Clyde Snow: “Yo no soy un activista, sino un experto forense”

El hombre que reveló el misterio de la muerte del faraón Tutankamón e identificó los restos del criminal nazi prófugo Josef Mengele llegó al país esta semana para recoger un premio que le concedieron sus discípulos peruanos por una vida dedicada a la investigación y a la ciencia forense.

Por Jorge Moreno Matos


A sus 82 años, Clyde Snow todavía viaja de un lado a otro del mundo para trabajar en la disciplina por la que es reconocido como una autoridad mundial: la antropología forense. Muchas veces, para servir de perito en alguno de los muchos juicios que por violaciones de derechos humanos o genocidio hay en el mundo; otras, para sumergirse con su equipo de colaboradores en alguna fosa con decenas, cientos de cadáveres a los que, además de esclarecer las causas de una muerte terrible y violenta, hay que darles un nombre. Nada hay más gratificante para este texano que ha recorrido más de 18 países desenterrando horrores que sustituir un NN con un nombre y un rostro. Una satisfacción que comparte con los discípulos que ha formado en países como Argentina, Chile y el Perú. En muy contadas ocasiones (muy pocas en realidad), lo hace para recibir un premio, como el que este jueves recibió del Equipo Peruano de Antropología Forense (EPAF). El Comercio tuvo el privilegio de conversar con él.

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A usted lo conocen como el padre de la antropología forense. ¿Cómo se siente con ese título?

- Mejor no hacer el ADN de ese título [risas]. Soy una de las personas que muy tempranamente desarrolló el tema de la antropología forense. Mis primeros casos fueron de los años 60. A mediados de los 80, la Conadep [la Comisión Nacional sobre la Desaparición de las Personas] me llamó para ir a Argentina y ayudar en la recuperación e identificación de los desaparecidos. Esa fue la primera vez que las ciencias forenses, y específicamente la antropología forense, fueron aplicadas en tal contexto: para documentar abusos a los derechos humanos.

Entonces, todo empezó en Argentina.

- Sí. A Argentina tenía que ir por dos semanas solamente para hacer una evaluación de la situación y dar algún tipo de consejo. Pero quedó claro cuando llegué que no había los recursos humanos para investigar ese tipo de casos, porque había miles de desaparecidos. Un grupo de estudiantes de Antropología y Medicina se me acercaron como voluntarios. Así fue como las dos semanas se convirtieron en dos años en Argentina.

¿Recibió algún tipo de amenazas?

- Ciertamente hubo intimidación oficial y algunas amenazas de muerte. No directamente a mí, pero sí a los miembros del equipo. Pero ellos lo manejaron muy bien. Como generalmente eran amenazas telefónicas, contestaban: “Lo sentimos, pero solo tomamos amenazas de 2 a 4. Llame más tarde y pregunte por Mimí”, que era una de las personas del equipo.

Usted se acerca a la historia de un modo distinto a como lo hacen todos: desde una muerte violenta. ¿Qué perspectiva le da eso?

Le da una perspectiva diferente sobre la humanidad en general.

¿Por qué lo dice?

- Por ejemplo, en el caso de Josef Mengele, cuando fuimos a Brasil para examinar su esqueleto entrevistamos a la gente que lo protegió. Sucedió algo que siempre voy a recordar. Él se ahogó mientras se bañaba en el mar. Como el esposo de la mujer que lo cuidaba, tratando de auxiliarlo, terminó en el hospital, la mujer hizo el camino de vuelta al pueblito donde lo iban a enterrar, ayudada por un hombre que conducía la carroza donde iba el cadáver. Mientras la entrevistaba, la mujer se refería al chofer como María y hablaba de ella como si fuera hombre. Pensé que había una contradicción o que alguien mentía. Entonces me dijo: “María era hombre y ahora es mujer”. Frente a mí estaban los restos de un hombre que tuvo tanto poder que con el simple movimiento de un dedo mandaba a miles de personas a las cámaras de gas, y que al final de sus días fue conducido a la tumba por un travesti que muy seguramente él habría mandado a la muerte. Eso te da una perspectiva muy diferente de la historia.

Dicen que una muerte es una tragedia, pero una muerte masiva y violenta es una tragedia inconmensurable ¿Cómo enfrenta eso?

- Es difícil, principalmente cuando vemos niños, algo que es muy común. Pero uno aprende a lidiar con ello. Ya sea que trabaje en la fosa o en el laboratorio, uno debe mantener una actitud científica por la que puede pagarse un precio emocional muy alto. Me di cuenta de eso con los estudiantes argentinos. Para mí fue una carga muy brutal tener que decirles: “Cuando estés aquí, en la fosa, vas a mantener tu actitud profesional. Si quieres llorar, llora en la noche”. Le puedo garantizar que hubo muchas lágrimas derramadas todas las noches.

¿Siempre ha seguido su propio consejo?

- Casi todo el tiempo. Cuando se ha estado muchos años en esto como yo, uno se toma un martini demás en la noche. Todos tienen que enfrentar esto de una forma u otra.
¿Qué siente al presentarse en los juicios a los responsables de estas muertes?
Ese es un aspecto de todas las ciencias forenses. Somos profesionales calificados para presentar evidencia en una corte. Tenemos la obligación de presentar la evidencia de una manera justa y objetiva; no en decir lo que está bien o lo que está mal, sino en presentar la evidencia.

¿Y es así de fácil?

- A veces me preguntan: “¿Desde cuándo es activista de derechos humanos?”, y yo les respondo que no soy un activista sino un experto. Son los abogados los que son los activistas en realidad.

¿Algún caso que le haya quitado el sueño?

- Todos los casos son trágicos, pero pienso que tal vez el de la familia Lanescu, en Argentina. El padre y la madre aparentemente estaban relacionados con los montoneros. Tenían tres hijos: el mayor de 6 años, Bárbara de 4 y Matilda, de apenas 8 meses. Cuando los agentes de seguridad los ubicaron, los mataron. Años después los exhumamos. Al padre le lanzaron una granada y la madre y los niños tenían un balazo en la cabeza cada uno. Como a todos los enterraron juntos, removimos toda la tierra buscando indicios de la bebe de 8 meses. Nunca la encontramos. Los vecinos luego contaron que escucharon a un bebe llorando tras los disparos. Luego descubrimos que a los bebes los vendían a 600 dólares. Eso me marcó mucho.

¿Identificar a las víctimas alivia el dolor de los familiares?

- La identificación es un elemento que nos ayuda, es una gratificación personal devolverlos a sus familias. La otra gratificación es presentar esa evidencia en un juicio.

¿Cómo se siente que haya venido a recibir un premio y no a trabajar?

- Me siento tremendamente honrado.


De Egipto a Dallas, tras el ADN de la historia

Clyde Snow ha dedicado su vida a la ciencia, lo que no ha impedido que hurgue en la historia de la mano de ella. Como perito forense, participó en la identificación de la momia del faraón Tutankamón y formó parte de la Comisión del Congreso de los EE.UU. para investigar el asesinato de John F. Kennedy, así como la identificación de las víctimas del asesino serial John Wayne Gacy, las víctimas al ataque terrorista en Oklahoma de 1995 y del criminal de guerra nazi Josef Mengele, que le dio fama mundial.


¿Una conspiración sin evidencias?

Tras la lluvia de críticas que recibió la Comisión Warren por su investigación del asesinato del presidente John F. Kennedy, el Congreso de EE.UU. formó otra comisión en los años 70 con docenas de expertos y científicos para determinar si hubo o no una conspiración para asesinar al presidente.

Clyde Snow fue uno de los miembros de esa comisión que, luego de dos años de trabajo, llegó a la misma conclusión de la culpabilidad de Lee Harvey Oswald. “No encontramos ninguna evidencia que contradijera la teoría de que Oswald era el único asesino”.

A pesar de que sus conclusiones decepcionaron a muchos, especialmente a los creyentes de las teorías conspirativas, Snow no deja de mostrar su escepticismo científico. “Podemos probar positivos, pero no negativos. En el caso de Kennedy, podemos probar que no hay evidencia. Buscamos y no encontramos. Hubiera sido interesante encontrar algo, algún tipo de conspiración. Lo cual no implica que la evidencia no exista, sino que no la encontramos”, precisa.

Para hacerse entender, utiliza una analogía: “Es lo mismo que sucede con los platillos voladores. Así no haya uno aquí, no podemos decir, como científicos, que en algún lugar no haya uno volando”, explica.


El llamado ‘efecto C.S.I.’

Si hay algo a lo que la televisión contribuye enormemente es a la divulgación de muchos aspectos de la vida que para el común de la gente es extraño o completamente desconocido. La práctica forense no escapa a esa influencia, que con series como “C.S.I.”, “Bones” o “Criminal Minds” ha terminado por banalizar el sentido de ella.

“Un aspecto positivo de esas series de televisión es que presentan técnicas y métodos que hacen al público consciente de lo que las ciencias forenses hacen o pueden hacer. Y eso es importante”, señala Snow.

Sin embargo, el aspecto negativo de estas series en los EE.UU. es el ‘efecto C.S.I.’ que en los jurados ha empezado a tener.

“Esperan que en cada caso, como ellos ven en la televisión, lleguen los científicos con sus técnicas milagrosas y lo resuelvan todo. Y como no siempre es así, los jurados dejan ir a los acusados”. “Lo bueno de esas series es que en 60 segundos pueden hacer un montón de cosas que generalmente toma años o meses lograr”, precisa con humor Snow.


Publicado en el diario El Comercio, el domingo 29 de abril de 2012.


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