Charles Walker: “Hallé una Lima bipolar: por un lado muy cucufata y por otro muy licenciosa”

Por Jorge Moreno Matos

Desde hace más de tres décadas Charles Walker va y viene al Perú para investigar sobre nuestra historia, la cual ha llegado a conocer mejor que muchos de nosotros. Actualmente prepara un libro sobre la revolución de Túpac Amaru.

El libro que acaba de publicar, “Colonialismo en ruinas. Lima frente al terremoto y tsunami de 1746”, no solo es la historia de aquella tragedia y lo que sucedió después, sino un testimonio de su interés por Lima.

—¿Las crisis ayudan a conocer mejor a una sociedad que los tiempos de bonanza y tranquilidad?

Las crisis siempre reflejan muy bien a una sociedad. Abre puertas a momentos y circunstancias de tensión que no se ven normalmente.

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—¿Y cuál fue el reflejo que encontró en esta crisis?

El de una sociedad muy dividida. Por un lado, el virrey propone un plan brillante para la reconstrucción de Lima y hacer de ella una ciudad más segura, pasando más control al virrey mismo y quitando una parte del poder a la Iglesia y a las clases altas. También impuso medidas para controlar a las clases populares (negros, indios y mestizos).

—¿Y cuál fue la reacción de todos?

La Iglesia se opone diciendo que no es el momento para restarle poder, que está ayudando y que la ciudad la necesita más que nunca en un momento de castigo divino; la aristocracia esgrime el argumento: nosotros somos el eje de la ciudad, sin nosotros qué van a hacer; y las clases populares ni caso hacen a las medidas de prohibir el juego después de las cuatro de la tarde. Encontré, además, una sociedad increíblemente cucufata, pero de una moral muy licenciosa. Una ciudad bipolar.

—¿Una ciudad bipolar?

Por un lado es una ciudad de mucha fe que todos los días sacaba a sus santos en procesión, pero que a la vez tenía una gran vida social. Licenciosa es el término que más se usaba en esa época.

—¿Qué consecuencia trae eso?

La gente piensa que es un castigo divino, que Dios estaba molesto con la ciudad y muchos creen que todo es culpa de las mujeres. La mayoría cree que son las limeñas por vanidosas las culpables del terremoto. Muchos europeos de la época no podían creer el gasto en ropa y en joyas que hacían las limeñas.

—¿Las clases populares buscan en ese momento de crisis redefinir su lugar en la sociedad?

Sí. Me preguntaba cuál era el rol de ellos, cómo ven el terremoto. Me tomó un buen tiempo darme cuenta de que ellos lo ven como un signo de la decadencia del poder español. El gran símbolo del poder español como la Plaza de Armas y la catedral están en ruinas. Pocos años después, hay una conspiración de indios y negros para matar españoles y tomar sus puestos.

—¿Esas tensiones han permanecido a través del tiempo?

Sí, queda algo de esos debates, sobre el orden, por ejemplo. Todos quieren orden en Lima, pero siempre quieren comenzar con el otro.

—El miedo atraviesa todo el libro.

Sí. El miedo es el sentido común de los limeños. En parte porque en una ciudad de tanta piedad se pensó que el terremoto era solo un aviso de que venían cosas peores si los limeños no cambiaban su comportamiento.

—Cómo en todo momento de crisis, hay quienes se aprovechan...

Sí. A corto plazo hay especulación en los precios, la madera se pone muy cara. También hay casos en los que los muy ricos, los aristócratas, cambian sus joyas por un poco de comida y agua. Hay muchos juicios por los censos –las hipotecas de ese tiempo–, que no se pueden pagar. Al virrey se lo acusa de haberse quedado con muchas cosas que se recuperó del tsunami en el Callao.

—¿Para el virrey la reconstrucción significa acabar con la recargada arquitectura de Lima?

Pese a ser un reformista, el virrey Conde de Superunda era muy moderado. Él quiso bajar los edificios de Lima. El decía que había mucha “vanidad arquitectónica”. En una carta que encontré dice: “Estos limeños gastan tanto dinero en su apariencia y en sus casas. Si ese dinero lo usaran en otra cosa, esta ciudad sería otra”. Él quiere acabar con la elegancia de las casas, pero los dueños se oponen.

—¿En lo religioso también?

El virrey intentó limitar el número de procesiones, pero fue imposible. Es como si ahora una autoridad intentara prohibir la procesión del Señor de los Milagros. Hay un esfuerzo por controlar la religiosidad popular que no funciona; y hay un esfuerzo paralelo de controlar la vida social de las mujeres, el juego, las bebidas que tampoco funciona.

—Su libro se deja leer casi como una novela.

No quería un libro académico ni especializado. Busqué escribir un libro que se deje leer por un lector interesado en su ciudad. Espero haberlo logrado.


Fuente: Publicado en el diario El Comercio el 27 de octubre de 2012.


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