¡Adiós Lucho!

Sufro de insomnio crónico. Un maldito insomnio que solo me produce dolores de cabeza y una irritabilidad que aflora hasta por el zumbido de una mosca. Hoy en la tarde dormí unas pocas horas, lo cual es siempre un regalo divino; pero estoy casi seguro que ahora el maldito me produce unas terribles alucinaciones, unas pesadillas de espanto. Peor aún, me despierto en medio de ellas. Acabo de hacerlo y lo primero que leo es que han matado a Luis Choy, fotógrafo en el diario donde trabajo y a quien veía casi todos los días. Le han descerrajado tres tiros en la puerta de su casa. Leo la noticia una y otra vez y lo único que puedo pensar es en Catalina, su hijita de diez años, para quien Lucho lo era todo en este mundo. Ahora ella será la de las pesadillas. La que despierte en medio de la noche o de la nada preguntando por su padre, asesinado por una delincuencia imparable que solo nos subleva cuando nos toca de cerca. Pero Lucho era tan buen padre, el más dedicado de los que he conocido, que estoy seguro irá a habitar en los sueños de su pequeña para evitar que nada ni nadie la hiera. Solo su absurda muerte será el único dolor que no podrá evitarle a Catalina. Como tampoco podrá evitar que todos los que lo conocimos nos sintamos arrastrados por una ola de coraje y frustración por su prematura partida. Adiós, Lucho. Sé que no voy a despertar de esta pesadilla nunca porque es real, dolorosamente cierta. Por eso te escribo estas líneas, para despedirme de ti ahora y no seguir soñando tu muerte cada vez que ingrese al diario, cuyas páginas han quedado huérfanas de ti para siempre.


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