Llamado a la concordia

'Historiador de mierda'. Así, con esas seis letras, fui calificado por alguien que todavía vive en las cavernas por escribir esto con ocasión del Bicentenario de Chile. Nada extraño en realidad si comprobamos que las formas en que algunos reciben o perciben todavía las relaciones entre Perú y Chile son las mismas con las que machaconamente nos alimentan desde hace muchísimos años desde la escuela y los periódicos en nombre de un falso patriotismo. Porque, valgan verdades, los militares, por ejemplo, que se encargan de recordárnoslo a cada rato, son los mismos que se levantaron en vilo al país y lo saquearon peor que en la guerra de 1879. O los políticos de ahora que tanto cacarean la amenaza chilena son igual o peores que los que posibilitaron o alentaron la derrota peruana en la misma. Si estamos dispuestos a reconciliarnos con la insoportable figura de Miguel Iglesias, entonces que la reconciliación sea real y completa. De toda la vida he admirado a Mario Vargas Llosa y la valentía con que expone muchas de sus ideas y libros. Ideas y libros que, por cierto, han terminado por ponerme en las antípodas de su pensamiento en los últimos años. Pero este Llamado a la Concordia lo suscribo plena, convencido y optimistamente. No importa que otra vez vuelvan con las seis letras (JMM).

Llamado a la concordia

Hace un poco más de treinta años, con motivo del centenario de la Guerra del Pacífico, un grupo de intelectuales, artistas, hombres de ciencia, peruanos y chilenos, se puso de acuerdo para hacer un llamado a la paz definitiva entre nuestros países. Hicieron ver en una declaración pública que nuestro enemigo común, más allá de cualquier retórica nacionalista, era el subdesarrollo: el hambre, la ignorancia, la desocupación, la falta de democracia y libertad.

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Tres décadas más tarde, Chile y el Perú se encuentran de nuevo frente a una instancia decisiva de su historia moderna. La Corte Internacional de Justicia de La Haya, después de estudiar en profundidad los argumentos de ambas partes y de escuchar los alegatos orales de sus abogados, pronunciará su dictamen sobre la demarcación de los territorios marítimos de ambos países.

La decisión de La Haya se produce en un contexto muy diferente al del año 1979. Chile y el Perú han recuperado la democracia representativa y las libertades públicas. Ambos se encuentran en el camino de un desarrollo moderno vigoroso, estable y sustentable. Nosotros, los abajo firmantes, estamos convencidos de que la próxima sentencia del Tribunal de La Haya, en lugar de ser motivo de reservas, reticencias, rumores innecesarios, de visión estrecha, es una oportunidad para dar un paso positivo en nuestras relaciones, para salir de una vez por todas de la mentalidad del siglo XIX que a veces ha enturbiado nuestro trato y entrar de lleno en una mirada propia del siglo XXI: una mirada solidaria, con proyecto de futuro, que contemple una verdadera integración cultural, científica y económica. Creemos que la decisión de La Haya, pronunciada por un tribunal internacional que ambos países reconocen, cuya legitimidad es un hecho indiscutible del mundo contemporáneo, debe marcar un hito en nuestro avance hacia sociedades integradas, libres, desarrolladas, dignas de nuestro tiempo.

América Latina ha sido la región de las esperanzas postergadas, de las divisiones externas e internas, del atraso, del oscurantismo. Si Perú y Chile comprenden la oportunidad histórica que ahora se les ofrece, la de entrar en una etapa de paz auténtica, de reconciliación verdadera, sin reservas, de amistad constructiva, creadora en todos los órdenes, contribuirán a cambiar la imagen de América Latina en el mundo actual. Y serán un ejemplo de concordia y colaboración regional. Nuestro entendimiento servirá para dar aliento a acuerdos internacionales todavía más amplios. El favorable momento actual de nuestros países, subrayado por el importante episodio jurídico e internacional que se aproxima en La Haya, servirá para robustecer nuestra voluntad de ver desterrado para siempre el odio y la violencia de América Latina. Y para consolidar el proceso firme y pleno de nuestro desarrollo democrático y económico. La experiencia de un pasado de discordias y desconfianzas, deberá servirnos para impedir que esos fantasmas nos sigan persiguiendo y paralizando nuestras mejores iniciativas.

25 de julio de 2012


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