¿Para qué una Academia Nacional de la Historia?

Guardo un profundo respeto y admiración por varios de los historiadores que integran la Academia Nacional de la Historia. Celebré como propia la reciente elección de sus últimos miembros por el solo hecho de que uno de ellos fue mi profesor en la Universidad (Manuel Burga) y otro tiene una vasta y valiosísima obra historiográfica que presumo de conocer bastante bien (Carlos Ramos Núñez). Pero si alguien me preguntara para qué sirve la Academia Nacional de la Historia o qué debemos hacer con ella, respondería sin titubear que no sirve para nada, que es completamente inútil y que ya va siendo hora de que la jubilemos para darle paso a una institución verdaderamente dinámica y moderna que sirva a los intereses de los historiadores y la investigación histórica en el país y al papel que estos cumplen o deberían cumplir en la sociedad peruana.

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Si nos detenemos un instante a pensar o a recordar en cuantos de los últimos acontecimientos ocurridos en el país en los últimos diez años (no se diga ya, los últimos veinte todavía más álgidos), la Academia ha hecho saber su parecer u opinión comprobaremos que no hay uno solo de ellos en el que se haya pronunciado favorable o negativamente, menos aún condenando o sancionando. La voz de la Academia ha estado ausente en todos los grandes acontecimientos de nuestra historia contemporánea y en los que su opinión iluminadora habría sido de mucha utilidad.

Apenas cinco líneas en un comunicado, obligada por el escandalo mediático, dedicó al robo sistemático de nuestro patrimonio documental; como también cinco fueron las que glosó en otro casi telegráfico cuando se pretendió cortar la autonomía del Archivo General de la Nación y transferirlo a un ministerio; hizo mutis total cuando la sociedad peruana recibió el vendaval mediático de las producciones chilenas de cine y televisión sobre la Guerra del Pacífico; guardó silencio absoluto en el debate público que suscitó la campaña para la devolución de los objetos de Machu Picchu, por parte de la Universidad de Yale, al Perú (tal vez pensó que eso era asunto del Colegio de Arqueólogos); nada dijo o dice, antes y ahora, de la intromisión política que se pretende en los textos escolares; y, de manera inexplicable y censurable, está totalmente ausente o indiferente frente a la crisis que afronta el Archivo General de la Nación. Y, por supuesto, nada dirá del revisionismo histórico que empieza a campear por todos lados sobre nuestra historia más reciente que quiere convertir en héroes a malhechores y en enfermos inocuos a quien, a capa y espada y hasta el último minuto de su gobierno (existen miles de pruebas o testimonios) defendió la naturaleza mafiosa de su régimen.

Frente a los grandes acontecimientos de nuestra historia reciente, la Academia ha debido manifestarse en nombre de los historiadores y hacer saber y sentir a la opinión pública la voz y opinión de estos frente a los grandes problemas nacionales. Hay quien diga, por supuesto, que esto ya no es Historia sino política y tendrán razón. Pero entonces, que no sean ellos mismos quienes se llenen la boca diciendo que hay que reivindicar la verdadera Historia y reescribirla "como realmente fue". ¡Por favor!

Si a eso le sumamos el hecho de que la vida institucional de la Academia es completamente nula y se reduce a un intercambio epistolar con sus pares del mundo, sobre cuyos contenidos y noticias solo resultan enterados sus integrantes, entonces el panorama es todavía mucho más sombrío y desolador. ¿Qué seminario, taller, conferencia o, peor aún, publicación reciente ha ejecutado la Academia? Ninguno. ¿Qué acuerdo, convenio o intercambio ha suscrito la Academia para beneficio de los estudiantes de Historia o de la investigación histórica en el país que haya comunicado o beneficiado a la comunidad científica de historiadores? Ninguno ¿Dónde van a parar los libros que, en calidad de canje o donación, recibe la Academia y que bien podrían ser consultados por los investigadores o estudiantes de Historia? No se sabe. En esta lamentable sucesión de interrogantes, hay una que resulta la más clamorosa de todas: ¿Y la Revista Histórica, órgano oficial de la Academia? Se publica tan esporádicamente que de ella puede decirse lo que León Cordero y Velarde decía de su periódico, el "León del Pueblo": “Sale cuando puede y pega cuando quiere”.

Esta actitud pasiva, inerte, de abuela jubilada de la Academia ha hecho creer a muchos que los historiadores somos igual de inútiles o pasivos o inertes en nuestra sociedad y que nuestro papel se reduce a enseñar un curso en las escuelas que, muy seguramente, será de poco provecho o utilidad práctica en su futura vida profesional. Pero esa es una total y absoluta falacia a la que ha contribuido la propia Academia Nacional de la Historia.

Yo estoy convencido que los historiadores tenemos mucho que decir, opinar y pronunciarse sobre el acontecer nacional y mucho más todavía sobre aquellos aspectos que involucran el tratamiento del pasado y la investigación histórica propiamente. El más reciente es el de la pretendida creación del Colegio Profesional de Historiadores del Perú, una amenaza seria a la profesión de historiador y a la libre investigación en el país sobre el cual la Academia, misteriosamente, ha preferido guardar el silencio de los cómplices. No de otra manera se puede entender que no se haya pronunciado al respecto y más aún, que no lo haya hecho en forma clara, negativa y contundente frente a esta propuesta que resulta tan ilegal como desproporcionada por exclusiva y excluyente y distorsionadora de lo que significa hacer historia en el Perú.

A punto de cumplir 106 años (fue creada el 18 de febrero de 1906 por el presidente José Pardo Barreda) ya va siendo hora, creo, que jubilemos a la Academia y que nosotros, los historiadores, nos decidamos por una Asociación Nacional (no un Colegio Profesional) que trabaje por la historia y los historiadores en el país. Una Asociación Nacional, digo, y no un Colegio profesional porque la primera es la que mejor se adapta a las características de la profesión de historiador y la investigación histórica y no un Colegio Profesional porque la nuestra, valgan verdades, no es la misma que la de un médico o un abogado y nuestro trabajo, si resulta malo y deficiente, no pone en riesgo la vida o libertad de nadie.

Ojalá que el Quinto Congreso Nacional de Historia que San Marcos anuncia para agosto próximo discuta este asunto y jubilemos a la Academia que tuvo su oportunidad y momento y los desaprovechó. Ahora toca a la nueva generación de historiadores tomar el asunto en sus manos y ofrecerle al país una institución digna que esté a la altura de las circunstancias y exigencias de nuestro tiempo.

[Por cierto me hubiera gustado enlazar en esta nota a la página web de la Academia cada vez que la mencionaba, pero ni eso tiene nuestra señera institución. Algo que debiera aprender de su par, la Academia Peruana de la Lengua].

[Addenda: En el contexto de este nota, un amigo me recuerda que el Pronunciamiento de historiadores frente al retorno del fujimorismo (durante la segunda vuelta en la elección presidencial pasada) fue iniciativa de un grupo de jóvenes historiadores y de profesionales ya consagrados que tuvo una amplia difusión en medios nacionales e incluso del extranjero. Por supuesto, en aquella ocasión, la Academia también guardó un silencio demasiado complaciente].


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