Historia universal de la destrucción

Por Jorge Moreno Matos

Un viejo relato, cuya verosimilitud se pierde en el tiempo, cuenta que cuando el califa Omar llegó a las puertas de Alejandría en el año 644 mandó quemar todos los libros de lo que quedaba de la gran biblioteca de la Antigüedad (la primera vez había ardido durante la invasión romana en el año 47 a.C. y luego en el año 391 d.C.). La justificación que dio Omar para su barbárico acto no puede ser más elocuente de lo que el fanatismo religioso o ideológico puede ocasionar en la conservación del pasado: “Si esos libros contradicen al Corán, hay que quemarlos; si lo refuerzan, son innecesarios”. Los manuscritos ardieron en los hornos de los baños públicos de la ciudad durante meses.

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Cuando pensábamos que semejante acto de intolerancia y fanatismo era propio de tiempos oscuros y bárbaros, otros creyentes islámicos, estos tan reales como extremistas, ordenaron la destrucción de Budas monumentales en nombre de esa misma fe en el 2001. Esta semana le tocó a Tombuctú, en Malí, la ciudad de los 333 santos, una enorme urbe de barro en el África occidental, escribir un nuevo capítulo en la historia universal de la destrucción del pasado.

Una cruenta guerra civil

En los últimos meses, Malí ha sido el centro de atención mundial debido a una rebelión en el norte del país por parte de una minoría étnica, los tuareg, que ha tomado el control de esa zona del país. Los duros enfrentamientos entre las fuerzas oficiales y las milicias separatistas rebeldes del Movimiento Nacional de Liberación de Azawad (MNLA) han sumido a la población en el cotidiano terror de la guerra, el éxodo y el hambre. A la guerra por el Estado propio tuareg se sumó, el pasado 22 de marzo, un golpe de estado que depuso al presidente Amani Toumani Toure. En esas circunstancias, el 6 de abril, los rebeldes proclamaron la instauración del Estado de Azawad, sobre un territorio de unos 850.000 kilómetros cuadrados.

En cuestión de días, este enorme territorio escapó del control de Bamako, la capital de Malí, y pronto fue disputado tanto por el MNLA como por los otros grupos rebeldes (hay en promedio cinco grupos alzados en armas). Especialmente dos de ellos han captado la atención tanto de la comunidad internacional como de los organismos encargados de vigilar el patrimonio artístico e histórico de las civilizaciones: Ansar al Din y el Movimiento para la Unidad y la Yihad en África del Oeste (Muyao), ambos con fuertes vínculos y semejanzas con Al Qaeda por el Magreb Islámico, el temible AQMI. Estos dos se han hecho del control y centro de su disputa de dos de las ciudades más antiguas y emblemáticas de África: Tombuctú y Gao. Pero es Tombuctú la que concita la preocupación de todos.

Tombuctú, la enorme ciudad de barro del África Occidental, exhibe un título poco usual en esta zona del planeta: el de poseer una de las universidades más antiguas del mundo, la de Sankoré, que se convirtió en un verdadero centro de estudios e irradiación del Islam hacia toda el África durante los siglos XV y XVI. Declarada Patrimonio Mundial por la Unesco en 1988, Tombuctú alberga las mezquitas de Djingareyber, Sankoré y Sidi Yahia, valiosas muestras de la arquitectura que esta semana fueron víctimas de la furia del integrismo islámico de los grupos vinculados a Al Qaeda.

Las milicias de Ansar al Din, armados de picos y palas, la han emprendido contra los monumentos históricos de la ciudad en defensa de una causa que no respeta ni siquiera los monumentos de su propia fe. Destruyeron la puerta entrada de la mezquita Sidi Yayia, apenas un día después de haber destruido siete de los 16 mausoleos de los santos musulmanes que alberga la ciudad. “Esa puerta conduce a un sepulcro de santos y si los islamistas lo hubiesen sabido, hubieran destruido todo", sostuvo un testigo. La justificación que dieron para su bárbaro proceder fue de que la veneración de los santos contradecía al Islam que estipula que solo se debe venerar a Dios.

Un atropello a la humanidad

Tombuctú y la Tumba de los Askia (al norte de Malí), ahora bajo el control de los islamistas, han sido inscritas en la lista del patrimonio mundial en peligro de la Unesco a pedido del gobierno maliense en un desesperado intento porque la comunidad internacional actué de forma efectiva ante una ola de destrucción que no tiene visos de detenerse. Pero la acción ha tenido un afecto contraproducente.

Ansar Din ha amenazado con destruir el resto de las mezquitas de la ciudad, "en nombre de Dios", como represalia por la decisión de la Unesco de atender el pedido de Malí al inscribir a Tombuctú en la lista del patrimonio mundial en peligro.

Luis Repetto Málaga, museólogo y presidente del Comité Peruano del Consejo Internacional de Museos, explica que, por más distante que este Malí de nosotros, la destrucción de mausoleos y mezquitas nos afecta. “Es un atentado que no solo afecta a la comunidad involucrada sino a toda la humanidad, porque es un patrimonio que nos pertenece a todos y que no asumimos en su verdadera dimensión”. “Se trata de valores universales”, sentencia. En ese sentido, la reacción de la comunidad y los organismos internacionales no se ha hecho esperar. La Corte Penal Internacional (CPI) ya ha adelantado que la destrucción de los mausoleos de Tombuctú será considerado un "crimen de guerra" y que se investigará y sancionará a su debido momento, ha declarado la fiscal de este tribunal, Fatu Bensuda.

Pero el panorama, tanto en Malí como en otras zonas del planeta, no puede ser más inquietante. “Los próximos desastres universales están vinculados a religiones, el agua y a las migraciones”, explica Repetto a este Diario, por lo que podemos esperar, en nombre de ellos o por razón de ellos, más destrucción y más fanatismo.


El ataque a los budas de Bamiyán

En 1996 el movimiento fundamentalista de los talibanes, aliados de Al Qaeda, tomaron el poder en Kabul, la capital de Afganistán, y pronto de todo el país. Inmediatamente emitieron una serie de normas, de acuerdo a su peculiar interpretación del Corán, que regirían la vida bajo su gobierno (como una que consideraba contrario al Islam el no usar barba).

Uno de esos edictos también prohibía toda forma de representación figurativa, por considerarla blasfema e idolátrica, aunque tuvieron el acierto de excluir de esta norma los objetos y monumentos tanto antiguos como históricos. Sin embargo, el régimen talibán se radicalizó cada vez más y en 1997 amenazó con destruir los dos Budas monumentales de Bamiyán.

Tanto la Unesco como diversos países del mundo suplicaron a los talibanes que no destruyeran estas magníficas esculturas de 1.500 años de antigüedad. Desoyendo los ruegos, en 1998 se dinamitó la cabeza del más pequeño de los dos Budas. En marzo de 2001, el jefe de los talibanes dio la orden de destruir a los dos ‘ídolos’. El mundo presenció impotente cómo se procedía a su voladura con explosivos de gran potencia. Fue el mayor acto de iconoclasia como no veía desde la Edad Media.


Cuatro hitos en la destrucción del pasado

Las nuevas religiones
La expansión del cristianismo como religión oficial hizo que se destruyeran muchos templos, palacios y monumentos de la época imperial romana considerados paganos.

El colonialismo
En el siglo XIX, las potencias occidentales expoliaron el patrimonio cultural, histórico y artístico de los pueblos que colonizaban u ocupaban, desde Europa hasta África.

Las guerras
Durante la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, la destrucción fue generalizada. Solo en Alemania, el 90% de sus monumentos históricos fue destruido por los bombardeos aliados.

Los nacionalismos
Las disputas nacionalistas entre pueblos ha hecho que se asuma la destrucción del legado histórico como un objetivo de guerra. El caso de Serbia es el ejemplo más terrible.


Publicado en el diario El Comercio, de Lima, el domingo 8 de julio de 2012.


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