Un proceso excesivamente dilatado

Por Manuel Burga | Historiador y docente universitario

Nunca imaginé que el ejercicio de rector de San Marcos, entre 2001 y 2006, me traería tantos juicios, comparecencias y aun embargos de bienes en el Poder Judicial y Ministerio Público.

Fue una enorme, diría hasta gigantesca, sorpresa cuando en 2006, al término de mi gestión, descubrí que tenía aproximadamente 46 expedientes judiciales, los que me hicieron pasar por penosas y vejatorias situaciones durante tres años.

Muchos de ellos terminaron en 2007, otros en 2008, finalmente en 2009 concluyó el último. Nunca he calculado, ni querido calcular, las horas que he tenido que pasar ante fiscales, policías y jueces provisionales, expresamente buscados por los demandantes, avezados como litigantes, para sacar ventajas y hacer daño.

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La semana pasada descubrí algunos embargos sobre mis bienes, lo que bruscamente me devolvió a los trajines judiciales.

Esta vez para solicitar "desarchivamientos" de expedientes para que los juzgados puedan levantar embargos, que jueces diligentes, correctos y buenos defensores hubieran podido hacer, de oficio, hace más de cinco años.

Pero estos casos, que deberían estar cerrados, pesan aún como grilletes sobre mis bienes. Pero esta vez he regresado curtido y reflexivo para constatar, de nuevo, los lentos, lentísimos, erosionantes, procesos judiciales.

Los juicios que me abrieron profesores avezados como litigantes, docentes mediocres que perdían concursos o estudiantes violentos, eran juicios "chatarra", hechos para hostilizar, que murieron lentamente, porque simplemente expresaban las anomalías de mucha gente.

Pero esta mañana que he pasado dos horas en el edificio Alzamora Valdez, diseñado por el arquitecto peruano Enrique Seoane Ros, construido entre los años 1953 y 1956, ahora ocupado y tugurizado por la Corte Superior de Justicia de Lima, juzgados civiles, laborales y de familia, me he puesto a reflexionar en lo que todo esto significa.

Es una de las grandes obras del "Ochenio" de Odría, que se levanta aún imponente en la intersección de las avenidas Abancay y Colmena. En el salón principal de entrada, que ya no lo es, encontramos aún las pinturas murales de Teodoro Núñez Ureta, Juan Manuel Ugarte Eléspuru y Enrique Camino Brent, alusivas a la educación.

Era verdaderamente una belleza arquitectónica, con 20 pisos, que entonces se convirtió en el edificio más alto del país. Se construyó, muy probablemente, mirando el Ministerio de Educación de Río de Janeiro, diseñado por el gran arquitecto Oscar Niemeyer y considerado una joya de la arquitectura brasileña.

Ayer hice una larga cola de 25 minutos para ingresar y lo hice finalmente entre los 20 primeros, pero grande fue mi sorpresa, al entrar, que el edificio ya estaba atestado de gente, pero de aquella que trabaja allí, abogados, jueces, vocales, portapliegos, técnicos, vigilantes y decenas de secretarias, que se desplazan incesantemente, como si estuvieran muy ocupadas.

Esto, como todos lo saben, no es una novedad, la burocracia de este poder del Estado ha crecido desmesurada y caóticamente en nuestro país.

El Ministerio Público ocupa el edificio del Banco de la Nación en Abancay, lo mismo sucede en la misma avenida el antiguo edificio del MEF.

Los archivos de estas oficinas están desperdigados por muchos sitios, que por seguridad nunca me atreví a visitar.

El Ministerio de Educación ocupó el Alzamora Valdez hasta 1995 y luego, todas sus oficinas se trasladaron a mediocres instalaciones en San Borja. De allí pasó a su sede, que se pretende definitiva, de un edificio que parece una pila sin gracia de doce grandes libros.

Una arquitectura mediocre comparada con el mal llamado "Elefante Blanco" de la avenida Abancay. ¿Qué ha sucedido en nuestro país? ¿Por qué el sector educación ha sido barrido por el Poder Judicial, por los miles de litigantes y demandados que llenan sus pasillos?

No podría responder a esa pregunta, pero ofrezco un testimonio personal que nos podría ayudar a reflexionar sobre lo que ocurre en nuestro país.

La parte enferma de nuestra sociedad ha crecido desmesuradamente y ha creado ese monstruo donde no se administra justicia y donde muchas vidas pueden sucumbir en juicios interminables y en secuelas que prologan ese infierno.

¿Por qué se abandonó el "Elefante blanco" y la parte sana de nuestra sociedad? Una buena respuesta nos ayudará a entender el Perú de los últimos 50 años.


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