Una mirada vagabunda

Por Manuel Burga | Historiador y docente universitario

Esta es la frase de José María Arguedas que el psicoanalista Max Hernández usa como epígrafe en la introducción de su libro "En los márgenes de nuestra memoria histórica", donde trata de explicar su método y su recorrido. El libro, de 264 páginas, ausculta nuestra historia, con un denso aparato teórico y un abundante recurso a autores, textos, cronistas coloniales y otras fuentes monumentales.

Llega a la actualidad, cuando el autor ocupaba la Secretaría Técnica del Acuerdo Nacional, un puesto privilegiado para constatar el corrosivo papel de las disensiones en nuestra alma nacional.

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¿De dónde proviene su inspiración, de su práctica psicoanalítica o de su experiencia en el Acuerdo Nacional? Diría, de ambas. Nos advierte que en su libro "no existe una tesis única que atraviese todos los capítulos" y reta al lector a descifrar "cómo se ha cosido el conjunto de retazos que lo conforman".

Busca, en todo momento, entender nuestra historia dentro de la historia universal, como producto, natural o desnaturalizado, de ella.

La conquista fue un cataclismo para las poblaciones andinas y trajo como consecuencia, entre muchas, un mestizo que el autor lo considera un Edipo marginal. Afirma que en Europa se recuperó la tragedia griega en el siglo XVI renacentista, a través del reconocimiento de la expiación y la elaboración de la culpa trágica. Esto nos ha faltado hacer, con nuestra historia propia, imaginando un "Edipo marginal y mestizo". En los siguientes capítulos ensaya una búsqueda incesante de ese personaje marginal producto de la violación y hasta lo confunde con el indio.

Este me parece una clave de su libro, que no cae en posiciones indigenistas, fundamentalistas, utópicas, sino más bien trata de entender por qué el peso de las repúblicas coloniales, de "indios" y de "españoles", impidieron la construcción de una sola morada, una historia de todos y una conciencia compartida.

Muchas resistencias y luchas de los indígenas fueron cruelmente derrotadas y el derrotado perdió la palabra, enmudeció y no apareció en los momentos decisivos. Retoma el civilismo de Manuel Pardo como un momento estelar del liberalismo en el Perú, como un proyecto prematuramente nacionalizador. Teníamos patria, mucha patria, pero nos faltó nación, mucha nación.

Esta es la otra clave: la ausencia de una autentica nación que hubiera podido liquidar nuestras taras coloniales.
Nos falta afecto, cariño, que hubieran podido crear una comunidad solidaria, con un proyecto compartido. Hace un análisis de mucha calidad del lienzo Los funerales de Atahualpa, de Luis Montero, que se exhibió en Lima en 1868 y que fue visitado por 35,000 personas.

Se detiene en el fotomontaje de 1872, donde aparecen los cuerpos de los hermanos Gutiérrez colgados de las torres de la Catedral. No deja de incluir, en esta mirada vagabunda, de encuentros y desencuentros, la violencia en el siglo XX, en la década de los 80, como Uchuraccay, Lucanamarca, Barrios Altos, La Cantuta, como heridas abiertas de esa vieja y fatídica dialéctica.

¿Podemos superarla ahora? Nos transmite entusiasmo: "Hoy podemos decir, no sin cierta inquietud, que la sociedad peruana parece estar dispuesta a salir del remolino de una espiral viciosa..."


Publicado en El Peruano, el 6 de setiembre de 2012.


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