Sergio Villalobos: "Desde el punto de vista de la historia, la existencia del museo representa el deseo de falsificar el pasado"

Señor Director:

La creación y la mantención de tal museo ha sido una continuidad de disparates. Para empezar, todo museo relacionado con el pasado se vincula con la memoria, de manera que desde el nombre se parte de un error.

No sabemos por qué se le fundó como un organismo de gran autonomía, cuando debió ser parte de la Dibam.

Desde el punto de vista de la historia, la existencia del museo representa el deseo de falsificar el pasado, en cuanto se enfoca en un acontecimiento singular, separado del resto de nuestra historia y, por lo tanto, incomprensible. El pasado tiene que ser comprendido en la totalidad, comenzando por el antecedente de cualquier situación. No podríamos entender la época de la Independencia si sólo la enfocásemos a través de las persecuciones de los realistas durante la Reconquista.

>>> Seguir Leyendo... >>>

En el mencionado "museo", para poder entenderlo, falta la política y la situación social del país desde varias décadas anteriores y, muy especialmente, la destrucción de la ética pública, los abusos, engaños y desmanes del gobierno de la Unidad Popular. Sólo teniendo en cuenta esos hechos, se puede comprender la reacción general del país y el movimiento militar. No se trata de ocultar los excesos oficiales, sino buscar la explicación de por qué ocurrieron.

Los personajes y los movimientos de la política siempre procuran manejar la historia y recordar nada más que lo que les conviene. Pero la historia es ciencia con métodos rigurosos, que buscan la verdad entera, cualquiera que ella sea.

Es evidente que el "museo" de marras es parte de una propaganda de agrupaciones políticas que, ante el fracaso actual de sus acciones, busca imágenes y conceptos que afirmen la debilidad que les aqueja.Sugiero una reformulación del contenido y del nombre: Museo de Fracaso, el de la Unidad Popular y el de ahora.

SERGIO VILLALOBOS R.
El Mercurio de Chile, 22/6/2012





Señor Director:

Recientes cartas con opiniones sobre el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos adolecen, desde mi punto de vista, de un error fundamental. Ellas reclaman que este museo, acotado en su misión institucional al período 1973-1990, carece de información sobre lo que ocurrió en el país antes de 1973, pues ésta permitiría explicar lo sucedido en materia de violaciones a los derechos humanos.

Su error consiste en esperar que este museo presente explicaciones justificatorias acerca de lo que no admite justificación alguna. Nada puede explicar y justificar las graves violaciones a los derechos humanos fundamentales cometidas por agentes del Estado entre 1973 y 1990 en nuestro país. Y justamente por eso este museo no entra ni debe entrar a explicar contexto alguno, sino sólo limitarse a mostrar lo ocurrido para estimular la conciencia social acerca de que esas violaciones no pueden cometerse nunca más en nuestra patria, cualesquiera sean las circunstancias de la vida social y política.

En su momento, reclamando por lo que ocurría en Chile y pidiendo recuperar la conciencia moral en esta materia, el entonces cardenal don Juan Francisco Fresno hizo público un documento cuyo título revela por sí mismo la gravedad de las violaciones a los derechos humanos fundamentales que ocurrían en esa época. Decía, "Los Derechos del Hombre son Derechos de Dios".

El progreso de la humanidad en las últimas décadas ha establecido que los derechos humanos fundamentales constituyen una salvaguardia de la dignidad humana que ninguna justificación permite traspasar. Ésta es una de las razones de la abolición de la pena de muerte en nuestro país y en muchos otros. Es significativo en este sentido que en Roma, cuna del derecho occidental, su más reconocido ícono, el Coliseo, se ilumine festivamente cada vez que un país decide abolir la pena de muerte. Es que está en la base de los derechos humanos.

Me parece que las explicaciones sobre lo ocurrido en ese período deben darlas los actores sociales y políticos. A los historiadores les corresponde recoger los antecedentes, presentándolos debidamente analizados, para su difusión en la sociedad y para que sean recogidos por los museos de historia y las bibliotecas públicas.

ENRIQUE PALET C.
El Mercurio de Chile, 25/6/2012





Señor Director:

El señor Enrique Palet ha intervenido en estas páginas justificando la existencia del llamado Museo de la Memoria. A nuestro juicio, parte de un error fundamental. Nadie ha pretendido ignorar ni justificar lo ocurrido entre 1973 y 1990, salvo que se lea en forma mal intencionada.

Se trata únicamente de hacer comprensibles aquellos sucesos, y no se pueden ignorar los precedentes "que explican" esos hechos. De otra manera, la historia es incomprensible, unilateral y antojadiza. No se debe sólo recordar, sino buscar la verdad y sacar una experiencia. La memoria es pasiva, el raciocinio es creador.

Insistir en la índole del museo es recalcar la expresión paranoica, dar lugar a la animosidad por encima de la reflexión inteligente.

El señor Palet cree que las explicaciones deben darlas los "actores sociales y políticos", mientras que a los historiadores les corresponde exponer los antecedentes y su análisis para enviarlos a los museos y a las bibliotecas públicas. De esa forma, propicia un desfase entre propaganda e historia.

Pero no hay que ser muy perspicaz para darse cuenta de que las publicaciones más serias de historia son anuladas por la televisión, el cine, el arte, los folcloristas y los intelectuales vocingleros. También, entidades como el referido museo. Es decir, se imponen visiones irresponsables y al fin se tergiversa el pasado con objetivos ideológicos.

Cuando una doctrina está en retroceso se aferra a cualquier método.

Para ser positivo, creo que se podría establecer el museo del siglo XX, que no deje nada afuera, ni las vicisitudes políticas brillantes u oscuras, ni la economía, la sociedad y la cultura. El edificio del museo en cuestión, debidamente ampliado y reestructurado en su contenido mediante el trabajo de historiadores serios y responsables, sería una excelente solución.

En esa forma se utilizarían bien los fondos del Estado y se estimularía a los ciudadanos como seres inteligentes, en lugar de autómatas ideológicos.

Sergio Villalobos R.
El Mercurio de Chile, 28/6/2012





Señor Director:

Son incontables las razones por las que es necesario suscribir las razones del profesor Villalobos y la señora Krebs acerca del así llamado Museo de la Memoria. Las razones museológicas son obvias porque en el caso no se trata de un museo, sino más bien de algo así como un mausoleo.

Un museo debe enseñar y explicar a quienes lo visitan. No es un lugar en que se rinde un homenaje a víctimas, por justas que eventualmente lo fueran. Un museo no puede nunca ser dirigido, sino más bien debe ser racionalmente explicatorio de una totalidad histórica o cultural. Con él se deben ganar mentes críticas y no parroquianos. Es una institución cultural y por ello la antítesis de lo panfletario. Por lo demás, todo el mundo sabe acerca de la "selectividad" de la memoria humana y sus caprichos.

Eso supone que el museo debe entregar un complejo de factores históricos de modo que resulten una totalidad comprensible. Nunca puede amputar. Puede que por falta de fuentes no muestre todo, pero nunca puede discriminar las fuentes existentes. En el caso dado ¿cómo se puede pretender ilustrar una fase histórica -por limitada o sesgada que sea- sin incluir parte significativa de hechos decisivos que la investigación histórica fundada ya ha revelado desde hace buen tiempo?

Quisiera recordar una declaración que el secretario general del Partido Comunista Luis Corvalán hizo al periodista Eduardo Labarca en su libro "Corvalán 24 horas" (Santiago, 1972). Al preguntarle éste cómo caracterizaría ideológicamente al gobierno de Allende y la Unidad Popular, Corvalán respondió sin ambages: "Es la dictadura legal de la clase trabajadora chilena".

Esta frase, que responde a la interrogante hamletiana de hace poco sobre "dictadura" o "gobierno militar", debería ser gravada en el frontis de un museo de la memoria que sea un homenaje a ella y no a la amnesia institucionalizada.

PROF. DR. VÍCTOR FARÍAS
Universidad Andrés Bello
El Mercurio de Chile, 29/6/2012





Señor Director:

En el debate sobre el Museo de la Memoria se corre el riesgo de confundir memoria e historia. Una cosa es recordar; otra, intentar comprender y explicar, como ha escrito T. Judt a propósito de los memoriales y las convulsiones del siglo XX, con sus guerras y genocidios.

La memoria de una sociedad se pone en tensión frente a los grandes traumas que ha vivido, especialmente cuando han traído consigo derramamiento de sangre. Recordar esos hechos, luchar contra el olvido, tiene sobre todo una función pedagógica, dirigida en especial hacia las nuevas generaciones que no vivieron el drama. Así se reafirman valores y se advierte del peligro que entraña para una sociedad sobrepasar ciertos límites de contención de la agresividad destructiva que anida en su seno.

La historia como ciencia, en cambio, trata de consignar e interpretar la sucesión de procesos y hechos que marcan la vida de una sociedad y sus crisis. A ella le corresponde indagar las causas de los acontecimientos recurriendo a las fuentes que contribuyen a su explicación.

Tanto la memoria como la historia se ejercitan sobre hechos pasados que se estiman relevantes, cuyas repercusiones siguen en el presente diría B. Croce. Pero sus funciones y propósitos son diferentes. No se puede confundir el significado de los memoriales con el de la academia.

Un ejemplo puede ilustrar lo dicho. La persecución de los cristianos por parte de Nerón, Diocleciano y otros emperadores es recordada simbólicamente en el Coliseo y en las catacumbas de Roma y en iglesias a lo largo del mundo, como ejemplo de crueldad e intolerancia, por cuenta del poder, y de valor y fe por parte de los mártires. Cosa muy diferente es la tarea de los historiadores que deben investigar las causas que llevaron a esas matanzas.

Volviendo al presente: ¿no es justo recordar los crímenes de Hitler o Stalin o las matanzas en la ex Yugoslavia o Ruanda o las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, y sus víctimas? Diferente es discutir los factores que provocaron esas atrocidades y el contexto en el cual ocurrieron.

Sobre la memoria así entendida debiera haber consenso. Sobre la explicación histórica siempre habrá controversia. Lo importante es que la memoria no sea negada o atenuada. Las cosas deben ser llamadas por su nombre.

José Antonio Viera-Gallo
El Mercurio de Chile, 28/6/2012





Señor Director:

Quienes reclaman una contextualización de las violaciones a los DD.HH. en el Museo de la Memoria, pueden hacerlo en vista a: Creer que se justifican o no existieron. O suponer que esa falta de referencia al contexto es atentatoria a la neutralidad, objetividad y reflexión histórica.

Como quienes han intervenido son personas inteligentes y de buena voluntad, no cabe más que descartar la primera opción.

La segunda objeción implica no entender la función de estos museos. Son básicamente conmemorativos. Representan un recordar a quienes fueron víctimas de una acción de terror por parte del Estado. El "agente de la acción" es fundamental en la diferenciación de esa violencia respecto de otras que puedan cometer personas o grupos.

Como lo indicase Koselleck, no existe una "memoria colectiva", es por definición individual. Ahora bien, museos conmemorativos, memoriales, feriados y monumentos son generadores de identidad en base a valores que se buscan mantener por generaciones.

Pueden corresponder tanto a una memoria positiva (se busca promover algo como laudable) o negativa (se desea recordar un acontecimiento para que no vuelva a ocurrir).

Por tanto, su valor no se encuentra determinado por "reflexiones de alta complejidad" de lo que trasmiten, sino por el qué se transmite. Eso tiene que ver con el tipo de nación y Estado que se desea ser.

Estos dos últimos, Estado y Nación, son dos construcciones y su fundamentación es ideológica en cuanto se basan en un entendimiento del mundo y en un sistema de creencias políticas. Basta analizar los "días nacionales" para constatarlo.

Imágenes, léxicos e instituciones como el Museo de la Memoria, poseen un valor simbólico.

Solicitar su contextualización es equivalente a esperar lo mismo de otras formas conmemorativas. Es un absurdo que surge de no entender su sentido o la persistencia en rechazarlo disfrazada de "búsqueda de la verdad objetiva".

Gonzalo Bustamante
Profesor Escuela de Gobierno-UAI
El Mercurio de Chile, 28/6/2012





Señor Director:

La carta de la directora de la Dibam publicada en su diario plantea una visión que, desde mi perspectiva, vulnera un principio básico consensuado a nivel internacional: las violaciones a los DD.HH. no son ni pueden ser contextualizables.

Si utilizáramos la premisa de Magdalena Krebs, podríamos contextualizar también las masacres de Stalin, el Holocausto judío en la Alemania Nazi o el genocidio de Ruanda. El contexto o "los antecedentes" como plantea Krebs, podrían explicar, y por lo tanto ayudar a comprender y justificar, la tortura, los asesinatos masivos, los detenidos desaparecidos o cualquier otra forma de violencia contra grupos o personas que se aparten del ideario de quien viola derechos fundamentales.

Mi abuelo, Fernando Ortiz, secuestrado en diciembre de 1976 y desaparecido hasta hace pocos años, fue asesinado en el cuartel Simón Bolívar donde funcionó la Brigada Lautaro. Ahí fue sometido a torturas y golpes que le molieron, literalmente, los huesos. Fue dejado sufrir durante días en el suelo, hasta que murió, después de una lenta agonía. Mi familia recién estos días tiene el dictamen legal que certifica esto.

El secuestro, desde las puertas de mi colegio, y posterior degollamiento de mi padre, José Manuel Parada, son de público conocimiento.

"La violencia imperante", según plantea Krebs, sería el antecedente de estos crímenes y del resto de las violaciones a los derechos humanos cometidos en dictadura y sería, por tanto, causa o razón para la brutal violencia ejercida por agentes del Estado, de manera sistemática, a partir del 11 de septiembre de 1973.

De su carta se entiende que la tensión social previa al golpe de Estado, las tomas de fundos y fábricas, las colas, el desabastecimiento, el inexistente Plan Z, serían antecedentes a ser considerados en la muestra del Museo de la Memoria para explicar por qué se asesinó, violó, torturó, desapareció y exilió a miles de compatriotas luego del golpe.

Su argumento no sólo explicita un grave relativismo moral, sino que es profundamente peligroso. Con él podrían justificarse las mayores atrocidades, ya que los antecedentes previos a la violación de los derechos humanos permitirían explicarlos y eventualmente justificarlos.

No hay nada que justifique la violencia ejercida por el Estado de Chile en contra de ciudadanos inermes. Nada. Menos aún viniendo de agentes del Estado cuya responsabilidad es la mantención del orden público y no su alteración.

El Museo de la Memoria, como bien dice Krebs, tiene una función educativa y esa es justamente educar a las futuras generaciones respecto de lo que no debe ocurrir nunca más en Chile. Sin embargo, como pretende la directora de la Dibam, al considerar las razones o antecedentes de por qué se ejerció tal violencia, pierde su sentido pedagógico y relativiza acciones condenables, dando herramientas a algunos de sus visitantes para argumentar que tal vez esas acciones tenían razón de ser, considerando la situación que se vivía previo al golpe de 1973.

Como nieta, hija y sobrina de víctimas de violaciones a los DD.HH., pero sobre todo como ciudadana chilena, me resulta extraño y profundamente violento que una persona que ostenta un cargo público de tal responsabilidad, tenga a bien manifestar estas posturas justificacionistas que, en mi opinión, son un enorme retroceso en la construcción democrática.

JAVIERA PARADA
El Mercurio de Chile, 26/6/2012





Señor Director:

En estos días se ha debatido acerca de la tarea que compete al Museo de la Memoria y los Derechos Humanos. Se trata de un diálogo que le hace bien a la cultura pública. Con todo, algunos malos entendidos acerca de la tarea del Museo, cuyo directorio integramos, nos obligan a declarar lo que sigue:

1. La tarea del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos es promover una conciencia pública acerca de las violaciones masivas, sistemáticas y prolongadas a esos derechos acaecidas entre el 11 de septiembre de 1973 y el 11 de marzo de 1990, que es el período cubierto por las investigaciones de la Comisión Verdad y Reconciliación, cuyos resultados se conocen como el Informe Rettig;

2. Esa toma de conciencia que el Museo promueve no tiene un propósito político, sino moral: transformar el respeto a los DD.HH. en un imperativo categórico de nuestra convivencia; es decir, en un deber de todos y cuyo cumplimiento ninguna circunstancia podría atenuar o debilitar;

3. La tarea del Museo, en consecuencia, no es historiográfica ni jurídica. Su propósito no es entregar información acerca de las causas que condujeron a esas violaciones o contextualizarlas ni, tampoco, formular imputaciones individuales de responsabilidad, sino promover la idea de que, con prescindencia de las circunstancias, ese tipo de hechos no deben ocurrir nunca más en nuestro país.

El Museo confía en que sus actividades y muestras -que cuentan con apoyo estatal atendido el interés público de sus actividades- interpelen a la ciudadanía y, por esa vía, promuevan en nuestra esfera pública un debate y un diálogo reflexivo acerca del respeto de los derechos humanos.

Por último, invitamos a todos nuestros compatriotas a visitar el Museo y a formarse por sí mismos un parecer acerca de si cumple el objeto para el cual fue creado.

María Luisa Sepúlveda, María Eugenia Rojas, Arturo Fontaine, Gastón Gómez Milan Ivelic, Fernando Montes Claudio Nash, Enrique Palet Carlos Peña, Daniel Platovsky Margarita Romero, Marcia Scantlebury Agustín Squella, Carolina Tohá

Directorio del Museo de la Memoria y los DD.HH.
El Mercurio de Chile, 30/6/2012





Señor Director:

En relación a la carta del señor Sergio Rillon, me permito aclarar lo siguiente:

1. El Museo de la Memoria y los Derechos Humanos tiene por misión dar a conocer las violaciones sistemáticas a los derechos humanos cometidas por agentes del Estado durante la dictadura, las cuales se encuentran consignadas, en su parte más significativa, aunque no completa, en los informes Rettig y Valech, que contabilizan una suma aproximada de 40 mil víctimas de prisión política, tortura, ejecuciones y desaparición forzosa. Estos hechos innegables y sus consecuencias morales y políticas son las que motivan al Estado de Chile a crear el Museo de la Memoria y los Derechos Humanos como proyecto educativo y de memoria para las nuevas generaciones, con el fin de fortalecer los valores democráticos y el Nunca Más con el que se han comprometido los partidos políticos y las instituciones de la Defensa.

2. Las recientes referencias del ex Presidente Patricio Aylwin sobre el ex Presidente Salvador Allende no afectan en nada el sentido y la misión del MMDH. Ellas forman parte de una necesaria discusión sobre la cual la sociedad chilena no ha construido un consenso, como sí lo ha hecho respecto del rechazo a las violaciones a los derechos humanos por parte de la dictadura de Augusto Pinochet.

3. No todos están obligados a participar de la condena a los métodos que usaron Pinochet y Contreras. Desde luego, los organizadores del acto a que se refiere el señor Rillon no participan de ese rechazo; de hecho, algunos de ellos no pudieron asistir, pues aún cumplen penas de cárcel por sus crímenes.

Ricardo Brodsky Baudet
Director Museo de la Memoria y los Derechos Humanos
El Mercurio de Chile, 30/6/2012



0 comentarios:

Publicar un comentario