El Perú de las desgracias lingüísticas

Por Eduardo Torres Arancivia (*)

Cuando los canales del lenguaje se agotan, la violencia resulta ser el natural corolario. Los sucesos últimos que viene atravesando el país me recuerda qué tan cierta es esa filosofía y me hace comprender que las grandes desgracias del Perú tienen que ver con canales de comunicación rotos.

La primera de esas desgracias ocurrió precisamente en Cajamarca en 1532: Atahualpa y Pizarro intentan conocerse pero el diálogo no llega a concretarse; un intérprete mal entrenado (Felipillo) y dos visiones antagónicas del mundo impidieron la comunicación y la matanza sobrevino. Tal vez, en ese malentendido lingüístico, nació el Perú. De ahí en adelante, bien puedo arriesgarme a decir que la historia peruana es el transcurrir de varios y complejos malentendidos: la construcción del indio, el dios cristiano enfrentado a los dioses andinos, el criollo molesto con el peninsular abusivo, la monarquía versus la república, el orden frente al caos, la democracia contra el comunismo. Casi es la imagen de un coro disonante, con voces que claman —cada una— fines propios pero que difícilmente pueden reconciliarse en un afán armónico: la Historia del Perú es una lucha de discursos en la que cada uno trata de imponerse sobre el otro.

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Los sucesos actuales en Conga nos hacen ver los alcances del mal uso que se hace del lenguaje. Cada interesado en este conflicto parece encerrarse en un discurso tan monolítico que impide cualquier concreción de acuerdos. Aquí, ya está claro, no importan las opiniones técnicas ni los peritajes; lo que vale es el gran juego de las palabras, ya tengan estas forma de promesa o de arenga. Cuando tienen forma de promesa, su poder de convencimiento es inmenso pero también lo es la frustración que surge cuando lo prometido se diluye.

En el oído de muchos aun retumba la voz del candidato Humala que en Bambamarca señaló que la minería solo había dejado una cicatriz en el pueblo cajamarquino mientras pedía cuidar las lagunas de la depredación. En un momento emocionante y supremo el candidato preguntó “¿Qué es más importante? ¿El agua o el oro?” Le gente dijo “el agua” y Humala peroró entonces: “Porque ustedes no toman oro, no comen oro”. Ante la euforia, el candidato prometió que respetaría el parecer de la gente sobre la actividad minera y que no sacrificaría ni una sola laguna. La gente le creyó. Cuando el candidato ganó, apareció el hombre de Estado y el lenguaje cambió, se vistió de realismo y pragmatismo y el malestar no demoró en llegar y este continuará mientras las distintas voces no sean escuchadas y los juramentos cumplidos (una palabra, aquí, vale más que mil monedas).

La historia de Espinar, por su parte, es, de nuevo, la historia de los marginados del Perú. De esos que hablan y no son escuchados, de aquellos a los que un poder más grande depreda y contamina. Su historial de protesta es viejo (1985), pero nadie lo recuerda. Los de Espinar no ven riqueza en la minería, solo ven una malsana explotación y a una compañía extremadamente poderosa con nexos en las más altas esferas del poder. Los que ahí moran, creen que tienen su causa perdida por los grandes intereses en juego; pero en ese afán por expresar una especie de economía moral, salen a la calle con la esperanza de retomar el diálogo con las autoridades.

Cuando escribí estas líneas, ese diálogo estaba por comenzar —como otras tantas veces— pero francamente no creo que este alcance una solución a largo plazo, y es que el destino del Perú parece ser el de darle la espalda al principio más elemental de la filosofía actual: asumir el hecho de que el otro, siempre, puede tener algo de razón.


* Profesor de Historia en la UPC y autor del libro "La voz de nuestra historia".

Fuente: Blog del Fondo Editorial de la UPC (4/7/2012)


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