Respuesta a Daniel Morán

Coincido con el comentario de Diego Páucar a mi post en el sentido de que, tal vez, la referencia a Daniel Morán no fue la más feliz, pero sí creo que fue la más necesaria. Y ya que el propio Daniel Morán pide que se explique la alusión a su texto, lo hago aquí a su solicitud.

Antes deseo manifestar mi respeto e interés por el trabajo de investigación histórica que realiza Morán aquí y fuera del país, respeto que el propio Morán conoce en las breves y escasas conversaciones que hemos tenido (por ahí quedó solo en la intención la realización de un video sobre su labor historiográfica que nunca se concretó por nuestras agendas cruzadas). Si en algún momento se deduce de mi texto que descalifico su trabajo como historiador, reconozco mi culpa. Pero creo sinceramente que ese no es el tenor del mismo y sí reafirmo que la biografía que escribió de Waldemar Espinoza tiene yerros o, en el mejor de los casos, errores de conceptualización. Y tanto a él como a Víctor Arrambide les digo que a mi texto se le puede hacer muchas críticas, pero dudo que la de ‘dexcontextualizada’ sea una de ellas. Y me explico.

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Yo no estoy extrapolando lo escrito en 2006 con lo sucedido en 2012. Lo que afirmo es que este tipo de biografías o notas biobibliográficas son las mismas desde hace 30 ó 40 años (y si se anula el concurso docente como pretende el Dr. Waldemar Espinoza, lo seguirán siendo los próximos 30 ó 40). Se escriben este tipo de reseñas con las mismas herramientas y enfoques con las que se escribía antes de que muchos de nosotros naciéramos. Y si a eso le sumamos las adjetivaciones y los ditirambos, los clisés conocidos de siempre, pues lo que se concluye de estos textos es que terminan siendo simples panegíricos ausentes de toda crítica. Así, hay quienes creen que reseñar los ‘aportes intelectuales’ de alguien significa exclusivamente escribir en positivo de los mismos, sin la más mínima crítica o réplica, en donde el diálogo intelectual desaparece y la biografía termina siendo una más entre las miles que ya existen. ¿A qué se debe esto? Pues nada menos que al tipo de formación, lecturas y ejemplos que recibimos durante nuestra formación como historiadores.

Antes de escribir el post, por supuesto que leí las críticas al proceso de concurso público tanto de Morán como de muchos otros, y lo celebro. En ningún momento afirmo que Daniel sea parte de la componenda y mucho menos que él debía adivinar lo que su admirado profesor haría siete años después de cuando escribió su texto. Entonces, para concluir esta parte, la crítica es a la factura del mismo, no a los dones de prestidigitación fallidos que no afirmo que tiene.

En lo que sí no concuerdo con Morán es en aquello de que “no se pida al artículo de otra persona lo que a ustedes les hubiera gustado poder leer”. Si se tratara de un texto de ficción, vamos que vale la crítica. Pero estamos ante un texto científico y por supuesto que espero encontrar lo que yo quiero de ese tema. Por eso lo leo: porque busco en él nuevos enfoques o datos que me permitan ampliar mi conocimiento del mismo. Si voy a leer más de lo mismo, le enésima biografía laudatoria del personaje, pues mejor me ahorro el trabajo y el tiempo. Es investigación y crítica histórica, no poesía o literatura lo que busco y leo.

Morán ha escrito, finalmente, que “ya quisiéramos escribir algún día las biografías no autorizadas de los historiadores”. Me parece increíble que una persona de su inteligencia y capacidad afirme eso. Porque de eso se trata toda esta discusión. De escribir las biografías no autorizadas de los historiadores y de todos aquellos que merecen una. Para lo contrario, mejor buscarse un trabajo en el Ministerio de Educación. Ahí las biografías ‘oficiales’ son bien recibidas.

Por otro lado, cuando Víctor Arrambide afirma que “son contextos y épocas distintas” solo puedo responderle que no entendió el sentido de mi texto. Y no lo entendió por dos razones.

No lo entendió, primero, porque lo que afirmo es que esta práctica de anular concursos públicos para docentes es tan inveterada en la Facultad que eso ha permitido que muchos cuadros valiosos queden fuera de la Escuela de Historia y que otros casi analfabetos sean catedráticos (hace poco, durante un homenaje a Hobsbawm en San Marcos, escuche a un profesor decir que el historiador inglés hacía críticas a Marx ¡Sin haber leído el Manifiesto Comunista! ¿Este es la clase de docentes que quiere Espinoza? ¿Qué comisión o concurso público permitió el ingreso a la docencia de semejante individuo?).

Y no lo entendió, en segundo lugar, porque lo que sí afirmo es que Waldemar Espinoza, con su proceder, es el heredero o continuador de esas prácticas al prestarse a enturbiar un concurso a todas luces valido, recurriendo a argucias y tecnicismos que sus años de docencia en la Facultad conocen muy bien y que, aparentemente, no rechaza. Así que, ¿Quién ‘descontextualiza’ aquí?

Y respecto a que “lamentablemente, las cosas han cambiado y se ha dejado llevar por intereses políticos”, Víctor se equivoca otra vez, pero en esta ocasión por desconocimiento o por su simple juventud. Para quienes tenemos muchos más años que él, le convendría hacer un poco de ‘historia oral’ en la Facultad antes de afirmar que las cualidades humanas o solidarias de una persona lo eximen de su comportamiento como autoridad. Para que se entienda mejor contaré un episodio que no incluí en el texto porque este resultaba ya bastante largo. Creo que este es un buen lugar y ocasión para hacerlo.

A principios de los ’90, cuando todavía era estudiante, un condiscípulo (del cual me reservo su nombre) me llevo a una reunión (en un ambiente de la Facultad de Derecho) en la que se discutiría a quién, como base, apoyaríamos todos para el decanato. Mayúscula fue mi sorpresa cuando la mencionada reunión era en realidad una cita en la que él y otros alumnos ‘de confianza’ que mi amigo debía llevar (por eso la invitación a mi persona), recibiríamos las ‘instrucciones’ para dividir las adhesiones a la candidatura de los dos docentes con mayores opciones a hacerse con el cargo. El objetivo era hacer aparecer al profesor que nos hablaba, en ese instante, como la ‘opción salvadora’ y más firme. Creo que no es necesario mencionar de quien se trataba.

Lamento que mi texto haya ofendido o incomodado a Daniel Morán porque, como dije, respeto su trabajo y su persona me merece todas las consideraciones. Pero sigo creyendo que, desde alumnos, debemos tener mucho cuidado con lo que escribimos y publicamos. Aunque claro está, muchas veces esto no es culpa de ellos sino de los profesores que muchos de ellos tienen y que los animan a publicar sin detenerse a reflexionar detenidamente sobre lo que se va a escribir. Afortunadamente, a mí me tocaron los mejores y los esenciales. Esos que me enseñaron que si no tengo nada nuevo o interesante que decir o aportar, mejor guardar silencio.



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