La experiencia gaditana en el Perú

Por Elizabeth Hernández García. Historiadora

El período gaditano, el tiempo en el que las Cortes gobernaron España y los reinos de ultramar desde Cádiz durante la invasión napoleónica, fue uno de los momentos más intensos de nuestra historia política, en el que se redactaron, publicaron y aplicaron medidas liberales en nombre del cautivo rey Fernando VII.

El norte peruano, Piura en concreto, no fue ajeno a toda la vorágine política suscitada, ni tampoco se mantuvo al margen de las novedades que podían cambiar eventualmente la realidad de algunas instituciones fundamentales para la sociedad colonial.

En ese momento histórico la política en el Perú estuvo en manos de las élites, grupos privilegiados que siempre lucharon por el conservadurismo.

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¿Hasta qué punto ese período gaditano impactó a dichos grupos conservadores o minorías selectas? ¿Cómo se comportaron, qué ganaron y qué perdieron?

Algunos historiadores siguen insistiendo en que este período, y la Constitución de 1812 sobre todo, fue el inicio del debate político que nos encaminó hacia la independencia. Sin embargo, esto se contrapone a la documentación que nos habla, más bien, de confrontaciones anteriores que se acentúan, eso sí, a raíz del contexto histórico que se vivía y de la libertad de imprenta decretada por las Cortes.

Pero críticas al sistema, pedidos de reformas y descontentos sobre distintos aspectos del funcionamiento de los órganos gubernativos virreinales existían ya con anterioridad. Si bien Cádiz fue un hito, no fue el inicio del proceso libertario.

Para el caso de Piura, Juan Cristóbal de la Cruz, piurano, hijo de peninsular y criolla, comerciante local e intermediario importante en relación con Lima, redactó un informe en 1810 que resumía a la perfección la situación de toda la provincia de Piura: economía, educación, sociedad, cultura, clero y política local.

Fue De la Cruz uno de los primeros criollos ilustrados de provincia de quien sabemos redactó todo un plan reformador para Piura y consiguió elevarlo a la metrópoli.

Sin embargo, cuestionar, criticar y plantear una suerte de reformas liberales no es sinónimo de revolución ni de querer acabar con el sistema.

Se piden reformas al sistema, no un cambio de sistema político, todo siempre dentro del armazón virreinal. De ninguna otra manera se entendería que la experiencia gaditana para el norte significara una búsqueda de continuidad en medio de unos cambios no radicales.

Sabemos que Piura envió a José Antonio Sánchez Navarrete como su representante en las Cortes de Cádiz. Si bien la elección era una novedad por muchas razones, la manera como se eligió a los candidatos fue del más absoluto conservadurismo.

Los nombres eran parte de la élite letrada piurana, cuyos miembros habían hecho carrera profesional fuera de Piura, y que estaban obviamente relacionados con los miembros del cabildo encargado de la elección.

La institución que elaboró la lista de candidatos era del antiguo sistema; y las argucias para evitar que otros llegasen a ser nombrados recordaban los padrinazgos y las zancadillas de siempre.

Finalmente, una vez elegido, las "instrucciones" otorgadas a Sánchez Navarrete ilustraban las reales "preocupaciones" de los regidores: honras, mercedes y gracias para el primer cabildo formado en el Perú.

Era lógico: el momento de cambio político estaba aún empezando, y había que aprovechar las circunstancias complicadas de la metrópoli y de América para afirmar las pretensiones personales y locales. Esto pasó en todas las provincias americanas.

Muchos cambios se propiciaron desde las Cortes: la abolición del tributo indígena y la elección de ayuntamientos constitucionales, por ejemplo.

Sin entrar en los detalles es bueno recordar que uno y otro originaron una momentánea inestabilidad en el estamento de privilegio. El tributo, por un lado, propició levantamientos de algunos pueblos indígenas pidiendo otras exoneraciones.

Y el ayuntamiento, por otra parte, cambiaría de configuración al hacerse por primera vez electivo, eliminando en teoría el monopolio de la institución por parte de unas cuantas familias.

El peligro de esta novedad era el protagonismo de personas que, si bien con dinero, no pertenecían al grupo del poder tradicional.

Sin embargo, ambos aspectos fueron controlados por la élite, y en el segundo caso, los grandes apellidos siguieron estando presentes y haciéndose cargo del poder político local.

Las Cortes de Cádiz y la Constitución de 1812, para la élite piurana, representaron un hito importante en su trayectoria política, pero al restarle poder al virrey, la Constitución lo que hacía era reafirmar el carácter particular de espacios como el norte del Perú: autosuficientes desde hacía siglos.


Fuente: El Peruano (11/10/2012)

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