El paradigma Vivaldi o cómo destruir la profesión de Historiador en San Marcos

En una ocasión le escuche a un historiador contar la siguiente historia: luego de un largo tiempo de leal y honrado servicio, el portero de un centro de investigación social se jubiló y los investigadores y empleados del centro decidieron honrarlo con un pequeño y merecido reconocimiento. Cuando le pidieron que leyera lo que habían grabado en el plato que le obsequiaron, el hombre dio la última muestra de sencillez y honradez con la que sirvió hasta el último instante: les dijo que no podía porque no sabía leer. Durante cerca de veinte años el hombre había recibido los documentos, entregado una ficha por ellos o recordado alguna llamada o recado sin tener que recurrir más que a su prodigiosa memoria. Sus empleadores aprendieron la lección y en el perfil del aviso que publicaron solicitando un nuevo portero no solo indicaron que ‘sepa leer y escribir’, sino además agregaron que debía saber manejar una computadora (eran los tiempos de la irrupción de la informática en nuestras vidas) a nivel básico para registrar a todos los visitantes en una hoja de cálculo Excel.

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La historia muestra una realidad que a todas luces resulta tan evidente que el solo enunciarla resulta una perogrullada: las habilidades y cualidades para desempeñar cualquier puesto de trabajo no solo han cambiado y evolucionado en un brevísimo abanico de años, sino que además de y por exigentes han terminado por definir al puesto mismo. Afirmar esto, como dije, es una perogrullada. Sin embargo, no todos parecen entenderlo de ese modo.

Por ejemplo, en la Escuela de Historia de San Marcos, y por ende en la Facultad de Ciencias Sociales, la historia ha recorrido el camino a la inversa, una involución completa. Algo totalmente distinto y contrario a lo que sucede en el resto del mundo. En esa escuela hace un par de semanas fue anulado un concurso público para cubrir dos plazas docentes arguyendo una serie de motivaciones tan ridículas e hilarantes que ya han pasado a formar parte del folklore político de San Marcos. Pero como la tinterillada no fue ni gratuita ni inocente, semanas después se convocó a otro concurso cambiando las reglas de juego: una de las plazas originales fue remplazada por otra extraída de alguna manga bastante sucia y ancha y, lo que es más lamentable y grave aún, se rebajaron los requisitos para acceder a los puestos en concurso.

Así, por arte de birlibirloque han ingresado a la docencia en la Escuela de Historia de San Marcos dos licenciados (“con estudios de posgrado y tres años de experiencia profesional”, reza el oficio del flamante coordinador del departamento de Historia) y se les ha cerrado la puerta en la cara, literalmente, a dos Doctores en Historia (así, con mayúsculas) formado, uno de ellos, en las aulas del prestigioso Colegio de México y el otro en universidades de Estados Unidos. Según este oficio, que he leído una infinidad de veces para terminar de creérmelo, para la Escuela de Historia ser Doctor en esa especialidad y haber dictado en universidades de prestigio (como es el caso de Magdalena Chocano) no solo no tiene el mayor mérito sino que es en sí mismo un obstáculo insalvable para ingresar a la docencia en la misma. Este oficio, que firma el profesor Eduardo Vasquez Monge, sanciona una situación que lo convierte en el primer documento que utilizarán los futuros historiadores para reconstruir la destrucción de la profesión de Historia en San Marcos y a quien lo rubrica en su precursor. O en todo caso, en uno de sus causantes.

¿Qué lleva a los responsables de la Escuela profesional de Historia de la Universidad más antigua de América a cambiar dos doctores por dos licenciados y con escasa experiencia como mayor solicitud? ¿Cuál es la preocupación o motivación que lleva a estos señores a proporcionar a los estudiantes los docentes menos preparados y peor calificados? (Para graficar la situación solo diré que el docente ganador de una de las plazas en concurso –la otra fue declarada desierta- se convirtió de la noche a la mañana en especialista en geopolítica e historia de los límites luego de serlo en historia social y –hasta donde se sabe- jamás ha publicado trabajo de investigación alguno, por lo menos no en el área a la cual postuló).

Se ha dicho que la culpa de esta situación es exclusivamente de los operadores políticos que existen en la escuela y que, desde hace treinta o cuarenta años, hacen y deshacen a su antojo en ella y en toda la Universidad. Puede ser, pero yo aún no me convenzo de ello.

Y es que a lo largo de mi vida de estudiante y luego como egresado he conocido a muchos de ellos. Uno de los que conocí tuvo la habilidad suficiente para reciclarse luego de su tormentoso pasado por aulas sanmarquinas. Aunque nunca cruce palabra con él, puedo dar fe de su capacidad intelectual habida cuenta de que un amigo en común me pidió que corrigiera las pruebas de galera de su primer libro escrito a cuatro manos. No he vuelto a leer nada de él (felizmente), pero como dije tuvo mucha suerte: llegó hasta el decanato de su Colegio profesional. Así que si alguien se lamenta por el destino de nuestras universidades públicas, puede consolarse pensando que los colegios profesionales están igual o peor que ellas con decanos que producen libros retaceando los de otros.

Por estas y muchas más razones es que tengo en tan poca estima intelectual a los operadores políticos y cada vez me convenzo más de que se le atribuyen proezas que muy difícilmente lograrían si no contaran con la complicidad y la complacencia de quienes están completamente interesados en que, como dije en una ocasión anterior, el status quo de la mediocridad y la ramplonería se mantenga contra viento y marea. Y el primero que encabeza esa lista lo es, sin duda alguna e increíblemente, el muy docto profesor Waldemar Espinoza Soriano que presidió la comisión que anuló el primer concurso de la manera más chusca y arbitraria (y con él, sus leales seguidores y discípulos que secundan y aplauden como ocas todos sus actos por condenables que sean). ¿Qué amenaza al profesor Espinoza y a otros profesores como él (pienso por ejemplo en docentes como Vizcardo (quien afirmó ante un auditorio repleto de estudiantes y docentes que Hobsbawm jamás había leído a Marx), Pachas (qué libro o ensayo ha publicado este profesor en una revista de mediano prestigio en los últimos años) y el rubricador de ese despropósito académico, el ya tristemente mencionado Vasquez Monge), qué les causa tanto pavor, digo yo, al punto de exponerse a un descrédito total, a estampar su firma en documentos como ese sin el mayor asomo de vergüenza?

La respuesta es una sola: el monstruo de mil cabezas al que tanto temen tiene un nombre: excelencia profesional.

En los últimos concursos públicos, en los cuales San Marcos optó por docentes poco idóneos en detrimento de historiadores de primer nivel, el status quo ha salido robustecido y asegurado su existencia. No de otro modo se explica que se presenten situaciones inverosímiles como la de un docente que se graduó sin sustentar tesis y que luego dictó la cátedra de ¡Seminario de Tesis! O que otro, so pretexto de hacer sociología histórica, deslice controversiales (por decir lo más amable) opiniones políticas. Más aun, que investigadores con una larga lista de publicaciones académicas en revistas de verdadero prestigio hayan sido derrotados por quienes no han publicado ni la mitad de lo que los primeros han publicado.

Toda esta enojosa y vergonzosa situación está reseñada al detalle en las redes sociales que son ahora mismo un hervidero de ucases, acusaciones, invectivas, aclaraciones, buenos propósitos y, sobre todo, falsedades en el que el mal gusto y la imbecilidad campean sobremanera en aquellos que intentan defender lo indefendible: que el menos indicado entre a enseñar donde el más calificado fue despreciado precisamente por serlo. Pero, ¿por qué?

Porque el ingreso de estos profesores pondrían en evidencia los años luz de atraso teórico y metodológico que lleva la Escuela respecto de otros centros de enseñanza similares.

Porque su presencia, fresca, vital, renovadora, solo serviría para mostrar la piel de dinosaurio que muchos de ellos visten con orgullo y exhiben como logro académico.

Y porque, mal que bien, admitir a esos docentes significa acabar con el status quo que se ha apoderado de la Escuela desde hace muchísimos años al punto de subvertir por completo la excelencia académica y remplazarla por el paradigma Vivaldi como norma y forma de trabajo y enseñanza. Y aquí me detengo para explicar esto último.

Luego de componer una de sus hermosas sonatas, uno de sus asistentes le señaló a Domenico Scarlatti que era tan y hermosa y melódica como el mejor de los conciertos de su rival Antonio Vivaldi, a lo que el músico reacciono airado por la comparación. Cuando el asistente se defendió diciendo que la comparación no era menos, Scarlatti dijo: “No es un gran músico”. El asistente replicó: “Maestro, como no va a ser un gran músico si ha escrito 600 conciertos”. La respuesta de Scarlatti no pudo ser más elocuente: “En realidad ha escrito uno solo, y muy bueno, es cierto. Pero luego lo volvió a escribir 599 veces”.

De igual modo, muchos de los profesores que actualmente dictan en la Escuela, y que en su momento publicaron un libro o una monografía, tal vez un par más, que resultaron auténticamente renovadoras en su momento y época, han replicado estos una y otra vez hasta el hartazgo. Han hecho de su trabajo historiográfico una repetición de sí mismos que ha alcanzado a los alumnos, que investigan y escriben lo mismo que sus profesores en una perpetuación peligrosa, pero cómoda, del paradigma Vivaldi. Nada extraño, en realidad, si nos ponemos a pensar que hasta el propio Porras (maestro y mentor de algunos dinosaurios que están perjudicando a los alumnos y a la Escuela) lo practicó. En una carta del 11 de mayo de 1936 a su amigo Federico Mould Távara, Porras escribe desde París: “En cuanto al título de la conferencia, escoja Ud. el que quiera. Le ofrezco este ramillete electoral: El alma hispánica de Lima, Perspectiva y Panorama de Lima, Lima, capital de la hispanidad americana o lo que a Ud. se le ocurra. El título verdadero, como a Ud. no se le oculta es este otro: 'Refrito escandaloso'". Al menos, en defensa de Porras, se podrá decir que se repitió a sí mismo y retaceo sus propios trabajos con un estilo y elegancia que lo convirtieron en uno de los prosistas más finos de nuestra literatura. De cuántos de los que publican una y otra vez lo mismo desde hace años podrá afirmarse esto.

Así, el mérito o méritos que tuvo ese trabajo precursor, la tesis de licenciatura sobresaliente o el ensayo iluminador se diluye en una sucesión infinita de otras investigaciones en los que los años, los nombres y los lugares son lo único distinto en cada uno de ellos; trabajos sin mayor aporte conceptual, metodológico o crítico que contribuya a ampliar los horizontes de su propia especialidad. Esto es algo que se aprecia de manera especial en la bibliografía etnohistórica de San Marcos y sus cultores. Que no sorprenda a nadie, entonces, que los profesores que salieron maltratados en la infinidad de concursos docentes en los últimos años, sean casualmente en su mayoría quienes no son de esa especialidad.

Vista así las cosas, a la Escuela de Historia de San Marcos le espera un futuro empobrecido y disminuido intelectualmente. Tan disminuido y empobrecido que es muy poco lo que podemos esperar de ella. Y de los alumnos que forma. Solo más trabajos sobre lo mismo, o lo que es peor aún, investigaciones en los que la bibliografía actualizada, la rigurosidad metodológica y el aporte de ideas, conceptos y planteamientos renovadores seguirán brillando por su ausencia.

Será otro Vietnam en San Marcos.



Más sobre el concurso docente en San Marcos:

Sebo de culebra en San Marcos (28/11/2012)
Respuesta a Daniel Morán (29/11/2012)
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[NOTA: A sugerencia de un amigo, he cambiado el título del post, reemplazado un verbo y agregado un sustantivo al texto original (10/2/2013)]


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