Tres formas de ser marxista

Por Horacio Tarcus

La relación de Hobsbawm con el marxismo puede ser pensada en tres planos interconectados. En primer lugar, como él mismo relató en Años interesantes , está su encuentro con la obra de Marx, comenzando por el Manifiesto Comunista , que leyó en el Berlín de su adolescencia, antes del ascenso de Hitler; y continuando, luego de su instalación en Londres en 1933, con la lectura del corpus marxista por parte del joven afiliado comunista que ambicionaba ser historiador. A partir de entonces, su encuentro con Marx iba a ser para toda la vida. Aunque implicó relecturas permanentes.

En segundo lugar, está el marxismo presente en la obra historiográfica de Hobsbawm: la saga histórica que comienza con Las revoluciones burguesas y culmina en La era de los extremos . Se trata de una lectura sistemática de dos siglos de historia contemporánea desde el prisma de la concepción materialista de la historia. Para Hobsbawm la vitalidad del marxismo residía en su capacidad para seguir informando de modo productivo la labor historiográfica.

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Tanto es así que desconfió de las recusaciones que desde 1979 se cernían sobre Marx. Se preguntaba si la nueva derecha historiográfica, que llamaba a abandonar conceptos tales como clase social, lucha de clases, modo de producción, revolución social, imperialismo, etc. disponía de sólidos relatos alternativos sobre la larga duración del capitalismo. Si esos conceptos podían resultar insuficientes, constituían una suerte de patrimonio intelectual irrenunciable para comprender la historia presente. Y acaso transformarla… Y aquí conectamos con un tercer plano, menos conocido pero de singular gravitación: su obra específica sobre Marx. Sobre todo la monumental obra colectiva que concibió, planificó y en buena medida escribió: la Historia del marxismo en ocho volúmenes. Propone allí una lectura del marxismo no como una teoría universal y acabada que se expande triunfal por el mundo en busca de realización práctica, sino una muy distinta. El corpus marxiano, abierto, inconcluso, cargado de tensiones habría sido leído en diversos rincones del globo, por los más variados sujetos y cada una de estas posiciones implicaba lecturas que “cerraban” la teoría en un sistema, en una doctrina, conforme sus propias necesidades. No se trataba pues de identificar un marxismo “original” traicionado, sino de pensar los distintos marxismos del siglo XX como adaptaciones históricas del legado. Aunque el propio Marx, de haber renacido en el siglo XX, jamás se hubiera reconocido en ellas.

Si Hobsbawm había informado su relato histórico con arreglo a la teoría de Marx, simultáneamente puso su agudo escalpelo al servicio de des-sustancializar la teoría marxista, de historizarla. De aquí que en su último libro, Cómo cambiar el mundo , vislumbre la posibilidad, tras el reflujo propio del fin de siglo, de un nuevo careo con Marx, de una nueva lectura crítica y productiva en el presente, alimentada por el fin del “socialismo real” y por el estallido de la nueva crisis mundial del capitalismo.


Fuente: Revista Ñ (Clarín) (5/10/2012)


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