El que quiera un cura, que se lo pague

Quienes siguen a este blog desde que apareció (que son pocos, pero los hay) saben que de vez en cuando cuelgo en la barra lateral (sidebar) la imagen o 'gadget' de alguna campaña o movimiento cuyos motivaciones u objetivos comparto. El último de ellos es el que acabo de incluir hace unos minutos: el reclamo por un Estado auténticamente laico.

Ya va siendo hora de que los privilegios de los que goza esta comunidad religiosa sean sustentados por ella misma o sus seguidores y no por el Estado con nuestros impuestos (que aunque suene a lugar común es completamente cierto y de lo cual pueden dar fe cada fin de mes mis boletas de pagos). Porque, así como ella recibe una subvención del Estado peruano, con el mismo derecho las otras confesiones tienen el derecho a recibirlo. Así, terminaríamos financiado todos hasta al más inefable de los iluminados. Dicho de otro modo: los cultos religiosos deben de ser sustentados por sus propios feligreses.

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Si ya bastante mal me siento con pagar el sueldo de 120 buenos para nada (que al menos elegimos -mal- nosotros), más cuesta arriba se me hace aceptar que el estipendio que recibe un individuo antipático y codicioso de poder como Cipriani proviene de una parte de mi sueldo que cada fin de mes me recortan. Si al menos existiera la mínima posibilidad de que, por esta razón, pudiéramos elegir al 'pastor' de nuestro rebaño, esta situación sería aceptable. Pero, como se sabe, se da el caso de que por tradición y por los concordatos suscritos, en las decisiones de la Iglesia Católica que nos afecta a todos los peruanos manda única y exclusivamente el Vaticano (como Estado que es, lo cual ya también me resulta inaceptable).

Por supuesto esta es una larga discusión que siempre empieza y nunca acaba. Es decir, que se reclama una y otra vez que el Estado retire los privilegios de los que goza la Iglesia Católica (sueldos y pensiones de la jerarquía católica, construcción y reconstrucción de templos católicos, exoneración de impuestos y tributos a las donaciones católicas, programas católicos gratuitos en la televisión estatal, pago de sueldos a los profesores de colegios privados católicos, financiación del obispado castrense católico para evangelizar a las fuerzas armadas, etc.), pero nadie hace nada al respecto. Algo se avanzó al respecto con la aprobación de la Ley de Igualdad Religiosa, pero está visto que la misma resulta insuficiente. El Congreso y el Estado peruano deben anular el Concordato con el Vaticano y sentar las bases de un país moderno y verdaderamente democrático, auténticamente laico.

Esto por el momento. Dejo para otra ocasión el comentario de las paparruchadas que estos señores perpetran en nombre de su credo y que me merecen la condena más firme y me provocan la risa más destemplada.


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