Esclavos del siglo XXI

Por Jorge Moreno Matos

Bajo nuevas modalidades, la explotación sigue vigente. Hace 150 años, el presidente Abraham Lincoln abolió la esclavitud en Estados Unidos. Lamentablemente, hoy en día, en vez de recordar cóm fue el trabajo forzado en aquella época, debemos insistir en que esta práctica persevera debido a los millones de dólares que produce.

El 1 de enero se cumplieron 150 años de que el presidente de Estados Unidos Abraham Lincoln estampara su firma sobre el decreto que abolía la esclavitud en su país. Para entonces ya habían transcurrido dos años de la guerra civil, y aunque al principio el Norte había sufrido severos reveses, dos años después la victoria sería suya. La guerra civil fue el acontecimiento, después de la guerra de independencia, más importante de la historia estadounidense y el que, como escribió el historiador español Anaclet Pons, forjó la identidad estadounidense en todos los sentidos. Hasta ahora.

Ciento cincuenta años después, la efeméride no ha pasado desapercibida para nadie, en especial en Estados Unidos, donde un vendaval de publicaciones y actos conmemorativos se han programado para este año.

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Pero quienes no tienen motivos para celebrar son los millones de seres humanos que en todo el planeta (incluso en Estados Unidos) padecen, en pleno siglo XXI, nuevas formas de esclavitud que no se diferencian en nada de aquella que motivó guerras, y que hoy los priva de su libertad, los somete a trabajo forzado y, aunque sea difícil creerlo, los rebaja a la condición de propiedad personal de otros. Es la esclavitud del siglo XXI.

Un horror cotidiano

La esclavitud, una institución cuyos orígenes se remontan a los de las primeras civilizaciones, sigue tan presente como activa. En Mauritania, por ejemplo, fue prohibida en fechas tan recientes como 1981, pero sigue practicándose pese a que formalmente es perseguida por las autoridades. En mayo del 2012, el presidente del Parlamento de ese país, Messaud Ould Bulkheir, declaró: “Claro que la esclavitud existe en Mauritania, debemos reconocerlo y evitar su negación porque eso frenaría su erradicación, que es tarea de todos”. Una declaración que en sí misma es un reconocimiento de los serios problemas que tiene el Gobierno para evitar su práctica. Pero no es el único.

Un informe del Departamento de Estado de EE.UU. publicado en el 2000 señalaba que en Sudán los cristianos o animistas del sur eran todavía perseguidos y cazados por traficantes de esclavos, provenientes del norte. Se estima que 1’200.000 niños y adolescentes son víctimas de estas cacerías, que tienen como finalidad proporcionar brazos a las minas de diamantes de Sierra Leona, cuadros a los ejércitos rebeldes de distintos países africanos o jóvenes para los prostíbulos de pederastas en Filipinas. A la fecha, esa cifra no ha hecho sino incrementarse dramáticamente.

Sin embargo, una cifra más reciente de las Naciones Unidas eleva a 27 millones las personas que viven en la actualidad en condiciones de esclavitud en el mundo. Este término involucra el trabajo forzado (incluido el infantil, cuyas cifras son estratosféricas), la trata de personas, los matrimonios obligados y la explotación sexual (también infantil, que sigue creciendo en el mundo).

Esclavos de hoy

De todas estas modalidades, la más extendida es el trabajo forzado, que estimula la trata de personas y el tráfico ilícito de inmigrantes.

En sentido estricto, el trabajo forzado es el más global y grave de los problemas que tiene nuestro mundo moderno e industrializado. Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), hay unos 21 millones de personas sometidas a esta modalidad de explotación hoy en día. De esta cifra, el 55% son mujeres y niñas, 22% del cual está destinado a la explotación sexual. La mayoría de víctimas de esta forma de esclavitud proviene de África, Asia y América Latina, cuyas condiciones de pobreza las exponen a los traficantes de personas.

En la populosa y emprendedora India, por ejemplo, la deleznable práctica del sistema de castas e ‘intocables’ quedó abolida hace mucho tiempo. Sin embargo, la servidumbre por deudas, que muchos trabajadores incluso transmiten a sus hijos desde edad temprana, es un rezago vigente.

Y quien crea que esta moderna esclavitud es exclusiva de países pobres y tercermundistas se equivoca y mucho. En Europa, miles de mujeres de países como Albania, Moldavia, Rumania y Ucrania acaban en las redes de las mafias europeas de trata de blancas. Asimismo, la OIT señala que otras miles de personas más, provenientes de Asia, Europa del Este y África, además de las procedentes de las antiguas repúblicas soviéticas, terminan en el mercado negro europeo de personas para su explotación en la agricultura, la industria de la construcción o el simple servicio doméstico.

En nuestra región, la OIT ha sido bien clara al señalar que las poblaciones indígenas son las más vulnerables al trabajo forzado. Como si no hubiéramos avanzado nada en décadas de prosperidad económica, la OIT ha documentado cómo en la Amazonía el abuso y el trabajo gratuito y obligatorio por deudas es un mal endémico. Y en Bolivia y Paraguay, la explotación sexual de menores en asientos mineros y haciendas es una realidad persistente que en el 2012 involucró a casi 300 mil personas. Nada que deba extrañarnos si reparamos que en su anterior informe del 2005, la OIT estimaba en 12 millones las víctimas. Hoy, como dijimos, alcanza los 21 millones. Como para dejar de lamentarse y buscar soluciones más efectivas.

Millones de niñas atrapadas

El tráfico de personas para la explotación sexual o trata de blancas es la más abominable, extendida y lucrativa de las modernas formas de esclavitud. Y aunque existen leyes en cada país y convenios y tratados internacionales que lo prohíben, es una actividad tan boyante como imparable. A la fecha ya ha superado al comercio de armas y, según los especialistas, estaría por superar al tráfico de drogas.

Los informes de la OIT, de la Organización Internacional de las Migraciones (OIM), así como los de la Unicef documentan que la explotación sexual reditúa al año US$32 mil millones e involucra a 2,5 millones de víctimas. Y si la víctima es una menor de edad, la actividad es aún más floreciente: según la OIT, una sola niña explotada sexualmente puede generar cerca de US$100 mil anuales a su ‘propietario’. La OIM señala que unos 300.000 niños de Bangladesh trabajan en prostíbulos de la India. Y según la Unicef, en el 2006 unos 100.000 menores de América Latina y el Caribe acabaron explotados sexualmente.

El esfuerzo estéril de la OIT

La Oficina de las Naciones Unidas contra las Drogas y el Crimen (Unodc), la OIT y la Unicef se han esforzado por combatir la explotación laboral y la trata de blancas. Sin embargo, poco es lo que han podido lograr.

El 7 de diciembre de 1953 se firmó en Nueva York el protocolo para modificar la Convención sobre la Esclavitud firmada en Ginebra el 25 de setiembre de 1926, que derivó en la Convención Suplementaria sobre la Abolición de la Esclavitud y la Trata de Esclavos que se firmó en Ginebra en 1956.

De igual modo, la OIT tiene dos convenios internacionales contra el trabajo forzado adoptados en 1930 y 1957. El primero de ellos lo define y establece ciertas excepciones (como el servicio militar obligatorio, por ejemplo). El segundo está dirigido a los estados prohibiéndoles la imposición de trabajo obligatorio como un medio de coerción y castigo.

Haití, el primer país en abolir la esclavitud en América

En estricto orden cronológico, EE.UU. no fue el primer país en abolir la esclavitud. España, por ejemplo, ya la había prohibido en su territorio en 1837 (excluyendo a Cuba y Puerto Rico), a instancias del imperio británico que la declaró ilegal en 1807. Por la misma época, varios países europeos seguían su ejemplo. Haití fue el primer país del continente americano, en 1803, en abolirla. En el caso del Perú, se prohibió en 1854, durante el gobierno de Ramón Castilla. Brasil lo hizo tardíamente, en 1888.


Publicado en el diario El Comercio, el domingo 6 de enero de 2013


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