Por una historia menos acartonada

[A propósito del post anterior, en enero del 2009 escribí este otro que trasunta el mismo espíritu y que hoy traigo a colación con ligerísimos cambios. No voy a incidir en lo que escribí porque el post se explica por sí solo desde el título mismo. Lo que sí agregaré es que, polémicas aparte (no digo que descartables), éxitos de libros como "Contra-Historia del Perú" nos están diciendo lo mismo, o como mínimo algo a lo que los historiadores deberíamos prestar atención. Ambas notas, tanto la mía como la entrevista a García Cárcel, deben ser complementadas con la lectura del último post que publica Anaclet Pons, el historiador español que, muy seguramente, es responsable del mejor blog de Historia en nuestro idioma: Clionauta].

Ya va siendo hora de que entre nosotros la historia sea menos académica, menos seria y menos acartonada de lo que es (que no es lo mismo que decir que menos rigurosa), y que de una vez por todas salga a la calle a conquistar nuevos lectores y nuevas audiencias que no sean los que ya existen en las aulas de nuestras universidades y de nuestros institutos. O sea que entre nosotros, país de historiadores notables y de escritores más notables todavía, se está dejando extrañar desde hace mucho tiempo una buena revista de divulgación histórica, de esas que son de quitarse el sombrero, atesorar con cariño y heredar a los hijos. No se diga ya de libros destinados al gran público, que es otra historia en esta Historia.

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Resulta poco menos que un enigma de Poincaré entender porqué en nuestro cada vez más empobrecido y reducido periodismo cultural el papel couché y la ilustración a color sólo sirven para el desfile de modas de temporada, los amoríos de turno o los enredos sin cuento de una farándula local cada vez más venida a menos. Hay que decirlo y escribirlo con letra bien clara: debería compungirnos que en un país donde campea la pobreza extrema, el analfabetismo es todavía un baldón sin resolver completamente y 'parar la olla' es una odisea cotidiana para miles de peruanos, la gran mayoría de revistas que circulan sean de gastronomía o de espectáculos.

La historia entre nosotros está condenada al cenáculo académico y especializado, lo cual no es malo pero sí muy triste por aquello de que "un país que no recuerda su pasado está condenado a repetirlo". Y en nuestro caso, infinitamente una y otra y otra vez. Qué pena porque siendo un país con una larga tradición de excelentes revistas literarias y de historia, hasta ahora no ha habido una sola de destinada al público mayoritario que seduzca por su factura, destaque por su precio y provoquen respeto sus contenidos. O sea, que llegue al gran público y se apropie de él y este de ella.

La que mencionamos es una aventura cultural y periodística que a la fecha no ha seducido a ningún periódico, editor o grupo editorial a apostar por ella. Y no lo hará tampoco mientras nosotros mismos, historiadores, periodistas y editores, no empecemos por cambiar nuestras formas de hacer negocios, nuestros hábitos culturales y, sobre todo, nuestra forma de entender y escribir la historia. Porque, ¿que alcen la mano todos aquellos que han dicho que la historia es aburrida y no vende? No saben cuánto se equivocan.

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