La decisión de Fernando VII y la Constitución de 1812

Por Ernesto Alvarez Miranda

En la historia de la humanidad existen tres casos emblemáticos en que la ambición por el poder y la falta de percepción política ocasionaron desastres para sendas monarquías. La primera, protagonizada por Jacobo II, el último de los Estuardo, cuando apeló a la conversión de Inglaterra al catolicismo como una forma de legitimarse con la autoridad del Papa, con el propósito de convertirse en gobernante absoluto, al igual que su primo Luis XIV en Francia. Tan solo logró avivar odios religiosos y la proscripción de los católicos de todo cargo público relevante hasta entrado el siglo XX, además de ocasionar la sangrienta guerra civil de 1687, la caída de su casa monárquica y la consolidación de?nitiva del cogobierno de la Corona con el Parlamento.

El segundo fue ocasionado por Luis XVI al oponerse inútilmente al proceso de elaboración de la Constitución de 1791, elaborada por la Asamblea Nacional Constituyente, aprobándola tardíamente. Su resistencia le restó legitimidad su?ciente para ahogar la revolución en una monarquía parlamentaria, su propósito inicial.

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El tercer caso es el más trágico para los intereses del país del gobernante. Cuando Fernando VII se niega a gobernar con la Constitución Liberal de 1812, “la Pepa”, por haberse promulgado el día de San José, España pierde la posibilidad no solo de convertirse en una monarquía parlamentaria, sino que impulsa a la mayor parte de la intelectualidad liberal americana hacia la búsqueda de la emancipación, causando, ?nalmente, la caída de?nitiva del Imperio español.

La testarudez de Jacobo II perjudicó a los católicos irlandeses, pero permitió que el Parlamento aprobara en 1701 el Act of Setlement, que sienta las bases de la Constitución de Inglaterra, e incluso del Reino Unido, otorgando estabilidad política en bene?cio de sus naciones. La ceguera política de Luis XVI permitió la difusión mundial de las ideas libertarias ya expuestas un siglo antes durante la Gloriosa Revolución en Inglaterra, además, introdujo en la Historia la controvertida ?gura de Napoleón y de la grandeza de Francia, sumamente valioso para el orgullo francés, tan duramente maltratado en las posteriores guerras.

Pero la ingratitud de Fernando VII para con los patriotas que lucharon por su país durante la invasión de las tropas napoleónicas no tiene bene?cio ni consuelo. Constituye un nítido paradigma de cómo el gobernante dilapida los intereses nacionales en procura del poder personal, el predominio de la coyuntura sobre el bien común.

Posiblemente, es también el punto de quiebre entre la España monárquica y conservadora, apegada a las tradiciones y a la fe católica, y la otra España, aquella que se percibe republicana y popular, libertaria e iconoclasta. De haber gobernado Fernando VII con “la Pepa”, las diferencias naturales entre conservadores y liberales no hubiera desencadenado la increíblemente cruel guerra civil de 1936, pues las tendencias no se habrían polarizado a inicios del siglo XIX y, posiblemente, se hubieran canalizado a través de partidos políticos partidarios del sistema, tal como ocurrió en Inglaterra con los torys y los whigs.

En términos latinoamericanos, el infortunio de la Constitución de Cádiz, aprobada mientras retumbaban los cañones franceses, nos impidió gozar de un siglo XIX compartiendo libertades y derechos con los peninsulares, pues disfrutábamos de una ciudadanía común, que nos permitía no solo elegir democráticamente representantes ante las Cortes Generales de nuestra Nación común, sino libertades de comercio y de industria, que nos hubiera posibilitado el desarrollo económico local, al igual que el de las Trece Colonias inglesas en Norteamérica.

De haberlo gozado, la independencia nos hubiera ocurrido luego de consolidar instituciones políticas democráticas y muy posiblemente un incipiente estado de derecho, después de haber trazado rutas de libre comercio con las potencias de entonces, una vez apuntalada una industria nacional acorde con la demanda de productos y de servicios del mundo entero.

Eso significa para nosotros la decisión de Fernando VII, el aborto de una emancipación que nos arroja a la Historia con nombre propio, pero políticamente tan incapaces como inexpertos y económicamente acostumbrados a tan solo depredar la naturaleza.


* Publicado en el suplemento Jurídica, del diario El Peruano, N° 401, el 3 de abril de 2012.


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