El modelo como repetición de la HIstoria

Por Manuel Burga | Historiador (Ex Rector de la UNMSM)

Los griegos, tal como lo atestigua Hesíodo en su libro Trabajos y días, no tuvieron una concepción progresiva de la historia: no pensaron que la historia avanzaba progresiva e ineluctablemente. Más bien la concibieron como una suerte de permanente proceso de deterioro, retroceso, que los llevaba de las edades doradas de los orígenes a las situaciones grises, sin brillo, sin héroes, ni dioses, del presente. Agustín, el gran autor de la Ciudad de Dios (412 d. C.), alejándose de este modelo antiguo, inauguró más bien una nueva forma de pensar y concebir la historia: incorporó la teleología que le dio un sentido al transcurrir histórico. No era fortuita, ni accidental, ni errática, sino más bien obedecía a un plan oculto, el encuentro del hombre con Dios al final de los tiempos. Igualmente, según él, la historia tenía un sentido escatológico: el proceso histórico nos ofrecía la oportunidad de limpiarnos, de expiar nuestras culpas, pecados, de sufrir en la tierra para hacernos merecedores de la gracia de Dios. Esta es la concepción cristiana que le otorga un sentido a la historia, la que, por ser progresiva, de volvernos mejores por una conducta cristiana, nos puede llevar a la redención final. Esta era la concepción con la cual los españoles o los sacerdotes que los acompañaron llegaron al Nuevo Mundo. Ellos traían la luz liberadora de la religión católica; traían el sentido progresivo de la historia. La historia nos liberaba de las culpas. Con esta mentalidad, los conquistadores y los funcionarios coloniales acometieron sus empresas, por supuesto con una mentalidad de cruzados, sin mala conciencia, sino más bien seguros de la corrección de sus acciones.

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1. EL MODELO COLONIAL: CONQUISTA, MODERNIZACIÓN Y DESOLACIÓN

En enero de 2010, el Banco Central de Reserva (BCRP) y el Instituto de Estudios Peruanos (IEP) presentaron públicamente el tomo 2 de la colección Compendio de Historia Económica, que estará compuesta por cinco títulos. El tomo 2, titulado Economía del período colonial temprano, es una obra considerablemente voluminosa que consta de 614 páginas. El día de la presentación, nos dimos con la sorpresa de que el propio presidente del BCRP, Julio Velarde, lo había leído, y aprovechó la ocasión para analizarlo y discutirlo, junto al director del IEP, Marcos Cueto, quien también lo analizó públicamente. En realidad, la preguntaba de fondo que subyacía a las intervenciones de todos nosotros era muy simple, ¿ese modelo colonial minero, de extracción de metales de los yacimientos altoandinos, tuvo una incidencia positiva o progresiva en las poblaciones andinas conquistadas? Es decir, ¿qué quedó de las ingentes cantidades de oro y plata extraída de los cerros peruanos? La pregunta también la podríamos plantear en una forma más compleja, ¿la hacienda, el obraje y la mina, como unidades de producción, a quiénes beneficiaron?

El editor de la publicación, Carlos Contreras, un experimentado especialista en historia económica de la Pontificia Universidad Católica del Perú, tuvo a su cargo el diseño temático y cronológico de la obra, así como la selección de los autores que en ella han participado. Los cinco ensayos de investigación que conforman este volumen estudian la historia económica de los siglos XVI y XVIII del Perú colonial. La dinastía austriaca gobernaba España y extendió sus dominios por los diversos continentes, inaugurando así la primera globalización occidental, transportada por las carabelas españolas, quizá más dramática que todas las que vendrán después, porque se impuso a través de la conquista militar. La espada y la cruz eran los símbolos de los siglos XVI y XVII. Los colonizados, en estos siglos, nunca pusieron en peligro la estabilidad del sistema colonial. La resistencia indígena fue más bien cultural, religiosa, se aferraron a sus costumbres, se retiraron a los espacios solitarios y reprodujeron sus moldes anteriores. Los desafíos más bien venían de las otras monarquías absolutas europeas, como Inglaterra, Francia y Holanda, que acosaban a los indígenas a través de las acciones temerarias de piratas, corsarios y mercaderes contrabandistas.

El libro, muy bien editado e ilustrado, reúne los ensayos de Héctor O. Noejovich, Carmen Salazar Soler, Margarita Suárez, Luis Miguel Glave y Miriam Salas. Un economista, una antropóloga, un sociólogo y dos historiadores de formación, todos devenidos especialistas —desde hace ya dos décadas y con una abundante producción— en los temas que tratan. En los ensayos, los especialistas citan frecuentemente a los autores clásicos y modernos, se apoyan en diferentes fuentes originales y plantean viejos problemas para ofrecer nuevas respuestas.

Noejovich sorprende de nuevo con el detallado recurso a las cifras. Carmen Salazar-Soler, con mucho acierto, cita discreta y adecuadamente el gran libro Historia natural y moral de las Indias del jesuita José de Acosta, que data de 1590, para mostrar la importancia devastadora de la minería colonial en la conciencia de la gente.

Margarita Suárez estudia con rigor el comercio atlántico, los mercaderes y primeros banqueros de Lima. Nos habla, citando a Earl Hamilton, corregido por Morineau, de las repercusiones de la masiva llegada de metales preciosos en las economías europeas. Luis Miguel Glave analiza la propiedad de la tierra, la agricultura y los circuitos comerciales en los Andes. ¿Cómo surge la propiedad española de la tierra? Insiste con buena, nueva en muchos casos, documentación sobre la noción de despojo de las poblaciones indígenas: los indígenas dismuyen, mueren masivamente, se incrementan los espacios vacíos, los que comienzan a ser ocupados por el ganado europeo: configurándose ese proceso tan bien estudiado por François Chevalier en México: las estancias y haciendas emergieron en tierras vacas o abandonadas. Sin embargo, para descargo de la perversidad española, el Estado, representado en la figura del defensor de naturales, aparece más bien como el freno a la codicia de los colonizadores.

El ensayo de Miriam Salas estudia la manufactura textil y empieza con una curiosa constatación: los bellos y finos textiles prehispánicos fueron reemplazados, luego de la Conquista, por los utilitarios y ordinarios textiles españoles. Una evidente degradación de la calidad, que podríamos trasladarla a lo que sucede en general con la vida del poblador indígena. Las conocidas relaciones geográficas de Indias, del siglo XVI, donde funcionarios preguntan a los indígenas y obtienen respuestas de varios contextos étnicos, demuestran que los indígenas se sentían «mejor» en el sistema colonial, más libres de comer carnes, beber aguardientes y masticar hojas de coca. Eran más bien los beneficios del libertinaje: las carnes, las bebidas con alcohol y las hojas de coca tenían un uso regulado por el Estado inca, el cual desaparece después, cuando estos productos pasan a ser de alta comercialización, lo cual permite la multiplicación de los trabajadores en las minas de plata en Potosí y de mercurio en Huancavelica.

Los cinco estudios nos hablan de la eficiencia de la administración colonial. En 1545 se descubre la mina de Potosí, y en 1550 esta ya se encontraba en plena producción y usando la tecnología prehispánica. Hacia 1570, debido a la intensificación de la producción minera por el uso del azogue, se hace urgente reglamentar la mita minera, incrementar el número de mitayos. El Cerro Rico de Potosí llegó a tener una increíble población de 150.000 habitantes. ¿Pero qué quedó después, cuando las vetas se agotaron? Deberíamos plantearnos mejor la pregunta: ¿qué queda cuando el modelo primario exportador acaba con los recursos naturales? Territorios desolados, poblaciones diezmadas, rebaños aniquilados y colonizadores dueños de todo lo que se podía privatizar. Esa es la dramática lección de la dominación colonial: evidentemente estamos ante una paradoja, donde la modernización más bien atrasa, deteriora, trae más muerte y desolación. No se reconocieron ni respetaron los derechos de los conquistados, el derecho a una cultura y religión propias, e incluso a la vida.

2. EL MODELO REPUBLICANO (SIGLO XIX): MODERNIDAD, REPÚBLICA Y ATRASO

Hacia 1919, cuando se acercaba el primer centenario de la República, un político audaz, Augusto B. Leguía, salido de las filas del partido gobernante, el Partido Civil de entonces, lanzó una propuesta política que la sintetizó en dos palabras: Patria Nueva. Patria Nueva, en oposición al candidato del partido gobernante, Antero Aspíllaga, que según él, representaba a la Patria Vieja, aquella que no había podido realizar la promesa republicana de una vida mejor para los peruanos. Jóvenes universitarios de entonces, paralelamente, formaron un Conversatorio Universitario en la Universidad de San Marcos, con la finalidad de hacer —a través de un esfuerzo intelectual colectivo— un balance del primer siglo de vida republicana. Con la misma intención, pero desde dentro del propio Partido Civil, un intelectual y empresario relativamente exitoso, Pedro Dávalos y Lissón, publicó en 1926 un estudio en dos volúmenes con un título que lo dice todo, La primera centuria. Causas geográficas, políticas y económicas que han detenido el progreso moral y material del Perú en el primer siglo de vida independiente. Esta misma idea, la del fracaso del proyecto republicano, fue retomada por el escritor Mario Vargas Llosa en su novela Conversación en la Catedral (1969), ambientada en la época del general Manuel A. Odría, en la que sin embargo se respiraba un cierto bienestar, una buena coyuntura creada por la Guerra de Corea para los productos de exportación, que permitió grandes obras públicas, las que el gobernante resumía en la frase «Hechos y no palabras», lo que no impidió al novelista poner en boca del periodista Zavalita, uno de los personajes de esta novela, la pregunta, «¿Y cuándo se jodió el Perú?».

Una pregunta que va más allá de lo que se preguntaban en el primer centenario de la República y que más bien indaga por las razones o las causas del fracaso del proyecto republicano. Jorge Basadre (1903-1980), el historiador de la República peruana, a lo largo de toda su obra, propuso entender el siglo XIX, en particular la época del guano (1845-1874), como un período de «prosperidad falaz» y de «ocasiones desafortunadamente desaprovechadas». ¿Quizá por eso perdimos la Guerra con Chile? ¿No supimos invertir nacionalmente los cuantiosos ingresos del guano? No creo que aquí se encuentre la respuesta, y la prueba es que el Ejército chileno ya había ingresado antes al territorio peruano, incluso venció en Yungay a las tropas de Santa Cruz en los años 1830, y frustró la Confederación Peruano Boliviana. Ya los chilenos habían ingresado triunfantemente una vez, la segunda fue más demoledora (1879-1883), destruyeron prácticamente la infraestuctura productiva, sus haciendas, sus instituciones, sus bibliotecas, su clase notable y su población en general.

Manuel González Prada se preguntaba inmediatamente después de la guerra por qué la derrota, la desolación y la amputación territorial. Su respuesta: por la anarquía en la que vivía el Perú, donde los soldados obedecían a los generales, los caudillos militares y no a un comando central de la nación peruana. No había un Estado Mayor, había huestes de soldados que seguían a los caudillos y eso nos llevó a la derrota total. Los estudios más modernos, como los de Paul Gootenberg, nos muestran que las políticas públicas de esta época del guano fracasaron porque no existía una clase dirigente nacional que se interesara en el desarrollo del país, de la ciudadanía. En varios de los libros de Carmen McEvoy, en su libro sobre Manuel Pardo hasta su Homo politicus, encontramos que el republicanismo liberal que alentó la independencia de 1821 y que está consagrado en la Constitución de 1823, fue dejado de lado y primó el caudillismo, las guerras intestinas, el botín, las prebendas y la lucha por el poder. No hubo una idea de nación, de desarrollo nacional, de proyecto nacional, ni de respeto de los derechos ciudadanos y humanos de las mayorías indígenas. No hubo progreso, ni desarrollo, hubo lucha caudillista por el control del Estado como prebenda, no como instrumento al servicio de programas de desarrollo nacional. No teníamos una población de ciudadanos, sino de indios, controlada por caudillos militares, terratenientes o hacendados.

3. EL MODELO PRIMARIO EXPORTADOR: ¿DE NUEVO LA MODERNIDAD O YA ESTAMOS EN LA POSTMODERNIDAD?

Sin embargo, ahora, cuando ya ha concluido el siglo XX, y se ha constatado la frustración de importantes proyectos políticos y de muchos sueños e ilusiones, muy a menudo, se suele pensar —sobre todo dentro de una joven historiografía peruana, jóvenes como los que conformaban el Conversatorio Universitario— que el siglo XIX, a pesar de todo, dejó lecciones importantes, sea la gran herencia de la independencia de 1821 y la primera experiencia liberal, la «República práctica » de Manuel Pardo (1872-1876), que se adelantó a su tiempo, que abortó por el asesinato de su líder en 1878 y fue liquidada por la Guerra con Chile (1879-1883). Es decir, ahora pensamos que el siglo XIX no fue tan malo, nos ha dejado, según Jorge Basadre, la «promesa de una vida republicana », que nos creaba una expectativa de futuro mejor y la necesidad, después de la Guerra con Chile, de aprender del error y finalmente construir la esperada «nación peruana». Es decir, se ha empezado a construir una nueva memoria nacional, una memoria en la que al siglo XIX, y en particular a la experiencia liberal de este siglo, se le considera un proyecto frustrado, inconcluso, que habría que retomar, que continuar en el mundo contemporáneo.

a) La defensa del viejo liberalismo en el siglo XXI

Los editores chilenos de la revista electrónica Asuntos del Sur me pidieron en el pasado 2009 una reflexión a propósito de tres preguntas que había formulado Alicia Bárcena, secretaria ejecutiva de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe: «¿Qué nos falta en América Latina y El Caribe para tomar esta oportunidad única para el planteamiento de un nuevo modelo de desarrollo? ¿Cómo podemos asegurar buenas prácticas a largo plazo que reconozcan los vínculos entre desarrollo económico, desarrollo social y sostenibilidad ambiental? ¿Cómo podemos empezar a diseñar un modelo de desarrollo inclusivo, basado en la justicia social y en el respeto por las reglas de juego, tanto para el sector público como para el sector privado?». En realidad, Bárcena preguntaba por la necesidad urgente —convirtiendo la crisis en oportunidad— de construir una alternativa original al modelo económico de estructura primaria exportadora que lo encontramos, en sus diversas variantes, en casi todos los países de América Latina y El Caribe.

En nuestro país, desde octubre de 2007, fecha en la que el presidente Alan García, con la temeridad del converso al neoliberalismo, publicó su famoso artículo doctrinario «El síndrome del perro del hortelano», la ideología de ese modelo económico primario exportador se elevó a la categoría de doctrina política de Estado, anunciando que cualquier otro camino es «antisistema», como si nos estuviera hablando de ese hegeliano «fin de la historia» de Francis Fukuyama. Su alegato se reduce a lo siguiente, «[...] hay muchos recursos sin uso que no son transables, que no reciben inversión y que no generan trabajo. Y todo ello por el tabú de ideologías superadas, por ociosidad, por indolencia o por la ley del perro del hortelano que reza: si no lo hago yo que no lo haga nadie». (1)

En realidad nos dice que tenemos inmensos recursos naturales que no producen riqueza alguna. Como ya lo había señalado el sabio italiano Antonio Raimondi, en 1873, cuando describió el potencial del yacimiento minero de Antamina, en Áncash, que tuvo que esperar hasta el último cuarto del siglo XX para su explotación. ¿Acaso este retraso en explotar este enorme yacimiento es por la oposición de los perros del hortelano? De ninguna manera, estos recursos se han explotado desde siempre. Bastaría recordar el libro de Alexander von Humboldt, Ensayo político sobre el Reino de la Nueva España, donde compara las minerías del Nuevo Mundo y de Europa, por ese año 1803, concluyendo que la riqueza intrínseca de las minas alemanas era mayor que aquellas de las latinoamericanas; sin embargo, las segundas eran más rentables porque el salario era casi desconocido en estos territorios. El trabajo de los indígenas tenía un precio muy bajo, los gastos corrientes de las empresas mineras eran insignificantes, y eso hacía rentable a las minas mexicanas y peruanas de entonces.

Lo mismo podría decirse de las tierras, donde a medida que la población indígena se reducía, las haciendas se expandían, y su rentabilidad también se sustentaba en lo mismo, el poco valor de las tierras y la mano de obra sometida y casi sin salario. Algo similar sucedió en la llamada selva, la amazonía, aparentemente distante e inaccesible, pero frecuentemente incursionada por buscadores de riquezas.

Esta breve mirada es suficiente para constatar que nuestro atraso no es un problema de tierras ociosas, minas inexploradas, bosques vírgenes, sino todo lo contrario. No se trata de riquezas naturales intactas, vírgenes, ni de que solamente habría que estirar la mano, abrir las puertas a los capitanes de empresa, darles seguridades para producir y salir de la pobreza. Nuestros recursos no renovables han sido explotados desde la llegada de los primeros europeos, incluso desde antes, pero afortunadamente no se han agotado. Esta historia económica es ya un viejo relato, hecho principalmente por los buenos historiadores extranjeros, que de los textos académicos se ha trasladado a las mentalidades sociales hasta generar desconfianza y actitudes militantes contra este tipo de modelo económico. ¿Acaso esta conocida historia económica, que viola constantemente los derechos a un trabajo equitativamente remunerado, no nos permite suponer que el modelo primario exportador ha fracasado?

Definitivamente ese modelo depredador ha fracasado. Nuestro presidente Alan García, como un auténtico político moderno, nos dice que eso es el pasado, que ahora la nueva ciencia, las tecnologías de la información y la comunicación y el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, Chile o China nos permitirán generar, con ese mismo modelo, sin la anhelada industria, un desarrollo sostenible, con equidad y bienestar para las mayorías. Pero quizá olvidan que estamos en el siglo XXI, probablemente en la postmodernidad, con una crisis financiera que denuncia la miseria moral del capitalismo y con sistemas nacionales modernos, en regiones pobres, como nuestro país, que al universalizar la educación y la ciudadanía política, económica y cultural, crean más insatisfacción y surge una mayor conciencia de resguardar los derechos humanos. Es por eso que las regiones, dentro de las naciones actuales, pobres o ricas, reclaman soberanía para construir sus propias identidades y proyectos, los que deberían ser compatibles con los proyectos nacionales.

Ahora puedo retomar la tercera pregunta de Alicia Bárcena: «¿Cómo podemos empezar a diseñar un modelo de desarrollo inclusivo, basado en la justicia social y en el respeto por las reglas de juego, tanto para el sector público como para el sector privado?». Los sucesos cruentos ocurridos en la provincia amazónica de Bagua nos invitan a buscar otro modelo, un modelo que tenga presente nuestra experiencia histórica, la historia de la rapiña, que incorpore a las colectividades que reclaman respeto por sus regiones, su cultura, su soberanía y su idea de nación. Un modelo nuevo, quizá propio de un continente como el nuestro.

b) ¿Cómo salir del atraso o subdesarrollo: ¿es la reforma educativa la última esperanza?

La pregunta que cualquier peruano se puede hacer, si mira al sistema educativo público peruano o a la deficiente educación que reciben los hijos de las mayorías nacionales, es: ¿podemos salir de la situación actual, alcanzar el desarrollo, con un «sistema educativo quebrado», como el nuestro? Todos conocemos la respuesta y actuamos en consecuencia: evitamos las instituciones educativas públicas y gastamos todo lo que podemos en una educación en instituciones privadas de calidad. Fue necesario que esta respuesta, que todos dan, la enunciara Michael E. Porter, economista de la Escuela de Negocios de la Universidad de Harvard, durante el Seminario Internacional «Claves de una Estrategia Competitiva», el 30 de noviembre de 2009, para que nuestro primer mandatario se sintiera aludido y ofreciera una desafortunada respuesta: «¿Por qué aceptamos lecciones de personas que no conocen el Perú?».

Este economista de prestigio señaló una verdad bastante conocida, que cualquiera puede constatar visitando las escuelas y colegios públicos. Esto permitió que se iniciara un debate y que intervinieran economistas peruanos para preguntarse como José de Acosta en 1590, Humboldt a inicios del XIX, o Pedro Dávalos y Listón en el siglo XX, ¿nuestro atraso es consecuencia del modelo económico peruano? La discusión se inició con el artículo del economista Waldo Mendoza, «En defensa del neoliberalismo», del 20 de enero de 2009, que en lo esencial nos dice que el Perú, en este momento, se encuentra en el buen grupo (Brasil, Chile, México y Colombia) y no entre los que están perdiendo la oportunidad (Argentina, Bolivia, Ecuador y Venezuela). Como si los resultados que se pueden ver en estos países fueran consecuencia de las dos últimas décadas. La respuesta técnica la han ofrecido Humberto Campodónico, Óscar Dancourt, Pedro Francke y Félix Jiménez, insistiendo en que el modelo de desarrollo neoliberal más bien nos empobrece y reproduce una nefasta estructura primario exportadora de viejo cuño. Esta ya es una discusión que habrá de proseguir y la creatividad de alguno de ellos, como la Félix Jiménez por ejemplo, esperemos que la lleve a buen puerto y que se pueda llegar a las causalidades fundamentales.

El propio Porter, en un artículo publicado en El Comercio, en febrero de 2010, profundiza en algunas de sus agudas reflexiones y, sin dejar de reconocer el avance del rendimiento económico en nuestro país, pasa a decirnos que este es consecuencia del buen precio de los commodities que exportamos, y esto es lo que debería preocuparnos. Los commodities son en general las materias primas: «Si se continúa dependiendo de los commodities como impulsores de la economía se acabará en un callejón sin salida». Cuando trata de señalarnos el buen camino, nos indica el impedimento mayor: «El sistema educativo está quebrado en el Perú». «Además de las debilidades relacionadas con el capital humano, se invierte de manera insuficiente en ciencia y tecnología». Recomienda profundizar en la descentralización: «Cada región del Perú necesita una estrategia clara para construir una economía propia y única basada en las fortalezas locales». Es decir, hacer casi todo lo que el Gobierno no hace.

Michael Porter no está desinformado, todo lo contrario, su trabajo es estar bien informado sobre lo que sucede en América Latina, sino quién contrataría las consultorías de su Instituto para la Estrategia y la Competitividad en Harvard. Hay que escucharlo, sobre todo cuando cuestiona una realidad tan evidente como el modelo de desarrollo con una estructura económica primario exportadora, crítica con la cual Campodónico, Dancourt, Francke y Jiménez lógicamente coinciden.

Decir que el Perú está en el buen grupo y que tenemos el modelo correcto nos podría dejar la imagen de que estamos como Brasil, Chile o México, o que embarcados en el mismo modelo, pronto estaremos como ellos. Esos países siempre han estado delante de nosotros en los últimos cien años. Si no, ¿cómo explicamos, por ejemplo, que el presupuesto de la Universidad Nacional Autónoma de México sea de mil setecientos millones de dólares al año y el de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, su socia en la red de macrouniversidades, de un poco menos de cien millones de dólares también al año? El propio Waldo Mendoza fue viceministro de Economía y conoce muy bien las dificultades para invertir en capital humano en nuestro país. Sabemos que necesitamos una revolución educativa, pero no invertimos para lograrla. ¿Por qué es que los otros países de América Latina lo han hecho en la segunda mitad del siglo XX? Ellos sí invirtieron en educación y ahora tienen instituciones públicas a las que asisten los diversos sectores sociales, pobres, clases medias e incluso los sectores altos, creando así espacios de integración. Todo lo contrario ocurre en nuestro país; la educación pública, de mediocre calidad, es un coto cerrado para los sectores pobres del país, donde no se encuentran ni siquiera con los sectores medios.

El presidente García habla mucho de sus obras públicas, de las del alcalde Castañeda, pero cuando uno atraviesa el poco transitado puente del intercambio vial sobre la avenida Universitaria y contempla el campus de San Marcos mutilado, sin cerco perimétrico, uno puede preguntarse: ¿es esta una inversión en infraestructura vial que nos vuelve más competitivos? Entonces la afirmación de Porter, «El sistema educativo está quebrado», la puede suscribir cualquier peruano responsable. ¿No es esta una consecuencia del modelo de desarrollo de las dos últimas décadas en nuestro país?

Finalmente, quisiera terminar volviendo quizá a la discusión que tuvo lugar a inicios del siglo XX en nuestro país, cuando intelectuales como Alejandro Deustua, Víctor Andrés Belaúnde, Manuel Vicente Villarán, Javier Prado, luchaban por una reforma educativa con la finalidad de crear ciudadanía y universalizar los derechos a la educación y una vida justa. Frente a ellos, que provenían del Civilismo, del Partido Civil del siglo XIX, de aquel de Manuel Pardo, surgen las ideas y propuestas socialistas en la palabra y los discursos de Víctor Raúl Haya de la Torre, José Carlos Mariátegui y José Antonio Encinas, que demandaban una reforma económica como condición sine qua non para alcanzar el progreso y el desarrollo económico. Esta disyuntiva, reforma educativa y reforma económica siguió vigente durante todo el siglo pasado. Se privilegió la reforma económica en la época del gobierno del general Velasco Alvarado (1968-1975), se trató de impulsar la reforma educativa, pero fracasó en su intento. Augusto Salazar Bondy, uno de los mentores de esta reforma, fracasó e incluso fue casi desterrado de la Universidad de San Marcos por el radicalismo maoísta. Él, al parecer, se fue con la conciencia tranquila, como él mismo solía decirlo, porque defendía una revolución peruana, la del Plan Inca del Ejército peruano. Quizá es necesario analizar y debatir más sobre esta disyuntiva, cómo equilibrarla, cómo invertir más en educación, sin dejar de lado la inversión en infraestructura. El fracaso de ambas reformas, durante el siglo XX, es lo que probablemente explica el recorte progresivo de los derechos humanos en nuestro país. Una educación mediocre y un producto per cápita igualmente mediocre nos condujeron a la guerra interna entre los años 1980 y 1991 y a la violación masiva de los derechos humanos, por los dos bandos en contienda. Encontrar la mejor manera de resolver esta disyuntiva es probablemente la clave para que el Perú encuentre el buen camino hacia el desarrollo y la justicia social.


NOTAS:

1 GARCÍA PÉREZ, Alan. «El síndrome del perro del hortelano». El Comercio, 28 de octubre de 2007, página de opinión.


Fuente: Revista Memoria, N° 7, 2010.


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