Los juglares y la historia

La proliferación de novelas que recrean episodios del pasado o que se centran en un personaje histórico para desarrollar una trama de ficción ha creado cierta prevención entre críticos, historiadores y escritores. ¿Es un prejuicio o les asisten razones de peso?

Por Gisbert Haefs

Malasaña y su hija, por Eugenio Álvarez DumontLas novelas históricas les gustan a muchos lectores, muy pocos críticos y algunos historiadores. A ver si podemos averiguar por qué es así, y empezamos con los muy pocos. Es verdad que hay críticos aficionados y eruditos que ensalzan las buenas novelas históricas y condenan las malas. Pero la inmensa mayoría las miran con desprecio. Y eso antes de haberlas leído. De pequeño creía—y me lo dijeron— que el arte es cuestión del CÓMO, no del QUÉ. Ahora, a mi edad, ya no tengo que creer todo lo que se dice, y me pregunto cómo se puede despreciar algo que no se ha leído. Y si el arte está en el CÓMO, en la escriturameparece insensato decir basta ya antes de leer la novela solo porque es histórica.

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Es normal pensar que a uno no le puede gustar todo. Hay ateos que no aprecian la Divina Comedia y pacifistas que no pueden con la Ilíada. Incluso hay aficionados a la novela histórica a quienes no les gusta José y sus hermanos, de Thomas Mann. Pero no es normal sino infame hacer de su gusto personal una ley general —no me ha gustado una novela histórica, entonces todas las novelas históricas son mala literatura—. ¿Y el José de Thomas Mann? Ah, no, señor, no es novela histórica porque es de Mann, y el Raskolnikov no puede ser novela negra porque es de Dostoievski. Después hablan de obras originales de arte, por un lado, y de “literatura de género”, por el otro.

Confieso que no comprendo por qué la Politeia de Platón o la Utopia de Moro no son consideradas “de género”, pero sí la ciencia-ficción. ¿Lo que se llama fantasy es género, pero no lo es la épica artúrica? Novela negra, histórica, de horror, todas son de género, ¿pero no son genéricas las novelas psicológicas de iniciación, las tragedias de reyes en endecasílabos? ¿Y es tan original escribir genéricos sonetos petrarquianos?

Claro que hay diferencias, pero no están en la materia, en el QUÉ, sino en la escritura, el CÓMO, y de eso no se puede decir nada sin abrir antes el libro. Todo ese asunto de las definiciones es problemático. Peor aún: me aburre. Las definiciones solo sirven a los que las definen, les dan razones de pasar por alto todo lo que está fuera de ellas. Ya hace muchos años que tengo la sospecha de que son pretextos para ocultar otra cosa. Tomemos un ejemplo fuera de lo “genérico” para acaso ver con más claridad. Del gran Rudyard Kipling escribió Henry James que había esperado de él algo como la obra de un Balzac inglés, pero que Kipling “solo escribe sobre soldados, campesinos, trabajadores, hindús, animales e incluso máquinas, nada de sentimientos delicados”, nada de almas refinadas discutiendo en salones; y Oscar Wilde llamó a Kipling “nuestra autoridad suprema en lo que es secundario”. Es decir, que para un verdadero homme de lettres el 99,99% del universo es baladí y solo vale la pena poner en un libro lo poco que se refiere a las almas refinadas.

No menos monstruoso y aún más franco es lo que ha dicho el más grande de los críticos alemanes de las últimas décadas, Marcel Reich-Ranicki. A él solo le interesan libros escritos por intelectuales sobre intelectuales para intelectuales. Es decir, libros no sobre la realidad sino sobre el pequeñísimo mundo literario. “Oye, Kipling, solo vamos a leerte si finalmente escribes sobre nosotros”. Y aplicado a la novela histórica lo hemos visto varias veces en los últimos años. Dos ejemplos: Daniel Kehlmann, en su novela La medición del mundo, cuenta las vidas y hazañas de Humboldt y de Gauss; Patrick Rambaud, en La batalla, nos hace ver la batalla napoleónica de Aspern. Ambos libros son novelas históricas, pero Humboldt y Gauss son intelectuales, y la batalla de Aspern la vemos a través de los ojos de Marie-Henri Beyle, alias Stendhal, otro intelectual y además escritor, y por eso no pueden ser novelas históricas sino alta literatura, y por eso los han cubierto de premios literarios.

Es posible actuar de otra manera, pero parece que para eso se necesita un espíritu realmente intelectual. He aquí un caso ilustre e ilustrativo, no del ámbito histórico sino del detectivesco. Con ocasión de la muerte de Edgar Wallace, Jorge Luis Borges escribió en 1932 que no había leído su obra, pero que tenía el propósito de corregir esa omisión, “porque no soy de los que misteriosamente desdeñan las tramas misteriosas”, y que, al contrario, “la organización y la aclaración de un suculento asesinato o de un doble robo exige un trabajo intelectual que es muy superior a la fétida emanación de sonetos sentimentales o de diálogos entre personas de nombre griego, o de poesías en forma de Carlos Marx o de ensayos siniestros sobre el centenario de Goethe, o de meritorios estudios sobre el problema de la mujer, Oriente y Occidente, la ética sexual, el alma del tango y otras inclinaciones de la ignominia”. Después de corregir la omisión, después de leer las tramas de Wallace, Borges las juzgó intolerables, repito: después de leerlas, no después de ver que la cubierta de un libro decía “novela negra” o “novela histórica”.

Si queremos narrar una historia de personajes y de acontecimientos ocurridos hace un año en Madrid, o Múnich o Moscú, tenemos que indagar y documentarnos: si esa cafetería realmente está situada en tal esquina, si allí se venden los cigarrillos que compra y fuma el protagonista, si el autobús en el cual ve a su amada besando a tal sucio tipo realmente pasa por esta calle, y si la palabra insólita que usa para maldecir a ellos ya estaba de moda hace un año. Sin olvidar el partido de fútbol que mira en la tele o los disparates secretados por tal político en las noticias de la tarde. Es decir, que tenemos que indagar circunstancias y condiciones para intercalar personajes ficticios en la historia contemporánea evitando errores. El resultado se llama novela; nunca he oído hablar de algo como novela histórica contemporánea. No comprendo por qué ha de tratarse de otra manera, de otro género, si hay más de un año —cien, mil— entre lo narrado y la narración. El trabajo es el mismo: indagar, intercalar, evitar errores. Hay que inventar personajes creíbles, escribirles diálogos pronunciables, combinar acción, conflictos y tensión, colores y olores, lenguaje y trasfondo para un conjunto plausible, algo como una buena película en la cabeza del lector. Si es el mismo trabajo, ¿por qué calificarlo de manera diferente?

Lo de evitar errores nos lleva a otra consideración: la cooperación entre autor y lector. Según la famosa frase de Coleridge, el lector debe contribuir a la “voluntaria suspensión de la incredulidad” mientras dura la lectura. Hablando de narración tradicional, el autor y el lector estamos en una esfera mágica, y libro y lectura solo pueden lograr su cometido si esta no se rompe. El autor debe trabajar a conciencia, ya que todo lo que es falso —un tono, una palabra, un hecho— puede romper la esfera. Augusto no dice okay, Darío no tiene estribo, un etrusco no sabe nada de minutos o segundos, un cartaginés no puede hablar de sadismo. En lo que se llama ucronía, pariente de la novela histórica, todo eso es posible, pero en una novela histórica acaba por romper la esfera mágica, el libro está muerto y no funciona.

Para nosotros, los autores, los críticos y los historiadores son instrumentales. De los críticos esperamos que nos señalen los errores que hemos cometido para mejorar la próxima vez. Rara vez nos viene bien un pequeño encomio, claro que solo si es merecido. Pero que no nos digan que a priori lo que hacemos no tiene ningún valor. De los historiadores esperamos ayuda e información; muchas veces nos la dan, pero, muy a menudo, en sus sabios textos se olvidan de lo que para nosotros es materia prima. Un egipcio de 1500 antes de Cristo no puede hablar de Egipto, del Nilo, de Menfis, ya que estas palabras son variantes griegas de palabras asirias muy posteriores —pero no sé en cuántos libros de historia he buscado para finalmente saber que el rome de 1500 antes de Cristo vive en el país de Tameri en la ciudad de Men-nofre, al borde del Yotru, y melo han dicho los egiptólogos, no los historiadores. Todos podemos hallar cuándo murió Augusto, pero quién me dirá si se cortaba (¿con qué?) o se filaba las uñas.

Coincidencia curiosa: la mayoría de los críticos no leen una novela porque es histórica, la mayoría de los historiadores no leen esa novela porque solo les interesa la historia y entonces leen el texto como si se tratase de un estudio. Los hay que señalan que tal detalle no corresponde a la verdad histórica, y eso es grato y necesario, pero muchas veces no hay verdad, es inaccesible, solo podemos llegar a cierta plausibilidad. Y ella nos otorga otras leyes —no de mentir, sino de cuidar de la esfera mágica—. Para mí, Alejandro Dumas es el gran padrino, el fundador (no Scott, demasiado lento para mí, pero eso es gusto, no una ley), y sé que el “verdadero” D’Artagnan, el soldado histórico, era un tipo más bien aburrido y nada chistoso, pero sigue siendo mi amigo el otro, el del libro. Supongo que no estoy solo cuando digo que me importan más Alonso Quijano o Sherlock Holmes que Cervantes o Conan Doyle.

Todos queremos contar y escuchar historias —¿qué has hecho ayer, cómo va tu abuela? Y cuéntame lo de tu hermano—. Son las historias, la memoria de la tribu (lo decía Kipling). En ella, en el principio acaso hubo un rey soberano, guerrero y sacerdote a la vez; y hubo un juglar que cantaba la historia de la tribu y hacía un chiste cuando el rey se ponía demasiado serio. Después vino la división del trabajo; el rey dejaba de incorporar todos los oficios, hubo guerreros y chamanes, y algunos de los juglares quisieron hacerse serios, arciprestes de sí mismos. Son ellos los que ahora hacen la Alta Literatura, y los asisten los chamanes de la crítica. Nosotros, los juglares, no hacemos nada de serio ni sagrado, solo queremos escribir el libro que nos gustaría leer, pero que todavía no podemos comprar. Entonces, al trabajo —para nosotros y para los lectores—. No para los chamanes.


Gisbert Haefs (Wachtendonk, Alemania, 1950) es autor de novelas como "Aníbal", "Troya" o "Alejandro, el
unificador de Grecia", y de novela policiaca.

Publicado en el N° 976 del suplemento Babelia del diario El País, de España, el 7 de agosto de 2010.


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