Belaunde

Un amigo y colega al que aprecio mucho y tengo en alta estima su opinión (y que por cierto, es un atento lector de este blog) me envía mensajes de vez en cuando para hacerme sugerencias, correcciones y, en ocasiones, llamadas de atención. Una de ellas consiste en que, según sus propias palabras, ‘publico mucho y escribo poco’. Más aún, está convencido de que debería escribir más sobre temas actuales o las fechas conmemorativas que se cumplen cada semana, las conocidas ‘efemérides’. Lo gracioso es que yo estoy completamente de acuerdo con él, pero las obligaciones laborales o las familiares muchas veces impiden que sus deseos y los míos se hagan realidad.

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Una de esas fechas, por ejemplo, que mi amigo me reclama no haber dedicado "siquiera unas líneas" es la que recientemente se ha celebrado con bombos y platillos, aunque no con todo el fausto que se hubiera esperado. Me refiero al centenario de Fernando Belaunde Terry (Lima, 7 de octubre de 1912 - Lima, 4 de junio de 2002), ocurrido la semana pasada y que, como dije en otro lado, dio ocasión a practicar una vez más el otro gran deporte nacional (después del raje), uno en el que cada vez más nos convertimos en expertos: los obituarios. Cada vez que alguien muere o se recuerda su deceso ocurrido en años anteriores, hay una competencia descarnada y feroz, sin pudor alguno, por saber quien escribe la nota necrológica más ditirámbica o el obituario laudatorio más sentido. Nos hemos abocado con tanta pasión y esmero a escribir obituarios que hemos perdido el norte y la vergüenza.

Por obra y gracia de columnistas, analistas, correligionarios o el escriba de turno, el difunto termina convertido en poco menos que un superhombre, un paladín de la justicia, en un gigante del civismo y la caballerosidad. Un predestinado cuya existencia los que le sobrevivimos deberíamos agradecer al destino o a Dios (afortunadamente, yo soy ateo). Y como no podía ser de otro modo, Belaunde no ha escapado a esa suerte.

A la buena ventura de que, a cien años de su nacimiento, no haya habido una sola línea analizando sus desastrosos y estériles dos gobiernos, su falta de carácter (tan proverbial que hasta hoy se cuentan los chascarrillos sobre ella), su nulo sentido de la realidad (el caricaturista Alfredo inmortalizó la imagen de un Belaunde perorando desde una nube que es el mejor retrato de su carrera política). Se ha ensalzado, equivocadamente, su ‘don de palabra’ que en realidad es lo que menos se debería ensalzar en un político: el floreo. ¿Cómo alabar a un político por conocer al ‘Perú profundo’ y 'telúrico' cuando ese mismo fue imposible de calibrar el peligro del terrorismo cuando este emergía de ese Perú que decía conocer tan bien y al cual calificó de simple ‘abigeato’? Por supuesto, nada de esto se menciona hoy en los obituarios y homenajes. Y es que hay quien cree y está convencido de que con los ‘caviares’ empezaron todos los males. El complejo adánico entendido desde la mismísima nube de Belaunde.

La gran lección del fundador del 'acciopopulismo' (cuyo edificio ideológico y doctrinario se condensa en una frase que es un acierto del marketing y el olfato políticos: "El Perú como doctrina"; como lo fue también la elección de su símbolo partidario: una lampa, una herramienta de trabajo cotidiano para millones de peruanos y que cualquier correligionario o seguidor podía empuñar en un mitín en vez de una lejana estrella o un abstracto mapa del Perú); la gran lección de Belaunde, decía, antes de la vergonzosa década fujimorista (que a su vez dejó sus propias lecciones que nuestros políticos han aprendido mucho mejor que las del arquitecto), fue la de demostrar que se puede gobernar un país ingobernable simplemente administrándolo. Toledo administrador, García administrador, Humala administrador. Belaunde fue el decano de todos ellos. El arquitecto no fue el gran estadista que ahora se nos quiere presentar por honesto e insobornable. Bajo ese mismo argumento estaríamos en la penosa posición de tener que perdonarle a Fujimori todos los crímenes que se cometieron durante sus diez años de gobierno porque, simplemente, él no los cometió personalmente. Pero se olvida que él como como jefe de Estado es el primer responsable de lo que hacen o cometen sus funcionarios. Tan responsable como lo fue (políticamente) Belaunde de la infinitud de negociados que, de capitán a paje, cometieron ministros, directores y funcionarios de todo nivel. Así, afirmar que a Belaunde se le debe erigir poco menos que un monumento del tamaño de su presunta gloria y grandeza porque no robó, es casi como pedir un premio para cualquier alcalde distrital por no hacerlo (es decir, no robar). Es lo menos que se espera que no haga, ¿no?

Se olvida también que durante el segundo régimen de Belaunde se cometió la matanza de Putis (diciembre de 1984) por parte del Ejército, y que nadie respondió por ella ante la justicia. Este solo hecho, que fue el corolario de la ’guerra sucia’ que su gobierno desató contra la población campesina ayacuchana, bastaría para hacer mutis y celebrar discretamente su centenario. Más discreto de lo que ha sido y merecía.

El último recuerdo que tengo de Belaunde es declarando para los periodistas luego de una de esas inauguraciones que tanto le gustaban, ya casi al final de su segundo gobierno, al que llegó prometiendo un ‘millón de empleos’. Cuando un reportero le recordó esa promesa, su respuesta no pudo ser más sintomática, típica de la clase de político que Belaunde representa y al que hoy queman incienso sus herederos: “Lea El Comercio. Verá que hay un montón de páginas de empleos”. Por eso me volví ateo: Para no tener que quemar incienso ante el altar de nadie. Menos de un político.

Así de simple.


2 comentarios:

  1. Jorge por fin encontre una persona clara y centrada que escribe lo que Belaunde realmente fue, es una verguenza que se le den homenajes a un político que resultó nefasto para el país.
    Santiago

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  2. Un presidente incapaz , blandengue, pusilánime:Sofocleto lo retrato bien subido en su nube

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