedo generalizar, pero imagino que en grado semejante, lo que me ocurrió también acaeció a otros. Fui al taller de Porras con la idea de que era un lugar en donde se me ofrecía un puesto sin par de trabajo, sin imaginar que ahí iba a aprender las pericias del quehacer intelectual, desde las más sencillas a las más complejas, un cúmulo de destrezas que ninguna otra enseñanza, incluida la universidad de esos días, ningún otro maestro, alcanzaba a transmitir. Debo contar, sucintamente, quien era y en que me transformé. Acaso de los discípulos que tuvo Porras, era yo el del origen social menos encumbrado, para decir las cosas suavemente. Había hecho estudios en colegios estatales, vivido en un barrio limeño al límite de la marginalidad y por igual poblado por obreros y por hampones, salía de una familia dislocada por el divorcio. A estos agravantes se sumaba el hecho que para entrar a San Marcos, creo que con una de las mejores notas del examen de ingreso, tuve que romper con mi padre; no contaba con ayuda alguna de mi familia materna, y para decir las cosas enteramente, no era sólo un estudiante pobre de San Marcos, sino uno de los raros que entonces trabajaba para poder sobrevivir y estudiar. Me es difícil pensar en mí mismo, ahora en que escribo estas líneas y tengo la misma edad que tuvo Porras al morir. Creo que era entonces un joven enfebrecido por el doble acoso de la necesidad y el deseo de acceder al más exigente conocimiento. Algunos profesores, a los que llamaba la atención el brillo de mis intervenciones, comenzaron a interesarse en mi caso, acaso por piedad paternal. Jorge Puccinelli vino a verme. Porras necesitaba un secretario para que le hiciera fichas, un proyecto de historia del Perú que financiaba, Dios lo tenga en la gloria, Juan Mejía Baca. Me había defendido hasta el momento como podía, dando clases en infames colegios particulares, de obrero en una fábrica, de guardián nocturno en unas residencias, para lo cual me dejé crecer un impresionante bigote. "Tengo veinte años, no dejaré a nadie decir que es la más bella edad de la vida" (Paul Nizan).

Porras se acordaba. Alumno suyo en el curso de "Fuentes históricas", apreció mis intervenciones, y al final de ese curso, al distribuir tareas para una investigación personal, me atribuyó el estudio del primer Congreso Independiente, el de 1822. Fui a su casa por vez primera para trabajar directamente en el diario de ese congreso y sus debates. Lo extraordinario, y vale la pena contarlo, son las conclusiones que saqué, contrarias por completo a su propia lectura y en especial, hostiles a las del gran Riva Agüero sobre el mismo asunto. Lo cual prueba, como se verá, el liberalismo de Porras, su tolerancia con la insolencia de los jóvenes. Ya en el oral, me despaché con un atrevimiento que ahora admiro, y defendí mi propia investigación no sólo en contra de los historiadores sino de los mismos primeros y sagrados congresistas republicanos, a los que traté de pusilánimes, poco dotados para la acción política, traidores como Vidaurre y envidiosos como Luna Pizarro (sigo pensando que no me equivocaba), banda de disparatados en suma que no tuvieron otro camino que llamar a Bolívar, sobre todo después del desastre de la batalla de Intermedios. Porras me escuchaba entre sonriente e intrigado. Era un examen oral. Sorprendentemente se puso de pie y salió a buscar a otros profesores para que integrasen el jurado, en el cual ya estaba Carlos Araníbar, asistente en la cátedra. Luego de la incorporación un poco asombrada de otros docentes, el oral prosiguió. Fue un raro y sonado "veinte" en la historia de su docencia. De eso se acordaba Porras cuando Puccinelli le recordó que el mismo muchacho que tanta independencia de criterio había mostrado en su curso, igual se moría de hambre y corría el riesgo de enfermarse o dejar para siempre estudios imposibles para su condición social. Porras me tomó inmediatamente. Cabe decir, para trascender la anécdota personal, no por mi sumisión al criterio de autoridad sino justamente, por lo contrario. Maestro de inconformidad, se rodeó de inconformes.

Años después, varias universidades peruanas integraron el hábito de los talleres, la formación práctica de investigadores, pero en el desierto que entonces era la docencia superior, los profesores transmitían conocimientos sin detenerse demasiado en la manera de adquirirlos. A mi avidez por el saber, una cabeza despejada y un rápido enjuiciamiento de lo que percibía, no aportaba gran cosa cuando llegué a la casa de Colina. Sabía cosas, pero no sabía como se llega a saber. Recuerdo que Porras me puso frente a mi primera tarea, la obra del historiador argentino Bartolomé Mitre y me mandó encontrar el pasaje o párrafos en los que aquel se ocupa de la estadía peruana de José de San Martín. No he vuelto a ver el libraco pero tenía como quinientas páginas. Obviamente, me puse a leerlas una a una. Unas horas más tarde, con el sombrero puesto y el coche encendido, pasó rápidamente a verme. "¿Qué hace Usted?". "Pues reviso a Mitre", le contesté. Y le señalé el pasaje central de Mitre que ya había hallado. Porras, casi con irritación, tomó el libro sobre la mesa. "Los libros se leen por el índice, jovencito". Eso nadie me lo había dicho. Días más tarde, se sentó a mi lado y me explicó, con santa paciencia, como se hace una ficha: nombre del autor, título de la obra, fecha de la publicación (la primera) y si es un periódico, del cotidiano. Luego el texto, y lo decisivo, el resumen o sumilla en la parte superior, que permite la filiación con otros temas o ideas. Una ficha es un paratexto, sin el cual no hay organización mental. Vargas Llosa menciona una experiencia singular en uno de sus libros autobiográficos.

En Colina 398 aprendimos las técnicas de la cultura casi sin darnos cuenta, en un ambiente de taller sin lecciones teóricas sino prácticas. La muy particular mampostería de las ideas bien trabadas. Porras a menudo nos solicitaba un trabajo adicional. Como lo cuenta con mucha gracia Luis Loayza en el prólogo de su antología La marca del escritor (México: Fondo de Cultura Económica, Colección Tierra Firme, 1994), nuestro maestro esperaba hasta la hora undécima la redacción de un texto de conferencia, para acabarlo, dice Loayza, "a vuelapluma, con letra redonda, clara y menuda, rematando con últimas frases unas horas o minutos antes de subir a la tribuna". Conviene ampliar esa versión. Porras trabajaba, es cierto, pasando la pluma a sus textos pero después de dictarlos, a una velocidad pasmosa, a unos abnegados secretarios que se turnaban cuando los dedos andaban ya agarrotados. Luego, el maestro pasaba el peine fino por esos mismos textos. Participé en varias de esas jornadas maratónicas, extrayendo de ellas mi propia miel. La primera y espontánea lección que nos daba consistía en verlo trabajar, la manera como manejaba la extensa documentación que convocaba para cada asunto, generalmente extendida bajo la forma de libros abiertos de par en par, innumerables, entre los cuales circulaba Porras para cotejar, enfrentar, comparar, aprobar o contradecir. Un simple esquema hecho a mano, en donde estaban los temas comunes, le permitía solicitar uno y otro texto, en la medida en que estos entraban en convergencia o en oposición. Es inútil buscar la huella de ese fragor en el estilo terso, llano, admirable, donde nada delata los apremios de la elaboración. La segunda intervención era quirúrgica, las correcciones de Porras a su propio dictado. Muchas de esas castigadas hojas, con el trazo de pluma del maestro, las guardaba, para pasar horas y días enteros estudiándolas. Porras sabía que las coleccionaba y me dejaba hacer. Me intrigaba la disposición de los párrafos, el uso de los paráfrasis, la forma de citar sin interrumpirse, la manera como abreviaba las frases, sus inclusiones y exclusiones. Algunas de esas hojas llegaron a ser enmarcadas, aunque luego las extravié en alguno de mis divorcios o exilios. Poco importa, había aprendido lo que corrientemente se llama el arte de la composición. Esto es, el oficio de escribir. Y un saber medioeval, el de la síntesis, que en otras culturas se enseña no como un adorno sino como lo esencial en toda formación superior. Que nadie se asombre, pues, que luego pasara con serenidad al periodismo, a la investigación, a la docencia en el extranjero y al ensayo. ¿De donde venía esa técnica a Porras? Es una pregunta que dirijo a los especialistas de la historia de la educación peruana. Acaso, de su formación con los padres de la Recoleta, de origen francés. A los que les tienta la estilística, les invito a que visiten los textos en prosa de los García Calderón a comienzos de siglo, de Víctor A. Belaunde y otros novecentistas. La construcción de las ideas es la misma (no, por cierto, los contenidos). La influencia francesa, ordenadora, sobrevivió por lo menos hasta Mariátegui. A diferencia de nuestro país, subsiste en otros, en México por ejemplo. Y en Francia, naturalmente, en donde no la ignoran, ya no los docentes o los intelectuales, sino todo el mundo, se prodiga desde los liceos, es imposible obtener grados si no se sabe al menos, redactar. Ni los que llevan borlas doctorales en ciencias, resultan exceptuados.

El aprendizaje de la técnica de reagrupamiento dinámico de textos consultados en torno a una problemática, no lo fue todo. Fue también la iniciación en el placer de la lectura, a veces, múltiple, desperdigada, fecunda. Una biblioteca es un lugar en donde se viaja. El libro fue el objeto de culto de la casona de Colina, y también, motivo de la primera irreverencia. Había que manipularlos, convivir con ellos, cuando eran de uno, marcarlos y trabajarlos, mientras se adquiría en esa biblioteca privada que era por la voluntad generosa de Porras también la biblioteca de sus ayudantes, algunos reflejos indispensables, ciertas destrezas, que nos acompañaron la vida entera. A esa libertad, a veces liberticidio cuando por mi parte acumulaba demasiados libros consultados y que Porras con rezongo paternal devolvía a sus estantes, se unía, cómo dudarlo, el rigor. Maestro liberal pero exigente. No nos consentía las bravuconadas propias de la edad, citar autores que no conocíamos enteramente, hablar de libros no leídos, vicio tan frecuente, o datar con error. Araníbar en particular, hizo de ello una religión personal. Ante la simulación del talento, Porras era implacable. Igual como respetaba los juicios ajenos, se encendía de indignación ante el plagio, la tergiversación, la impostura. Por prudencia, delante de tan alerta contertulio, los discípulos preferíamos hablar sólo cuando estábamos muy seguros, pues en muchos casos, a amigos suyos, mayores y dilectos, les vimos pasar un mal rato. "¿De dónde ha tomado Usted eso?". Incluso, a Haya de la Torre, a quien quería y respetaba, corregía Porras. "¿Pero Raúl, de dónde has sacado eso?". E indicaba a semejante líder de multitudes, un poco desconcertado por las circunstancias, que el cronista que citaba no era sino la repetición del cortesano Zárate que a su vez lo había tomado... y seguía una lista apabullante de citaciones. Entonces Haya sonreía y cambiaba de tema.

No desatendamos los tópicos con los cuales convencionalmente se le evoca. Porras es uno de nuestros grandes historiadores, pero es preciso inmediatamente añadir lo siguiente: las páginas que nos ha dejado no son sólo arte de la historia o historiografía, cabe recordar que ejerció una docencia que desbordaba el marco académico, con una audiencia que igual llenaba las galerías de las Cámaras legislativas cuando tomaba la palabra a salas pletóricas de un variado público que lo seguía a círculos y ateneos, acaso porque con Porras se aprendía sin aburrirse. A sus sonadas conferencias acudían espontáneamente alumnos y ex-alumnos, muchos de ellos provenientes de universidades estatales que comenzaban a proletarizarse, y señoras elegantes, con sombrero, en los días que las damas limeñas no se echaban a la calle sin llevar un sombrero. Muchos años después, en París, en las salas abiertas a todos los públicos del Collège de France, comprendí la anticipación republicana de don Raúl, acaso, como tantas cosas, amanecida a destiempo en una Lima aún más tasajeada que la actual por infranqueables abismos políticos y sociales.

Con la lección de la cátedra, la crítica de las fuentes históricas del Perú, el estudio de las crónicas del XVI o sus semblanzas de personajes republicanos, Porras participó en la formación de la conciencia de los peruanos. Y aunque animó reuniones de historiadores y colegas, y organizó congresos de americanistas y peruanistas, no escribió ni publicó únicamente para un círculo de especialistas, aunque sus investigaciones heurísticas nos sirvan hasta la fecha. Fue escritor, prosista consumado, sus textos reúnen la preocupación presentista y el saber histórico en páginas impares que son del género del ensayo, es decir, al alcance de todos. Para llegar a sus contemporáneos, a veces aquejados de la oportuna sordera que provoca el escuchar a un justo, se sirvió de la docencia, el periodismo, la política, o la llana conversación, con igual encanto y fortuna. ¿Cambió el rumbo de las cosas? ¿Es redimible el Perú? La pregunta con ser legítima, sobrepasa la intención de esta remembranza. Acaso convenga ceñidamente decir lo que hizo por la cultura y el país, para libertarlo de cadenas políticas y mentales. Desde ese punto de vista, cívico, Porras ocupa un sitial, muy alto sin duda. Es parte de un Olimpo democrático de pensadores agoreros escuchados con mayor o menor suerte, a su lado están Jorge Basadre y Luis E. Valcárcel, sus pares, y otro batallador infatigable, Luis A. Sánchez. Como ellos, su contribución rebasa la Universidad. Profesores y algo más, agentes formativos de un clima de ideas, sendos capítulos de una historia intelectual del Perú por escribirse. Maestros y no sólo docentes.

Sin embargo, las asignaturas que tuvimos con Porras no condujeron a la constitución de una escuela, a un conjunto estructurado, a una unidad dogmática en el pensamiento, y eso hay que explicarlo. La recordación de Porras a la que estas líneas se asocian, no puede ser ajena a una reflexión acerca de tan singular y emancipada filiación. Lo mejor de su herencia, acaso fue la libertad de cada uno. A pocos años después de su muerte, recuerdo una conversación sobre la materia con Mario Vargas Llosa y en París. Me preguntaba Mario cual era mi plan de estudios y de trabajo en Francia. Después de escucharme, y viendo mi interés por la antropología de Levi Strauss, la escuela de historia económica y social de los "Annales" o mi asistencia a la cátedra de Lucien Goldman, me dijo: "de modo que tú tampoco vas a seguir con la historia que hacía Porras". Reflexionando, Mario había atisbado parte de la verdad, el curioso destino de una lección magistral al que ninguno de sus discípulos continúa a través de la misma manera de concebir la historia, acaso porque ese mismo saber ha sufrido formidables transformaciones en el curso de este medio siglo. Sería fácil poner la suma de mutaciones posteriores, en la cuenta de la natural evolución de las disciplinas y el espíritu de contradicción que separa maestros y discípulos y generaciones entre sí. Pero, ¿cómo explicar la lealtad que se le guarda, el secreto sentido de la invocación de su nombre con congoja? Paradojal diáspora de discípulos que con sendas distintas, y hasta divergentes, enarbolan por igual una feroz voluntad de autonomía. Salidos de ese aprendizaje sin gravamen ni reproche.

No se habla impunemente de un grande de la cultura del Perú, con mayor razón cuando se le ha conocido personalmente, sin a la vez ganar en status y en prestigio. Sobre aquella corona, no es difícil auparse. Bajo ese esplendor, valorizarse. Sé perfectamente los riesgos que implican las presentes páginas. Uno de ellos es el de la hagiografía. Otro, el de la postura díscola porque sí, para marcar débitos y distancias. Entre esos dos escollos, la presente reflexión toma otro camino. En efecto, después de recibir la invitación a este homenaje, me he preguntado menos sobre la apreciación parcial o total de su obra, en la seguridad que la crítica interna o heurística la asumirán otros, y quizá yo mismo en otra oportunidad. Creo, en cambio, que es tiempo de dilucidar el sentido de esa maestría, flor rara en nuestra vida peruana. Porras, como todo gran profesor, dirigió tesis, enmendó carreras, orientó vocaciones. Pero hizo más que eso. Escuchó a los jóvenes, dice Loayza, "lo cual ya es raro", añade. Hay que decir que se interesó en investigaciones ajenas, en destinos que exploraban formas de creatividad que no frecuentó, como la novela o la poesía, no falta por ahí algún arquitecto, hasta un psicólogo. No hay que pensar que ésta maestría se limitó al puñado de jóvenes intelectuales que por un período indeterminado trabajaron a su lado, los discípulos. Diré, de una manera general, que esa paciente tutela se extendió a muchos más, a algunos que sólo habían asistido a sus cursos, o que se aproximaban por períodos cortos, orientándose más tarde a quehaceres que no eran ni la literatura, ni la historia, ni la diplomacia, ni la política. Seamos claros, Porras apoyó a lo que se llamaba por aquel entonces jóvenes "aprovechados" a los cuales conoce en su calidad de profesor de las dos mejores universidades del Perú de ese momento, la Católica y San Marcos. Esa labor implicaba una carga adicional de preocupaciones en torno a como conseguir modos de vida y trabajo a algunos de ellos, o becas o puesto. Resueltos los problemas acuciantes y materiales, aquellos eran derivados ora hacia la enseñanza superior, ora hacia el servicio público. En otros países, con Estado previsor y sociedades abiertas, semejante y titánica tarea se encomienda a instituciones, a sistemas racionales y públicos de concursos. Como en el Perú resultaba pedirle peras al olmo el racionalizar la selección y abrir las puertas a la meritocracia, a jóvenes con talento pero sin recursos, el maestro Porras venía a suplir la carencia y la indiferencia del medio, y ello, sin grandes recursos financieros, sin otros medios que su autoridad moral e intelectual. A menudo su paciencia era premiada con resultados, y así es como el país no perdió en la desesperación de la adolescencia frustrada o del resentimiento de los mejores, a algunos de sus hijos. Medio Torre Tagle y parte de la investigación peruana supo de ese rescate voluntarioso de vocaciones y talentos. La lista es larga, y contrariamente a lo que se puede sospechar, no implicó clientelismo alguno. Entre los porristas había de todo, desde acrisolados conservadores a comunistas, como era mi caso. Pese a tan atrabiliarios ayudantes, Porras no perdió nunca la serenidad de un estoico antiguo, curado de fanatismos. Su constitutiva insumisión desesperaba aún a sus aliados políticos, desde el aprismo al gobierno de Manuel Prado. Se manejó con poco sentido de la rutina y los convencionalismos, dejando siempre playas para la tertulia, el ocio y la conversación, incluso cuando era Ministro (en el Club Nacional, en el café Haití) y por todo eso, por su imprevisibilidad en la que siempre guardó algo de juvenil, acaso acabó en temeraria soledad, rodeado de un puñado de indignados amigos que lo acompañaron a su última morada –se ha dicho– un final de filósofo antiguo.

Fue un maestro a carta cabal. Pero el término precisa discusión, el concepto ha sufrido erosión y se presta hoy a malentendidos. Quién negará que se ha prodigado en circunstancias distintas y con abuso suele asociársele a una línea política. En efecto, rara vez deja de sugerir una identificación cuasi religiosa en doctrinas sociales. En los casos más tenues, al menos compartir un credo o una idea por lo general mágica del Perú. La más de las veces, el concepto implica una coloración ideológica. Sucede cuando se aplica a José Carlos Mariátegui el título de "Amauta". Lo mismo ocurre con el culto de los apristas a Haya de la Torre. Entiendo las razones y la legitimidad de sendas devociones. Las invoco no para denigrarlas sino para diferenciarlas de la que rodea a Porras. Recordarlo no es robustecer algún pretendido partido liberal. Los juveniles amigos de Porras no resultaron fervientes hispanistas. Por lo demás, un gran aprecio acompañó a otros intelectuales influyentes, un cenáculo se forma tras la sombra de José de la Riva Agüero, y en el que el propio Porras participó en su edad juvenil, o es al caso de los discípulos y parientes de Víctor A. Belaunde. Hay quienes se aglutinaron tras otro gran peruanista, Luis E. Valcárcel. Se me concederá que en unos y otros, la condición de discípulo no era ajena a algún tipo de afinidad política o ideológica. Lo curioso, lo infrecuente, lo excepcional es que tal cosa no ocurría en la vecindad de Porras. Ni podíamos ofrecer tal identificación, sujetos como estábamos a la rosa de los vientos de todas las ideologías, ni el maestro lo exigía. Dispensados de llevar el cilicio de alguna escolástica al uso pues el propio maestro se desembarazaba de las mismas. A veces me preguntaba qué andaba leyendo. Pero luego se aburría mortalmente sobre las páginas de Lukacs o Nicolai Hartmann. En cambio apreciaba a Ernst Cassirer, a Huizinga, como en su caso, espíritus alados. Un día me extendió un libro de Octavio Paz. No un libro de seca filosofía sino de meditación de la historia, las ideas encarnadas en los hombres. Fue otro relámpago.

Plugo al cielo que Porras no fuera un ideólogo ni tuviera vanidades filosofantes. Pero una vez más cabe preguntarse, ¿Cómo fue que trabajando sobre la historia no cayera en la veneración de la misma? Advierto que la fe en la historia ha sido el punto de partida de las ideologías totalitarias contemporáneas. Hay que preguntarse por el origen de esa inmunidad que lo puso a salvo de las grandes alienaciones que han sido frecuentes en los medios intelectuales hasta la caída del Muro de Berlín. ¿Primado de la realidad? ¿Conciencia de la imprevisibilidad del curso de los acontecimientos? ¿Importancia de lo singular en los hechos históricos, de lo distinto? ¿Una visión del mundo que lo inmunizaba ante la tentación totalitaria y los modelos universales para pensar el curso de las civilizaciones, y en general, ante toda pretensión teórica y generalizante sobre las sociedades humanas? Lo cierto es que había desarrollado un santo horror a los dogmas, raro en nuestro país y medio. Algo de su rechazo a la teorización era rechazo a la pedantería. Pero también escepticismo, a la manera de Anatole France más fuertes dosis de ironía limeña y un aire iconoclasta heredado del lejano ancestro, Manuel González Prada. Prevención contra los trascendentalismos. No creyó demasiado en la moda de las filosofías de la historia tan en boga en los años posteriores a la segunda guerra mundial. Provenía de una generación marcada por la filosofía positivista y la consiguiente reacción idealista de sus mayores, de los grandes debates metafísicos, y cuyo efecto perverso fue una natural tendencia a huir de misas negras o rojas. Se había aburrido con Alejandro Deustua y los filósofos criollos de comienzos de siglo. Esa fobia por lo teórico nos salvó. Los dogmáticos, más bien, éramos nosotros. Ya soplaban los vientos de interpretaciones muy rígidas sobre el enfrentamiento entre el mundo industrial y el tercer mundo, simplificaciones en la que casi todos caímos. Esta saludable ausencia de doctrinarisrno preparó, tal vez sin desearlo, un discipulado sin duda singular, que no se articulaba tras un dogma o una creencia. Nos unían, hay que decirlo, ciertas comunes inquinas. Entre otras, la dictadura de Odría de la que el país salía. En Porras la oposición a la dictadura era profunda, asistía otra vez al malogro del país en manos de la improvisación y el poder personal. Otra vez lo que Pedro Planas llama hoy "La República Autocrática". Otra vez las ocasiones perdidas.

Paradojal individualismo el de Porras, puesto que desembocaba en la conciencia colectiva. ¿Un demócrata únicamente interesado en la titularización de los mandatos populares por vía electoral? ¿Sin justicia social, sin meritocracia a la que hemos visto líneas atrás, propugnaba? ¿Un igualitarista? Lo cual implicaba un compromiso más profundo, puesto que la igualdad era (y es) imposible sin condiciones de partida idénticas para todos, como por ejemplo en el campo de la educación popular. Era un revelador. Un maestro que enseñaba que la rebeldía era posible, pero que desconcertaba porque en su revuelta contra el desorden dictatorial se hacía sin las liturgias habituales: el llamado al proletariado o a la revolución. Entendía ser liberal como estar en la oposición. No confundirlo con los partidos de ese nombre, como el Civil o el Liberal o la Unión Nacional, esos clubes políticos que su generación conoció, "el progresismo abstracto" que critica Jorge Basadre a la que él, ni Porras, menos aún Luis A. Sánchez, se apuntaron. Sugiero, pues, que deberíamos revisar el sentido total de esa oposición liberal de Porras al liberalismo de los notables. Esas raíces acaso libertarias o radicales. Hay que volver a estudiarlo. Ahora que el vuelco de la discusión intelectual hacia la cuestión democrática, autoriza el diálogo entre liberalismo y toda tendencia comprometida con la justicia social. Son tiempos éstos en que se ha vuelto a descubrir las virtudes del pluralismo, del Estado de derecho, de la preservación de libertades, y la perspectiva contemporánea de ideas, antiautoritaria, pide revisión de las corrientes liberales y pluralistas, y se vuelve, por todas partes, a Benjamin Constant y Alexis de Tocqueville. Así, Porras, postura y discursos, emergen como esas tierras desconocidas de los viajeros y exploradores, junto a la promesa republicana hasta ahora incumplida. Porras, Basadre y Sánchez. Un ideal republicano de doble limitación, de la sociedad ante el Estado y del Estado ante la sociedad. No es lo viejo, es lo nuevo, lo que no alcanzamos a definir, un sistema de representación político y simbólico, donde algunos grandes conceptos, como autonomía (del individuo, de la nación), responsabilidad, igualdad, ocupan la región central, sin exclusión de otras. Un politeísmo de valores, contrario al monoteísmo que habitó las corrientes dominantes de los últimos cincuenta años. Todo eso no constituye, sin duda alguna, un sistema ni una ideología, acaso, una actitud. De esos maestros de escepticismo pueden provenir algunas necesarias certezas. De Rawls, de Keynes, de Weber. Del filósofo Alain, que Porras conocía, de su individualismo sospechoso de las fuerzas ciegas de la historia. De Camus, que también frecuentaba. Liberal es una palabra vasta, de extendida polisemia.

Porras no enseñó solamente la construcción de la historia como un saber positivo o la elegancia del estilo, sino cierta manera de vivir, diría, en moral pública republicana. Una postura de tribuno antiguo que no dejaba fisura entre el comportamiento en el ágora y la situación material. En otras palabras, se parecía impresionantemente a esos liberales de los inicios de la República, sobre los que conviene regresar –pese a mi vieja diatriba– cuando se piensa en modelos y paradigmas de moral cívica. Como ellos, consideraba que la primera virtud es la de la honestidad en los denarios públicos; como ellos se consideraba un igualitario y un republicano, y hasta en lo de vestirse de negro, con sencillez, se les semejaba. Como ellos, jacobino pese a su resistencia a los excesos, creía en una radicalidad de la ley y de las instituciones. Todavía es una utopía esa República moral que quiso anticipar.

Discípulo viene de "díscere", en latín, el que aprende. Hagamos de la memoria de esa republicanismo a lo Porras, brillante y fervoroso, pero capaz de ironía y escepticismo, inteligente pero consciente de las enfermedades temibles de la intelligentsia, amante del Perú de todos los tiempos, incluyendo el de los Incas e indios como la Lima limeña, pero incapaz de callar en los momentos de inconsciencia o ceguera colectiva, lección sin amargura. Sin olvidar, por ello, los riesgos. En el dominio de la cosa pública, un programa moral e intelectual de ese temple, conduce a quien vicariamente lo asume, a tomar inevitablemente el báculo del peregrino. Sin destemplanza ni tardío reproche, conviene no olvidar que el maestro Porras conoció en sus últimos años, alejado del poder, tal vez el peor de los destierros, el del peregrino en su propia patria, el exilio interior. No había querido condenar una revolución en el Caribe que entonces convertía las casernas en escuelas. Vivió como liberal pero se fue bajo un signo político de imposible clasificación. Acaso, simplemente, fue un hombre radicalmente libre. Y en consecuencia, bueno.


* Publicado en: Socialismo y Participación, Cedep, N° 78, junio de 1997, pp. 93-100.

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