Sebo de culebra en San Marcos

La primera vez que ingresé a San Marcos (como algunos amigos saben, ingresé dos veces-pero esa es otra historia que contaré en otra ocasión), tuve que esperar un año para empezar mis estudios de Historia. Una huelga de profesores primero y otra de trabajadores luego, que duraron varios meses, retrasaron tanto tiempo el inicio de clases que las autoridades decidieron esperar la realización del concurso de admisión siguiente al mío para que las dos ‘bases’ empezaran sus estudios unificadas. Esta, que debió ser la primera advertencia de lo que podía esperar de San Marcos, sirvió para que durante un año leyera (con tan solo mi constancia de ingreso) como un poseso en las bibliotecas de Sociales y Letras mientras engañaba a mis padres que todos los días me veían ir a clases.

En ningún momento durante esta ‘perdida de tiempo’ en las bibliotecas dudé en estudiar en San Marcos y mucho menos pensé en postular a una universidad privada, pese a la larga espera de que se inicien las clases. Tampoco cuestioné mientras devoraba docenas de libros de historia, antropología y sociología la posibilidad de que alguna vez tuviera que ganarme la vida y mantener una familia con el ejercicio de la Historia. Todas las dudas y cuestionamientos vinieron después, precisamente cuando empezaron las clases. Esa fue la verdadera prueba de fuego que pasé, como muchos de mi generación (como muchos ahora lo siguen haciendo), durante esos cinco años: estudiar Historia en San Marcos puede a uno convencerlo de que hay cosas en la vida que no tienen sentido verdaderamente, por más que uno se esfuerce cada día en creer que sí. Y es porque esa es la virtud que tiene San Marcos: la de convertirnos, como diría Flores Galindo, en ‘tercos apostadores por el Sí’, en opositores profesionales, en cuestionadores de lo evidente.

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El reciente (y camino a ser invalidado) concurso para cubrir plazas docentes en la universidad, en las cuales dos correspondieron a la Escuela de Historia, es otra prueba de fuego para los estudiantes y para la universidad misma que debe enfrentarse a la encrucijada de siempre: aceptar la arbitrariedad y la componenda política como parte de la política de los hechos consumados que condena a los estudiantes a tener los profesores menos calificados pero mejor relacionados políticamente.

Con argumentos risibles dos de los profesores concursantes (y que obtuvieron los puntajes más bajos) han presentado una moción para su anulación. La comisión evaluadora, que preside el profesor Waldemar Espinoza Soriano, se ha prestado de manera escandalosa al juego y, sin explicación alguna, abandonó la sesión que debía sancionar los resultados del concurso, otorgando las cátedras a los profesores que merecidamente las ganaron: Magdalena Chocano y Mario Meza (lo sucedido lo cuenta pormenorizadamente Joel Segura Celis en una crónica que abunda en detalles que futuros biógrafos deberán tomar en cuenta cuando escriban los perfiles de algunos de los protagonistas de los sucesos). El concurso ha quedado ahora en un limbo jurídico y no se sabe muy bien en que acabará el asunto. Aunque claro, si San Marcos, y en especial Sociales, es fiel a su historia, sí lo sabemos. Se impondrá una vez más la componenda política y partidaria que tanto daño ha hecho a la Facultad y a la Escuela de Historia los últimos 30 ó 40 años.

A Magdalena Chocano la conozco por sus libros (que son pocos) y ensayos (que son más y mejores), así que puedo dar una prueba de fe como lector antes que como historiador de que es alguien que no solo merece la cátedra a la que postuló y ganó, sino que además es alguien que se merecen los propios estudiantes de San Marcos, alguien que a mí me hubiera gustado tener como profesora (sin desmedro, por supuesto, del profesor que me enseñó el mismo curso cuando era estudiante pero para el cual no estaba preparado pese a sus enormes méritos que iban por otros rumbos e intereses). Algo distinto ocurre con Mario Meza, de quien me precio ser su amigo.

Es tarea de ociosos reseñar aquí la trayectoria académica e investigadora de Mario en estos cruciales momentos y lo es por una sencilla razón: Mario no necesita presentación alguna (menos la mía) porque son sus propios logros y merecimientos los que hablan por él. Es, de la generación a la que pertenece, uno de los pocos Doctores en Historia por el Colegio de México, nada menos, que tenemos. Y autor de un grupo de ensayos en los que la rigurosidad, el manejo de fuentes y la suficiencia en el conocimiento del tema del cual se ocupa son sólidos hasta abrumar al que los lee.

Mi admiración por Mario me llevó una vez a decirle, durante una conversación sobre unas conferencias que acabábamos de escuchar ambos, algo que lo dejó perplejo habida cuenta de esa proverbial humildad que todos le conocen. A mí no me convencía para nada, nada de lo que había escuchado aquella noche (“pura pirotecnia verbal, Mario”, le repetía una y otra vez al escuchar sus argumentos); en cambio, él encontraba más que aceptables y rescatables algunas de las propuestas de los ponentes. La conversación, como suele ocurrir en estas circunstancias, derivó en el valor de la producción historiográfica joven y qué podemos esperar de ella. Iluminado no sé porque razón, de un momento a otro le espeté: “Esto es pasto del olvido, Mario. Más de lo mismo. Han descubierto la pólvora por enésima vez. En cambio, algún día, cuando se refieran a ti, mis nietos dirán: Ese es amigo de mi abuelo”.

Hasta ahora me río cada vez que recuerdo la cara de Mario al oír mis palabras, que creo le supieron a burla. A veces pienso, incluso, que él no es consciente de la propia grandeza que les espera si persevera en sus estudios e investigaciones pese a cómo lo trata su propia casa de estudios y los reveses que recibe de los profesores que fueron sus maestros. Que no piensa mucho en el lugar de honor que le corresponde en nuestros anales académicos cuando nos entregue los trabajos y libros que su intelecto prepara y nos debe. En la entrada con su nombre en alguna mastodóntica enciclopedia que es la gloria que muchos de nosotros soñamos algún día acariciar pese a saber que no tenemos ni él más mínimo talento o cualidades (que sí tiene Mario) para lograrlo.

Todo esto se puede echar a perder, como se echaron a perder muchos profesores de San Marcos, si dejamos que una comisión espuria impida que estos dos calificados profesores e historiadores accedan a las cátedras que merecidamente han ganado y con los que los estudiantes deberían contar para realizar estudios más modernos y acordes con los tiempos. Y no es una exageración decirlo.

Porras, por ejemplo, se perdió inconmensurablemente en los recovecos de nuestra política criolla impulsado hacia ella por intereses como los que hoy día priman. Aunque algunos lo celebren, lo cierto es que la gloria que Torre Tagle disfruta con un Porras Canciller es la que debimos gozar nosotros con un Porras Rector. ¿Qué sucedió? Pues la historia de siempre, la historia que hoy acontece: se le negó el acceso al puesto que su trayectoria y calificaciones merecían. Podría seguir citando más ejemplos (como el de Antonio Cornejo Polar, que sí llegó a ser rector pero al que los ‘estamentos’ de la universidad le declararon una guerra sin tregua que no merecía; o el del propio Macera, que tuvo que transar y negociar con distintas administraciones y partidos dentro de San Marcos para mantener funcionando- en su particular estilo, es cierto- el Seminario de Historia Rural Andina antes que verlo desaparecer como han desaparecido muchos otros en nuestra universidad), pero el de Porras es el caso más paradigmático que encuentro para sustentar lo que afirmo: San Marcos tiene una vocación por los caciquismos y la autodestrucción que terminará logrando lo que sus peores enemigos no han conseguido hasta ahora: acabar con ella.

Así, nunca imaginé o esperé (o tal vez sí) que el docto profesor Waldemar Espinoza Soriano entregara y sacrificara su bien ganado prestigio a intereses partidarios o de otra índole que a muchos se nos hace difícil entender. Que manchara su trayectoria académica en la Facultad de Sociales con comportamientos como este que desdicen sus logros docentes. Y esto tampoco es una exageración.

No lo es por la sencilla razón de que no se puede, como afirma Juan Villoro, separar la conducta ética del hombre de la del historiador. O sea, afirmar muy campantemente que es un excelente historiador y punto, como si este no tuviera un comportamiento en la vida privada o pública que no tiene por qué descalificar su labor como historiador, como intelectual. Esta es la clase de justificaciones (devenidas en biografías) que yo detesto escuchar o leer y que cada vez abundan más. La que separa al hombre del intelectual. Leyendo, por ejemplo, la que ha escrito Daniel Morán de Waldemar Espinoza uno se pregunta dónde está el hombre, el catedrático que perpetra las arbitrariedades que hoy subleva a estudiantes, egresados y colegas del gremio en general. Porque todo lo que nos dice Morán del historiador es harto conocido y del hombre poco o nada sabemos. La suya es una biografía tan aséptica y laudatoria que ha hermanado la crítica histórica con la más entusiasta hagiografía medieval de un modo que invisibiliza las acciones y decisiones del biografiado. Un tipo de biografía en la que lo acontecido en estos días, por ejemplo, no tiene nada que ver en lo absoluto con su labor historiográfica. ¿Es así realmente? ¿Nos tragamos este cuento? No, definitivamente no. Aceptar esto sería tanto como dar por ciertas, por ejemplo, las cualidades curativas del sebo de culebra para la sangre. Así de simple, ¿no?.

No olvidemos que como historiador el doctor Espinoza tiene también la tarea de formar a futuros historiadores y sus decisiones y conducta de estos días han sido una nueva lección para sus estudiantes. La suya ha sido una clase magistral de autoritarismo y destrucción de la institucionalidad al mejor estilo fujimorista. De irrespeto a la ley que solo el tiempo nos dirá cuántos de sus alumnos seguirán sus enseñanzas cuando ejerzan la carrera, se conviertan en autoridades o simplemente actúen como ciudadanos o simples padres de familia. ¿Recuerdan la pregunta de Zavalita? Pues este es uno de esos momentos: cuando se da el peor mal ejemplo y lo actuado queda en la impunidad. Porque esperar que este país mejore si los más calificados son los primeros en fallarnos a todos. Por eso, yo desde hace mucho tiempo dejé de creer en santos, ídolos y héroes nacionales. Todos tienen pies de barro que los hunden en el lodo más abyecto. Una dramática realidad de la que no escapa el más sabio y prolífico de nuestros historiadores. (A propósito, una contribución o sugerencia para futuras biografías de historiadores sería la de profundizar más- si es que alguna vez lo hicimos- en el análisis del llamado ‘paradigma Vivaldi’ en nuestra historiografía y del que el profesor Espinoza es un consumado representante).

Dicen que Vallejo odiaba tanto la idea de ser padre como la responsabilidad de convertirse en uno que en tres ocasiones obligó a Georgette a abortar. Por supuesto, nada de esto figura en las cientos de biografías que existen del poeta de “Los Heraldos Negros”, y ha llegado hasta nosotros como ‘leyenda negra’. La misma leyenda negra que algún día contará que un ‘eximio’ historiador integró una comisión evaluadora de nuevos docentes que anuló inopinadamente el proceso y nada más. Se perderá en las brumas del tiempo las razones por las que Meza y Chocano no ingresaron al cuerpo docente de San Marcos. Tal vez eran malos historiadores, empezará a correr un rumor. Y ocurrirá entonces que las palabras ‘tal vez’ desaparecerán con el transcurso de los años y se dirá simplemente que eran malos historiadores, que no estaban calificados y que no merecían ganar. ¿Cuenta con esto el profesor Waldemar Espinoza, con la persistente mala memoria de los peruanos? Yo creo que sí.

Y lo creo porque estoy convencido que el objetivo es el de formar alumnos mediocres y desinformados que exclusivamente sigan escribiendo textos panegíricos, incoloros y faltos de crítica e ideas como los que, muy seguramente, no escribirían o firmarían Magdalena Chocano o Mario Meza. Y esa es, por desgracia, su virtud y su condena.

Yo acabo de regresar de un largo viaje de trabajo fuera del país y es por esta razón que recién me ocupo de este asunto. Lo digo como excusa y explicación ya que prometimos en este mismo sitio estar vigilantes del concurso y atentos a su desarrollo. Estas líneas son mi descargo a mi aparente silencio en estos días. Mi forma de expresar mi solidaridad con los estudiantes por lo sucedido. Mi manera de hacer pública mi condena a prácticas que terminarán sumiendo a la Escuela de Historia de San Marcos en la mediocridad más absoluta. Pero es ante todo mi particular manera de exorcizar el demonio que sé muy bien nunca lograré expulsar de mí y que me acompaña a todos lados: mi cariño por San Marcos.



Más sobre el concurso docente en San Marcos:

Respuesta a Daniel Morán (29/11/2012)
Una batalla imposible de ganar (18/12/2012)
El paradigma Vivaldi o cómo destruir la profesión de Historiador en San Marcos (8/2/2013)


2 comentarios:

  1. El problema es más que de un sólo individuo, opino, es estructural. Que lo sea no significa que los problemas en los individuos no están presentes y necesiten de urgentes sanciones y soluciones (de hecho, más allá de Waldemar, me pregunto ¿por qué existe algo así como un grupo de personas unidas por la falta de visión del desarrollo? ¿porqué dentro de ese grupo hay otro más pequeño -conozco profesores muy decentes allí- con una ética deplorable manifiesta en los CsF?). A todo esto tal vez atañe la falta de gestores de organizaciones dentro de los espacios de toma de decisiones en la Facu, lo cual deviene en un mal liderazgo, un sistema demasiado abierto de evaluación, poca o nula innovación, reproducción de una actitud indiferente, etc. En teoría (y empiria pura) de las organizaciones, me parece que he leido eso en algún lado, se puede determinar fehacientemente las variables que determinan la falta de compromiso de los actores para con los objetivos de la organización, tratando de menguar sus efectos mediante la estimulación de otras variables. En nuestro caso, ya que una de esas variables podria ser (hipotesis) "petulancia introspectiva", y si seguimos a Weber, haria falta un compromiso activo y racional con la gente de afuera de la universidad... o con la que está adentro. En todo caso, hay métodos, en lo estructural al menos. Se que me fui más allá de la historia... aparte, no soy historiador, pero tengo la firme convicción de que si queremos algo así como un "desarrollo" debemos vencer el querer solucionarlo todo por nuestra cuenta y con soluciones contextuales, lo cual creo que tambien tu mantienes. El compromiso moral de cada individuo depende de cada individuo, pero me parece que si ampliamos las opciones para desarrollar este compromiso moral o al menos para hacerle ver a los individuos sus opciones de ejercer poder DE OTRA MANERA, haciendo algo útil a largo plazo y de forma compleja, como cosa complementaria y constante en la carrera, nuestra universidad se asemejaria mucho a una de primer mundo y ganaria con el tiempo y las normas adecuadas (incluyendo las sanciones que hoy no existen) la confianza y el prestigio necesario para convertirse en un potencial agente de cambio en la sociedad local, el Perú y xq no el mundo... pero, de verdad.

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  2. De tanta emoción no vi lo saludable que es saludar el post. Usas expresiones que siempre tratan (y en muchos casos lo logran) mimetizarse en este mundo extraño de la universidad pública en toda su complejidad. Tal vez la referencia a Morán no fuera la adecuada, pero, aun así, nos queda ese comentario que no sólo podría aplicarse a Espinoza, sino a todos los demás. Con ser evangélico yo no me salvo, ni con ser sociólogo, ni quinto superior, ni con un supuesto CI superior xD... Creo que se trata de madurez. Es hora de que empiecen a surgir los compromisos, puesto que la responsabilidad se ha deslegitimado ultimamente.

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