Cádiz y el otro Baquíjano

Por Manuel Burga | Historiador y Docente universitario

Este año se celebra el bicentenario de las Cortes de Cádiz y de su Constitución de 1812 y cada vez que los historiadores presentan nuevas evidencias e interpretaciones más apreciamos su importancia y más se deprecia la magnitud de la Independencia de 1821.

España fue invadida por los ejércitos franceses de Napoleón en 1808, impuso a su hermano José Bonaparte, jocosamente recordado en España como Pepe Botellas, quien se quedó hasta 1813. Los liberales españoles trasladaron las Cortes a Cádiz, organizaron la resistencia, analizaron la situación de la monarquía y convocaron a elecciones de representantes en todas las provincias americanas, antes llamadas –según ellos– virreinatos.

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La convocatoria decía: "Desde este momento españoles americanos os veis elevados a la dignidad de hombres libres y hermanos nuestros; ya que estáis como antes bajo un yugo más duro mientras más distantes estábais del centro del poder, mirados con indiferencia, vejados por la codicia, destruidos por la ignorancia. Ya no dependéis de los virreyes y generales; vuestra suerte está en vuestras manos". Era, prácticamente, una declaratoria de independencia de los criollos hispanoamericanos, pero no solo de ellos, y por eso cada vez nos sorprende más el carácter radicalmente liberal de estas Cortes.

Ellas ordenaron, inmediatamente, la desaparición del tributo indígena impuesto a los que llamaban ciudadanos, la entrega de tierra a los indígenas sin ella, la elección de diputados para representar a las provincias en las Cortes (suerte de Parlamento) y la libertad de comercio.

Criollos ilustres como José Baquíjano y Morales Duárez, fueron elegidos como representantes. Incluso un noble indígena, descendiente de los incas, residente en España, fue elevado a esta condición. Se estaba produciendo una auténtica revolución política que se completó cuando se promulgó la Constitución de 1812, que dejaba al monarca como un personaje simbólico en el mundo hispánico y otorgaba la soberanía a la sociedad civil.

Los criollos pasaron prácticamente a la retaguardia de los españoles, liberales y afrancesados, que se pusieron a la cabeza de la política y de los tiempos nuevos. Pablo de Olavide, quien había dejada tantos recuerdos a Sevilla, con sus modernas ideas urbanas, ya había muerto en 1803, no vio estos tiempos de ilusión y de esperanza. Le había sucedido José Baquíjano y Carrillo, quien antes había recurrido a la retórica barroca en San Marcos, en agosto de 1781, para criticar al gobernante despótico sin dejar de elogiar a Jáuregui y callar rotundamente la ejecución violenta de José Gabriel Túpac Amaru en Cusco.

Los criollos estaban desbordados por los liberales españoles, pero las aguas volvieron a su nivel en España, en 1813, precisamente, cuando Fernando VII retomó el trono de España y con ello regresó un absolutismo monárquico, tan absolutista como el que había existido en el siglo XVII y que se había derrumbado en el siglo XVIII.

En esta situación de cierre de las Cortes y cancelación de la nueva Constitución, el año 1814, la Corte le pide a Baquíjano explicar las causas de las alteraciones que afectaban a Hispanoamérica y a proponer las medidas para prolongar la "reunión de la Madre Patria" con esas distantes provincias.

Baquíjano se llena de valor y escribe su testamento político, para responder a esa demanda, que es conocido como Dictamen sobre la Revolución Hispanoamericana, donde deja la retórica, el circunloquio, aunque no puede ocultar su monarquismo, para decir esta vez lo que había callado en San Marcos: los indígenas tienen una memoria tenaz, indicó, aún lloran la muerte del primer Túpac Amaru ejecutado por orden del virrey Toledo, ni tampoco olvidan, lo afirma, el "atroz suplicio" de José Gabriel Túpac Amaru. Sugiere que ambos fueron engañados por las autoridades españolas y el indígena "jamás olvida la falta de palabra y el no cumplimiento de las promesas". Con estas palabras, Baquíjano alivia su conciencia, se reencuentra consigo mismo, con su peruanidad, y de alguna manera, sin temor alguno y con arrojo político, señala los errores imperdonables de la administración colonial y el camino inexorable que seguirían los acontecimientos políticos en Hispanoamérica.


Fuente: Diario El Peruano (10/5/2012)


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