Argentina quiere identificar a soldados muertos en Malvinas

BUENOS AIRES (AP) - A Nélida Montoya la atormenta el recuerdo de aquella tumba en la que en vez del nombre de su hijo leyó la frase: "Soldado argentino sólo conocido por Dios" .

Su hijo mayor Horacio Echave tenía apenas 19 años cuando murió el último día de la guerra contra Gran Bretaña por la soberanía de las islas Malvinas en 1982. Su cuerpo nunca fue identificado, como los de otros 122 solados argentinos caídos en combate que fueron enterrados como NN en el cementerio de Darwin.

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Montoya junto a otras madres y ex combatientes reclaman desde hace tiempo que los restos que yacen en Malvinas sean identificados, una faceta del drama de la guerra poco conocido hasta ahora y que tomó trascendencia gracias al legendario músico británico Roger Waters.

Enterado del deseo de estas familias, el ex líder de Pink Floyd se lo comentó a la presidenta Cristina Fernández en una audiencia que mantuvieron durante una gira del músico por Buenos Aires a mediados de marzo. La gobernante, a su vez, trasladó la solicitud al Comité Internacional de la Cruz Roja para que haga las gestiones pertinentes ante los británicos, en coincidencia con el trigésimo aniversario de la guerra.

"Ellos tienen un nombre, fueron con un nombre y ahora son unos NN. Por qué? si ellos tenían su nombre. Ellos murieron, pero la identidad la tienen. Quiero que mi hijo tenga su nombre", explicó Montoya, de 69 años, en entrevista con The Associated Press en su casa del poblado de Lobos, a unos 100 kilómetros de Buenos Aires.

El grupo de Montoya quiere trabajar con el Equipo Argentino de Antropología Forense, una agrupación independiente de científicos que se han especializado en la identificación de víctimas de la dictadura de 1976 a 1983 y ha ayudado a resolver atrocidades cometidas en cuatro continentes.

El Comité Internacional de la Cruz Roja dijo que está dispuesto a oficiar como "intermediario neutral" para facilitar la realización de pericias genéticas y ha iniciado contactos.

Algunos familiares de los soldados quieren que los restos sean traídos al país. Otros temen que, una vez identificados, sean sacados de la tierra por la que dieron sus vidas. Y hay quienes piensan que el proceso será muy doloroso y causará sufrimientos innecesarios.

"Yo ya hice el duelo, no se justifica. La herida la cerré hace 30 años. Mi nieta no conoció a su papá y ahora quieren remover todo eso. Ella no quiere saber nada", dijo Delmira Hasenclever de Cao, presidenta de la comisión de familiares de caídos en Malvinas e islas del Atlántico Sur.

Por la ley argentina, esa organización tiene bajo su custodia al cementerio de Darwin.

Más allá de su postura personal, de Cao afirmó que "queremos que se consulte a cada una de las familias. No puede pasar una familia por encima de otra. Todas tienen el mismo derecho a decidir qué se va a hacer".

Esta organización le pidió expresamente al Comité Internacional de la Cruz Roja que si las pericias prosperan "se adopten medidas de extrema seguridad para evitar la captura y difusión de imágenes" y que se garantice que "los restos no serán trasladados al continente".

No será fácil para los gobiernos de Buenos Aires y Stanley ponerse de acuerdo en vista de las diferencias que hay entre ambos. Los argentinos consideran las islas como propias y no reconocen al gobierno autónomo isleño.

El portavoz del gobierno de las Falkland, como le dicen los isleños a las Malvinas, Darren Christie, afirmó que la Cruz Roja por ahora no ha hecho ninguna solicitud formal en relación con la identificación de los soldados.

"Nuestra posición oficial es que, cuando recibamos una solicitud formal, la consideraremos cuidadosamente", manifestó.

Sobre la ladera de una loma ubicada a unas dos horas de viaje desde Puerto Stanley y lejos de la vista de los isleños se encuentra el cementerio militar de Darwin. Cada una de las 237 tumbas tiene una cruz blanca y una lápida de granito negro. Las que tienen grabados los nombres y apellidos de los solados argentinos se mezclan con aquellas sin identificar.

"Ya sabía que no lo iba a encontrar cuando viajé por primera vez a Malvinas a mediados de los noventa. Me recorrí todas las tumbas. Yo fui y me agarré una, le puse flores. Pero volví a los diez años y no me acordaba muy bien cuál era", relató Montoya con lágrimas en los ojos, mientras sostenía en sus manos fotos de Horacio.

Si la identificación de todos los cuerpos no llegó a término antes de su traslado final a Darwin, mucho tuvo que ver seguramente la desidia de la última dictadura militar, que tramó la invasión de Malvinas como una última esperanza de perpetuarse en el poder. El fracaso de la empresa representó el fin del régimen y al poco tiempo los militares convocaron a elecciones. Pero también pesó el apuro de los isleños por borrar cualquier rastro de los invasores lo antes posible.

El 14 de junio de 1982 concluyó la guerra tras 74 días de combate y las fuerzas argentinas partieron dejando atrás decenas de cuerpos de compatriotas, algunos tendidos sobre la nieve o las rocas. Otros sepultados de apuro a pocos metros de profundidad o en fosas comunes.

Cuando Londres le reclamó a la dictadura argentina que debía repatriar los cuerpos, la respuesta fue que los caídos ya estaban en su patria y que allí se quedarían. Entonces, la primera ministra británica Margaret Thatcher ordenó que fueran enterrados en un mismo cementerio de las islas.

Mientras los soldados británicos fallecidos fueron identificados en su totalidad porque llevaban una chapa con sus nombres y datos colgada del cuello, la mayoría de los combatientes argentinos carecía de ese elemento o no las tenían grabadas, una evidencia del apuro e improvisación con la que se ejecutó la invasión a las islas.

Ese fue el mayor obstáculo que enfrentó el capitán británico Geoffrey Cardozo, quien tuvo a su cargo la exhumación de los cuerpos de los argentinos, su identificación y posterior traslado al cementerio de Darwin.

"Mi mayor preocupación fue que antes de bajar el pulgar para que el solado fuera enterrado como NN debía hacer el máximo esfuerzo y determinar quién era", explicó Cardozo, quien hoy tiene 62 años y es un coronel retirado, en diálogo telefónico con AP desde Londres.

"Aquella no fue la escena de un crimen, yo no soy forense. Era la posguerra. Fui muy meticuloso, pero no contaba con registros dentales o expertos en ADN", aseveró el coronel retirado, quien detalló que algunos cuerpos "estaban en un estado horrendo".

Una ayuda importante para Cardozo fueron las cartas que encontró en los bolsillos de las chaquetas de los combatientes muertos. Si el destinatario de las notas se repetía y los sobres estaban abiertos podía deducir la identidad. "Pero alguna vez encontré un cuerpo con tres o cuatro cartas con diferentes nombres y probablemente el solado había muerto mientras se las llevaba a otros compañeros".

Finalizada esta tarea, Cardozo recibió la orden de llevar los cuerpos al remoto Darwin para su reposo final, pero debió hacerlo en barcos y helicópteros pues no había carretera. "Los muertos argentinos no eran una prioridad para los isleños, ellos no querían el cementerio argentino en su jardín trasero", apuntó.

Cada soldado fue enterrado en una tumba separada, con un registro del lugar exacto donde fue hallado su cuerpo.

Cardozo concluyó su tarea a fines de febrero de 1983.

"Yo no tenía chapa identificatoria, si me mataban hubiera sido un NN", reflexionó Julio Aro, un veterano de la guerra que recorre todo el país para sumar a más familiares a la causa de Montoya. Agregó que hasta el momento 60 familias dieron su consentimiento.

La mayoría de los soldados británicos muertos fueron enterados en su patria. Imágenes televisivas de cadáveres que eran colocados temporalmente en una tumba en el terreno de batalla causaron tanto malestar que por primera vez en la historia militar británica el grueso de los soldados fue llevado a su tierra apenas concluida la guerra y enterrado allí, según Cardozo. En las islas hay dos pequeños cementerios de soldados británicos y todos los cuerpos están identificados.

Para los veteranos y familiares de los caídos argentinos al campo santo es el único pedazo de las islas que les es reconocido como propio en ese territorio bajo control de Gran Bretaña desde 1833.

"Ojalá que para el año que viene tengamos a los chicos identificados. Yo quiero ir para tirar al diablo esa piedra que dice 'aquí yace un solado sólo conocido por Dios' y poner el nombre de Horacio", es la ilusión de Montoya.


Fuente: El Nuevo Herald (10/6/2012)


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