El historiador mexicano Tenorio Trillo ofrece manual para los que buscan hacer de la historia un oficio

Por Ricardo Solís

El más reciente libro del historiador michoacano Mauricio Tenorio Trillo, "Culturas y memoria: manual para ser historiador" (Tusquets Editores, 2012), recién aparece en el mercado y ya destaca como un texto en el que se pone de manifiesto no sólo el testimonio de una formación sino, también, el peso de la experiencia y los riesgos de incurrir en las modas académicas. "Culturas y memoria: manual para ser historiador" sirve para el ejercicio de una profesión en la que no dejan de ser importantes el dato empírico, la imaginación y el lenguaje.

Desde el propio título del libro, reconoce el historiador que “no tiene la estructura de un manual; más bien conjuga tres estilos en uno, es un ensayo que trata de revisar qué es la imaginación histórica, cómo se usa –a través de la vida de algunos personajes– y, finalmente, los abusos en que se puede incurrir en el ejercicio de la memoria y la imaginación”.

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De igual forma, “el libro”, establece Tenorio Trillo, “es también una especie de diario de una pasión de años por la historia; por enseñarla, aprenderla, escribirla. Y nunca he podido hacerlo en un tono profundamente académico, donde sólo utilice un tono de voz, puesto que de lo que trata es de las complicaciones para imaginar el pasado y cómo se ve uno limitado por ellas. Para esto, me vería muy limitado si no pudiera recurrir a la ironía, a las memorias personales, a la literatura, a imaginar libremente un personaje histórico sabiendo que puedo hacer uso de cosas que pueden ayudar a entender cómo funciona”.

Así, lo anterior resulta notable cuando se revisa el libro y uno percibe directamente estas estrategias discursivas, los giros, de manera constante. Con todo –precisa el también catedrático–, al hacer un trabajo de “corte académico” respeta las convenciones, “pero este es un texto que trata de llegar a otro tipo de público y entender otro tipo de dudas y pasiones que, por otra parte, no sé si le interesan a mis colegas historiadores, pero no es para ellos, es para aquellos que se interesan en empezar a pensar la historia, que les preocupa qué es y para qué se usa”.

Con experiencia de años en el campo de la academia, asegura Tenorio Trillo que se puede “cumplir” con lo que significa “el trabajo”, aunque escribir “sobre estos temas” (los que en este libro se abordan), resulta esencial “disfrutar de la lengua y experimentar con los límites del buen decir, ensayar varios registros. Se puede tratar de ser muy erudito o llenar de referencias el texto, pero yo no puedo negar la cruz de mi parroquia. Para mí es muy importante la lengua de la calle, escribir en español o, mejor, en mexicano, con las mezclas de otros españoles que he oído. Las cuestiones del estilo son tan importantes para la historia como lo son para la literatura. Lo que quiero decir es que, la patria de uno –como creador, poeta, novelista– es el lenguaje; y se nota demasiado cuando se le considera más como medio que como un fin”.

De este modo, en el libro –apunta el especialista– “después de mucho tiempo de pensar en lo que hago, quise escribir acerca de mi idea de un asunto que tenía que ver con mi formación profesional y mi cambio de perspectiva hacia ello; para lo cual tomé como excusa para hacerlo algo muy arriesgado: la poesía. Además, se trataba también de muchos años de dar clase, sobre todo, algo que para mí es muy importante. Hay quienes pueden hablar mucho del asunto, de política, historia, literatura, filosofía, pero no se dan cuenta de que todo se negocia en el salón de clase, de que son inseparables la verdad y los problemas de la disciplina”.

En esto, otro detalle fundamental fue notar cómo “nos va rodeando el olvido”, lo que condujo a Tenorio Trillo a notar “qué tan frágil es este oficio. Me decidí entonces a hacer esto, empujado profesionalmente en buena medida”; además –explica– resultó asimismo esencial explicarse la forma de operar de la memoria, “lo mucho que engaña, incluso cuando no engaña. Y se aprende que la memoria y la imaginación nos juegan malas pasadas. En la tercera sección del libro se explora cómo los historiadores (entre otros) somos víctimas de la memoria, enfrentados al problema de la cursilería, la nostalgia, el olvido, la falsa erudición o la perogrullada”.

Ahora, donde sí cumple el libro su función de manual es, reconoce el historiador, “cuando en el capítulo de Las memorias de un ventrílocuo admito mi formación pero también que no sé cuál es la senda que cada uno debe seguir, aunque sí conozco las salidas falsas, porque caí en ellas, las vi. Se necesita conocer las modas académicas, pero es algo por lo que debí pasar y lo confieso. El problema de muchos académicos es que no lo saben o no lo quieren confesar. Busco extraer de ello una lección más general, más allá de mi experiencia personal”.


Fuente: La Jornada, de Jalisco (29/3/2012)


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