Adiós a Pierre Bourdieu

Por Fabián Sanabria (ICANH) (*)

Cuando le pregunté hace casi veinte años qué significaba para él ser sociólogo, respondió sin vacilar: "practicar un deporte de combate". Pierre Bourdieu, el Papa de la sociología –como algunos lo llamábamos–, falleció el 23 de enero de 2002, a las 11 de la noche (hora de París), en el hospital de Saint-Antoine de la Ciudad Luz de Soledades. A los 71 años y en el punto más alto de su producción intelectual, el célebre profesor titular de la Cátedra de Sociología del Colegio de Francia, nos dejó una monumental obra de 33 libros y cerca de 400 artículos que superan el quehacer sociológico a escala mundial.

Bourdieu, el sociólogo de todos los combates, nació en el seno de una familia de origen campesino, en los Pirineos, el primero de agosto de 1930. Estudió en el Liceo Louis Le Grand –donde conoció a Jacques Derrida– y preparó su agregación de filosofía. Posteriormente se dedicó a la etnología de la sociedad Kabyle –durante la guerra de Argelia– y, gracias a las lógicas prácticas que allí explicitó, se consagró a la sociología de la producción cultural hasta convertirse en el académico titular de esa disciplina en la institución más prestigiosa de Francia. En 1975, fundó la revista Actes de la Recherche en Sciences Sociales –principal escenario de sus investigaciones–, de la cual sería su director hasta su fallecimiento. En los últimos años de su vida, su compromiso con los movimientos sociales provocaría toda clase de reacciones, en pro y en contra de su obra: desde quienes lo acusaban de pesimista y anti-popular, hasta quienes lo reconocemos como genio nihilista del “orden social”.

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¿Qué decir de Bourdieu, más allá de los lugares comunes que en los diarios y semanarios del mundo por estos días se publican? Ante todo que era un verdadero maestro: sencillo y feroz: de voz pausada y apasionada, con la vitalidad suficiente para pedir la cabeza de un primer ministro. Implacable con sus adversarios, especialmente con los "pensadores acelerados" que, según él, suelen pensar más rápido que su sombra resaltando sus "complejos de inferioridad" al exhibir jactanciosamente sus estilógrafos… Bourdieu escribía detrás de las hojas impresas, con lapiceros bellos y poco costosos; siempre nos enseñó el rigor de saber hacer “mapas simbólicos” de los “campos del poder”: aprender a objetivar quién dice qué y desde dónde, y cuál es la posición de un agente social en el mundo, incluida la del propio investigador.

Tras haber estudiado su obra y logrado el privilegio de ser su alumno en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París, cuatro aspectos, considero capitales de su inmensa producción: la construcción de numerosas herramientas teórico-metodológicas para explicitar los diversos modos de dominación, una crítica fundamental a la reproducción –material y simbólica– del orden social, el análisis riguroso de los “campos de la producción cultural” en tanto “campos de poder”, y su compromiso total en la conformación de un “corporativismo de lo universal”.

Bourdieu juzgaba fundamental no confundir las “cosas de la lógica” (las teorías que se construyen sobre la realidad), con la “lógica de las cosas” (la práctica). Así, en su inmensa obra la aprehensión de las prácticas sociales exige, más que denunciar, enunciar las estructuras que generan esos “hechos”, en tanto relaciones: ante todo el cuerpo, en calidad de principal receptáculo del “sentido social”; luego los habitus, a manera de disposiciones no-conscientes que nos impulsan a hacer lo que hacemos y no otra cosa (maneras de sentir, pensar y actuar sobre nosotros, los otros y el mundo); finalmente las instituciones que nos conforman y comprenden (familia, escuela, iglesia, estado, trabajo, etc.). Todo ello enmarcado en un proceso de socialización que nos asigna un nombre y un lugar en el mundo.

Mas no todos los agentes sociales resultan “bien clasificados” en la sociedad: hay dominantes y dominados, ricos y pobres, burgueses y proletarios, etc. Sin caer en las tentaciones superfluas tipo “no hay nada nuevo bajo el sol” o del “mañana será el Apocalipsis”..., Bourdieu logra integrar lo material a lo simbólico, lo económico a lo político: los agentes sociales gozan de diferentes especies de capital, desigualmente distribuidas entre productores, reproductores y consumidores en los diversos campos de la producción cultural. Existen luchas simbólicas por controlar las “reglas de juego” en las sociedades porque, como diría Pablo de Tarso, “no todos los competidores llegan a la meta”. Aquí, su gran trabajo sobre la crítica social del juicio –yo diría del gusto y el deseo–, muestra hasta qué punto estamos condicionados por lo que creemos más íntimo: los seres que amamos, la religión o la política que practicamos, los deportes que ejercitamos, los alimentos y bienes simbólicos que consumimos. No obstante, gracias a la consciencia de lo que nos comprende, los “mal clasificados” pueden servirse de la sociología para contestar el orden arbitrario que los clasifica mal.

En ese orden de ideas, tenemos intereses en el mundo, la mayoría de ellos disimulados: clasificamos a los otros porque a nosotros no nos gusta que nos clasifiquen; sin embargo, según nuestras disposiciones y posiciones en el mundo, sabemos relativamente quién es quién y a qué podemos aspirar. Cuando damos, sabemos –en alguna medida– que conviene olvidar cuánto dimos para algún día recibir un valor semejante a cambio. En este punto, qué no decir de todos los aspirantes a “servidores públicos” que sólo buscan el “bien común”, de los “países generosos” que “sólo desean el desarrollo democrático de los países pobres”, del “nuevo orden mundial” que “sólo quiere liberar los mercados para que los seres humanos conformemos un mundo nuevo y mejor”…

La obra de Bourdieu, traducida a más de veinte idiomas, es un legado que ahora nos aplasta e ilumina: nos aplasta porque al leerla, sentimos el peso de las leyes que pesan sobre los agentes sociales haciendo volar en pedazos la ilusión de un “sujeto” libre y transparente; nos ilumina porque su profunda ironía, contribuye democráticamente a “universalizar las condiciones de una Real-política de la razón para acceder a lo universal”.


* Discurso pronunciado por Fabián Sanabria (Director del Instituto Colombiano de Antropología e Historia –ICANH–), con motivo de la inauguración del Coloquio Internacional “Pierre Bourdieu, 10 años después”.

Fuente: Coloquio Internacional Pierre Bourdieu 10 años después
(ICANH)
(Bogotá, marzo 14 de 2012)


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