Historias de espías

Ethel y Julius RosenbergLo que conocemos como Guerra Fría es un periodo de la historia del siglo XX en que el mundo entero se dividió en dos bloques ideológicos enfrentados constantemente y que lo sumió durante casi medio siglo en el temor de un Holocausto nuclear que nunca ocurrió, alimentó los temores más terribles respecto uno del otro y justificó lo injustificable en nombre del mundo libre y la democracia popular.

Un 'Pearl Harbor nuclear’

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Fue el presidente Dwwight Eisenhower quien resumió muy bien la situación, y quien marcaría el rumbo a seguir las décadas siguientes a la recién creada Agencia Central de Inteligencia (CIA), cuando le encomendó en 1953 a Allen Dulles, su primer director, la tarea de evitar un ‘Pearl Harbor nuclear’. Nada extraño tratándose del presidente que creó la doctrina del arsenal nuclear bien provisto como la única manera de “hacer retroceder a los rusos”.

Así, mientras los sucesivos inquilinos de la Casa Blanca, en Washington, y del Kremlin, en Moscú, justificaron el incremento de sus arsenales nucleares con miles de bombas atómicas como para destruir el planeta diez veces en nombre de la paz mundial, para asegurarse que ninguno le llevara la ventaja al otro se propiciaron las actividades de espionaje y sabotaje más increíbles como no se veía desde los tiempos de la Revolución Francesa y de Napoleón, la época en que nació el espionaje moderno.

La política armamentista de Eisenhower no solo disparó la fabricación de armas nucleares (que el Kremlin siguió entusiastamente), sino que además engendró el huevo de la serpiente del espionaje y las acciones encubiertas por toda Europa, Asia, África y Latinoamérica (que igualmente Moscú siguió y superó largamente). Fue una pesada herencia que sus sucesores tuvieron que aceptar y continuar muy a su pesar.

Así, la desclasificación de documentos de la agencia en los últimos años ha permitido conocer más de 170 operaciones encubiertas de todo tipo en 48 países, de tal modo que se puede decir que Eisenhower inauguró una nueva Edad de Oro del espionaje que las novelas de aventuras y las películas contribuyeron a mitificar y acaso a glorificar cuando en ello no había nada de glorioso.

Casos emblemáticos

Cuando en 1949 la Unión Soviética logró construir su propia bomba atómica, la celeridad con que logró tal hazaña hizo sospechar que alguien le había proporcionado secretos fundamentales además de una pieza esencial para el logro: una muestra de uranio 235. Fue así como empezó la cacería de espías dentro del círculo más íntimo de los secretos nucleares. En ese sentido, Klaus Fuchs es, junto con el de los esposos Rosenberg el caso más emblemático de todos ellos. En su momento, se le llamó “el hombre que robó la bomba atómica”. Hay nadie duda de eso.

Científico brillante, llegó a Inglaterra huyendo del nazismo y, desde allí, sus mentores ingleses lo enviaron a trabajar en el Proyecto Manhattan: la creación de la primera bomba atómica. Nadie sospechó que llevaba oculta una fe inquebrantable en la ideología comunista. Trabajó durante siete años con los estadounidenses, tiempo en el cual pasó abundante información a los rusos, hasta que fue descubierto gracias a una delación de otro agente soviético que desertó en Canadá y reveló la red de espionaje en torno al proyecto nuclear estadounidense. Un informe de los servicios secretos al Congreso detallando sus actividades tras su detención en 1950, decía: “No es exagerado decir que Fuchs por si solo ha influido en la seguridad de más personas e inferido más daños que ningún otro espía en la historia de las naciones”.

Pero si hay un caso que resuma la paranoia enfermiza que provocó la Guerra Fría, ese es el de Ethel y Julius Rosenberg, la pareja de esposos ejecutados en la silla eléctrica en 1953 acusados de espiar para los rusos. Hasta el día de hoy es tema de polémica su inocencia, aunque la opinión pública mundial en aquel entonces y ahora siempre tuvo la certeza de ello. Tras un juicio de casi tres años, los esposos Rosenberg vivieron la dura agonía de las apelaciones y aplazamientos de la ejecución varias veces. Tan solo en 1966, el hermano de Ethel, al salir de la cárcel, declaró que su hermana y su cuñado eran inocentes y que él los implicó para obtener una sentencia más benigna.

Más asombroso resulta todavía el caso de Dimitri Poliakov, un auténtico topo, el general soviético que ocho años después de su apacible retiro, en 1988 y cuando ya la Guerra Fría era casi un recuerdo, fue fusilado al descubrirse que durante los años al frente de la inteligencia militar rusa trabajó para la CIA. ¿Cómo lo descubrieron? Otro ‘topo’, esta vez en la CIA alertó sobre su identidad.

Una historia de traiciones y delaciones que obliga a pensar cómo fue que se llegó a eso. Tanto así que, polémico y controversial, el historiador y periodista británico Paul Johnson ha dicho que en realidad fue la ‘trinidad heroica’ compuesta por el papa Juan Pablo II, Margaret Thatcher y Ronald Reagan la que finalmente ganó la Guerra Fría y no esa ingente cantidad de recursos humanos y materiales que significó el espionaje durante toda esa época.

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