Festival de condecoraciones

En medio de tanta mediocridad y arribismo, resulta saludable que personas con algún mérito para reclamar cierta atención, sean las primeras en negarse a hacerlo. Es decir, que no caigan en el fácil juego del acomodo y figuración política. Eso es lo que ha sucedido ayer con Magaly Solier, la joven actriz peruana que acaba de rechazar (en muy buenos y razonables términos) una condecoración presidencial. Es un ejemplo que todos deberíamos seguir, nuestros políticos en primer lugar. Una lección de civismo y sentido común que la engrandece.

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En medio de este festival de condecoraciones, unas bien merecidas y otras no tanto, Solier reconoce que no ha hecho mérito alguno para recibirla. ¿Y saben qué? Tiene razón. Ella, a sus 25 años, tiene la vida entera por delante para entregarnos lo mejor de su talento y ganarse la admiración y respeto que ayer mismo empezó. Porque a esos mismos 25 años, no se ha rendido al poder político (aunque esto sí sea motivo de premiación) y ha tenido el coraje de decírselo claramente y a la cara a quien cree que puede comprar conciencias y silencios con sus 30 monedas (en este caso, treinta y pico medallas que ha repartido). Así que si mañana decidiera dedicarse a la política (ojalá, así tendríamos a alguien decente a quien llamar 'político') no será en ese circo que llamamos Congreso sino en el lugar que le corresponde: el de líder de opinión con opinión.

Pero lo verdaderamente extraordinario de su gesto ha sido el hecho de mostrarle a todos el real valor de estas condecoraciones: nulo. Son unas bonitas medallas en sus cajitas que podemos mostrar a la familia o a los amigos, tal vez al nieto. Y nada más. La verdadera condecoración, el auténtico reconocimiento está en otro lado. En el respeto y admiración conque pronunciarán tu nombre las generaciones que nos sucedan. El resto es, "oro y esclavos". El oro del precio que tienen nuestras conciencias y vanidad; y la esclavitud al poder político al cual hipotecas tu dignidad, amor propio y buen nombre.

Yo siempre le repito a Rodrigo, mi hijo de 15 años, que entre la poca herencia que le voy a dejar está mi apellido y por eso lo cuido mucho. Solier puede estar seguro que el que le herede Magaly Solier a los suyos vale mucho más que el enchapado de oro de la medalla que ayer rechazó. Mucho más.


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